Y si no me acuerdo no pasó.

Y si no me acuerdo no pasó.

En estos días, un amigo que conozco hace más de una década, urgía a que apagaran las notificaciones de los Memories de Facebook, incluso incluía un tutorial con imágenes de cómo hacerlo. Presumí que tenía que ver con que está atravesando un proceso de divorcio y recuerdo vívidamente cómo los recuerdos y las preguntas hincan como agujas frías en el centro de donde a uno le duele. Tuve el impulso de decirle que apagar las notificaciones no borraba lo vivido.

Con las piernas abiertas

Debo llevar 16 años visitando el ginecólogo. Antes de que saquen calculadoras y hagan adivinanzas sobre mi precocidad, de chamaquita sufría de quistes. Así que desde muy temprana edad he mantenido una extraña relación con mi sistema reproductivo. Le he tenido: miedo católico, curiosidad adolescente, respeto post púber, desconfianza juvenil, agradecimiento adulto y un reciente resentimiento. Dicen que uno solo se enamora tres veces en la vida, a mí no sé si me dan las cuentas. Pero, sin embargo, solo me han tratado tres ginecólogos. El primero, heredado de mi madre, las mismas manos que me sacaron (aunque con fórceps) de las entrañas de mami, fueron las mimas manos en regalarme mi primer Papanicolaou. Así que nos unía un raro vínculo de metal y entrepierna. Ese señor también fue el doctor de otras mujeres de mi familia, mis tías y hasta mi abuela, que cuando ya había perdido la memoria, todavía quedaba el riesgo de que algo se le reventara en aquel útero jubilado y solitario. Recuerdo escuchar los gritos de mi abuela desde la sala de espera. Le decía que ella no era gallina para que la estuviesen trasteando y que a quién se le ocurría ser doctor “deso” teniendo unas manos tan grandes y unos dedos tan gordos.  

 

El segundo fue casi un “one night stand”, no tenía plan médico, fui a Pro Familia y me mandaron a un CDT, me hicieron el pap en una camilla dentro de una sala donde había más pacientes, y solamente nos dividía una frágil cortina que parecía de baño. Era un viejito y solo me acuerdo de que me preguntaba que si ya yo era “mujer” y yo honestamente creía que me estaba preguntando por mi menstruación a mis veintipico. ¿Será que del segundo una nunca se acuerda mucho? Luego regresé a mi primero, reincidente al fin. Pasamos años cruciales, me encontró células precancerosas, me dibujó una escalerita, al final tenía una florecita que simbolizaba la muerte, estaba a dos escalones de la palabra cáncer y yo estaba justo en el escalón anterior. Pre-cáncer. Uno pensaría que antes del cáncer está la salud, pero no, hay un limbo, un cuido, un maternal antes de la escuela, una salita donde no se aprende demasiado, pero no se parece a la casa de uno y uno sencillamente tiene la opción de esperar. Eso me dijo, esperamos seis meses, volvemos a chequear. Quizás no es nada. Como las probabilidades no suelen estar a mi favor le dije que no, que la espera no es para mí, que no iba a vivir seis meses muriéndome del miedo. Me dijo que yo era joven, que no tenía hijos. Le dije que si me moría no podía tener hijos. O bregaba él o me buscaba otro. Él, muy bien portado, me quemó el área con hielo. Ajá me congelaron las células anormales. Matar células, para salvar células. Fue básicamente otro hermoso Papanicolaou, con la única diferencia de que en vez de pellizcarme el cuello del útero me lo congelaron. Supuestamente fueron minutos, yo juro que estuve una hora acostada sintiendo que estaba conectada a un tanque de helio por mi mismo vértice y que en cualquier momento podía salir flotando o peor aún que si se olvidaban de mí y me dejaban ahí y me movía, podía romperme yo misma por dentro sin posibilidad de remiendo. Fue incómodo, por supuesto. Luego estuve días derritiéndome sin remedio. 

 

El tercero es el actual. Es el hermano del primero. Lo sé, suena a una decisión de una persona de moral distraída. Sin embargo, este tiene bigote y es un charlatán. Debe ser mayor que el primero, pero me hace chistes y tiene una actitud más relajada hacia el sexo y el cuerpo en general. Se me hace más fácil hacerle preguntas. Es feminista y me contesta mis dudas diciéndome: si yo fuese mujer usaría tal método o me pondría tal cosa. La verdad es que ya al otro lo asociaba con escaleritas de cáncer, hielo en el útero y embarazos sin despegue.

 

Esta semana, como todos los años, me tocaba mi cita para Papanicolaou, dicen que el nombre es por un médico griego, a mí me parece una estrategia publicitaria para que suene a una mezcla de Papa Noel y San Nicolás. Lo único que tienen en común es la cosa de que es una vez al año. Pero las mujeres no esperamos la prueba con ningún tipo de ilusión. Llego al hospital, que tiene un estacionamiento multipisos donde solo en el quinto se pueden estacionar los pacientes y los visitantes. Todas la veces que voy, me monto al ascensor y juro y perjuro que es en el tercer piso. Cuando me bajo en el tercer piso, veo que no es ahí, que me equivoqué de nuevo, me vuelvo a montar en el ascensor con el mismo amor, bajo al piso principal para mirar la tabla con los nombres de los médicos y maldecir mi memoria porque es en el cuarto piso y solo hubiese tenido que bajar un piso. La secretaria está por retirarse, en algún momento fue compañera de trabajo de mi abuela, porque mi abuela no solo es prima de mi doctor (y el hermano), sino que fue su secretaria por largos años. En teoría yo tengo algún tipo de trato especial. Sin embargo, luego de saludarme y regañarme porque nunca guardo la tarjeta con el número de mi archivo médico y entonces ella tiene que ponerse a buscar, me pregunta por mi abuela y en el tono más casual del mundo, me dice: ah pero si tú te tenías que hacerte la prueba otra vez. Para récord, yo me hice la prueba en mayo del año pasado, así que estoy tres meses tarde. Pues nada, que me la tenía que repetir, a los seis meses. Obviamente fue culpa del huracán. No había comunicación, me dice. Yo hice yoga a las seis de la madrugada, hacía menos de treinta minutos yo estaba en Namasté. Saco cálculos, pienso que esas pruebas tardan dos semanas, como tarde, los resultados le llegaron en junio. El huracán fue en septiembre. Tenía que hacerme la repetición en septiembre, pero ellos tenían que notificarlo en junio. Yo hubiese estado tan cagada como me estoy sintiendo en este preciso momento, así que tan pronto hubiese luz en el hospital me lo hubiese hecho, digamos en octubre, hace diez meses, como dice mi no tan nuevo cónyuge, nueve meses son un embarazo, una vida. Lo mío nunca ha sido esperar. Así que orino como tres veces en la hora que estoy en la sala de espera. Porque siempre pienso que me voy a mear encima estando en la camilla, en parte por el frío, en parte por la incomodidad, en parte por el miedo. 

 

El otro día un compañero de trabajo fue al urólogo por primera vez. Ni siquiera fue para hacerse la prueba de la próstata. Fue para una consulta porque lleva años intentando tener bebés con su esposa y no lo han logrado. Estaba genuinamente afectado. Me decía que yo no entendía. Yo le pregunté si le habían dado una bata de papel, de las abiertas al frente, de las que no te tapan tres carajos y suenan cuando tiemblas encima de la camilla. Me dijo que ni eso, que había llegado allí, el doctor le había dicho que se bajara los pantalones y ahí mismo le “trasteó” sus partes sin aviso, con las manos frías, como si fuera un apretón de manos. No quise ser condescendiente. Experimentó esto por primera vez casi a sus cuarenta años. A veces es más difícil bregar con las experiencias traumáticas mientras más adulto se es. 

 

Tengo amigas que van a mi mismo médico que abiertamente me han dicho que no han hecho la cita anual porque han engordado y saben que el médico las va a regañar. Porque esa es la cosa, a pesar de que el asunto es para unos temas todo un tabú, para otros es tan normal, que uno en vez de preocuparse por los resultados, porque la salud es fácil darla por sentado cuando se tiene, una piensa en depilarse, bajar de peso y hacerse una pedicura antes de ir a hacerse el pap. Mi marido no entendía cuando dije carajete no me pinté las uñas de los pies. Me preguntaba si iba a ir al ginecólogo o al podiatra. Le sonreí con ternurita, claramente nunca ha tenido la experiencia religiosa de que te digan: “bájate más, bájate más, mientras te deslizas al borde de una burra y te ponen una lámpara y una lupa gigante para examinarte lo que te enseñan toda la vida que tienes que taparte. En mi caso, me hacen preguntas sobre mi familia, mientras me hacen una mamografía manual y me hacen cuentos de mi abuela mientras con las manos me exploran los ovarios y la matriz. 

