De dolores y sus categorías



Han pasado 3 semanas desde que nos acuartelamos en un pasillo mi no tan nuevo cónyuge, mis dos perros y yo. Apenas un mes del rugido aquel que se metía con violencia por puertas y ventanas. Un rugido largo y persistente que nos atormentó por horas y horas. Un rugido que fue seguido por un profundo y desolador silencio. Un silencio que fue rellenado por una emisora am. Una emisora am que solo narraba malas noticias. Malas noticias que venían de voces de jóvenes y ancianos que no sabían en dónde estaba su tía, su primo, su nieto, su abuela. Gente que lloraba por sus familiares sordomudos, ciegos, en sillas de rueda, seres que suplicaban que se reportaran los que vivían cerca del mar, al lado del río, al pie de una montaña. Entonces la saña del viento fue sustituida por el cruel zumbido de la incertidumbre. Dicen que en 21 días cualquier cosa que hagas se convierte en costumbre, en parte de ti. Creo que por eso esta semana nos estamos empezando a dar cuenta de que esto nos pasó.

Yo viví casi 4 años con mi no tan nuevo cónyuge antes de casarme y logré crear la fantasía de que no iba al baño, de que era una princesa o un perfecto robot. Ahora tengo que anunciar los propósitos de la visita, si me encierro, si uso el inodoro, si tengo que descargar el tanque, así que poco a poco he ido superando la humillación. De la misma manera en la que me he ido haciendo a la idea de que estoy en un camping de esos que nunca me han gustado, pero no un camping de wikén y vista al mar, un camping indefinido, entre paredes de cemento y hormigón, sin brisa de agua salá que refresque, sin la chulería esa de simulacro de vacación. 

Me fui de viaje 2 semanas y desperté en 5 ciudades distintas. Se me hace sencillo acostumbrarme al cambio, y a los buenos cambios ni se diga, así que cuando amanecí sudada, acalorada, con el sol violándome los párpados, pensé que era una nueva ciudad, pero no, abrí los ojos en mi casa, para ser exactos en mi sala, ya que bajamos el colchón al piso porque el calor del cuarto es infernal desde que pasó. Desperté en mi país, la isla que siempre me ha dado trabajo querer, hubiese querido que fuese un mal sueño, pero olía a basura, a bolsas que llevaban 11 días en los zafacones. A inodoros que se bajan cada 3 o 4 meadas, a cuerpos que se bañan con cubitos, a ollas que se lavan con cantidades mínimas de agua y jabón, a una nevera de playa que tenía mantequilla, leche, queso y jamón y se quedó sin hielo, sin frío y con un profundo olor a putrefacción. Sin embargo, no podemos desecharla, cualquier líquido es combustible de descargue. Tomé un taller de guiones de cine hace años con un profesor que contaba que por pura manía convertida en ritual, bajaba el inodoro antes de bañarse, que la generación que le precedía, le había aniquilado la posibilidad de sexo sin condón, así que él botaba agua sin cargos de conciencia, de 3 a 7 galones para ser exactos, porque el sonido del inodoro le relajaba, le causaba una extraña sensación de clausura y por ende, satisfacción. Me pregunto si hoy echará los cubos de agua de lluvia recogida dentro del tazón del inodoro, por aquello de preservar algún tipo de normalidad después de lo que nos pasó.


Creo que es importante decirlo, creo que es necesario escribirlo, esto nos pasó, nos pasó a nosotros, no fue a un país al otro lado del mundo, no fue en una nación en guerra de nombre impronunciable, no fue en una de las islitas que los huracanes tienen como saco de boxeo por la última década. Le pasó al Estado Libre Asociado de Puerto Rico, le pasó a Borinquen, a la isla bendecida. Una isla que ahora parece prendida en fuego, no pareciera que los vientos la desnudaron, parece que le prendieron fuego y se consumió hasta la mismísima raíz. Se siente y se ve como lo que es, un campo minado cuidadosamente compuesto por las desesperaciones e irritaciones de todo el que te rodea, ya sea porque la planta se quedó sin diesel o porque no tienes insulina para tu viejo o para el nuevo miembro de la familia. El mapa entero es un canvas en blanco para la ansiedad. Lo que queda de isla es un espacio para desarrollar paranoias, complots, para construir los escenarios más catastróficos cuando no consigues comunicarte con alguien y lo peor es que en este registro de comunicaciones rotas, interrumpidas o inexistentes, todos los panoramas fatalistas, suenan lógicos y tristemente posibles.

Ya nos parece natural hacer filas de tiempo completo, pasar 8 horas para conseguir gasolina, para retirar efectivo, para que nos vendan dos bolsitas de hielo. Hemos perdido la noción de la normalidad. Lo relativo de la longitud de las filas, es solo un ángulo, si ves que hay 45 personas en la ATH, o apenas 72 carros antes de ti, la fila no está mal. Hace un mes, si veías 3 personas antes de ti esperando para retirar dinero, te ibas. Es más, ¿para qué necesitábamos el efectivo de todos modos?

Ahora hay una nueva ética para todo, una nueva forma de saludar, de sonreír, como con pena, “mano cómo estás” y siempre acompañarlo de un “dentro de…” Hay un nuevo estándar de pérdida, si al preguntar cómo estás, la respuesta solo incluye: se me inundó la casa, el carro no prende, perdí la terraza, la mitad de los muebles, la respuesta correcta y aceptable es: Gracias a Dios, estamos vivos.

He intentado montarme en la ola del agradecimiento, del optimismo, de la resiliencia, de la empatía y la solidaridad. Y aunque es lindo pensar que ahora la orden del día es que yo te traigo una libra de pan, o compartimos las dos bolsas de hielo por las que alguien hizo 5 horas de fila y llegan semi derretidas, que hacer una olla de arroz con salchicha o un sancocho en el parking o en la marquesina y repartirlo, suena a que hemos aprendido a vivir en comunidad, yo no me lo creo. Me alegra que ahora seamos un país de mindfulness, que de pronto no nos sintamos superiores a la gente de otros países y de los mismos compatriotras, cuya realidad siempre ha sido este arroz con culo que tenemos la fe de que sea una situación temporera al menos para los más privilegiados. Pero me da muchísima vergüenza pensar que un huracán tenía que partirnos por el mismo medio para abrir los ojos y despertarnos la humanidad. La capacidad de conmovernos por el sufrimiento ajeno, la habilidad de imaginarnos cómo siente el otro, la sensibilidad de tolerar y no juzgar porque realmente el que está de frente puede estar pasando el peor día de su vida o puede estar al borde de una crisis nerviosa, no se supone que lleguen milagrosamente porque nos arrancaron el país de raíz. No hay que justificar la desgracia. No hay por qué minimizar las pérdidas. No hay por qué renegar de la miseria propia y del profundo duelo que tenemos derecho a sentir.

Si perdiste tu terraza, que quizás estuviste 5 o 10 años ahorrando para construir, llora. Si el carro que acababas de comprar o que acababas de saldar después de 60 pagos, ahora no prende porque se inundó, échate a llorar. Si estuviste 9 horas en un techo esperando a que te rescataran, asqueado de tu propio olor, pasando frío y con un miedo real a morirte ahogado, bébete las lágrimas. Porque no hay tragedia pequeña y la única manera que tenemos para enfrentar la pérdida es aceptándola primero. Al igual que para sobrepasar adicciones hay que llamarlas por nombre y apellido y llamarse uno por nombre y apellido, hay que detenerse, hacer un inventario de lo perdido, permitirse llorarlo y entonces y solo entonces, empezar de nuevo o simplemente retomar la lucha.


Mi nombre es Edmaris Carazo, y estoy cansada de no tener agua en los grifos. Estoy harta de dormir en un mattress en la sala de mi casa y que me devoren los mosquitos. Estoy drenada por no poder dormir lo humanamente suficiente, estoy humillada por tener que avisarle a mi marido de todos los procesos escatológicos por los que estoy pasando, me siento amenazada por mi propia torpeza y estoy aterrorizada de cortarme o romperme un hueso y tener que terminar en un hospital. Siempre he odiado la incertidumbre y el no saber la fecha de expiración de esta situación me tiene los nervios rotos. Tengo un trabajo nuevo, al que intento llegar a tiempo y bien vestida, cosa que es una batalla campal diaria, porque no puedo lavar ropa, ni mucho menos plancharla, combino las cosas con la luz de una linterna y tardo el doble en cualquier cosa que quiera hacer porque los tapones son infinitos, los semáforos no existen y la amabilidad de los conductores duró apenas los primeros días. Sufro cada uno de los despidos y cada cesantía temporera me acerca un poco más a tener un ataque de pánico, y aunque una de mis reglas de vida es no llorar en el trabajo, leí un estatus de un gran amigo que perdió a su mamá por leptospirosis y aparte de tener que levantarse ese día y seguir viviendo, tuvo y tiene que preocuparse por reunir seis mil dólares para enterrarla. Al leerlo pedir que lleváramos arena de una playa al funeral y que su mamá sembró robles y floreceremos, lloré en la oficina en la que no llevo 30 días laborables corridos. Lloré porque confundimos el optimismo con una profunda negación. Lloré porque es irresponsable negar pérdidas que podrían resultar ser epidémicas. Lloré de rabia porque ignorar lo que nos pasa es una forma de perpetuarlo. El “ay bendito” evolucionó a un “estamos vivos”. El “estamos jodidos” que no se dice, se traduce a “hay gente peor”. Las cosas materiales no son todas reemplazables. Algunas cosas materiales son lo único concreto que te quedaba de tu abuela o el símbolo de un préstamo estudiantil que aún estás pagando, o una escritura que perpetúa tus 360 pagos de hipoteca o literalmente el techo de tus hijos o lo que fue la casita de tus viejos. Estar bien y estar vivos no es lo mismo. El dolor no se mide en conteos de muertes certificadas.


Tengo una hernia en el esófago que ha estado bajo control durante años, sin embargo, las frituras, la comida enlatada, el lujo del vino tinto (porque no hay refrigeración para más nada) me tienen el cuerpo vapuleado. Estuve meses comiendo bien, haciendo crossfit, corriendo, haciendo yoga, tomando ácido fólico y vitaminas porque por primera vez en mi vida decidí conscientemente coquetear con la idea de intentar convertirme algún día en mamá. Se supone que uno no se tome las cosas de manera personal pero no puedo evitar sentir como si el universo estuviera tan en contra del concepto que me rajó la isla y la vida misma para evitarlo. Estoy alimentando a una comunidad de Aedes aegypti noche tras noche, su pasión por mí es tanta, que no hay repelente, citronela o aceite esencial que los detenga. Tengo los anuncios del zika retumbándome el cuero cabelludo, mientras me baño, mientras duermo, mientras le paso la mano a mi marido que no encuentra cómo más evitar que yo vuele en cantos como cualquier ventana o puerta corrediza, cediendo a los vientos huracanados, explotando porque sencillamente el aire no tiene por dónde carajo salir. La semana pasada hubiese sido la presentación de mi libro publicado por fin, después de más de 7 años de haberlo pujado y empujado, uno de mis más grandes sueños, también convertido en polvo por el temporal. El 8 de octubre era mi primer aniversario de bodas y bien en el fondo soy una cursi sin remedio que hubiese querido tener una cena bonita, beberme un buen vino, comerme algo que no me diera dolor de barriga, celebrar el amor con el cuerpo, sin pensar en cesantías, en muertos enterrados en los patios de sus familias, en escasez y bebés con cabezas pequeñitas.

El otro día me metí a un supermercado, porque todos los artículos contra la depresión y la ansiedad te incitan a intentar recrear algún indicio de normalidad, realizar tus rutinas teniendo en cuenta de que todo será un poco más complicado, un chin más difícil, un proceso más prolongado y que por lo mismo la satisfacción de lograrlo te proveerá alguna dosis de satisfacción cotidiana, de deber cumplido. Sin embargo, al entrar a colmado, me convertí en un adolescente que vive solo por primera vez, que lo zumban a la adultez sin casco. Bolsas de tela en mano sentía que me aplastaba la manada de gente, la abrumadora mayoría de artículos que no puedo comprar porque no tengo dónde refrigerarlos. Y el pánico ese nuevo y aguerrido de que no van a aceptar tarjeta de crédito, de que hay que pagar en efectivo, en especial a gente como yo que le huye al cash como el diablo a la cruz y ahora hay que preguntarse a diario, ¿tienes efectivo?, ¿será suficiente?, en nuestro caso subir de nuevo los 3 pisos para contar los billetes, dividirlos a la mitad, presupuestar para lo inesperado, porque lo inesperado ahora es nuestra nueva realidad. Entonces uno lleva la cuenta de las cosas que compra en la cabeza, como hacía mi abuela con la mayor facilidad. Nos vamos en un solo carro para no gastar la gasolina, porque aunque en el área metro la cosa de las gasolineras se ha estabilizado, no hay garantía de que esto se quede así. Tenemos estrés post traumático, cuando sopla duro el viento, que ahora cualquier viento sopla durísimo porque no hay hojas en los árboles que sobrevivieron, y nos miramos con susto, con un verdadero y profundo susto porque aprendimos luego de 20 años y después de viejos que el cuco existe y a veces el lobo sí viene y nos come de verdad. El otro día en una plaza formaron un bembé, porque eso es lo que hacemos, cantar, beber y bailar, pa’ sentir que somos gente de nuevo, que “this too shall pass”, a alguien se le ocurrió tirar fuegos artificiales, la gente se tiró al piso, miró para todos lados, le amoretonaron el brazo a su ser amado favorito, tuvieron taquicardia, recordaron a María, pidieron otro shot. No estamos listos para ruidos súbitos, el terreno no está apto pa’ sorpresas.