 

Una amiga hace años me contaba que en una de estas múltiples conversaciones que tenemos sobre por qué no calientan el espéculo o por qué no usan lubricante para el tanteo, una amiga le preguntó con la naturalidad del mundo que si su médico no la “ayudaba”. Ante la cara de espanto y confusión de mi amiga, la chica le explicaba que su doctor la estimulaba, para que no molestara tanto… Este individuo todavía tiene una práctica y probablemente sigue “ayudando” a pacientes que piensan que es una parte estándar de un examen ginecológico básico. Disclaimer: si su médico la estimula, entiéndase masajea su clítoris para que las pruebas sean menos incómodas, su doctor es un agresor sexual y debe denunciarlo de inmediato. 

 

Detesto pensar que todo es más difícil para nosotras, pero lo es. Se supone que nos hagamos un pap anualmente desde los 21 años. El mero hecho de estar activas sexualmente nos expone al virus de papiloma humano, que aunque la mayor parte de la gente lo padece en algún momento de su vida sexual activa, en nosotras puede terminar desencadenando en cáncer del cuello uterino, cosa que claramente no padecen los hombres porque no tienen matriz (la vacuna no protege de todas las cepas y se puede contagiar aún usando condón). Tengo 33 años, llevo 16 pruebas sin contar las que me han tenido que repetir por algún resultado que no haya sido claro. Esto puede ser porque se contaminó la prueba al realizarla, por razones hormonales o por alguna cicatriz o raspazo interno que muy bien puede haber sido ocasionado por algo placentero. Sin embargo, a pesar de llevar más de una docena de exámenes, a mis 33 me aterra aún más. Quizás porque no suelo mencionarlo, pero mi tía se murió de cáncer a mi edad y desde el pasado 25 de noviembre todo tiempo se siente robado. Hasta el año pasado yo aguantaba casi la respiración mientras me examinaban, como llevo un año practicando yoga ahora hago la respiración ujjayi y sobrevivo de cinco en cinco respiraciones sonoras. Como ya soy una mujer “madura” buscando bebés, a la prueba le suman un sonograma transvaginal, sí, como suena, te chequean la pelvis por dentro, usando un aparatito mucho más grande que un tampón o que el espéculo mismo, un submarino que navega para tomarle fotitos a tus ovarios maduros y a tu útero vacío. 

Mientras tanto inhalo y exhalo a través de la nariz haciendo ruido con la parte de atrás de la garganta, sí como Darth Vader. Mientras tanto, les suplico que se chequeen, molesta con cojones es cierto, es injusto y es una mierda, pero chequéense, que no hace falta dejar que otro motivo caprichoso nos siga exterminando. 

 

Demás está decir que en dos semanas llamaré a hostigar a la recepcionista, a la enfermera y a mi médico hasta a su propio celular. En el fondo, sigo siendo un número de archivo que da trabajo buscar. 

 

 

¿Quién me manda a ser mujer?

¿Quién me manda a ser mujer?

Recuerdo el momento exacto en que cambió la mirada. Era finales del verano del 1997 y yo tendría doce años. Estudiaba en un colegio católico que terminaba en octavo grado, así que ese sería mi último año en esa escuela. Poco antes de comenzar las clases, nos reunimos en el auditorio para hablar de planes de: directiva, buscar fondos y el tan añorado prom. Por fin éramos “grandes”. Me puse una camisilla blanca y un pareo en tonos de verdes y azules profundos. Me lo habían comprado en República Dominicana, era básicamente un paño que uno podía amarrarse de diecisiete maneras distintas para cubrirse el cuerpo como: traje, falda, camisa, batola, etc. Yo me envolví las caderas con la pañoleta, intercambié las dos puntas a las manos contrarias, las torsí justo debajo del ombligo y me hice un nudito justo encima del cóccix. No se me veía nada.

Nacimos para ser felices.

 El otro día una amiga embarazada (tengo 5 amigas embarazadas al momento) me envió por accidente (todas dicen que tienen “pregnancy brain” y que es algo que las hace ser tan despistadas como yo llevo siendo 33 años pero científicamente justificado por hormonas del embarazo) un artículo, destinado al padre del bebé, que hablaba de cómo las familias debían tener una especie de lema, lo que le llaman un “motto” que se convertiría como en la porra del núcleo familiar cuando tuviesen algo que celebrar o cuando de lo contrario necesitasen un ánimo o un empujón emocional como tribu. Automáticamente, antes de que le diera tiempo a decirme que el enlace no era para mí, le dije: el de mi familia es “nacimos para ser felices” y estoy traumatizada de por vida gracias a eso. Ella consideró el lema hermoso y le pareció comiquísimo que yo pudiese encontrarle fallas a una consigna tan perfectamente redonda.      Realmente es bien sencillo de explicar. Crecí con la expectativa de la felicidad como un dado. Nunca vi la felicidad como algo intermitente o algo que se luchaba para conseguir. Encima de eso la felicidad en mi casa no era una idea utópica o un destino al que algún día llegaríamos. Éramos felices. Así y punto. Recuerdo las veces que me cambié de escuela, cuando al principio (los primeros días, semanas y en algunos casos años) sentía que no pertenecía, que no tenía amigos, que prefería quedarme en un pasillo porque no tenía con quién sentarme a almorzar… nunca me provocó tristeza. Literalmente pensaba que esto era una hora de almuerzo y que luego yo iba a casa de mi abuela y luego a mi casa y luego el fin de semana, así que matemáticamente en mi mente, las horas útiles las pasaba siendo feliz. Las veces que alguien no quiso jugar conmigo o me dijo algún insulto bobo o alguna burla cruel, en mi mentecita de ocho, diez, doce, quince años le tenía pena, porque de seguro en su casa no lo querían tanto como a mí. A mí la condescendencia me llegó antes de la pubertad. Mis papás me enviaban globos, flores y regalos a la escuela: en mis cumpleaños, en San Valentín, en el día de la mujer, en el día del estudiante. Mi mamá me escribía notitas en la lonchera, un ponquecito, unas uvas, un paquetito de Nutella y una notita que decía mamá te ama, absolutamente todas las veces.    Quizás por eso le hice la vida imposible a mi pobre primer novio, queriendo celebrar “mesiversarios”, exigiendo flores y detalles, que el niño ni entendía ni mucho menos tenía la capacidad de dar. Crecí con grandes gestos de amor y pequeños detalles cotidianos que me parecían estándares necesarios para cualquier tipo de relación. Ayer fue el aniversario de mis papás. En estos días hago yoga de seis a siete de la mañana, de ahí estaba yendo al parque lineal de Bayamón a correr, pero con el calor de este verano post mariano siento que me derrito en la pista, así que corro en la trotadora de mi madre, me baño y me como la carretera para llegar a mi trabajo a las nueve. Cuando fui a calentar la leche en el microondas (cabe destacar que mis padres no beben café pero me tienen una greca para yo colar el mío) se me cayó encima un sobre. “Para: Mary, feliz aniversario #37.” Y me eché a llorar. Estos tipos llevan 37 años casados, casi 4 años más que lo que llevo de vida, llevan 45 desde que se hicieron novios, y antes de eso fueron amigos 2 años. Y aún así mi papá fue a una farmacia a comprar una postal, esperó a que mi madre se durmiera y pilló la tarjeta en la puerta del microondas, para que se le cayera encima una nota de amor al despertarse, porque sabe que ella se hace un chocolate caliente todas las mañanas.      Entonces es fácil entender el daño. Lo jodida que se sintió la adultez y la sensación de engaño y decepción cuando la felicidad y el amor sencillamente no fluían como yo fervientemente crecí creyendo, no ciegamente, sino con evidencia palpable y documentable. Mi madre se casó con el único novio que tuvo en su vida y aunque ni por un segundo hubiese querido que esa fuese mi suerte, ahora que lo miro por el retrovisor, qué bonito y posible me sonaba mientras crecía. Qué duro me azotó ese primer rompimiento, porque no tenía que ver con el chico, ni conmigo, tenía que ver con mi expectativa, con mi cuento de hadas que era el amor de mis papás. Mi primer noviazgo duró años y cuando terminó se me rompió la fórmula. Así que ni hablemos de la fractura que fue un divorcio en mi sistema de fe.      Mis padres no tienen una relación perfecta, no puedo contar las veces que he escuchado la misma pelea porque papi le echa especias a lo que mami está cocinando, o ciertas puyas que se repiten poética y cíclicamente. No siempre han tomado las mejores decisiones. Han sufrido grandes pérdidas, se han fallado y probablemente se han dicho cosas hirientes (aunque nunca delante de nosotros, pero lo supongo). Estoy segura de que se arrepentirán de algunas cosas y que hubiesen deseado hacer o deshacer otras. Sin embargo, siempre están juntos. Pero lo bonito no es esa inseparabilidad, lo lindo son las ganas, la voluntad, el continuo escogerse, el constante preferirse como la mejor compañía posible. Los he visto, observado y estudiado por suficiente tiempo como para notar los cambios. Cómo la relación envejece con ellos pero a su manera. El último mal rato que pasamos como familia, escuché a mi mamá decirme entre lágrimas, una más de estas y me lo va a matar, Edmaris, un mal rato de estos me va matar a tu papá. Y sentí el corazón acuchillado, la rabia de querer cortar de raíz cualquier cosa que amenazara esa felicidad prometida, ese amor que solo está completo si estamos todos y entendí que así es como en el tiempo el amor se sublima. De nuevo son solo ellos. Después de todos estos años, eso es lo que tienen, se tienen.      El “nacimos para ser felices” me descojonó, por supuesto. Cada momento de infelicidad me lo cogí bien personal. Cada día que me bebí las lágrimas, lo anoté como una deuda, lo asumí como pagaré, otra promesa de pago que la vida me tenía pendiente, porque no solo nací para ser feliz, hice todo lo posible para seguir las reglas, para andar por la orilla, para no llevarme gente enredada en el proceso. Pero en derecho aprendí lo que es una manifestación unilateral de voluntad y la realidad es que la vida no me prometió ni me ofreció y por lo tanto no me debe ni me debió nunca nada. Así que asumí la contienda como propia. Y aunque mis creencias y yo nos hemos pasado la última década entre bailar afincadas y pelearnos como perros y gatos, nada me borra que nací para ser feliz, y por eso no duro triste mucho, por eso no me aguanto obligaciones ni soledades, por eso he logrado salir a tiempo, de noviazgos, de trabajos, de matrimonios, de amistades. Porque bastante se fajaron esos dos seres, para que yo entendiera el amor como notitas en la lonchera, como galletitas favoritas, como agarradas de nalga en público, como ese cúmulo de felicidades chiquitas que se acumulan para cuando la vida no se siente generosa.      En esta vida que me he construido, mi lema personal es: “lo que pudo ser no existe”, lo tengo tatuado en el brazo izquierdo (el mismo que un vidente vaticinó que perdería en el futuro), así que no quiero ni imaginarme quién sería si mi familia no hubiese escogido una premisa tan optimista. Al sol de hoy, olvido absolutamente todos mis no tan nuevos aniversarios, pero no hay una mañana que no le escriba a mi marido (en un post it, en una servilleta, en un pedazo de bolsa, en un sobre de una factura, en cualquier superficie que se permita mutilar con tinta) un mensaje para que sepa que sigue haciéndome feliz, que ojalá el universo nos dé niños a quienes traumatizar con nuestros excesos, para tatuarles en el subconsciente expectativas descabelladas de felicidades en dosis cotidianas y dejarlos que crezcan creyendo en ilusiones gigantes, algunas puras verdades, otras mentiras, pero de las requete lindas.       