Llevo 21 días repitiéndome “todo va a estar bien”, 20 días contando el agua y las latas que nos quedan, 19 días aprendiendo a manejar una estufa de gas a pesar de mi increíble torpeza, 18 días inhalando y exhalando, consciente de mi privilegio, pensando en los refugiados antes de quejarme del calor. 17 días jugando briscas y dominó. 16 días escuchando radio am y reggaetón, las únicas frecuencias sonoras que se escuchan y que son un catalítico para cualquier mini infarto o colapso de la presión. 15 días durmiendo en un charco de mi propio sudor. 14 días preguntándome si estará bien la gente con la que no me he comunicado. 13 días intentando llevarle dinero a la mejor amiga de mi mamá, que no puede ser más generosa y que el agua, mi elemento favorito se lo quitó absolutamente todo, 12 días pensando en qué vamos a hacer si uno de los dos se queda sin trabajo, 11 días pensando en cómo pagar las cuentas sin telefonía ni servicio de internet, 10 días pensando en los viejitos que viven en pisos altos, en un asilo que la dueña se fue y los dejó allí a todos rodeados de tormenteras y desolación, en mi abuela, en un mejor asilo pero aún así sola en un cuarto pequeño, preguntándose en su mente ida qué serían esos ruidos de guerra y terror, 9 días temiendo que se vuelva a meter un murciélago a la casa, perdiéndole el asco a las moscas y buscando maneras de no matar a las abejas que están igual de desesperadas que nosotros, con un miedo terrible a la escasez, 8 días extrañando de antemano a los amigos que no tienen más remedio que irse, a irse porque tienen un recién nacido o porque se les acabaron las pastillas de quimio a la mamá, 7 días viendo los días empezar y terminar como quien ve la vida como algo que le pasa a uno sin remedio, 6 días tomando pastillas para la acidez como si fuesen mentas para el aliento, 5 días preguntando en los lugares: ¿qué te queda?, 4 días intentando terminar libros con una vela en la falda o una linterna en la frente, 3 días celebrando cuando pasan 24 o 48 horas sin un ataque de pánico, 2 días que me dejo llorar sin cuestionarme, 1 día intentando enfocarme en todos los días escribirle, hablarle y si es posible tocar a alguien querido.


Conseguí un café abierto, abierto porque en una cartulina gigante lo decía afuera, este es el nuevo método infalible y disponible de publicidad que tienen los negocios. Sin embargo, el lugar estaba a oscuras. En el pasado (es decir hace menos de un mes), bombillas apagadas significaban negocio cerrado, pero esa realidad (entre muchísimas otras) ya cambió. Entré y un barista sudado, sin afeitar y con gorra (estilo mayoritario en estos tiempos) me indicó que solo tenían café y espuma de leche, me pareció ideal, vi a su lado un bizcocho con todo y glaseado, le pregunté si era de hoy, me dijo que sí pero que era de guineo, me lo dijo con pena, como pidiendo excusas, le dije que mejor todavía. Me senté mirando a la calle en una mesa frente a la puerta abierta. Pensé en tomarle una foto al bizcocho, al frosting, al hermoso café y darle una pauta gratuita, negocio abierto, café rico, bizcocho de guineo recién horneado. Recordé inmediatamente que no tengo batería, porque no tengo luz eléctrica, luego me consolé pensando que si tuviese batería tampoco tendría señal para subir nada, acto seguido me acordé que esta semana tenía cita (cita que perdí porque la vida misma la hemos tenido que poner en hold) para enviar mi celular a reparar porque algo le pasa, hay que golpearlo a ambos lados, prenderlo y apagarlo para que funcione. Como si se negara a reaccionar con suavidad, como si se le olvidara que sus funciones son responder al toque de mis dedos, seguir mis comandos, ser útil, ser funcional. Y por alguna razón que desconozco, ese pensamiento junto al rótulo luminoso pero apagado del café, las abejas rodeando la puerta, el tarro del azúcar, el nombre sin luz y hasta mi propio café, el calor del lugar y de la isla entera, la pegajosidad que se ha convertido en el estatus quo de mi piel, sin olores de vainilla y lavanda, sino una combinación perpetua de sudor, jabón sin enjuagar, sudor, repelente, polvo y quién sabe qué más, me hizo ponerme a llorar. Mientras chupaba directamente de mis dedos el deliciosos frosting de queso crema, mientras sorbía mi café con la florecita típica en la espuma de la leche, lloré, lloré como solía llorar los 31 de diciembre, como suelo llorar en mis cumpleaños, como no he vuelto a llorar desde que la vida decidió darme una tregua, dejar de mantenerme alerta a cantazos, golpeándome a ambos lados, prendiéndome y apagándome la alegría para que reaccione. Nadie me miró raro, supongo que ya es normal que a la gente se le salgan las lágrimas cuando encuentra algo en una góndola, cuando salen un par de gotas del grifo, cuando luego de 7 horas de fila, les dejan llenar el tanque entero de gasolina, aunque les cueste el doble de lo que les costaba antes del huracán. Lloré porque extrañaba sentir placer sin culpa, cerrar los ojos y recordarme que estar viva puede ser rico, que esta mierda me azotó pero no me quemó la raíz, que la dulzura existe, que a veces (bien pocas veces) pero a veces me hace falta que me abracen, que ese maldito rugido no me espantó la música, que me niego a vivir acuartelada en un pasillo, que los robles florecen aunque las inundaciones y los tapones no siempre me dejen llegar a los funerales, que bien en el fondo sé que nos levantamos, pero por ahora necesito, guardarle luto a mis escombros.

El Día Que Me Venció El Olvido

Mi primera novela está disponible en Kindle, si no tienes un Kindle puedes bajar el app.

"El Día que me venció el Olvido cuenta a dos voces la historia de 3 mujeres de 3 generaciones distintas. El lector se siente dentro de la cabeza, desde los ojos y entre las piernas de una narradora que vive de prisa intentando escapar de la genética y las decisiones de su familia. La novela obliga a mirarse desde los ojos del Alzheimer, del desdén, de la indiferencia y desde la erotización del dolor. Una narración concisa, íntima, cotidiana, irreverente, humana y poderosa que produce cosquillas de las buenas y de las malas en el lector que observa a una abuela que olvida, una madre que ignora y una hija que intenta recolectar y juntar los pedazos antes de que el olvido los desaparezca..."

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Cada cierto tiempo vemos casas. No tenemos un ritmo o un ritual aparente. Un día cualquiera tomamos decisiones grandes, con la naturalidad con la que hacemos compra o decidimos irnos a beber a la Plaza de Santurce. Así nos mudamos juntos o él se mudó conmigo o yo tuve que mudarme y él me siguió… a veces pienso que vivimos juntos desde el primer junte, así que nuestros aniversarios nunca serán claros ni definitivos. Casi siempre el comienzo del cuento es que uno le envía a otro un clasificado, un “se vende”. La economía está jodida y por eso es el momento perfecto para comprar, dicen. Es el peor momento para vender, como en todo, que alguien pierda una casa que pagó casi toda la vida es un golpe de suerte esperanzador para otro que ahora puede comprar una casa en un área en la que jamás soñó vivir. Aunque ahora esté del lado de la esperanza no deja de darme tristeza. A veces nos enviamos casas de medio millón de pesos, por si nos pegamos, nos enviamos casas de playa por si nos sentimos valientes y lo dejamos todo un día y montamos un kiosco en pleno Rincón y vivimos felices para siempre en trajes de baño, bronceados, con la casa llena de arena y el corazón lleno de viento de mar.

Ir a ver una casa es como una cita a ciegas. Uno se viste bonito, pa’ que piensen (o te crean) que tienes el presupuesto y te cojan en serio. Él brilla la guagua porque ahí nos ven llegar. Yo dejo las plumas, las pulseras escandalosas, me pongo un trajecito, unas plataformas, unas dormilonas, la cartera bonita, los espejuelos caros.


A veces los realtors citan a más de uno, siempre me parece sospechoso, me levanta banderas, desconfío al instante, la otra pareja, la otra familia, se convierte en competencia de algo que uno ni siquiera sabe si quiere. Si alguien es doctor, ingeniero, licenciado o arquitecto tiene ya las de ganar. Si alguien tiene hijos le enseñan con más detalle la casa, enfatizan en las ventajas del espacio para que los nenes jueguen, si no tenemos hijos nos explican en qué cuarto los pondríamos, lo conveniente que es esa calle para aprender a correr bicicleta y verlos jugar.

Yo pido pocas cosas, he vivido en muchas casas. Necesito luz, ventanales, espacios abiertos, cocinas que no tienten la claustrofobia, que cocinar nunca se convierta en un acto de aislamiento sino todo lo contrario, en el centro de la fiesta, en la razón del parisón. Él quiere que la urbanización sea cerrada, que el patio sea amplio, que quepan 2 carros en el garaje, que no tenga que agacharse para entrar a los cuartos, que no tenga que bañarse jorobado, que las ventanas sean de seguridad.


A mí no me gustan las casas nuevas, desconfío de su estructura, de la prisa con que las construyen, me asusta ser de las primeras que compra en algo que quizás se convierta en una comunidad fantasma, en un pequeño pueblo desierto. Me enamoro de la amplitud de los espacios, me importan más los sitios de estar que los mismos cuartos. No me molesta para nada que las casas estén viejitas, maltratadas, que les haga falta cariño, me parece que son síntomas de que sobreviven, de que se las han visto, las han pasado, y lo han aguantado.


Entonces hay casas que se sienten oscuras, con una oscuridad que no tiene que ver con tragaluces ni con que no esté conectada la electricidad. Hay paredes que parece que encierran llantos, hay pasillos que se sienten tan cargados que pareciera que el techo está a punto de echarse a llorar.

Entonces al séptimo, al octavo intento, vamos a ver una casa, en una urbanización vieja de esas que me gustan, de esas que siento que podré correr por las mañanas y saludar a las abuelitas que no tengo en los balcones de otras casas. Y de pronto los techos son altos, y no podemos evitar mirarnos disimulando y de repente la luz entra por todos lados y nos sonreímos de lado a lado y nos deja de importar la extraña distribución de los espacios. Llego a un patio gigante y veo a mis perros correr, empiezo a rescatar más perros y por qué no, uno que otro gato porque tenemos espacio demás. Agrandamos el cuarto master, me construyo un baño nuevo en un par de años, hago la cocina a mi gusto, siempre supe que mis boards en Pinterest tendrían uso después de todo.

No puedo demostrar que me encanta la casa, porque él me mira y me susurra preguntando si de verdad me gusta, que si me veo ahí, que si la quiero, y me aterra que si le digo que sí, hace una oferta, sin contratar inspectores, sin pedir tasación, sin regatear el precio, sin tener un plan determinado, sin saber en lo que se está metiendo. Lo sé capaz, porque así lo hizo conmigo. No dijo que necesitaba ver más casas, no preguntó si alguien había muerto allí, ni cuanto tiempo llevaba desocupada, no solicitó alquiler con opción de compra, no investigó de dónde venían las manchas de mis paredes, ni la razón original de las grietas en mis techos. Ofreció por encima del precio original, sin averiguar sobre mis vicios ocultos, sin sospechar de las hipotecas ejecutadas entre mis costillas, sin saber que yo coleccionaba ruinas en mi construcción.

Luego de ver y fotografiar cada rincón de la dichosa casa idílica, nos vamos casi corriendo, huyéndole al enamoramiento, la cagadera que uno siente cuando te das cuenta de que el jevo te está gustando de verdad. Y callamos en el carro mirando los alrededores. Y en el próximo semáforo abrimos las bocas y pintamos la entrada rara de un color funky y antes de que cambie a verde, remplazamos todas las ventanas a ventanas de seguridad, y sin más, estamos guiando sin tener la radio prendida, sin destino, pasándonos de la salida, guindando hamacas en el patio, contratando a un amigo para que nos pinte un mural. Tuvimos que parar a darnos unas cervezas, porque se nos secó el galillo de tanto arreglo y remodelación. Le encontramos ventaja a que “los nenes” compartieran un baño, hicimos un área para beber vinitos y escuchar discos de vinil, calculamos que teníamos estacionamiento para más de 7 carros y hasta para la yola que siempre estamos por comprar. Yo accedí al perro grande y él me dejó llenar las paredes de cuadros de mujeres. Sembramos un huerto casero, hicimos una terraza de madera, pusimos cortinas, nos deshicimos de medio juego de cuarto porque no cabía.




Y así fuimos a nuestra segunda cita, como uno va a encontrarse con el jevo por segunda vez, blindado. Con las antenas prendidas, con los consejos de los viejos, de los amigos, del contratista. Y encontramos manchas de humedad en los pisos. Y la distribución del espacio se nos hizo raro. Y nos dimos cuenta de que habían 3 tipos distintos de ventanas. Y el baño se nos hizo demasiado pequeño para compartirlo por los próximos 30 años. Y nos cuestionamos si valía la pena meterle tanto esfuerzo, tanto sudor, a una estructura de más de 3 décadas. Y nos fijamos en que no había suficiente espacio de almacenaje. Que no había explicación para tener un contador en el medio de la sala, que quizás todo ese espacio, ese pedazo favorito de nuestro futuro nidito fue una adición sin planificación del antiguo dueño. Que a lo mejor agrandar el master, hacer un baño nuevo, hacer la cocina a mi gusto terminaba costando más de lo que queríamos o podíamos gastar. Que el comején de las ventanas no era de los comunes, era de los peores. Que no sabíamos el trato que le habían dado a esa casa vieja. Así que desmonté las cunas de los niños que no tuve, enrollé el mural que no pintamos y me llevé la yola que nunca navegamos. Y nos montamos en carros distintos en silencio, sabiendo que quizás de aquí a unos años nos reiríamos de esta cita a ciegas, de cómo creímos que nos enamoramos, de como jurábamos que quizás, quizás esa casa nos hubiera dado “un vino de amor al tiempo”.


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A cuenta gotas






Mi abuela era supersticiosa, más católica que las monjas y supersticiosa. Creo que aparte de nuestro amor por los perros es en lo único en lo que nos parecemos. No han habido misas, rosarios, clases de cocina, ni de costura, que cierren el resto de ese abismo. No pongo mis carteras en el piso porque se me van los chavos, si se me derrama la sal echo por encima del hombro izquierdo con la mano derecha puñaditos de sal tres veces para que le caiga al diablo, me pongo histérica cuando abren una sombrilla en un sitio con techo y no hay Dios que me haga pasar por debajo de una escalera.

Todos mis cumpleaños, mi abuela ponía un vaso lleno de agua al revés sobre un plato para detener la lluvia. Yo llevo haciéndolo desde que tengo uso de razón. Si me voy de fin de semana, tan pronto llego al hotel lo hago, si quiero ir a la playa viro el vaso, el Día Nacional de la Salsa se viran vasos en mi casa sin excepción. Tengo amigos que me llaman y me piden que lo haga. Los más incrédulos han visto los cielos despejarse en menos de una hora después del viraje milagroso. He tenido peleas legendarias con gente que se ha atrevido a tocar el vaso y derramar el agua. Sin embargo, en este eterno verano seco, nunca supe qué hacer. No tengo un conjuro para la falta de lluvia, no tengo un antídoto para este tipo de escasez.



Hace ya más de tres meses, un martes para ser exactos, mi concubino me llamó a decirme que se iba temprano de la oficina, que el racionamiento empezaba en dos días, que era inminente, que teníamos que prepararnos, que él se iba para Mayagüez al otro día y no me iba a dejar a mí ese tostón. Yo pillé una risa burlona entre mis labios mientras al otro lado del teléfono se escuchaba un “te importa un carajo, ¿verdad?”. Tenía razón. El racionamiento me parecía ese por ahí viene el lobo por ahí viene el lobo que nunca llega. Pensaba que la sequía funcionaba como los huracanes que se acercan y se acercan y luego viran a última hora y destruyen alguna otra isla que probablemente ya derrumbaron la última vez. Llegué a una casa con un zafacón inmenso repleto de agua, galones y galones desperdigados en el comedor, botellitas junto al fregadero, cubos al lado de los inodoros, lavadora llena, bañeras llenas. La casa se había vuelto un almacén de humedad, una locura de plástico y mililitros. Dos días después, tal como prometían los periódicos y las redes sociales, dejó de salir agua por mis grifos.


Me preguntaron que qué yo hubiese hecho, que cómo yo hubiese sobrevivido. Probablemente hubiese intentado comprar agua embotellada cuando ya se hubiese acabado, seguramente me hubiese bañado en casa de mis papás mientras les durase, o en la oficina, o en el gimnasio, o en el mismo mar, no sé. La cosa es tengo una relación enfermiza, reincidente y de amor y odio con Cupey. Me crié en Cupey, me fui a España, regresé a Cupey, me casé, me mudé al mismo Cupey, me divorcié, volví al Cupey de mis padres, me mudé a Río Piedras, luego a Santurce, luego a Miramar y adivinen dónde vivo en feliz concubinato, obvio que en Cupey. Cuna de próceres tales como Tito Trinidad, no me lo invento, hay literalmente un rótulo verde que lo dice y del que me reído por los últimos 15 años a lo menos. Uno siempre vuelve, o por lo menos yo siempre vuelvo a los viejos sitios en los que haya amado o no la vida. Cupey estuvo en racionamiento desde el día 1. Pasamos por todos los planes, un día sí y un día no, un día sí y dos no, un día sí y tres no. Hubo un momento en que perdimos la cuenta y hasta nos bañamos con galones el día en que teníamos agua.



Tengo una cosa con el agua, siempre la he tenido. Tengo otra cosa con la escasez, siempre la he tenido. Me lo han dicho videntes, astrólogos, naturópatas que leen el iris del ojo, sicólogos y siquiatras. Y con esta sequía esas dos cosas se han mezclado de la peor y la mejor manera. Soy una nueva persona. Lo confieso. Yo me lavaba el pelo dos veces al día, dejaba correr el agua  mientras me desenredaba los nudos de la maranta, dejaba correr el agua mientras fregaba, mientras me lavaba los dientes, a veces hasta mientras me ponía los lentes, sin ningún sentido. A veces sencillamente se me olvidaba cerrar las plumas y me lo recordaban los ladridos mojados de mis perros o el ruido de cascada desde la cocina. Esta sequía me ha cambiado, tanto como te cambia un viaje al otro lado del mundo, o a Cuba que está justo en la esquina. Me propuse no maldecir desde el principio. Mientras me bañaba con galones me obligué a pensar en gente que nunca ha experimentado el placer del chorro de agua potable desde una ducha. Más allá, pensé en la imagen ya clichosa pero no por eso menos cierta de niños tomando agua turbia directamente de los charcos. Somos una isla bendecida dicen. Que me perdonen los puristas, pero esa afirmación hace que se me retuerza la fe. El hecho de que lo peor que nos pueda pasar sea tener agua 2 veces a la semana, me aterra. ¿Cuáles serán los criterios para conceder ciertas bendiciones a ciertas áreas geográficas? ¿Se habrán llegado a acuerdos? ¿Se habrán llenado solicitudes? ¿Se habrán establecido métodos de pago? ¿Habrán fechas de expiración que desconocemos? ¿Se nos acabará el pan de piquito otro martes cualquiera?

Una vez tuve un profesor de escrituras sagradas del medio oriente, recuerdo mi decepción cuando vi que era un cura jesuita, más que nada porque presumí su falta total de objetividad en el tema, sin embargo, aquel sacerdote me dijo unas palabras que son el mantra de todas mis creencias: “si me quitan mis dudas, me quitan mi fe”. En el momento en el que dejas de preguntarte, dejas de estar en el presente, dejas de existir.


En la sequía del noventa y pico, mi abuela nos calentaba calderos de agua y las mezclaba con el agua fría para que no nos congeláramos. Decía mientras nos bañaba, que había que dar gracias porque teníamos agua almacenada, porque teníamos gas para prender la estufa y poder entibiar el agua para bañarnos. En aquel entonces no tenía idea de la suerte que tenía de tener a mi abuela, punto. Esta sequía ha sido como un retiro espiritual, de esos que te hacen llorar a propósito y darte cuenta de que no eres tan buena persona después de todo, y para los que vivimos en pareja ha sido como un boot camp matrimonial, se pasa más trabajo, se gasta más dinero y uno no puede meterse bajo el chorro cuando está de mal humor. Mi compañero me calienta los galones de agua plásticos en el microondas y se asegura de reponer el agua que usamos. Cuando me voy a bañar, ya tengo galones tibios en el segundo piso. Obviamente con mi típica suerte, en medio de esta sequía me he lastimado rodillas, hombros, brazos y en muchas ocasiones, ha sido él quien me ha bañado con agua tibia, como hacía mi abuela. En el mismo medio de la sequía, para apaciguar mi pánico a la escasez, mi desconfianza en la humanidad en general, en décadas distintas, con tecnologías diferentes, alguien me ha amado lo suficiente como para almacenar agua, calentarla y dejármela correr, aunque sea justo la necesaria.

Perdonen la cursilería, el optimismo y el cliché bonito, pero ayer me quitaron el racionamiento y hasta nuevo aviso me permito sentirme bendecida.


Viernes 13




Un compañero de trabajo, militar retirado, me enseñó hace más de una década, medio en serio, medio en broma, que el miedo es lo que mantiene al mundo en sitio. Las relaciones son relaciones de poder y el poder y el miedo son aliados. Los miedos, como las manías, te dicen todo de la gente. Un hombre en un lugar oscuro, le da miedo que lo roben, que lo maten, una mujer en un lugar oscuro, le da miedo que la violen, que la maten, muchas veces en ese orden. Los miedos responden a construcciones culturales, a lecciones de vida, a herencias familiares, a situaciones históricas o anecdóticas, a experiencias terribles, a cuentos creídos y a mecánicas de supervivencia codificadas en nuestros ADNs.

Hace no tanto me fui de viaje, un viaje largo, exótico y lejano y medio. Me fui a un sitio prácticamente desconocido por completo para mí, para mi compañero de viaje y para prácticamente todo el que respondía con ojos grandes, cabeza echada para atrás, ceño fruncido y un “¿Turquía???” preñado de incredulidad, de prejuicios, de desconocimiento, de ignorancia y por supuesto, de miedo.

Todos los años nos parecen duros, cortos, crueles, llenos de muertes, de escasez y siempre estamos locos de que se acaben y nos prometemos que el próximo será el nuestro y cambiará nuestras vidas para siempre. En el 2014 hubo Chikungunya, hubo Ébola, hubo Siria, hubo guerra, entre otras cosas terribles. Todo lo que sentimos cercano, nos da la facilidad de relacionarnos y esto suele movernos el suelo como si acabase de ser descubierto o pasase por primera vez. Mientras las cosas permanezcan lejanas, no palpables, mientras no conozcamos a alguien que conozca a alguien que las sufra, es como si no tuviésemos manera de relacionarnos o preocuparnos o sentirnos vulnerables a ellas. Así que meses antes del viaje nos pasamos pendientes al conflicto en Siria, vivimos con repelente de mosquitos, con los brazaletes que seguimos comprando aunque nos aseguraban que no funcionaban, vivimos con las ventanas cerradas, prendiendo el aire más temprano, pagando aún más de luz eléctrica cada vez.
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Días antes de irnos, a pesar de que logramos esquivar el amenazante Aedes aegypti, mi compañero se contagió de un virus peor. Comenzó con una ansiedad leve, con preguntas esporádicas sobre la situación política de nuestro destino, nuestro destino fronterizo a Irán y a Siria. A esto le siguió una búsqueda de artículos sobre todos los peligros que nos esperaban al otro lado del mundo a donde nos dirigíamos voluntariamente y gastando nuestros ahorros. Un sitio donde no se nos había perdido nada (en palabras de mi madre) a encontrar posible y probablemente un secuestro, un bombazo, o la muerte misma (según avanzaban sus averiguaciones). Recordemos que una boricua murió en Turquía, por lo que se cumple el principio de cercanía suficiente. El miedo había entrado a nuestra casa, a nuestra relación, y lo peor de todo (en mi egoísta y viajero cerebro), amenazaba mi viaje, ¡y hasta ahí!



Mis miedos suelo tenerlos bastante identificados y controlados, casi casi rotulados y archivados por orden alfabético. Los miedos, en principio, son buenos, son reflejos de la vida, de la capacidad de adaptación, un principio básico de la supervivencia. Sentimos miedo cuando percibimos que se nos acerca un peligro (real, imaginario, pasado, presente, futuro, remoto), es un instinto animal y a la vez una de las emociones más humanas existentes. En mi librito lo último que se pierde es el miedo, no la fe.

En nuestra casa, los síntomas del miedo fueron irritabilidad, resentimiento, procrastinación de las tareas relacionadas al viaje, un veto al tema de la inminente partida y discusiones sobrias y ebrias al respecto. En el periodo de incubación se me acusó de ser tan “fearless”, tan “reckless”… Nunca me he considerado audaz, ni intrépida, mucho menos temeraria. Pero esa clasificación de “sin miedo”, de “libre de miedos” se me ha quedado rebotando desde entonces.

¿Le tengo miedo a los aviones? No. ¿Le tengo miedo a lo desconocido? No. ¿Le temo a ir a un país donde no hablen mi idioma? No. ¿Me da miedo la cultura musulmana? No. ¿Le tengo miedo a la comida de otros lugares? No. ¿Le tengo miedo al ébola? No.

Tengo miedo específicos, casi siempre puedo trazarlos a alguna raíz muy particular. Claro que tengo miedos irracionales, tengo pesadillas con que se me meta un lagartijo en el pelo y lo mate tratando de sacarlo. Le tengo pánico a que un murciélago se me enrede en la maranta. Le tengo miedo a que me asalten con una jeringuilla, a que intenten sacarme sangre y no salga ni una gota. Le tengo miedo a las palomas, a la mierda de palomas, en realidad. Vivo aterrorizada de que me dé Alzheimer y se me olvide los nombres y las caras de la gente que amo con pasión. Me da miedo quedarme sola, me da miedo tener hijos, me da miedo que el miedo haga que se me haga demasiado tarde para tener hijos si decido hacerlo, me da pánico que mi cuerpo no sea capaz de tenerlos, me da terror tenerlos y enterarme tardíamente que soy soberanamente inepta como mamá.

No me da miedo mi muerte, pero le tengo miedo a la muerte de mis padres. Me da miedo que mi hermano cometa un terror terrible de esos que ni familiares, ni conocidos, ni préstamos, logren solucionar. Me da pánico que le pase algo, cualquier cosa a Valeria. Me da terror que Iván crezca y me olvide. Le temo a que no me sea suficiente la longevidad de mis perros. Me da miedo morirme sin ver lugares que quiero ver, sin vivir cosas que quiero vivir. Me da terror no publicar un libro nunca. Tengo miedo a arrepentirme, a no vivir suficiente, a morirme con un “what if” en la médula de mis huesos. Me da miedo no pasar nunca la reválida, y más miedo aún no volverlo a intentar. Y sí, confieso que me da miedo también caminar, sola o acompañada por una calle oscura, en Istanbul o en Santurce, en Ankara o en Río Piedras, en Cappadocia o en Cupey. Me daba miedo antes y me da miedo después de que alguien atropellara a alguien que no conozco pero con quien tengo 56 amigos en común según Facebook, suficientemente cerca otra vez.