El otro día una amiga embarazada (tengo 5 amigas embarazadas al momento) me envió por accidente (todas dicen que tienen “pregnancy brain” y que es algo que las hace ser tan despistadas como yo llevo siendo 33 años pero científicamente justificado por hormonas del embarazo) un artículo, destinado al padre del bebé, que hablaba de cómo las familias debían tener una especie de lema, lo que le llaman un “motto” que se convertiría como en la porra del núcleo familiar cuando tuviesen algo que celebrar o cuando de lo contrario necesitasen un ánimo o un empujón emocional como tribu. Automáticamente, antes de que le diera tiempo a decirme que el enlace no era para mí, le dije: el de mi familia es “nacimos para ser felices” y estoy traumatizada de por vida gracias a eso. Ella consideró el lema hermoso y le pareció comiquísimo que yo pudiese encontrarle fallas a una consigna tan perfectamente redonda. 

 

Realmente es bien sencillo de explicar. Crecí con la expectativa de la felicidad como un dado. Nunca vi la felicidad como algo intermitente o algo que se luchaba para conseguir. Encima de eso la felicidad en mi casa no era una idea utópica o un destino al que algún día llegaríamos. Éramos felices. Así y punto. Recuerdo las veces que me cambié de escuela, cuando al principio (los primeros días, semanas y en algunos casos años) sentía que no pertenecía, que no tenía amigos, que prefería quedarme en un pasillo porque no tenía con quién sentarme a almorzar… nunca me provocó tristeza. Literalmente pensaba que esto era una hora de almuerzo y que luego yo iba a casa de mi abuela y luego a mi casa y luego el fin de semana, así que matemáticamente en mi mente, las horas útiles las pasaba siendo feliz. Las veces que alguien no quiso jugar conmigo o me dijo algún insulto bobo o alguna burla cruel, en mi mentecita de ocho, diez, doce, quince años le tenía pena, porque de seguro en su casa no lo querían tanto como a mí. A mí la condescendencia me llegó antes de la pubertad. Mis papás me enviaban globos, flores y regalos a la escuela: en mis cumpleaños, en San Valentín, en el día de la mujer, en el día del estudiante. Mi mamá me escribía notitas en la lonchera, un ponquecito, unas uvas, un paquetito de Nutella y una notita que decía mamá te ama, absolutamente todas las veces. 


Quizás por eso le hice la vida imposible a mi pobre primer novio, queriendo celebrar “mesiversarios”, exigiendo flores y detalles, que el niño ni entendía ni mucho menos tenía la capacidad de dar. Crecí con grandes gestos de amor y pequeños detalles cotidianos que me parecían estándares necesarios para cualquier tipo de relación. Ayer fue el aniversario de mis papás. En estos días hago yoga de seis a siete de la mañana, de ahí estaba yendo al parque lineal de Bayamón a correr, pero con el calor de este verano post mariano siento que me derrito en la pista, así que corro en la trotadora de mi madre, me baño y me como la carretera para llegar a mi trabajo a las nueve. Cuando fui a calentar la leche en el microondas (cabe destacar que mis padres no beben café pero me tienen una greca para yo colar el mío) se me cayó encima un sobre. “Para: Mary, feliz aniversario #37.” Y me eché a llorar. Estos tipos llevan 37 años casados, casi 4 años más que lo que llevo de vida, llevan 45 desde que se hicieron novios, y antes de eso fueron amigos 2 años. Y aún así mi papá fue a una farmacia a comprar una postal, esperó a que mi madre se durmiera y pilló la tarjeta en la puerta del microondas, para que se le cayera encima una nota de amor al despertarse, porque sabe que ella se hace un chocolate caliente todas las mañanas. 

 

Entonces es fácil entender el daño. Lo jodida que se sintió la adultez y la sensación de engaño y decepción cuando la felicidad y el amor sencillamente no fluían como yo fervientemente crecí creyendo, no ciegamente, sino con evidencia palpable y documentable. Mi madre se casó con el único novio que tuvo en su vida y aunque ni por un segundo hubiese querido que esa fuese mi suerte, ahora que lo miro por el retrovisor, qué bonito y posible me sonaba mientras crecía. Qué duro me azotó ese primer rompimiento, porque no tenía que ver con el chico, ni conmigo, tenía que ver con mi expectativa, con mi cuento de hadas que era el amor de mis papás. Mi primer noviazgo duró años y cuando terminó se me rompió la fórmula. Así que ni hablemos de la fractura que fue un divorcio en mi sistema de fe. 