Le tengo miedo al cáncer, un miedo latente, real, mordaz y punzante. Un terror que cada cierto tiempo se aparece y me sonríe. Un miedo que me susurra al oído que esas pruebas de rutina siempre tienen la posibilidad de cagarme la vida para siempre. Un miedo que se me revuelca cuando una mujer con un año más que yo y 3 hijos se muere, luego de verla decir que sabe que Dios la va a salvar. Un miedo que me recuerda que hace seis años me dibujaron una escalerita del cáncer y me lo enseñaron a dos escalones de donde yo estaba. Un pánico que me hizo decir corta, saca, congela lo que sea porque no creo en la observación, no creo en la espera, no creo en salvarme con rezos. Creo en la violencia. Creo en exterminar el miedo del cuerpo y del alma sin ningún tipo de piedad. El miedo hay que matarlo, sacarlo de raíz, quemarlo con frío o con calor, no con oraciones ni con velas, hay que matarlo con radiación, con quimio, con una visita al año. El miedo se combate de frente y mirándolo a los ojos. El miedo se combate acostándote aterrada en una burra y sintiéndote el ser humano más miserable del mundo con una bata de papel rajada en el pecho. El miedo se combate con el miedo frío que te entra cuando el médico te dice que te bajes más, que te bajes más, y que te espatarres frente a una lupa gigante y una lámpara de luz blanca, mientras un hombre con mascarilla te trastea las vísceras y te saca un cantito de tus entrañas para mandarlo a examinar y esperar 2 semanas a que te llamen si sale algo mal. Porque nunca llaman a decirte que todo está bien. Y mientras tanto una se caga del miedo, la vida se paraliza y las próximas semanas van en una cámara lenta que tortura y enloquece.

Porque el miedo no tiene que ver con otra gente, el miedo tiene que ver con uno. Y si le huyes, te encuentra. Atrás, de frente, porque lo llevas contigo, es parte de ti. No se queda atrás con mudanzas, ni cambios de imagen, se agudiza con el tiempo, se activa con la lluvia, como el barrunto. Caminas en un campo minado sin zapatos ni rotulación. Se camufla con la felicidad y te coge desprevenido.



Mi miedo al cáncer está encriptado en mi sangre, en mi familia le da cáncer hasta a los perros. Mi tía se murió a los 33 años. 3 años más que yo, y yo no me quiero morir de cáncer carajo. Me pregunto cómo sería vivir antes de que eso fuera una posibilidad. Cómo será vivir de verdad sin miedo. No tengo la más remota idea pero haré todo lo posible para alcanzarlo, seguiré yendo a sitios donde no se me ha perdido nada como vacuna, continuaré mirando a los ojos al lagartijo que me espera a diario en las escaleras de mi casa como medida preventiva, miraré a ambos lados cuando cruzo la calle y me aseguraré de tener el espray de pimienta listo. Le llevaré ventaja a mis genes, haciendo sudokus en las noches, arrastraré a mi compañero a amarnos en países fronterizos al conflicto, seguiré religiosamente humillándome en una burra, y de vez en cuando, por qué no, rezaré, cruzaré los dedos y prenderé una que otra vela.

De órganos y adicciones fuera de lugar



La semana del 4 de julio de este año, a mi cuerpo le dio con gritarme.

Una de las frases más ciertas que he escuchado, me la dijo un profesor de literatura pero la escribió un cirujano francés: “la salud es el silencio de los órganos”. Llevaba un par de semanas sintiéndome distinta, mi cuerpo demasiado consciente de sus sensaciones y sus procesos. Toda la vida he sido bendecida con tener un estómago de troquero, siempre he podido comer y beber como un hombre del doble de mi peso, sin ningún tipo de consecuencia mayor. De la nada, los mensajes eran continuos; un malestar constante, una puñalada en la boca del estómago, una incapacidad para dormir en cualquier posición, unas náuseas que venían con el hambre, con la comida, cada 3 horas sin fallar, un reverbero, una acidez como sensación estándar. Empecé a tener un sabor a metal en la boca todo el tiempo y un miedo nuevo a probar bocado. Al buscar mis síntomas, Google me regalaba en los primeros diez resultados cierta palabra particular, una y otra y otra vez… Embarazo. Como tengo fuertes tendencias al exceso y a la exageración, me hice 3 o 4 pruebas en menos de dos semanas. El resultado también fue constante y continuo: una sola línea azul, una y otra y otra vez.

Decidí ir a un médico, cosa que suele ser mi última alternativa porque siempre creo que las cosas se me van a pasar. Y si no se me pasan aguanto, aguanto bastante. Tengo el umbral del dolor inversamente proporcional a mi estatura, altísimo. Mi tolerancia al dolor suele ser impresionante (dicho por segundos y terceros). He tenido bronquitis, úlceras en las córneas y tatuajes en mis costillas que los hombres que me examinaban, chequeaban y agujereaban no podían creer que yo estuviera pasando sin siquiera respirar más profundo de lo habitual. Será porque respirar nunca ha sido mi fuerte.



En la oficina del gastro tuve una de las experiencias más traumáticas de mi vida, sin tan siquiera haberle visto la cara al médico. Me hicieron escribir cuántos tragos, cuántas veces en semana y por cuántos años me había bebido. Demás está decir que mi matemática más conservadora no era ni remotamente halagadora. Soy nieta de dos alcohólicos e hija de dos hijos de alcohólicos que no beben. Aparente y alegadamente,  el gen alcohólico suele saltar una generación. Entré al consultorio con el mismo bochorno y nerviosismo con el que solía entrar al confesionario de madera de mi escuela elemental. Para mi sorpresa no le sorprendieron mis números, sabrá Dios con qué clase de gente me comparaba. Me preguntó si sabía lo que era una endoscopía. El médico decía endoscopía y mi mente escuchaba colonoscopía. Mi abuela sobrevivió un cáncer de colon. El médico me explicaba cómo vería mi esófago por dentro con una camarita. Mi cerebro no podía aclarar por dónde llegaba la dichosa cámara allí y yo aterrorizada de preguntar cuál era la entrada principal de la camarita. Me explicó que no, que la cámara entra por la garganta y me mira el esófago y el estómago. Sentí un alivio que me duró poco, demasiado poco para mi gusto.

Podían ser muchas cosas, podía ser una úlcera, podía ser una hernia, podía ser una bacteria que te da por el agua y por el hielo, una bacteria que hay que agarrar a tiempo porque es una de las principales causas de cáncer del estómago. Y ya no escuchaba nada más. El médico decía que por mi edad, probablemente no era nada serio y yo escuchaba cáncer. El médico decía que no dolía y yo nada más escuchaba el miedo. Miedo a la palabra cáncer que rodea los espacios entre las vocales y las consonantes de mis apellidos. En mi familia hasta los perros se mueren de cáncer. Pagué la cita, escuché las instrucciones, me llevé las recetas para los sedantes, pagué el estacionamiento, me monté al carro y lloré el camino entero hasta la farmacia.

Fue una larga semana hasta el examen y serían dos semanas infinitas hasta los resultados. De la nada se me metió un pánico absurdo entre cuero y carne, sobre qué pasaría si me daba con estornudar mientras me hacían la endoscopía. Creo que no estornudé y si lo hice, no sentí nada, en efecto. Esperé 4 horas en la sala de espera, viendo la misma película que las 2 veces anteriores y siendo por 3era vez la más joven del lugar. El doctor me saludó como si nos conociéramos de toda la vida, después de todo no me ha visto desnuda (que yo sepa) pero me ha visto por dentro, eso es más de lo que mucha gente puede decir.



Una hernia, intensa, pequeñita y jodona, como yo. Nada del todo preocupante, más de la mitad del país la tiene. Que me olvide del tomate, de las salsas, de la cafeína, del pique, del chocolate, de la cafeína, del alcohol, de la cafeína, de las margaritas, de los cigarrillos, de la cafeína… Una hernia, nada grave, un cantito de mi estómago se mete por el boquetito donde va el esófago. Los diminutivos no lo hacían sonar mejor. Para mí una hernia, siempre ha tenido que ver con la fuerza. ¡Nena no hagas tanta fuerza que te va a salir una hernia! (en la voz de mi abuela). Eso tendría mucho más sentido. Herniada por un exceso de fuerza. La suavidad nunca ha estado entre los 20 adjetivos que me describirían. La fuerza sí. No soy ni de abrazar, ni de añoñar, ni de acurrucar. Soy más de pellizcar, morder y apretar. Sólo sé dar el cariño a cantazos, a borbotones, como único sé sentir.

Llevo casi 3 meses cambiándolo todo. Dándome cuenta de que la vida de uno gira en torno a los palos, a las frituras, al café. Que la mitad del menú es mi enemiga. Que los jangueos sin alcohol son una ventana a otra dimensión. Que tus panas no son tan graciosos cuando tú estás sobrio y ellos no. Que más de dos horas en la playa sin cervezas ni una botella de Champagne son demasiado tiempo y un tiempo mucho más caluroso de lo que crees. Que el espacio personal no existe entre el whiskey, la vodka y el ron y que cuando uno está sobrio la gente parece que grita más, te toca más, te irrita más. Y que si lo pasas suficientemente mal, hasta las cosas que más te gustan parecen estar demás.


No es una condición terrible, ni una enfermedad degenerativa, pero tampoco se cura. No he cumplido treinta y tengo una hernia hiatal, principios de cataratas desde los 17, mis caderas se salen de sitio desde los 16, y tengo miopía desde los 12. Lo mío son las cosas pequeñas, cotidianas, sobrevivibles, sufribles y encojonantes. Ha sido una experiencia existencial. He tocado fondo y he celebrado con Ginger Ale. Ya sé que las resacas no se extrañan y que cuando uno no bebe, tiene mucho más tiempo para leer. La claridad de todas tus noches abruma. Mi nueva búsqueda se resume en: los adictos a nada, qué les emociona de la vida. No se asusten, no estoy suicida, sólo tengo una hernia diminuta  y decidida y los días son más largos cuando uno no consume alcohol ni cafeína. Ahora cuando me enojo me duele la barriga. Quizás es la forma que tiene mi cuerpo, Dios o el universo de salvarme de mí misma y ni hablar de la pobre gente que me rodea cuando estoy
abstemia de alcohol y de café.


Las limitaciones te ayudan a reconocer cuál es tu droga. Las autoimpuestas, las sociales y las que tu cuerpo te pone porque en el fondo no da para más. Entonces ya sé cuál es la mía. Quizá siempre lo supe, pero la más que consumes no necesariamente es la más que te hala. La más pública no siempre es la que más pesa. Y la mía es el café. Lo requetecomprobé. Después de 2 meses sin tan siquiera acercarle la lengua, que se sintieron como 2 largos y agonizantes años, me lo volví a encontrar. Me dejé creer que como las migrañas me habían bajado y mis cambios de humor se habían estabilizado, lo había superado. Pero no, nuestro reencuentro fue tan mágico como me temía. La usual taquicardia me empezó desde la mañana en la que decidí premiarme. Yo iba a las millas y el universo detenido, en cámara lenta, estirándome la angustia. Parecía que el mundo quería protegerme de mí misma, de mi hedonismo autodestructivo, de mi fatal tendencia a caer una y otra y otra vez. 

De asomarme a la puerta, el olor me cosquilleaba la nariz y la columna. Me dio pudor imaginarme a la gente leyendo mis intenciones, la gente sabiendo que no debía hacerme un daño como ese, que la recaída sería peor que todas las anteriores juntas. Me temblaban las manos y quizás hasta las rodillas. Entonces la sonrisa esa idiota, el sobeteo de la taza con los ojos, el amor ese raro que siempre nos tuvimos, o mejor dicho que yo le tengo, la reciprocidad es siempre confusa en estos casos. Tan pronto me acerqué fue como si el tiempo no hubiese pasado, como si esta fuera la segunda taza del día, como si olvidara instantáneamente que tengo literalmente un pedazo de órgano fuera de sitio por ese amor.  Se me aguaron los ojos del placer. Me lo bebí lento pero sin pausa, hubiese querido tomarle fotos, pero en las fotos no se fijan los olores, no se plasman las sutilezas, no se escuchan las voces. Fui feliz. Tan feliz como solo un cuerpo en necesidad y luego satisfecho puede sentirse. Entonces me entró el júbilo, la falsa sensación de complacencia, de que esa felicidad puede estirarse, puede existir en un espacio distinto y en cantidades diarias. Me convencí de que necesitaba más sorbos y de que mi cuerpo podía resistirlos. Sentí ganas de cantar, de cambiar mi vida, de salvar el mundo, de salvarme a mí.  Fui dolorosamente feliz por una hora y media. Y entonces el bajón, el cuerpo quejándose, la realidad golpeándome el esófago, el cerebro en negación, las endorfinas en retirada, la vida diciéndome que no se puede ser feliz viviendo en una taza de café, ni tan siquiera una sola vez al mes.



Sin turulete

Mi cuerpo es un tipo bien organizado y maquiavélico. Soy despistada en general, no porque no recuerde las fechas importantes, sino porque usualmente no sé en qué día estoy viviendo. Sin embargo mi cuerpo tiene un sistema infalible para recordar. Los magos nunca revelan sus secretos, así que no tengo la más mínima idea de cómo lo logra. Su especialidad son las fechas tristes, los aniversarios de partidas, lo que hubiesen sido cumpleaños, las celebraciones que ya están inevitablemente rotas por los siglos de los siglos, amén.