 

Mis padres no tienen una relación perfecta, no puedo contar las veces que he escuchado la misma pelea porque papi le echa especias a lo que mami está cocinando, o ciertas puyas que se repiten poética y cíclicamente. No siempre han tomado las mejores decisiones. Han sufrido grandes pérdidas, se han fallado y probablemente se han dicho cosas hirientes (aunque nunca delante de nosotros, pero lo supongo). Estoy segura de que se arrepentirán de algunas cosas y que hubiesen deseado hacer o deshacer otras. Sin embargo, siempre están juntos. Pero lo bonito no es esa inseparabilidad, lo lindo son las ganas, la voluntad, el continuo escogerse, el constante preferirse como la mejor compañía posible. Los he visto, observado y estudiado por suficiente tiempo como para notar los cambios. Cómo la relación envejece con ellos pero a su manera. El último mal rato que pasamos como familia, escuché a mi mamá decirme entre lágrimas, una más de estas y me lo va a matar, Edmaris, un mal rato de estos me va matar a tu papá. Y sentí el corazón acuchillado, la rabia de querer cortar de raíz cualquier cosa que amenazara esa felicidad prometida, ese amor que solo está completo si estamos todos y entendí que así es como en el tiempo el amor se sublima. De nuevo son solo ellos. Después de todos estos años, eso es lo que tienen, se tienen. 

 

El “nacimos para ser felices” me descojonó, por supuesto. Cada momento de infelicidad me lo cogí bien personal. Cada día que me bebí las lágrimas, lo anoté como una deuda, lo asumí como pagaré, otra promesa de pago que la vida me tenía pendiente, porque no solo nací para ser feliz, hice todo lo posible para seguir las reglas, para andar por la orilla, para no llevarme gente enredada en el proceso. Pero en derecho aprendí lo que es una manifestación unilateral de voluntad y la realidad es que la vida no me prometió ni me ofreció y por lo tanto no me debe ni me debió nunca nada. Así que asumí la contienda como propia. Y aunque mis creencias y yo nos hemos pasado la última década entre bailar afincadas y pelearnos como perros y gatos, nada me borra que nací para ser feliz, y por eso no duro triste mucho, por eso no me aguanto obligaciones ni soledades, por eso he logrado salir a tiempo, de noviazgos, de trabajos, de matrimonios, de amistades. Porque bastante se fajaron esos dos seres, para que yo entendiera el amor como notitas en la lonchera, como galletitas favoritas, como agarradas de nalga en público, como ese cúmulo de felicidades chiquitas que se acumulan para cuando la vida no se siente generosa. 

 

En esta vida que me he construido, mi lema personal es: “lo que pudo ser no existe”, lo tengo tatuado en el brazo izquierdo (el mismo que un vidente vaticinó que perdería en el futuro), así que no quiero ni imaginarme quién sería si mi familia no hubiese escogido una premisa tan optimista. Al sol de hoy, olvido absolutamente todos mis no tan nuevos aniversarios, pero no hay una mañana que no le escriba a mi marido (en un post it, en una servilleta, en un pedazo de bolsa, en un sobre de una factura, en cualquier superficie que se permita mutilar con tinta) un mensaje para que sepa que sigue haciéndome feliz, que ojalá el universo nos dé niños a quienes traumatizar con nuestros excesos, para tatuarles en el subconsciente expectativas descabelladas de felicidades en dosis cotidianas y dejarlos que crezcan creyendo en ilusiones gigantes, algunas puras verdades, otras mentiras, pero de las requete lindas. 

 

 

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Con el tabú dentro

Siempre he tenido problemas con los temas escatológicos. Nada que tenga que ver con secreciones corporales, viscosidades, o expulsiones de organismos, es un tema de conversación para mí. Muchos dicen que cuando tenga hijos se me quitará. Tengo dos perros e infaliblemente cada vez que tengo que bregar con sus “necesidades” se me pone la piel de gallina, arqueo impulsivamente por los minutos que me toque, mientras ellos me miran con una mezcla de lo que yo interpreto como preocupación e incredibilidad. Gracias al cielo no padezco de alergias y mi nariz suele ser casi ornamental. Sin embargo, soy mujer. Y eso implica que cada 28 días mi vida gira y cambia con el milagro de la vida que no pasó.

¿Las mujeres son malas con las mujeres?

¿Las mujeres son malas con las mujeres?

Las mujeres son malas con las mujeres. Esta frase, como prácticamente todas las generalizaciones y sentencias absolutas, me hierven la sangre. Si algo han tenido que aprender mis parejas, es que cuando zumban el: siempre, nunca, todos, ninguno, ya la batalla no solo está perdida, sino que ha cambiado por completo de dirección. ¿Hay mujeres malas? Por supuesto que sí. ¿Hay mujeres malas específicamente con mujeres? Probablemente. ¿Hay hombres malos? Definitivamente. ¿Los hombres son malos con los hombres? Al sol de hoy van 316 asesinatos, podemos ponernos quisquillosos y buscar la cifra, pero me late que la arrolladora mayoría de esos asesinatos fueron cometidos por hombres. ¿Los hombres son malos con las mujeres? Responder esa pregunta con cifras es hasta doloroso. Pero no todos los hombres son malos, ni entre ellos ni contra nosotras. 

Donar sangre: miedo a las agujas y pavor a las preguntas

Estudié en escuela católica desde segundo grado y desde entonces o mucho antes, he tenido dificultad para entender cuando sencillamente es preferible cerrar la boca o simplemente escoger mis batallas. En cuarto año, mi maestra de ética cristiana (hoy día mi suegra, pero eso es otro cuento) nos dio la asignación de escoger un sacrificio de cuaresma. Yo y mi gran boca decidimos hacer el argumento en medio de la clase, de que esos sacrificios no tenían sentido. 

No te invité a mi boda . . .

Me he casado dos veces. La primera vez a mis veintiún años, la segunda a mis treinta y uno. Soy novia reincidente cada diez años y tengo mucha fe en ya estar lo suficientemente rehabilitada como para no volver a hacerlo a los cuarenta y uno. Mi última boda fue hace ya casi 2 años, sin embargo, hace apenas una semana recibí un reclamo en vivo y en directo sobre no haber recibido una invitación. 

Sudando la gota gorda

ODIO hacer ejercicios. Creo que lo odié desde antes de entender el concepto de lo que era hacer ejercicios. Yo era la nena que se sentaba encima de lo que siempre pensé era una especie de closet que contenía toda la electricidad del vecindario, justo frente al poste de luz de mi casa. Quizás era mi manera de convencerme de que algo de aventurero tenía lo que yo estaba haciendo con mi niñez y posterior adolescencia. Los niños jugaban escondite, toco palo, chico paralizado, corrían bicicleta, patines, patineta. Y yo allí, desde que aprendí a leer, hasta que se me ensancharon las caderas lo suficiente para casi no caber encima de mi rinconcito de lectura. Detestaba los días de educación física con todo lo que tenía. Llegué a proponerle en más de una ocasión a los maestros que me dejaran hacer un proyecto escrito. Sí, la única clase que para el resto de la humanidad era un receso de las cosas académicas, para mí era insufrible. En algunas escuelas tenían esa opción disponible pero solo para personas con algún tipo de impedimento o incapacidad para actividad física. Aparentemente una fobia al deporte no calificaba como tal. La noche antes casi no podía dormir pensando en que al otro día me pondrían a correr en zig zag, a esquivar la bola, a hacer movimientos con mi cuerpo que me parecían totalmente absurdos. Es más, creo que ahí descubrí la ansiedad que me provocaba el miedo al ridículo. Yo era la más lenta, la más torpe, la menos ágil. 

 

Aún así terminé en el equipo de baloncesto de mi escuela. Mi mejor amiga era la más alta de todas. Inseparables al fin, la acompañé al try out. A falta de quórum, terminé involuntariamente como miembro honorario del grupo. Me convencieron de que era puramente para eso, pero fue una vil mentira. Tenía número, uniforme, y tuve que ir a todos los pueblos de la isla a “jugar”, lo que para mí consistía en esconderme en el banco rezando porque el coach ni se acordara de que yo era accidentalmente parte. Cuando nos iba súper mal, y ya había agotado todo el banco, gritaba mi nombre y yo me paraba en medio de la cancha, arreglándome el uniforme, estirándome los pantaloncitos, rehaciéndome el moñito, implorándole al cielo que a nadie se le ocurriera pasarme la bola. Creo que ni siquiera intenté lanzarla al canasto nunca jamás, si lo intenté, probablemente mi memoria me protege eliminando el papelón de entre mis recuerdos. 

 

Aún así gané medallas de educación física en intermedia y superior. En parte por mi colección de cintitas violetas en los field days, porque literalmente cuando me obligaban a participar solo me llevaba la cintita de (valga la redundancia) participación, y en parte porque siempre tenía el uniforme los días de la clase. Ante la certeza de que era un fracaso en esa materia, sobre compensaba con nunca jamás fallar en tener lo mínimo que podía hacer, ponerme el uniforme. Claramente en escuela superior atribuyeron mi triunfo a: un error de cálculos (mi propia madre lo cuestionó), la brevedad de mi uniforme o sencillamente que como me había ganado tantas otras medallas (modestia aparte era bien buena en todo lo que no involucrara sudor físico y coordinación motora), pues me dieron una más. 

 

Luego de eso renegué de los ejercicios como de las matemáticas. Algo que no necesitaba en mi recién adquirida pseudo adultez y que no era congruente con mis estudios humanísticos. Hasta que me casé. Me casé súper joven, pero aumenté 15 libras en menos nada. Entonces me negaba como siempre a certificar los clichés, no iba a casarme para engordar, cortarme el pelo y dejar de salir. Para ser justa conmigo misma, solo engordé. Así que descubrí el spinning, nunca aprendí a correr bicicleta sin rueditas (pero eso es otro cuento), sin embargo, me trepaba en una bicicleta estática a sudar como una demente, mientras un hombre me gritaba que atacara la cuesta imaginaria, con música disco de los 70, las luces apagadas y el salón alumbrado con puro neón. Recuerdo como si fuese esta mañana el recién descubierto dolor en el mismo medio entre cada nalga y donde empezaba cada muslo. Al preguntarle al resto de los ciclistas estacionarios me dijeron que no me preocupara, que eso era solamente en lo que se me formaba un callo y después ya no me iba ni a molestar el sillín. Un callo entre nalga y muslo, lo menos congruente posible con la imagen de esposa Cosmopolitan que yo desesperadamente intentaba ser a mis veintiuno. 

 

Con los años, aquellas 15 libras se convirtieron en 30 y probablemente en 45 dependiendo desde dónde haga los cálculos. En más de una década he intentado: membresías de gimnasios, belly dancing, correr por mi cuenta, Zumba, la elíptica, salsa, Will Power, personal trainer, Crossfit y más recientemente yoga. La conclusión sigue siendo la misma, odio hacer ejercicios con todas las fuerzas de mi ser. La gente dice que cuando corre se le despeja la mente, yo a los cinco minutos empiezo a pensar en por qué no me quiero, por qué me hago esto, por qué corro si nadie me persigue, de quién huyo, en lo risible que debe ser para las millones de personas que viven en la más profunda pobreza que uno se ponga unos tennis, se monte en un carro y vaya a un parque a correr. Ni hablar de lo que gastamos en matrículas y ropa deportiva. Porque se supone que el cuerpo no está hecho para estar sentado de ocho a diez horas, la masa muscular no se inventó para desarrollarse con pesas, ni deberían hacer falta máquinas para colar ejercicio cardiovascular durante el día. Sin embargo, en los últimos años, suelo hacer ejercicios de 4 a 5 veces en semana. ¿Por qué? Puedo dar la excusa oficial de que mi metabolismo perdió el interés y me abandonó. Como también puedo explicar que AMO profundamente la comida y que relaciono comer rico como un aliciente a la tristeza y un gran festejo a la felicidad. Puedo confesar que tengo una bonita, duradera y no siempre saludable relación con los espíritus destilados. O compartir el secreto a voces de que me encantan las burbujas y solo tengo planes de dejarlas por instrucciones del Cirujano General. He gastado muchísimo dinero en ejercitarme por la sencilla razón de que carezco de disciplina para lo que detesto. Así que le pago a alguien para que me grite y me obligue a moverme, a despertar músculos que no han sido utilizados correctamente (o no han sido utilizados punto) por mucho tiempo. Me levanto a las cinco de la mañana porque si lo dejo para la tarde cualquier contratiempo o mal rato será la excusa perfecta para sustituir el entrenamiento por una cena y una botella. Sin contar con que mi adultez vino con una perseverante dificultad para dormir. Mi intensidad le mete las manos a Morfeo cualquier día de la semana. Así que hago una hora de yoga y luego corro un par de millas para que mi cuerpo básicamente colapse al tocar la cama. A veces funciona, a veces no. Me hice pruebas de tiroides para echarle las culpas a algún mal funcionamiento de que aún comiendo mejor que antes y haciendo más ejercicios que nunca, no bajo de peso. El doctor me dijo que mi esposo tenía un problema serio, porque si es por mis exámenes y laboratorios me quedan 100 años de dar candela y vida plena. 

 

Sigo haciendo ejercicios porque todo lo que no jugué de niña trajo secuelas. Me aterra hacer una parada de manos. El otro día hice mi primera vuelta de carnero y casi tengo un ataque de pánico. Cuando empecé con una trainer me sorprendió la incapacidad que yo tenía de cargar mi propio peso. Fue un golpe de realidad ver mi cuerpo temblar en menos de 15 segundos haciendo una plancha. También descubrí que mi odio a correr tiene todo que ver con que no sé respirar. Con el crossfit descubrí la impresionante satisfacción de reconocer capacidades que desconocía del cuerpo en el que llevo más de 3 décadas. Ahora con el yoga he logrado acariciar mis propios pies, abrazar mis rodillas, vaciar la mente, modular la entrada y salida del aire hasta quedarme dormida, sostener la respiración, aunque esté hecha un nudo (por fuera o por dentro). 

 

No soy la misma que antes. Mis capacidades se han ensanchado como mis caderas. He llorado y he sudado en esta vida, lo que jamás imaginé mientras me limitaba a mirar a otros niños reír y correr, sudar y reír. No quepo en los mahones de mi high, porque no tengo el cuerpo de la high, ni mis caderas, ni mi cintura, ni mi complejidad. Vale recalcar que ahora sí tengo el size de brassier que juraba y perjuraba que cuando fuese adulta me iba a poder o querer comprar. 

 

No he vuelto ni volveré al peso de mi primera boda. Facebook me trae recuerdos de hace 10 y 15 años y no me reconozco, recuerdo sentirme gordita en momentos donde pesaba 40 libras menos que ahora. También tengo presente lo dura que era con la imagen que tenía de mí, lo mucho que me importaba como me veía y el poco caso que le hacía a cómo me sentía. Hace años adopté el mantra de que tengo que gustarme, si no me gusta la versión de mí que soy en una pareja, en una amistad, en un trabajo, rápidamente empiezo a moverme, a escaparme, a desconectarme, a huir. Física y vanidosamente tengo la misma regla, ¿me gusto? ¿me tiraría yo misma? Mientras la respuesta sea sí, todos contentos. Cuando la respuesta es un no sé, o un fruncir de ceño, toca moverse también. Nos empeñamos en juzgarnos en tallas, en libras y en pulgadas. Gastamos dinero y energía, pensando en cuerpos que ni siquiera tienen las mismas estructuras que los nuestros. Nuestros ideales de belleza no concuerdan ni con nuestras dimensiones, ni con nuestros genes, ni con nuestra realidad. 

 

Mi índice de masa corporal no es el idílico. Probablemente mi peso en relación con mi estatura raya en la obesidad. Pero ahora pienso en intenciones antes de ponerme a sudar. A veces hasta me llevo los tennis y corro sin ponerme alarma cuando me voy de wikén. Ya casi he recuperado la flexibilidad de mis tempranos veintis. Lo sigo odiando, pero continúo ejercitándome en contra de mi propio auto sabotaje y apatía. Mi no tan nuevo cónyuge me mira como si estuviera en el mejor momento de mi vida y que conste que lleva ligándome desde que a mis trece me tiraba en una cama y con un gancho le cerraba el zipper a un mahón Bongo talla dos. 

 

Familias unidas, festividades divididas.

Familias unidas, festividades divididas.

Confieso que no me gustan los días de las madres. Debe haber sido algo que comenzó con el olvido de mi abuela y que se ha ido afilando con las pérdidas, la adultez y sus respectivas complicaciones. De niña me encantaban las festividades. La expectativa esa emocionante de mucha gente que querías en un mismo lugar, lo que también implicaba más regalos en un mismo día. Crecí con la falsa ilusión de que siempre se reunía toda la familia, por lo mismo que imaginaba en mi futuro ese calco de familia grande y toda junta.

Con el útero en la mesa

Con el útero en la mesa

Los 33 han sido una edad dura para mí. Sospechaba que pasaría ya que tuve una tía que murió a sus 33. En los últimos 5 meses cada vez que alguien me pregunta mi edad (cosa que no entiendo cómo sigue pasando y con qué fines) diría que el 89% de las veces, luego de mi: “33”, recibo un: “la edad de Cristo”. Automáticamente pienso en un hombre crucificado, ensangrentado, muriéndose en una cruz. Sin embargo, la gente lo suelta con cara de piropo, de alegría, casi de felicitación. El diálogo suele continuar en franca decadencia después de ahí.