Extrañar nunca se me ha dado bien. He podido formular una manera romántica de hacerlo, pero en términos prácticos el extrañar no me sale natural. Lo tengo que trabajar, maquinear, numerar, recordarme que se supone que me sienta de esa manera, hacer una lista mental de lo que falta y ¡zas!, extraño. A mis 4 años, despedí a mis papás el primer día del colegio con la mano y sin mirar atrás, como si fuese nada. Quizás tiene que ver con que fui a muchos funerales de chiquita y católica al fin, a muchas misas, rosarios, novenarios y letanías.

Mi abuela organizaba los rosarios en su casa. Se encargaba de todo, los invitados, el chocolate caliente, el queso de papa, las galletas danesas en su lata siempre azul, café con media, flores del patio, velas al santo, casa limpia, recordatorios por teléfono en tiempos en los que el teléfono era de rosca y había que marcar número a número para que a nadie se le olvidara ir a rezar. Mi abuela siempre fue buena para los nacimientos y las muertes. Adivinaba el sexo del bebé por la forma de la panza, te aseguraba si venía hermanito o hermanita de acuerdo a la localización del remolino en la cabeza del primogénito. Las muertes las manejaba con clase y naturalidad. Nunca la vi perder la compostura ni guindarse de la caja de un muerto a llorar. Lo de mi abuela nunca fueron los excesos. Mi abuela era literalmente toda una dama, directamente del Barrio Venezuela y podía dar clases de etiqueta a cualquier duquesa. Extraño a mi abuela. No solo cuando la gente se muere y los creman sin anuncio y sin llantos. La extraño a diario.




Así como pienso en la voz de Dios como la de Morgan Freeman, pienso en la voz de mi abuela como la parte recta de mi conciencia. Cuando niña la escuchaba diciéndome que si me tragaba las pepitas de las parchas, me crecería un árbol en el ombligo. De adolescente la escuchaba diciéndome que si dejaba que me tocaran la rodilla, dejaba que me tocaran todo lo demás, de adulta la escucho regañándome cuando me robo bolígrafos de restaurantes, cuando bebo de más, me parece escucharla diciéndome que salí a mi abuelo o si intento decir una mentira, la oigo, que no hay mentiras blancas, todas son mentiras y ya.

Usualmente cuando más la extraño, amanezco con un antojo terrible de desayunar cremas. Así que si tengo la fortuna de que sea un sábado, pongo bien bajito a hervir la leche, echo la harina que tenga a la mano, cáscara de limón, clavitos, raja de canela y azúcar y lloro mientras espero a que se cueza. Mi abuela decía que si mirabas mucho lo que estabas cocinando, no se hacía, se pasmaba el hervor, la carne no ablanda, el tenedor no traspasa la papa, la crema se tarda una eternidad. Así que lo hago a propósito, para que la farina me deje llorarla un poco más.

Siempre he intentado entender los más grandes fenómenos emocionales y existenciales desde los cuerpos. El amor mismo, su franca decadencia, su inevitable deterioro, si el amor está compuesto de dos personas de cuerpos degenerativos, pues no podría ser de otra forma. Para ciertas cosas me gusta lo concreto. Por eso siempre he detestado la física y la geometría. No puedo asociarlos a ningún tipo de cotidianidad.

Mi abuela era buena con la mente y con las manos. Sumaba al chavo la compra sin mediar calculadora. No era muy cariñosa, recuerdo restregarme en su falda como un gato para que me acariciara. Sin embargo, me cosía trajes para mí y mis muñecas, me cantaba turulete, me mecía en el sillón, me sacaba los piojos, me compró mi cama de Xuxa, me cocinaba lo que yo quisiera. Su amor era menos físico, sin dramas ni complicaciones, era sencillo, contundentemente práctico y mucho más concreto.


Mi abuela sobrevivió un cáncer, pero el Alzheimer se enamoró de ella, de sus manos que cosían y cocían, de la dulzura de su voz, de cómo cualquier planta se le daba, de su patio siempre prendido, de cómo dibujaba como si retratara con las manos, de cómo se persignaba cuando yo decía barbaridades, de cómo con 4 cosas cocinaba un manjar.

Cuando mi abuela empezó a olvidar, a cruzar nombres, a cocinar lo no comestible, a mentar muertos como vivos y vivos como muertos, cuando comenzó a sospechar que le robábamos, cuando pensaba que le mentíamos y nos rogaba a gritos que la devolviéramos a casa de su mamá, ahí fue que entendí el concepto de extrañar. Cuando mi abuela se enfermó, cuando su mente empezó a diluirse, ahí fue cuando realmente conocí a mi mamá. Entendí de qué mi madre estaba hecha, cómo es que amamos las Pérez. Las citas al neurólogo, las pastillas a las horas exactas, el intentar formarle conversación, el repetir las cosas en exactamente el mismo tono y con el mismo amor, las múltiples notas escritas por toda la casa, la paciencia, el no llevarle la contraria, el sacarla de la casa, darle una vuelta y devolverla a ver en cuál de las vueltas se acordaba de que esa era su casa desde el principio.

Voy a cumplir 30 años y nada es como pensé que sería. Hay algo con la cercanía a la 3era década que le da a una (o sea a mí y a este cuerpo caprichoso) con cuestionárselo todo, desde los genes pasados hasta los genes futuros. Encima, hay un ajoro interno de lograr cosas, de ponerse fechas como si de la nada alguien hubiese encendido un conteo regresivo y tuviese una bomba a punto de estallarme justo detrás del ombligo. Pero todo parece medio incompleto y sin propósito desde que ella se fue. Me inunda de tristeza que mi abuela no hubiese visto que me gradué de derecho, me da mucha pena que no hubiese conocido a mi compañero de vida, que no viera la versión mía de ser tití. Aunque por otro lado, podría ser un alivio que no se haya enterado de que soy divorciada, que tengo un tatuaje, que hace 2 elecciones que no voto, que no se me da ni una mata de recao y que escribí una novela donde ella sale y tiene más de una escena que la harían santificarse y soltar unas cuantas “Ave María Purísima”, pero bueno… A mis 17 mi abuela ya me estaba diciendo que una nena tan linda no se podía quedar a vestir santos. ¿Qué pensaría mi abuela si me viera a los 29 sin hijos ni planes de tenerlos? Y ahí es que la matemática me jode.

Siempre quise ser más abuela que mamá. Ujúm, problemas con el compromiso desde antes que la vida me diera razones para tenerlos. Sé que sería la abuela más divertida del universo sin lugar a dudas. Pero el rol que toca antes me aterroriza. Entonces sumo y resto, no creo que la vida me dé para ser hija, madre y abuela. Dudo que pueda programar en etapas toda esta intensidad. Pienso en la edad que tendrían mis padres si algún día me decido a multiplicarme y no hay manera de que pueda regalarle a mis hijos no nacidos ni planificados una abuela joven y llena de energía, sin regalarles a una madre ajorada, resentida y pelá.


Por ahora he intentado hacer las veces de... Hornear el pernil de Nochebuena, hacer el coquito de abuela, lo cual es imposible porque soy incapaz de abrir un coco con un machete y abuela no tenía una versión de nada que no fuera “from scratch”. He intentado replicar el jamón con piña de despedida de año, la ensalada de papa con ingredientes que ni como, agarrarme a lo poco de ella que heredé. Pero no me sale ser tronco. Mi abuela nos daba una excusa para juntarnos, una cuasi obligación de reunirnos en su casa, dejar todo de lado y ser gente civil y amorosa por varias horas. Detener el paso del tiempo, recordar aquellas épocas donde todo era más sencillo o parecía serlo. Ahora es diferente, ahora juntarnos es recordar ausencias. Ya no hay un ente regulador que no nos deje sacarnos cosas en cara. No hay un árbitro que regule las malas palabras o mantenga los chistes colorados a cierto nivel. Lo he intentado, hacer el pavo en mi casa con todo y el asco que me dan las aves muertas, invitar a todos con sus respectivas parejas y disparejas, y hasta hornear un pernil de 34 libras. Pero siempre hay algo, una familia nueva, un horario de trabajo que no se ajusta, una custodia compartida, otro compromiso y al final de todos modos abuela no está, mi coquito está hecho con ingredientes enlatados y aunque nadie se dé cuenta, yo lo sé. Y no hay forma de guardar, preservar y volver a experimentar los sabores, los olores. Siempre siento que le falta algo a la ensalada, que no hay celebración si no le compramos la caja de chocolates rellena de cherries, los jabones marca Maja para las gavetas de la ropa, no hay quien nos obligue a comernos las 12 uvas a la media noche, a sacar la maleta a la calle para los viajes, a tirar el cubo de agua desde el balcón, faltan las alusiones a Muñoz Marín y el salmo 23 cuando las cosas se salen de control.


Cuando abuela se fue, no hubo un funeral, ni muchas misas, ni rosarios, ni novenarios, para nosotros había sido una pérdida demasiado larga. Me gusta pensar que alguna viejita agradecida los habrá hecho en su casa sin que faltaran galletas danesas ni chocolate caliente con queso de papa. Después de años enferma de olvido, recuerdo el alivio que sentía, el triunfo diario de que me llamara por mi nombre, así como recuerdo la primera vez que me preguntó que quién era yo. Estuvo yéndose por casi 10 años, hasta que por fin se fue. Quizás por eso no tengo prisa de ser mamá, aunque me sobren los buenos ejemplos. No tendré a mi abuela para que me adivine el sexo del bebé por la forma de mi barriga, ni que esté en el parto para confirmar su apuesta (capricorniana al fin le encantaba ganar), para que me diga qué será el próximo sin siquiera darme tiempo a decidir si quiero otro, no estará abuela para ponerle de inmediato una manito de azabache, para prenderle una vela, para cosernos ropa con la misma tela para la foto familiar.

Abuela no está y toda celebración es un recordatorio. No quiero  ni puedo olvidarme de esa ausencia, de ese dolorcito en el pecho que no se quita aunque se suavice intermitentemente, porque dolerme la mantiene cerca, y olvidarme sería una vez más, volver a perderla.



Mudanza




Anoche dormí por primera vez en mi nueva casa. Mi octava casa en poco menos de 10 años. Para ponerlo en perspectiva, mis perros cumplirán 5 años en marzo y han vivido: en una casa en el medio de la nada en Carraízo, en un baño de la casa donde me críe, en el área del pasillo y la cocina de un piso en Villa Panty, en la mitad de un apartamento (casi estudio) en la Placita de Santurce, el cual cerqué absurdamente en el mismo medio como si fuese un gallinero, y en un balcón bastante grande en Miramar. Ayer jueves, puse su casita en el medio de una terraza inmensa y de primera intención no se atrevían a salir. Asomaban los hocicos incrédulos, como si tanto espacio tuviese que ser una trampa. El síndrome de José Arcadio amarrado al árbol, que una vez lo desamarran, la soga es lo de menos. Uno echa raíces, lo quiera o no.
Tengo unas plantitas en casa que de alguna extraña manera han sobrevivido, siguen creciendo, comiéndose su propia tierra. Los tiestos se les han quedado pequeñitos, como si requirieran más tierra, espacios más amplios, no sólo agua, cáscaras de huevo y borra de café. Dicen que si pones una plantita en una caja con un boquetito, crecerá en dirección a la luz, buscándola. Pero no sabía que había que cambiarlas de tiesto, que las raíces crecen, no sólo las ramas, y si se les queda pequeño el espacio se comen la tierra e inevitablemente la secan, se secan.


Habría entonces que devolverlas a la tierra, para que se estiren, se alimenten de lo que fueron y se propaguen. El recao no crece si no es en un tiesto largo me contaron, las semillitas vuelan a otros lados pero la planta se queda estéril, imposibilitada de ser generosa.
Estoy acostumbrada a las cosas temporales. Llevo un año con unas cortinas que no combinan que están ahí puramente para que no entre tanto la luz y para que mis vecinos no me vean sin ropa día tras día. Mi retrovisor fue accidentado hace 6 meses y ya va por la segunda tanda de cinta adhesiva. No he comprado un solo objeto de decoración, un juego de sábanas que me guste, una vajilla decente desde hace más de 7 años porque todo siempre me ha parecido transitorio, con fecha de expiración, temporal. Siempre han habido bolsas que he botado sin abrir después de meses, cajas que se han mudado de casa en casa sin ser nunca reabiertas. Es como si llevara acampando casi una década. Como si me hubiese puesto un pañuelo en la cabeza y me hubiese unido a los gitanos. Pero la realidad es que no ha sido así, no me volví nómada por convicción, mucho menos por rebeldía. Las tantas mudanzas se sienten más como huidas que como viajes. Me siento más fugitiva que viajera, más vagabunda que turista. 


Será que hace unos años me quedé sin raíces. Perdimos la casa donde crecimos o quizás nos la quitaron. Poco importa en realidad. La fuerza de los verbos no está en quien ejercita la acción, es más bien en quién recae, quien la recibe. Esa casa, como la conocíamos, ya no existe, le pusieron colores que nunca le hubiésemos puesto, unas puyas en la parte de arriba de la pared, para nosotros desapareció. La casa y sus alrededores, la casa y cualquier ruta que la cruce, ya no hay atajos que la incluyan, la borramos del mapa, de nuestro mapa. Así que no tengo toco palo. No tengo esa casa a donde regresar y estirarme y alimentarme de lo que fui. Mi hogar lo llevo conmigo, y lo voy regando en mis casas, en mis ex apartamentos, en los espacios en donde gocé y lloré, desempaqué, viví, empaqué y me fui.