Con el ojo en el hombro

Con el ojo en el hombro

Estoy pensando tatuarme un huracán en el hombro izquierdo. No sé si lo he hecho del todo a propósito, pero mis tatuajes están todos en el lado izquierdo de mi cuerpo. Quizás es una forma de balancearme, soy derecha, me encantan los zurdos y los izquierdismos en general. Sin querer queriendo todos mis tatuajes son un recordatorio de algo, de algo que quiero olvidar, de algo que suelo olvidar, de algo que no puedo olvidar.

O Mejor Oferta



Cada cierto tiempo vemos casas. No tenemos un ritmo o un ritual aparente. Un día cualquiera tomamos decisiones grandes, con la naturalidad con la que hacemos compra o decidimos irnos a beber a la Plaza de Santurce. Así nos mudamos juntos o él se mudó conmigo o yo tuve que mudarme y él me siguió… a veces pienso que vivimos juntos desde el primer junte, así que nuestros aniversarios nunca serán claros ni definitivos. Casi siempre el comienzo del cuento es que uno le envía a otro un clasificado, un “se vende”. La economía está jodida y por eso es el momento perfecto para comprar, dicen. Es el peor momento para vender, como en todo, que alguien pierda una casa que pagó casi toda la vida es un golpe de suerte esperanzador para otro que ahora puede comprar una casa en un área en la que jamás soñó vivir. Aunque ahora esté del lado de la esperanza no deja de darme tristeza. A veces nos enviamos casas de medio millón de pesos, por si nos pegamos, nos enviamos casas de playa por si nos sentimos valientes y lo dejamos todo un día y montamos un kiosco en pleno Rincón y vivimos felices para siempre en trajes de baño, bronceados, con la casa llena de arena y el corazón lleno de viento de mar.

Ir a ver una casa es como una cita a ciegas. Uno se viste bonito, pa’ que piensen (o te crean) que tienes el presupuesto y te cojan en serio. Él brilla la guagua porque ahí nos ven llegar. Yo dejo las plumas, las pulseras escandalosas, me pongo un trajecito, unas plataformas, unas dormilonas, la cartera bonita, los espejuelos caros.


A veces los realtors citan a más de uno, siempre me parece sospechoso, me levanta banderas, desconfío al instante, la otra pareja, la otra familia, se convierte en competencia de algo que uno ni siquiera sabe si quiere. Si alguien es doctor, ingeniero, licenciado o arquitecto tiene ya las de ganar. Si alguien tiene hijos le enseñan con más detalle la casa, enfatizan en las ventajas del espacio para que los nenes jueguen, si no tenemos hijos nos explican en qué cuarto los pondríamos, lo conveniente que es esa calle para aprender a correr bicicleta y verlos jugar.

Yo pido pocas cosas, he vivido en muchas casas. Necesito luz, ventanales, espacios abiertos, cocinas que no tienten la claustrofobia, que cocinar nunca se convierta en un acto de aislamiento sino todo lo contrario, en el centro de la fiesta, en la razón del parisón. Él quiere que la urbanización sea cerrada, que el patio sea amplio, que quepan 2 carros en el garaje, que no tenga que agacharse para entrar a los cuartos, que no tenga que bañarse jorobado, que las ventanas sean de seguridad.


A mí no me gustan las casas nuevas, desconfío de su estructura, de la prisa con que las construyen, me asusta ser de las primeras que compra en algo que quizás se convierta en una comunidad fantasma, en un pequeño pueblo desierto. Me enamoro de la amplitud de los espacios, me importan más los sitios de estar que los mismos cuartos. No me molesta para nada que las casas estén viejitas, maltratadas, que les haga falta cariño, me parece que son síntomas de que sobreviven, de que se las han visto, las han pasado, y lo han aguantado.


Entonces hay casas que se sienten oscuras, con una oscuridad que no tiene que ver con tragaluces ni con que no esté conectada la electricidad. Hay paredes que parece que encierran llantos, hay pasillos que se sienten tan cargados que pareciera que el techo está a punto de echarse a llorar.

Entonces al séptimo, al octavo intento, vamos a ver una casa, en una urbanización vieja de esas que me gustan, de esas que siento que podré correr por las mañanas y saludar a las abuelitas que no tengo en los balcones de otras casas. Y de pronto los techos son altos, y no podemos evitar mirarnos disimulando y de repente la luz entra por todos lados y nos sonreímos de lado a lado y nos deja de importar la extraña distribución de los espacios. Llego a un patio gigante y veo a mis perros correr, empiezo a rescatar más perros y por qué no, uno que otro gato porque tenemos espacio demás. Agrandamos el cuarto master, me construyo un baño nuevo en un par de años, hago la cocina a mi gusto, siempre supe que mis boards en Pinterest tendrían uso después de todo.

No puedo demostrar que me encanta la casa, porque él me mira y me susurra preguntando si de verdad me gusta, que si me veo ahí, que si la quiero, y me aterra que si le digo que sí, hace una oferta, sin contratar inspectores, sin pedir tasación, sin regatear el precio, sin tener un plan determinado, sin saber en lo que se está metiendo. Lo sé capaz, porque así lo hizo conmigo. No dijo que necesitaba ver más casas, no preguntó si alguien había muerto allí, ni cuanto tiempo llevaba desocupada, no solicitó alquiler con opción de compra, no investigó de dónde venían las manchas de mis paredes, ni la razón original de las grietas en mis techos. Ofreció por encima del precio original, sin averiguar sobre mis vicios ocultos, sin sospechar de las hipotecas ejecutadas entre mis costillas, sin saber que yo coleccionaba ruinas en mi construcción.

Luego de ver y fotografiar cada rincón de la dichosa casa idílica, nos vamos casi corriendo, huyéndole al enamoramiento, la cagadera que uno siente cuando te das cuenta de que el jevo te está gustando de verdad. Y callamos en el carro mirando los alrededores. Y en el próximo semáforo abrimos las bocas y pintamos la entrada rara de un color funky y antes de que cambie a verde, remplazamos todas las ventanas a ventanas de seguridad, y sin más, estamos guiando sin tener la radio prendida, sin destino, pasándonos de la salida, guindando hamacas en el patio, contratando a un amigo para que nos pinte un mural. Tuvimos que parar a darnos unas cervezas, porque se nos secó el galillo de tanto arreglo y remodelación. Le encontramos ventaja a que “los nenes” compartieran un baño, hicimos un área para beber vinitos y escuchar discos de vinil, calculamos que teníamos estacionamiento para más de 7 carros y hasta para la yola que siempre estamos por comprar. Yo accedí al perro grande y él me dejó llenar las paredes de cuadros de mujeres. Sembramos un huerto casero, hicimos una terraza de madera, pusimos cortinas, nos deshicimos de medio juego de cuarto porque no cabía.




Y así fuimos a nuestra segunda cita, como uno va a encontrarse con el jevo por segunda vez, blindado. Con las antenas prendidas, con los consejos de los viejos, de los amigos, del contratista. Y encontramos manchas de humedad en los pisos. Y la distribución del espacio se nos hizo raro. Y nos dimos cuenta de que habían 3 tipos distintos de ventanas. Y el baño se nos hizo demasiado pequeño para compartirlo por los próximos 30 años. Y nos cuestionamos si valía la pena meterle tanto esfuerzo, tanto sudor, a una estructura de más de 3 décadas. Y nos fijamos en que no había suficiente espacio de almacenaje. Que no había explicación para tener un contador en el medio de la sala, que quizás todo ese espacio, ese pedazo favorito de nuestro futuro nidito fue una adición sin planificación del antiguo dueño. Que a lo mejor agrandar el master, hacer un baño nuevo, hacer la cocina a mi gusto terminaba costando más de lo que queríamos o podíamos gastar. Que el comején de las ventanas no era de los comunes, era de los peores. Que no sabíamos el trato que le habían dado a esa casa vieja. Así que desmonté las cunas de los niños que no tuve, enrollé el mural que no pintamos y me llevé la yola que nunca navegamos. Y nos montamos en carros distintos en silencio, sabiendo que quizás de aquí a unos años nos reiríamos de esta cita a ciegas, de cómo creímos que nos enamoramos, de como jurábamos que quizás, quizás esa casa nos hubiera dado “un vino de amor al tiempo”.