Mi collar favorito lo compré en el Festival de Claridad del año pasado, es de metal y tiene tallado: “soy adicta al movimiento”. Quizás porque concibo el movimiento como baile, viaje, actividad, emoción. Si algo se mueve, en mi imaginario, es porque está vivo. Sin embargo el concepto de mudarme, a estas alturas del partido me causa pavor. La palabra mudarse viene de mutar, de cambiar, de moverse. Las serpientes mudan la piel, los pájaros las plumas y es como si se reconstruyeran, casi casi como si se rehicieran. El otro día leí que “El guaraguao dura 70 años. A los 40 muda su plumaje, uñas y vive 30 años más”. Quizás por vivir en una isla sin estaciones, el cambio se nos vuelve una cosa demasiado ajena. Celebro el mínimo cambio, los nuevos lunares que en realidad son pecas, celebro que las noches se pongan un poco más frescas, un poco más largas. Nací en noviembre por lo que amo el otoño, cómo cambian los colores de las hojas, cómo se desnudan las ramas poco a poco, la cuestión esta de la seducción.


Pero uno se va diluyendo en las mudanzas, va dejando rastros de quien uno es en cajas y papeles de periódico, en la cristalería que infaliblemente se desbaratará y en las cosas que desparecen, porque cada mudanza tiene su propio triángulo de las Bermudas y hay cosas que sencillamente se desvanecen cada vez que cambio de dirección. Y me da pánico pensar que estoy esparcida en 7 casas, que no sólo hay pares de pantallas que nunca recuperaré sino fragmentos de lo que pude haber sido.

Las mudanzas te dejan extenuado, vapuleado, adolorido y en lo personal me dejan derrotada. Es como si una vez más no hubiese logrado que funcionara. Porque mis casas se convierten en mis ex casas, ese ex que denota que está afuera, que está en el pasado, que se habla de algo que fue y sencillamente dejó de serlo. Y yo no soy amiga de mis exes. Cambio mis direcciones, mis estados de cuenta, mis tarjetas de crédito, transfiero el agua, transfiero la luz y cada vez que voy al dentista, al oftalmólogo, al ginecólogo y le tengo que decir que no, que esa ya no es mi dirección, que cambié de casa otra vez, me da un poco de vergüenza, como cuando estás intentando salvar vidas donando sangre y te hacen miles preguntas de tus antiguos compañeros sexuales para saber si tu sangre es transferible como las deudas de energía eléctrica y de acueductos y alcantarillados.

Mis mudanzas son evidencia fehaciente de mi inconstancia, son un registro de mis inestabilidades, un diario de mis inconsecuencias.
Es cierto que muchas de esas mudanzas están sujetas a cambios ajenos a mi voluntad, pero también es cierto que de alguna forma u otra he consentido. No he bajado el último update de mi celular porque me encantan los cambios pero los cambios que yo decido, no los que me imponen. Y me he mudado 7 veces en los últimos ocho años y estoy exhausta.

Mi octava casa está cerquita de la difunta casa de mi niñez. Mi octava casa tiene ventanas de guillotina como mi primer apartamento de soltera. Mi octava casa tiene una terraza inmensa para mis perritos. Le sobra la luz y tiene aire acondicionado. Tiene ice maker y calentador de línea. Esta casa no parece un refugio, no tiene ambiente de escala, no huele a limbo. Tiene un aire de permanencia, y eso me aterra. Asomo el hocico incrédula, presiento la trampa. Tendrá que ver con que la última vez que me permití echar raíces me arrancaron medio tronco. 


Pero en mi octava casa hay una luz que viene siguiéndome desde mi sexta casa, como quien no quiere la cosa. He intentado escabullirme pero ahora echo raíces aéreas, tipo mangle, de esas que se enredan y forman barreras para que nadie entre. Pero en ellas viven peces y moluscos de colores. Las raíces siempre se salen con la suya, aparentemente, la luz también.

 


 

Izquierdosa



Mi primer amor era el hijo de un amiga de mami, grande, fuerte, tosco. El nene me zarandeaba cada vez que me veía y a mí, a mí, pues, me encantaba. Luego en Kinder me enamoré de uno con novia, una novia colorá con pelo riso y ojos verdes que me hizo preguntarle a mi madre si la gente con ojos claros veía de otro color. Mami con mucha lógica y muy poca dulzura me contestó preguntándome: ¿tú ves marrón? Desde entonces siempre he desconfiado un poco de la gente cuyos ojos no sean lo suficientemente oscuros. Mi tercer amor fue un nene flaco, alto, ojeroso, con pestañas larguísimas, los ojos perpetuamente aguaos, boquetitos en los cachetes, asmático y zurdo. Dicen que a la tercera va la vencida.

El nene llegaba tarde todos los días y faltaba mucho. La maestra lo llevaba al palo porque todos sus trabajos estaban sucios. Un día me puse a mirarle la libreta de caligrafía y era cierto, las páginas tenían borrones, un mar de carbón por encima de los trazos. Yo terminaba las cosas a las millas, y me ponía a mirarlo. Me eslembaba viendo cómo el pobre se contorneaba en el pupitre para poder escribir. Volvía su torso un espiral, su cuerpo sencillamente no conseguía acomodo. Escribir para él era toda una proeza. En esas contemplaciones estaba cuando la maestra le pegó un grito, “mira la libreta, está asquerosa chico” y yo alcé la mano, “permiso misi, lo que pasa es que él escribe con la mano que no es y por eso le pasa la mano por encima a lo que acaba de escribir y se le ensucia todo, yo vi las páginas y estaban limpias”. La maestra me miró mal, me dijo que no me metiera en lo que no me importaba y así lo conquisté.

A veces lo cuento como mi primer amor, porque fue mi primera postal de San Valentín. Era una tarjetita de Tazmania y decía en su letra: “me gustas más que la lucha libre”. Más de una veintena de años después creo que ha sido una de las declaraciones de amor más honestas que he tenido el privilegio de recibir. Ese año mis papás separaron Felicilandia entero para celebrar mi cumpleaños. El día antes, la mamá del nene llamó a la mía y le dijo que no iba a poder ir porque estaba en el hospital con asma. Yo le dije a mis papás que cancelaran el cumpleaños, la fiestecita cuasi fiesta patronal no tenía sentido si él no iba. La yo de segundo grado era casi tan voluntariosa y dramática como la actual.
Desde ahí desarrollé un fetiche con los zurdos. Cuando alguien me dice que es zurdo, automáticamente sube en mi escala de estima a modo de express pass. A alguna gente le pasa con ciertos signos zodiacales, a otros cuando toman los mismos talleres de rediseño personal y otros tantos por ser de un partido o fanáticos de algún equipo de algún deporte en particular, pero a mí me pasa con los zurdos. Me enternece cómo se mueven, me embelesan sus manierismos, me fascina la forma en que interactúan con un mundo hecho por y para diestros.

Apenas un 13% de la población es zurda, lo que les da este aura de modelos limitados estilo boutique. Tengo un amigo doctor que me garantiza que los zurdos están mal cableados y que él, en lo personal, no sale con zurdas. También me hizo la salvedad de que en mi caso muy particular esta configuración errónea podría funcionarme, dadas mis circunstancias (queriendo decir que tengo un corto circuito por default). Esta gente no es que azarosamente usen una mano en vez de la otra, hay estudios que dicen que oyen mejor con el oído izquierdo, ven mejor con el ojo izquierdo y su visión espacial completa se dirige por la izquierda. Los zurdos, los pilotos, las azafatas y los fumadores (otra debilidad personal en rehabilitación) tienen una expectativa de vida 9 años menor que el resto de los mortales.

Una vez llamé a una persona con la que vivía y le pregunté, ¿para qué lado es que tú pones los ganchos de ropa? Me contestó preguntándome: ¿me estás preguntando que para qué lado es que van los ganchos? Le dije que no, que no había una forma correcta, que le estaba preguntando cuál era la suya y él me aseguró que él estaba correcto, el gancho va hacia la izquierda cuando la pieza de ropa está frente a ti, que si tenía dudas fuera a las tiendas y lo comprobara. Comprobé que él era derecho, por dentro y por fuera y que vivía en un mundo hecho a su favor.


Siempre he tenido, tuve y tengo la corazonada de que los zurdos tienen el corazón más grande que los derechos. Aunque mi sentido de ubicación espacial es paupérrimo, según lo que he leído, el corazón está situado en alguna región del tórax, entre los pulmones, encima del diafragma, separado de las vértebras, por delante del esófago y detrás del esternón. Básicamente es imposible de localizar para nosotros los no cirujanos cardiovasculares. Pero nos enseñan que está en el lado izquierdo o al menos ahí nos ponemos la mano derecha* para jurar. Quizás mi amor por los zurdos viene de una ecuación bien directa y clichosa de que usan más el lado del cuerpo donde se ubica el corazón. Tal vez es porque presiento que tienen una noción más amplia de sus alrededores. Presumo que como la necesidad es la madre de la invención, no han tenido más remedio que familiarizarse con formas y maneras distintas a las propias. Me parece que tienen una dosis más alta de empatía, una capacidad más profunda de solidaridad. 

 

La yo de ahora ama a un hombre más grande que ella. El presente me da trabajo pero vamos, amo a un hombre más grande que yo. Anatómicamente hablando, tiene que tener el corazón más grande que el mío. El tamaño promedio de un corazón dicen que es el del puño cerrado. Si él mide trece pulgadas y media más que yo, matemáticamente hablando mi hipótesis es requete probable. Médicamente hablando que un corazón se engrandezca es un peligro para la salud. Un corazón agrandado se puede deber a exceso de ejercicio y al tener que aclimatarse a las condiciones del organismo, como músculo solidario que es. El corazón es el dirigente del tráfico, por algo tendremos a un zurdo encaminando la vida por las venas.


Me he enamorado de un zurdo, reincidente al fin. He cedido el lado izquierdo de la cama y ahora mi cepillo de diente está siempre en el lado derecho del espejo. No importa la forma en la que cuelgue la ropa limpia, porque en un hogar ambidiestro, ninguna forma es la correcta. Pero por las mañanas ya tengo la greca lista y puesta en la hornilla, con el mango a la izquierda, por supuesto. Como como zurda, por lo que nuestros codos no chocan nunca. Atléticamente hablando los zurdos son considerados aventajados. Quizás tiene que ver con el factor sorpresa, con la falta de previsibilidad, con un sistema de moción totalmente distinto. Tal vez en el fondo es una cuestión evolutiva y en el futuro naceremos zurdos, sin apéndice, sin cordales y con menos dedos en los pies. A lo mejor estoy viciada pero siento la certeza de que los zurdos tocan distinto a la mayor parte de la humanidad. Quizá toda mi teoría es una simple excusa para justificar que amo a un corazón más diestro en amar que el de esta derecha perennemente izquierdosa.  

#fail

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Llevaba exactamente 2 meses y 4 días esperando que pasara. Abrir mi Facebook y ver un despliegue de “Lcda.”, “Lcdo.”, “PASS” en los estatus de mis amigos, conocidos, añadidos, etc. También sabía lo que iba a poner yo de estatus: “PASS #puñeta”. El día antes habían comenzado los rumores de que los resultados ya estaban. Esa mañana sin embargo, no había pasado nada, bajé la guardia y le canté nanas a mi ansiedad convenciéndola de que la Junta Examinadora de Aspirantes al Ejercicio de la Abogacía y la Notaría (sí, la letanía era obligatoria) sería gubernamental, formal y enviaría el mensaje en horas cristianas y laborables. Sin embargo a eso de las cinco de la tarde del viernes, empezaron a bajar por mis pupilas el reguerete de agradecimientos cristianos, felicitaciones de colegas y licenciados y licenciadas. Con el corazón literalmente en la boca, que descubrí en ese instante que lo que implica es que los latidos se sienten tan fuertes en la tráquea, que dudas que el corazón bombee detrás de la caja torácica, tiene que estar ahí enganchado entre las amígdalas, impidiéndote tragar, imposibilitándote el mismo respirar. 

Abrí mi email, el de Hotmail, el más viejo y lleno de todos. Vi el tan esperado mensaje, remitente: Junta Examinadora del Tribunal Supremo (juntaexaminadora@noreply.ramajudicial.pr). El título del mensaje era menos dramático de lo que esperaba: “Notificación de Informe de Puntuación e Instrucciones”. Bajé la vista, scroll down, scroll down, no podía leer, oprimí enlaces, abrí ventanas, y no lograba llegar a mi perfil, no encontraba la puta puntuación. Encontré la “Lista de Personas que Aprobaron la Reválida General y Notarial.” Abrí la General, la importante, la que es cincuenta pesos más cara, la que sin ella la otra es mera decoración. Había una lista de seis números y cuatro letras. Once páginas llenas de seis números y cuatro letras. Regresé al correo intentando buscar cuál era mi número, aunque me lo sabía de memoria: 0113. Mi reválida fue el 13 de marzo de 2013 y mi asiento era el 0113. Me faltaban números, mi cerebro no me respondía. De pronto tuve la revelación de que esos seis números eran los últimos números de mi seguro social. Mi número de seguro social, que me lo enseñó a memorizar una monjita en la escuela superior, mi número de seguro social, que hasta ahora apenas me ha servido para llenar planillas e identificarme con mi banco cada vez que meten la pata, (cosa que pasa cada semana y media). Bajé la vista, seguí buscando mis números, no los últimos 4 como siempre, los últimos 6. Lo encontré en la sexta página de once páginas llenas de aspirantes y resultados. Ahí estaban, #19 de abajo pa’arriba, #31 de arriba pa’abajo, en un fondo gris y en fuente negrita, los 6 dígitos que representaban mi identidad justo al lado de un FAIL. Cuatro FAILS arriba y siete FAILS ABAJO. Y no sentí nada. 

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Seguí mirando los números y las letras como si tuviesen un mensaje oculto, como si fuese una imagen 3D de esas que al ponerte bizco se manifiestan ante tus ojos. Un compañero de trabajo entró a la oficina a hablarme de proyectos y cosas pendientes. Me quedé con la mirada absorta, con la boca entreabierta mientras él seguía hablando y yo no escuchaba nada, le veía la mandíbula moviéndose, sin subtítulos, sin “close caption for the hearing impaired”. Sin más lo interrumpí, le dije: “me colgué”. Él abrió los ojos, me dijo “no jodas”, se paró y me abrazó. Se disculpó porque odio que me abracen, en especial cuando estoy abrumada y me dijo que era lo único que podía hacer. Le dije que me tenía que ir, apagué la computadora, lo dejé todo a mitad y huí. 

Llamé a mi madre, por alguna razón sentía que la había traicionado por haberle contado a alguien antes que a ella de mi fracaso. Literalmente, “fail” se traduce en fracaso y fracaso significa según la Real Academia Española (tan honorable como la Junta misma) no obtener un resultado u obtener un resultado adverso, que terminan siendo la misma cosa. En mi casa mis perros se bebieron mis primeras lágrimas como siempre y mi novio fue lo suficientemente sabio como para sobarme la espalda y decir muy poco. Dio en el clavo, ¿cómo te sientes? Y ahí estaba, el verdadero resultado, no sabía cómo sentirme por una sencilla y arrogante razón: no sabía cómo se sentía el fracaso. Nunca había fracasado de una forma tan personal. 

Nunca terminé mi tesina para graduarme del Programa de Honor y 7 años después evito pasar por Estudios Hispánicos para no encontrarme con el profesor que me estaba ayudando a redactarla, sigo sintiendo que le debo algo, a él, no a mí. El año pasado recibí un email el 30 de noviembre, el sujeto del correo: “Ready to say good bye to the terrible 2’s and welcome the terrible 3’s?” Un “unfriendly reminder” del bebé que perdí hace 3 años, porque nunca me di de baja de la lista de correos de The Bump. Lo asumí como un fracaso del cuerpo, no mío, del cuerpo. Todavía tengo una hipoteca fallida en mi historial de crédito, que podría limpiar con mi sentencia de divorcio y sus estipulaciones, que tienen 3 años recién cumplidos también. Y como buena abogada sin licencia del fracaso de esa sociedad de bienes gananciales asumí mi mitad. Pero este fracaso es mío, completo, un fracaso de 4 años y casi una casa en préstamos estudiantiles. El Derecho y el matrimonio, de un pájaro mis dos alas chuecas. 

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La gente que fracasa poco pareciera deberle explicaciones al mundo cada vez que pasa. Entonces uno siente que decepciona, puedes oler la desilusión en la pregunta después de la pregunta: “¿tú? ¿de verdá?” Entonces lo peor es el miedo a la interrogante, al cantazo imprevisto, al cuestionamiento, a la mirada de pena, al consuelo reciclado de que casi nadie se gradúa en 4 años, mucho menos del Programa de Honor, que más de la mitad de las parejas se divorcian, que 1 de cada 4 embarazos se pierde, que la reválida sólo la pasa un 30%. Nunca me consuelan los por cientos. Nunca me alivian las pérdidas de otros, nunca me calma la violencia lejana, ni las comparaciones, ni las historias del primo, de la hermana, del político famoso que se superó. Odio el auto ayuda en todas sus formas declaradas. 

He pasado las 5 etapas de duelo en tiempo récord, apenas un wikén. El viernes dije que jamás me sometería a esa tortura otra vez. El sábado lloré de rabia pensando en los 3 meses de estudios, las 2,600 páginas de mamotretos leídas, las ojeras, los callos en los dedos, las donaciones a Office Depot y Office Max en copias y materiales. El domingo me pasé la manita en que sólo me tomé 2 semanas para estudiar full time y trabajé más de 40 horas el resto del tiempo. Pero soy intransigente conmigo, las excusas y las justificaciones no son aceptables entre las 17 mujeres que viven dentro de mí. El lunes me atreví a mirar mis puntuaciones y recordé que había botado todas mis notas y repasos, así de orgullosa y arrogante soy. Ayer decidí pedir copias certificadas de mis libretas de contestación para mirar mi fracaso a los ojos, escudriñarlo, entenderlo, llorarlo, dolerme, cantarme nanas, abofetearme si fuese preciso. Empezar quizás, sólo quizás, a asesinar árboles por una licencia que no sé si usaré. Pero, no quiero más áreas de mi alma máter que no quiera pisar, no quiero abrir mi correo electrónico con los ojos casi cerrados, como paseando en un campo minado, no quiero solicitar un trabajo o un préstamo y que aparezca una deuda que no es mía pero no he dejado de cargar. Quiero estar lista, para todas las preguntas impertinentes que sin duda llegarán muchas veces más, sonreír, dar pelo y decir: “Sí, me colgué. Y tú, ¿qué cuentas?” 

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de polvos y peces


He estado callada, pero por razones muy distintas a las habituales. Cuando nosotros éramos chiquitos, (y cuando digo nosotros me refiero a mi hermanito y a mí, y cuando digo mi hermanito me refiero a un hombre de casi 6 pies casado y con una hija) y estábamos callados, mi mamá se preocupaba. La recuerdo gritándonos con primer nombre, segundo nombre y dos apellidos, “¿qué hacen que no los escucho?”. Porque si después de la tormenta viene la calma, la pregunta lógica sería ¿qué viene después de la calma? Y el silencio de dos niños que estén despiertos sólo puede significar o la confabulación de algún plan maquiavélico o el intento de resolución de un desastre ya cometido. 

A veces concibo la vida como algo así, un niño que si está callado es porque se trae algo entre manos. Una niña que si está tranquila es porque algo hizo o algo está por hacer. Y la vida se ha portado tan bonito conmigo últimamente que mi reacción obvia y natural ha sido aterrorizarme. Pensar que me está pasando la manita para prepararme para el cantazo inminente. Como cuando a uno le ponían vacunas y te sobaban el cantito antes del puyazo y en mi caso mi pediatra salía dizque a comprar café y la asistente me decía que dizque tenía un chicle en una nalga y me lo limpiaba con alcohol y después dizque me picaba un mosquito y luego del pinchazo yo empezaba a llorar y entraba mi pediatra dizque de comprar café y perseguía a su asistente con un bate por “hacer llorar a la nena” y yo me reía del simulacro de violencia doméstica en venganza por lastimarme y así siempre he tenido una noción retorcida de la violencia y de que me pasen la manita en general. 

Tengo problemas con las entradas y las salidas, nací 10 días tarde y con fórceps, aprendí a caminar sin gatear, no quería ir a la escuela porque no sabía leer, sólo llegué a correr bicicleta quitándole una de las rueditas de atrás, por lo que soy una adulta que no sabe correr bicicleta y detesto con toda mi alma y su recipiente el refrán “eso es como correr bicicleta” porque si fuera por eso estaría bien jodida en esta vida (no que no lo esté). Lloré cuando me pusieron los braces, lloré cuando me los quitaron, soy esa persona que hace el ridículo empujando las puertas que se halan y halando las puertas que se empujan, por más grande que diga hale o empuje.

Y para ser honestos (y lo escribo con los ojos cerrados como cuando a alguien le van a arrancar la curita) estoy bien feliz. Y no sé escribir cosas felices y soy bien supersticiosa, y creo que todo lo salo, y confío en que mi mamá me saló al no ponerme una manita de azabache, y tengo una certeza torera de que si lo nombro lo cago, de que si lo cuento desaparece, que si abro los ojos todo se me escapa porque estoy soñando o peor aún que si me descuido y los cierro, todo se desvanece.

Y los jueves en vez de escribir me levanto a limpiar, porque me he enamorado de un pez al que le falta el aire. Y por primera vez me importan los polvos viejos que puedan vivir debajo de mi cama, me aterra la idea de que mi caos confabule con el asma y me ahogue la luz que lleva meses dentro de mi casa. Y así él va abriendo puertas y ventanas para que la luz y la música y la ciudad convivan con nosotros de jueves a domingo. Y así yo voy cerrándolo todo con un miedo terrible a que todo se escape, por lo mismo que antes se tapaban la boca al estornudar, para evitar que se le escape el alma a uno. Y llevo años hablando del amor como hablo de los peces como mascotas, plantas que cagan, piezas ornamentales que hay que alimentar. Pero la realidad es que de niña tuve un Betta, un pez suicida que se lanzaba de la pecera cada dos semanas y yo lo rescaté del piso varias veces, recuerdo la sensación viscosa del pez aún vivo en mis manos, recuerdo los segundos esos eternos de echarlo en la pecera con los ojos entrecerrados rogándole al Dios de los peces Betta que por favor lo rescatara otra vez y recuerdo el momento ese triunfal de verlo moverse como si no hubiese pasado ni un segundo sin poder respirar, pero también recuerdo con aún mayor vividez, (la nitidez perversa de la nostalgia le llamaba el Gabo), lo desgarrador que fue la única vez que lo eché en la pecera y se fue directo al fondo. 


Y llevo meses con la nevera llena, con la cama vestida, con las hornillas que prenden intermitentemente por primera vez en años. Llevo muchos jueves barriendo, pero muchos más viernes sin cenar sola, y he utilizado todas mis estrategias infalibles para espantar la luz que se me ha metido por debajo de las plantas de los pies y que me hace desenredarme el pelo al menos una vez cada dos semanas y nada ha funcionado. Todo pareciera indicar que mi pez no es un pez betta sino un pez león. Un pez de esos de picadura venenosa como las vacunas mismas, que previenen enfermedades y tienen efectos secundarios, un pez que pica y provoca fiebre y comportamientos extraños, un pez que desequilibra ecosistemas construidos por años de independencia intensa, años de sobrevivir peces bettas de los suicidas, meros de mandíbulas grandes que meten miedo, chillos comestibles y pargos carnívoros. 

Y estoy tan acostumbrada a tanto nadar pa’ morir en la orilla, a que todo se rompa, a tropezar con mis propios pies. A perder las cosas, a sacar copias y copias de mis llaves. A diariamente descubrirme moretones de origen desconocido. Encontrar que compro el mismo esmalte una y otra vez convencida de que es un color distinto al anterior. A dejar las plumas de la casa abiertas sin ninguna razón. Por eso quizás voy buscando la fisura, trazándole la ruta al futuro accidente, al nuevo moretón. Voy directo a mi colección de esmaltes convencida de que voy a leer de nuevo: Forget me not. (no como las flores azules, sino como la película de horror). No salgo de la casa sin cerrarlo todo, puertas, plumas y ventanas. 

Llevo meses pasándole yo la manita a la vida, cantándole turulete pa’que siga siendo esta nena buena que desconozco, “duerme, duerme negrita”, le hablo a la vida bajito, rezo susurrando, mientras miro a media madrugada a mi pez amado respirar, lo toco un poco para asegurarme que no se le sienta la piel viscosa, abro los ojos despacito, sorprendiéndome todas las veces de que el pez león existe, que el apartamento sigue lleno de luz y que en una casa sin polvos viejos, es mucho más facil respirar. 


El silencio de los elefantes



Llevo muda 3 meses. Históricamente, desde que fundé, abrí, me inventé o pujé este blog en el 2008, es el año que menos he escrito. No he estado muda, muda, porque los que me conocen saben que el silencio no es una de mis aplicaciones. Usualmente me tengo miedo cuando estoy callada y los que han hecho el intento o el aguaje de quererme aprenden a tenerle terror a mis periodos mudos. Será porque el mar se calma justo antes de la tormenta. Y últimamente los piropos que me gano o que me regalan, todos tiene el factor común de desastre natural o fenómeno atmosférico. Y la vida me ha enseñado, a la mala como siempre, que no se sabe si por isleña, por mi ascendente en Cáncer, porque quizás sí soy hija de Yemayá, por mi padre pisciano, porque un cura me dijo que cuando dudara me le enfrentara, cuando estoy muda o a punto de desbordarme, me siento frente al mar. Soy una hoarder hasta emocional, todo lo acumulo, en el carro y en las costillas, todo lo almaceno, en los tobillos y en el apartamento, en particular las tristezas, porque a veces no tengo tiempo o ganas de bregar con ellas, como con las deudas, alguna gente que quiero, mis asignaciones de derecho y las despedidas, miro para el otro lado, las ignoro mientras puedo y luego el día menos pensado, no me caben, no cabemos, no quepo y me desbordo. Hay gente que colapsa ante el exceso, gente que se rompe en el caos, pero yo no, yo soy exceso y soy caos y cuando estoy a punto de derramarme me siento en la orilla del mar.



Mis llantos y mis silencios parecen funcionar como las mareas, se ven alterados por la cercanía y la atracción de la luna y el sol. Quizás he estado digiriendo demasiadas cosas, y quizás he tenido miedo de hablar demás como siempre y quizás este era un año para vivir y no para escribir. Pero he escrito, escribí una novela que me tomó un año y 10 meses de silencios y lágrimas y un parto el 11/11/2011 de 132 páginas. Y puse el punto final y me eché a llorar y llorando me delineé los ojos, y llorando abrí una cerveza, y llorando me puse un traje y llorando me pinté la trompa y llorando bajé en el ascensor y llorando me monté en el carro de un angelito y él me llevó a secarme las lágrimas a pura salsa. Y al otro día mi mamá literaria cuando le conté del lagrimeo involuntario, me dijo: “coño, ¿cómo no vas a llorar? ¡Si esto ha sido un parto larguísimo!” 22 meses de gestación, como los embarazos más largos, los de los elefantes.