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A cuenta gotas






Mi abuela era supersticiosa, más católica que las monjas y supersticiosa. Creo que aparte de nuestro amor por los perros es en lo único en lo que nos parecemos. No han habido misas, rosarios, clases de cocina, ni de costura, que cierren el resto de ese abismo. No pongo mis carteras en el piso porque se me van los chavos, si se me derrama la sal echo por encima del hombro izquierdo con la mano derecha puñaditos de sal tres veces para que le caiga al diablo, me pongo histérica cuando abren una sombrilla en un sitio con techo y no hay Dios que me haga pasar por debajo de una escalera.

Todos mis cumpleaños, mi abuela ponía un vaso lleno de agua al revés sobre un plato para detener la lluvia. Yo llevo haciéndolo desde que tengo uso de razón. Si me voy de fin de semana, tan pronto llego al hotel lo hago, si quiero ir a la playa viro el vaso, el Día Nacional de la Salsa se viran vasos en mi casa sin excepción. Tengo amigos que me llaman y me piden que lo haga. Los más incrédulos han visto los cielos despejarse en menos de una hora después del viraje milagroso. He tenido peleas legendarias con gente que se ha atrevido a tocar el vaso y derramar el agua. Sin embargo, en este eterno verano seco, nunca supe qué hacer. No tengo un conjuro para la falta de lluvia, no tengo un antídoto para este tipo de escasez.



Hace ya más de tres meses, un martes para ser exactos, mi concubino me llamó a decirme que se iba temprano de la oficina, que el racionamiento empezaba en dos días, que era inminente, que teníamos que prepararnos, que él se iba para Mayagüez al otro día y no me iba a dejar a mí ese tostón. Yo pillé una risa burlona entre mis labios mientras al otro lado del teléfono se escuchaba un “te importa un carajo, ¿verdad?”. Tenía razón. El racionamiento me parecía ese por ahí viene el lobo por ahí viene el lobo que nunca llega. Pensaba que la sequía funcionaba como los huracanes que se acercan y se acercan y luego viran a última hora y destruyen alguna otra isla que probablemente ya derrumbaron la última vez. Llegué a una casa con un zafacón inmenso repleto de agua, galones y galones desperdigados en el comedor, botellitas junto al fregadero, cubos al lado de los inodoros, lavadora llena, bañeras llenas. La casa se había vuelto un almacén de humedad, una locura de plástico y mililitros. Dos días después, tal como prometían los periódicos y las redes sociales, dejó de salir agua por mis grifos.


Me preguntaron que qué yo hubiese hecho, que cómo yo hubiese sobrevivido. Probablemente hubiese intentado comprar agua embotellada cuando ya se hubiese acabado, seguramente me hubiese bañado en casa de mis papás mientras les durase, o en la oficina, o en el gimnasio, o en el mismo mar, no sé. La cosa es tengo una relación enfermiza, reincidente y de amor y odio con Cupey. Me crié en Cupey, me fui a España, regresé a Cupey, me casé, me mudé al mismo Cupey, me divorcié, volví al Cupey de mis padres, me mudé a Río Piedras, luego a Santurce, luego a Miramar y adivinen dónde vivo en feliz concubinato, obvio que en Cupey. Cuna de próceres tales como Tito Trinidad, no me lo invento, hay literalmente un rótulo verde que lo dice y del que me reído por los últimos 15 años a lo menos. Uno siempre vuelve, o por lo menos yo siempre vuelvo a los viejos sitios en los que haya amado o no la vida. Cupey estuvo en racionamiento desde el día 1. Pasamos por todos los planes, un día sí y un día no, un día sí y dos no, un día sí y tres no. Hubo un momento en que perdimos la cuenta y hasta nos bañamos con galones el día en que teníamos agua.



Tengo una cosa con el agua, siempre la he tenido. Tengo otra cosa con la escasez, siempre la he tenido. Me lo han dicho videntes, astrólogos, naturópatas que leen el iris del ojo, sicólogos y siquiatras. Y con esta sequía esas dos cosas se han mezclado de la peor y la mejor manera. Soy una nueva persona. Lo confieso. Yo me lavaba el pelo dos veces al día, dejaba correr el agua  mientras me desenredaba los nudos de la maranta, dejaba correr el agua mientras fregaba, mientras me lavaba los dientes, a veces hasta mientras me ponía los lentes, sin ningún sentido. A veces sencillamente se me olvidaba cerrar las plumas y me lo recordaban los ladridos mojados de mis perros o el ruido de cascada desde la cocina. Esta sequía me ha cambiado, tanto como te cambia un viaje al otro lado del mundo, o a Cuba que está justo en la esquina. Me propuse no maldecir desde el principio. Mientras me bañaba con galones me obligué a pensar en gente que nunca ha experimentado el placer del chorro de agua potable desde una ducha. Más allá, pensé en la imagen ya clichosa pero no por eso menos cierta de niños tomando agua turbia directamente de los charcos. Somos una isla bendecida dicen. Que me perdonen los puristas, pero esa afirmación hace que se me retuerza la fe. El hecho de que lo peor que nos pueda pasar sea tener agua 2 veces a la semana, me aterra. ¿Cuáles serán los criterios para conceder ciertas bendiciones a ciertas áreas geográficas? ¿Se habrán llegado a acuerdos? ¿Se habrán llenado solicitudes? ¿Se habrán establecido métodos de pago? ¿Habrán fechas de expiración que desconocemos? ¿Se nos acabará el pan de piquito otro martes cualquiera?

Una vez tuve un profesor de escrituras sagradas del medio oriente, recuerdo mi decepción cuando vi que era un cura jesuita, más que nada porque presumí su falta total de objetividad en el tema, sin embargo, aquel sacerdote me dijo unas palabras que son el mantra de todas mis creencias: “si me quitan mis dudas, me quitan mi fe”. En el momento en el que dejas de preguntarte, dejas de estar en el presente, dejas de existir.


En la sequía del noventa y pico, mi abuela nos calentaba calderos de agua y las mezclaba con el agua fría para que no nos congeláramos. Decía mientras nos bañaba, que había que dar gracias porque teníamos agua almacenada, porque teníamos gas para prender la estufa y poder entibiar el agua para bañarnos. En aquel entonces no tenía idea de la suerte que tenía de tener a mi abuela, punto. Esta sequía ha sido como un retiro espiritual, de esos que te hacen llorar a propósito y darte cuenta de que no eres tan buena persona después de todo, y para los que vivimos en pareja ha sido como un boot camp matrimonial, se pasa más trabajo, se gasta más dinero y uno no puede meterse bajo el chorro cuando está de mal humor. Mi compañero me calienta los galones de agua plásticos en el microondas y se asegura de reponer el agua que usamos. Cuando me voy a bañar, ya tengo galones tibios en el segundo piso. Obviamente con mi típica suerte, en medio de esta sequía me he lastimado rodillas, hombros, brazos y en muchas ocasiones, ha sido él quien me ha bañado con agua tibia, como hacía mi abuela. En el mismo medio de la sequía, para apaciguar mi pánico a la escasez, mi desconfianza en la humanidad en general, en décadas distintas, con tecnologías diferentes, alguien me ha amado lo suficiente como para almacenar agua, calentarla y dejármela correr, aunque sea justo la necesaria.

Perdonen la cursilería, el optimismo y el cliché bonito, pero ayer me quitaron el racionamiento y hasta nuevo aviso me permito sentirme bendecida.


Viernes 13




Un compañero de trabajo, militar retirado, me enseñó hace más de una década, medio en serio, medio en broma, que el miedo es lo que mantiene al mundo en sitio. Las relaciones son relaciones de poder y el poder y el miedo son aliados. Los miedos, como las manías, te dicen todo de la gente. Un hombre en un lugar oscuro, le da miedo que lo roben, que lo maten, una mujer en un lugar oscuro, le da miedo que la violen, que la maten, muchas veces en ese orden. Los miedos responden a construcciones culturales, a lecciones de vida, a herencias familiares, a situaciones históricas o anecdóticas, a experiencias terribles, a cuentos creídos y a mecánicas de supervivencia codificadas en nuestros ADNs.

Hace no tanto me fui de viaje, un viaje largo, exótico y lejano y medio. Me fui a un sitio prácticamente desconocido por completo para mí, para mi compañero de viaje y para prácticamente todo el que respondía con ojos grandes, cabeza echada para atrás, ceño fruncido y un “¿Turquía???” preñado de incredulidad, de prejuicios, de desconocimiento, de ignorancia y por supuesto, de miedo.

Todos los años nos parecen duros, cortos, crueles, llenos de muertes, de escasez y siempre estamos locos de que se acaben y nos prometemos que el próximo será el nuestro y cambiará nuestras vidas para siempre. En el 2014 hubo Chikungunya, hubo Ébola, hubo Siria, hubo guerra, entre otras cosas terribles. Todo lo que sentimos cercano, nos da la facilidad de relacionarnos y esto suele movernos el suelo como si acabase de ser descubierto o pasase por primera vez. Mientras las cosas permanezcan lejanas, no palpables, mientras no conozcamos a alguien que conozca a alguien que las sufra, es como si no tuviésemos manera de relacionarnos o preocuparnos o sentirnos vulnerables a ellas. Así que meses antes del viaje nos pasamos pendientes al conflicto en Siria, vivimos con repelente de mosquitos, con los brazaletes que seguimos comprando aunque nos aseguraban que no funcionaban, vivimos con las ventanas cerradas, prendiendo el aire más temprano, pagando aún más de luz eléctrica cada vez.
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Días antes de irnos, a pesar de que logramos esquivar el amenazante Aedes aegypti, mi compañero se contagió de un virus peor. Comenzó con una ansiedad leve, con preguntas esporádicas sobre la situación política de nuestro destino, nuestro destino fronterizo a Irán y a Siria. A esto le siguió una búsqueda de artículos sobre todos los peligros que nos esperaban al otro lado del mundo a donde nos dirigíamos voluntariamente y gastando nuestros ahorros. Un sitio donde no se nos había perdido nada (en palabras de mi madre) a encontrar posible y probablemente un secuestro, un bombazo, o la muerte misma (según avanzaban sus averiguaciones). Recordemos que una boricua murió en Turquía, por lo que se cumple el principio de cercanía suficiente. El miedo había entrado a nuestra casa, a nuestra relación, y lo peor de todo (en mi egoísta y viajero cerebro), amenazaba mi viaje, ¡y hasta ahí!



Mis miedos suelo tenerlos bastante identificados y controlados, casi casi rotulados y archivados por orden alfabético. Los miedos, en principio, son buenos, son reflejos de la vida, de la capacidad de adaptación, un principio básico de la supervivencia. Sentimos miedo cuando percibimos que se nos acerca un peligro (real, imaginario, pasado, presente, futuro, remoto), es un instinto animal y a la vez una de las emociones más humanas existentes. En mi librito lo último que se pierde es el miedo, no la fe.

En nuestra casa, los síntomas del miedo fueron irritabilidad, resentimiento, procrastinación de las tareas relacionadas al viaje, un veto al tema de la inminente partida y discusiones sobrias y ebrias al respecto. En el periodo de incubación se me acusó de ser tan “fearless”, tan “reckless”… Nunca me he considerado audaz, ni intrépida, mucho menos temeraria. Pero esa clasificación de “sin miedo”, de “libre de miedos” se me ha quedado rebotando desde entonces.

¿Le tengo miedo a los aviones? No. ¿Le tengo miedo a lo desconocido? No. ¿Le temo a ir a un país donde no hablen mi idioma? No. ¿Me da miedo la cultura musulmana? No. ¿Le tengo miedo a la comida de otros lugares? No. ¿Le tengo miedo al ébola? No.

Tengo miedo específicos, casi siempre puedo trazarlos a alguna raíz muy particular. Claro que tengo miedos irracionales, tengo pesadillas con que se me meta un lagartijo en el pelo y lo mate tratando de sacarlo. Le tengo pánico a que un murciélago se me enrede en la maranta. Le tengo miedo a que me asalten con una jeringuilla, a que intenten sacarme sangre y no salga ni una gota. Le tengo miedo a las palomas, a la mierda de palomas, en realidad. Vivo aterrorizada de que me dé Alzheimer y se me olvide los nombres y las caras de la gente que amo con pasión. Me da miedo quedarme sola, me da miedo tener hijos, me da miedo que el miedo haga que se me haga demasiado tarde para tener hijos si decido hacerlo, me da pánico que mi cuerpo no sea capaz de tenerlos, me da terror tenerlos y enterarme tardíamente que soy soberanamente inepta como mamá.

No me da miedo mi muerte, pero le tengo miedo a la muerte de mis padres. Me da miedo que mi hermano cometa un terror terrible de esos que ni familiares, ni conocidos, ni préstamos, logren solucionar. Me da pánico que le pase algo, cualquier cosa a Valeria. Me da terror que Iván crezca y me olvide. Le temo a que no me sea suficiente la longevidad de mis perros. Me da miedo morirme sin ver lugares que quiero ver, sin vivir cosas que quiero vivir. Me da terror no publicar un libro nunca. Tengo miedo a arrepentirme, a no vivir suficiente, a morirme con un “what if” en la médula de mis huesos. Me da miedo no pasar nunca la reválida, y más miedo aún no volverlo a intentar. Y sí, confieso que me da miedo también caminar, sola o acompañada por una calle oscura, en Istanbul o en Santurce, en Ankara o en Río Piedras, en Cappadocia o en Cupey. Me daba miedo antes y me da miedo después de que alguien atropellara a alguien que no conozco pero con quien tengo 56 amigos en común según Facebook, suficientemente cerca otra vez.

Le tengo miedo al cáncer, un miedo latente, real, mordaz y punzante. Un terror que cada cierto tiempo se aparece y me sonríe. Un miedo que me susurra al oído que esas pruebas de rutina siempre tienen la posibilidad de cagarme la vida para siempre. Un miedo que se me revuelca cuando una mujer con un año más que yo y 3 hijos se muere, luego de verla decir que sabe que Dios la va a salvar. Un miedo que me recuerda que hace seis años me dibujaron una escalerita del cáncer y me lo enseñaron a dos escalones de donde yo estaba. Un pánico que me hizo decir corta, saca, congela lo que sea porque no creo en la observación, no creo en la espera, no creo en salvarme con rezos. Creo en la violencia. Creo en exterminar el miedo del cuerpo y del alma sin ningún tipo de piedad. El miedo hay que matarlo, sacarlo de raíz, quemarlo con frío o con calor, no con oraciones ni con velas, hay que matarlo con radiación, con quimio, con una visita al año. El miedo se combate de frente y mirándolo a los ojos. El miedo se combate acostándote aterrada en una burra y sintiéndote el ser humano más miserable del mundo con una bata de papel rajada en el pecho. El miedo se combate con el miedo frío que te entra cuando el médico te dice que te bajes más, que te bajes más, y que te espatarres frente a una lupa gigante y una lámpara de luz blanca, mientras un hombre con mascarilla te trastea las vísceras y te saca un cantito de tus entrañas para mandarlo a examinar y esperar 2 semanas a que te llamen si sale algo mal. Porque nunca llaman a decirte que todo está bien. Y mientras tanto una se caga del miedo, la vida se paraliza y las próximas semanas van en una cámara lenta que tortura y enloquece.

Porque el miedo no tiene que ver con otra gente, el miedo tiene que ver con uno. Y si le huyes, te encuentra. Atrás, de frente, porque lo llevas contigo, es parte de ti. No se queda atrás con mudanzas, ni cambios de imagen, se agudiza con el tiempo, se activa con la lluvia, como el barrunto. Caminas en un campo minado sin zapatos ni rotulación. Se camufla con la felicidad y te coge desprevenido.



Mi miedo al cáncer está encriptado en mi sangre, en mi familia le da cáncer hasta a los perros. Mi tía se murió a los 33 años. 3 años más que yo, y yo no me quiero morir de cáncer carajo. Me pregunto cómo sería vivir antes de que eso fuera una posibilidad. Cómo será vivir de verdad sin miedo. No tengo la más remota idea pero haré todo lo posible para alcanzarlo, seguiré yendo a sitios donde no se me ha perdido nada como vacuna, continuaré mirando a los ojos al lagartijo que me espera a diario en las escaleras de mi casa como medida preventiva, miraré a ambos lados cuando cruzo la calle y me aseguraré de tener el espray de pimienta listo. Le llevaré ventaja a mis genes, haciendo sudokus en las noches, arrastraré a mi compañero a amarnos en países fronterizos al conflicto, seguiré religiosamente humillándome en una burra, y de vez en cuando, por qué no, rezaré, cruzaré los dedos y prenderé una que otra vela.