Cuando perdí mi bebé hace ya casi 3 años, estuve a punto de tatuarme un elefante, la única razón por la que no lo hice, es que no quería que mi primera marca perpetuara lo que en ese entonces catalogué como una pérdida. Para la gente tan desorganizada y caótica como yo, poder clasificar las cosas que te pasan y que sientes, resulta en un gran alivio. Los elefantes son los animales terrestres más grandes que han sobrevivido la evolución. Un elefante al nacer pesa 120 kilogramos, mi peso ideal serían 120 libras. (aunque ya probablemente esté 11 libras por encima de eso) Lo curioso para mí es que sus cerebros son también magnánimos, o sea cerebros de once libras. La mayor parte de su cerebro es para la audición, el gusto y el movimiento y tienen orejas inmensas pero su gran función no es para oírte mejor como la “abuelita” de La Caperucita Roja, si no para poder enfriarles la sangre porque están llenitas de venas. Siempre he pensado que me hicieron llorona para salvarme y salvar a quienes me rodean. Soy rabiosa por naturaleza y tengo un carácter que debería pertenecer a un cuerpo que pesara toneladas, quizás un estómago también, pero en los momentos en que estoy siendo más dura, más grande, las lágrimas me ablandan, me cortan la furia, me sabotean la voz y me boicotean la crudeza. Quizás por eso mi fascinación con los elefantes nunca ha tenido que ver con su grandeza, ni tan siquiera con su permanencia como especie sobre la tierra, que pareciera que saben vivir mejor que el resto, como si fuesen más árboles que animales, sino que siempre me ha parecido que sus ojos encierran toda la nobleza y la tristeza del mundo. Dicen que el elefante más grande que existió pesó once mil kilos y murió el año que nació mi mamá. Los elefantes son de las pocas cosas que a mi madre y a mí nos gustan. A ella le gustan los perfumes de flores y frutas, a mí de especias y maderas. A ella le gustan los colores, a mí el blanco y el negro. A ella le gusta el chocolate suave, a mí el oscurísimo e intenso. A ella le gusta Sandro, a mí me hubiese gustado Camilo Sesto.


Los elefantes son lampiños como mi familia y se enfangan para que no los piquen los mosquitos. Dicen que son de los poquísimos animales que tienen la capacidad reconocerse ante un espejo, adoptan crías ajenas y le rinden duelos a sus muertos. Tienen un chorro de sonidos para expresar distintas cosas, casi casi un lenguaje. Sin embargo cuando pasan por algún lugar donde hay restos de elefantes, guardan silencio.


Mucha gente piensa que los elefantes tienen miedo a los ratones. En realidad, lo que ocurre es que los elefantes no ven muy bien, como tiene los ojos a los lados de sus cabezas y sus cabezas son tan enormes, no puedan distinguir con claridad cualquier cosa pequeña que se mueva delante de ellos. Su grandeza los traiciona, por eso no le gustan las sorpresas y se ponen nerviosos y hasta violentos ante movimientos bruscos.


Ha sido un año magnánimo, sobrecogedor, abrumador en muchas formas, más grande que grande, y quizás por eso he escrito tan poco. En el 2011 perdí a mi abuela, la perdí por completo aunque ya hacía mucho que el olvido me la había arrebatado, se me volvió tan sólo presencia, amor y energía, gané a mi sobrina, la niña de mis ojos, me enamoré de la salsa, viajé a Guadalajara y escuché gente diciendo y comprobando que se puede y se debe vivir de la palabra, mi maestra leyó mi manuscrito y me dijo que estaba orgullosa de mí, tengo un trabajo nuevo donde me pagan por pensar y escribir, la Escuela de Derecho no me ha causado una aneurisma, se atrevieron a quererme y yo me dejé querer, me detuve cuando fue necesario aún viviendo con la miope sensación de que nací sin frenos.


Me acerco a los 30 y la vida se siente tan nueva, tan distinta todos los días, tan clara y tan absurda, tan confusa y tan maravillosa. Pero me doy cuenta que ya cuando busco mi año de nacimiento en formularios de internet tengo que bajar mucho más que antes los números para encontrar el mío, que la vida se va haciendo tan cortita, mientras más grande uno se hace. Los elefantes no son tan longevos como otros animales que han sobrevivido la evolución, como las tortugas por ejemplo, no llegan a ser centenarios, no duran más de 90 años. La gente habla de "cementerios de elefantes", porque se encuentran restos de elefantes en una misma zona. La realidad es que antes de morir, los elefantes por instinto, buscan el agua, y por eso se van a morir cerquita de los otros.


Necesito un año lleno de agua, lleno de mar, lleno de viajes, lleno de palabras, lleno de amor, de auto reconocimiento, de silencios necesarios, de plantas de los pies adoloridas por tanta salsa, de ojos acuosos por tanta felicidad, quiero tener a mis elefantes cerca, andar con mi amada manada como siempre, quiero bañarme en el lodo pero siempre acompañada, quizás una trompa que besar, no quiero más restos de elefantes amados, quiero tener claro que no es mi culpa ser grande y cegata, y que está bien serlo, que no soy la única que odia las sorpresas que no sean viajes o taquillas de conciertos. Poder entender y aceptar que para nosotros los elefantes, 90 años son más que suficientes.



Uno, dos, tres, cinco, seis, siete…




Mis papás tenían un video de mí bailando que se lo ponían a las visitas como un conversation piece. Yo tendría como 3 años y me decían: “baila, baila, baila” y me enseñaban una paleta. El video consistía básicamente en eso, me enseñaban la paleta y yo bailaba, me cansaba y me volvían a enseñar la paleta y yo volvía a bailar hasta que me cansaba, y esto se repetía por un promedio de cuatro minutos y medio. Ajá, maltrato infantil musical. Poco después, me metieron en una escuela laica, bilingüe y laica. Los martes me daban ballet y a los nenes karate. Yo quería coger karate y odiaba con pasión rosada el ballet. Mis padres temían por la vida de mi hermanito si combinaban mi fuerza con técnicas de cómo administrarla contra el pobre. Nunca he tenido coordinación motora y entré a Kinder a mis escasos 4 años y medio, porque lo decidí, ajá, decidí que no quería ir a Pre-Kinder, prefería quedarme con mi abuela. Así que martes tras martes, me enfermaba. Me daba un dolor de barriga terrible, a veces por la mañana, a veces al medio día, a veces justo a la hora de la clase, era una reacción alérgica al tutú. Así que si algo aprendí del ballet, fue a mentir.

Mi próximo intento fue mucho más sensato: belly dancing. Ya a los 12 años se notaba que este cuerpo no estaba hecho para leotardos, pantimedias y falditas con cancán. Me enseñaron a dividir el cuerpo, a que las caderas tenían vida propia, a que el torso y el resto del cuerpo estaban conectados pero de mentirita. Aprendí el concepto de conexiones decididas y circunstanciales. No había razón para moverse de la cintura para arriba como consecuencia de nada, el cuerpo cortado en dos, a propósito y con intención. La seducción era casi un efecto colateral, implícito, pero colateral. Demás está decir que la ropa me fascinaba, (la falta de ropa diría mi papá) y la poca ropa que se usa, toda suena, toda se mueve, toda brilla, un baile lleno de efectos visuales e ilusiones ópticas, perfecto para mi escasa estatura e inexistente coordinación. Entre mi cadera voluntariosa que se sale de sitio cuando quiere sin consultarme y el ambiente de víboras que inevitablemente se cuaja cuando se juntan demasiadas mujeres en un mismo sitio por demasiado tiempo, dejé la danza del vientre, hasta nuevo aviso. Todavía al sol de hoy escuchar unos címbalos cambia mi ritmo cardiaco y altera mis velocidades sanguíneas.

El año pasado, en la fiesta de navidad de mi trabajo me sacaron a bailar salsa como en los tiempos de los disco parties. Siempre me había creído que sabía bailar salsa. Mis papás bailaban salsa todo el rato y hasta recuerdo que nos quedábamos en villas por la isla y de momento mi mamá nos decía: “deshagan las maletas que nos ganamos un par de noches en un concurso de salsa al lado de la piscina”. Otras veces nos quedábamos con mi abuela en lo que mis papás salían a bailar y a veces regresaban con un microondas o una impresora que se habían ganado bailando. Pero esa noche había visto al chico en cuestión bailar salsa y él parecía que lo había aprendido antes de gatear. En realidad, eso no significa gran cosa porque yo caminé sin gatear, (cosa a la que le achaco mi falta de sentido de dirección y ubicación espacia) y me caigo al menos dos veces al mes. Abrí los ojos petrificada ante lo que yo creía que era una oferta o una invitación y capté estando en el medio de la pista que era una declaración y no me estaban pidiendo permiso. Le dije: “Pérate un momento” y recordé como recuerdo cada vez que escucho esta frase, a mi hermanito chiquito cuando le iban a sacar un diente que tenía violeta porque se había caído y se había jodido el nervio y con todo y el nitroso cada vez que la dentista se acercaba le decía: “un momento, un momento”, era cobarde hasta los dientes, literalmente. Bajo los efectos del gas mi hermano piropeaba a la dentista, le decía que era bien bonita, hasta que se le acercaba con la mascarilla y sus instrumentos metálicos y mi hermanito la detenía con el infalible: “un momento, pérate un momento”. Pero mi “pérate un momento” aunque era un acto de cobardía también era un acto de reconocimiento, “yo no sé bailar salsa” y por primera vez en mi vida, sentía que no mentía al decirlo. Él me dijo: “¿y?”. Me agarró delicadamente, ya presto a bailar y le dije “pérate un momento, es en serio, es que tengo un problema con dejarme llevar”. Él se rió y me dijo “vamo’a ver si es verdá”.

Él no sabía (y en el fondo yo tampoco), que ese “tengo un problema con dejarme llevar” era tanto una confesión súper íntima, una revelación vital y no meramente una advertencia musical. Fueron unos minutos largos y borrosos, no porque estuviese alcoholizada (era temprano en la noche) si no porque nunca había bailado salsa así en mi vida, tenía terror a estar haciendo el ridículo y sentía absolutamente todos los ojos del sitio sobre mí (luego entendí que eran sobre él en realidad). Luego de recuperarme de que terminaran la canción lanzándome hacia atrás y sintiendo mi cabeza al ras del suelo, me dijo “nada mal, nada mal, en febrero te voy a trepar en la tarima y todo”. Ajá, estaba bailando con mi hoy maestro de salsa y entendí que su “¿y?” se traducía en: “de eso yo me encargo” y ese “vamo’a ver si es verdá” significaba: “es que no te han sabido llevar”.


Mis amigas me dijeron que estuvo espectacular, que si estaba perdida no se notaba, que me estuve riendo todo el tiempo y que parecía que llevaba bailando toda la vida. Para mí fue como la caída de una montaña rusa, la parte esa rica que uno no tiene muy claro lo que pasa por su mente y después queda sólo el alivio ese de sentirse liviano por un tiempo que no puede medirse en términos habituales. Llevo 7 meses bailando y estoy en pleno enchule. La salsa es mi nuevo jevo no tan nuevo. Es uno de esos romances que uno conoce a alguien y dice, coño es que yo tengo que conocer a esta persona de otra vida. Se siente tan familiar que me da trabajo recordar cómo era mi vida antes de la salsa. Sé que suena sectario y que huele a fanatismo y que encima yo tengo fuertes tendencias a la adicción, pero esto es diferente. No es un taller de rediseño personal, con todo el respeto de mis amigos y conocidos que estas cosas les han cambiado para bien sus existencias, como diría mi mamá literaria sobre los libros de auto ayuda, si te va a ayudar a no pegarte un tiro y más importante aún a no pegarle un tiro a alguien más, bienvenidos sean.

En mi caso tiene que ver con que siento que me revelaron la clave para entender a muchos hombres de mi vida. Mi abuelo en vez de contarme cuentos de niños me cantaba: “Si yo llego a saber que Perico era sordo, yo paro el tren” y “Si yo corriera, estaría en el hipódromo, caballo soy soy” y la más life changing de todas por razones cruelmente obvias: “y saben la respuesta que le dijo el matón, yo lo maté por ser tan bembón, el guardia escondió la bemba y le dijo, eso no es razón”. Papi me cantaba: “Mi chinita linda tiene chiquititos los ojitos”, y el culpable de mi fetiche con los peloteros me cantaba: “Botaron la pelota tu papá y tu mamá, por lo linda que te han hecho para mí”, mis almas gemelas y yo pensamos que “Brujería” es la mejor canción de salsa jamás escrita y bien tocada. Así que nunca lo había pensado antes pero el soundtrack de mi vida podría cómodamente ser un LP de salsa. Esas mismas canciones le canto yo a mi sobrina intercaladas con Duerme Duerme Negrita (y la pobre es más blanca que el blanco mismo), Caravelas y Diablitos de los Fabulosos, Ella Usó mi Cabeza como un Revólver de Cerati, Estrella Fugaz de Estopa, 19 Días y 500 Noches de Sabina entre otras nanas anacrónicas que mi hermano encuentra totalmente inapropiadas para una bebé de 5 meses.

Se me hace difícil identificar cuál ha sido la magia de la salsa. Por un lado Cambio en Clave me ha llenado la vida de gente bonita que me ha llenado la existencia. Tengo gente que me manda mensajes de texto con un calendario de las actividades salseras semana tras semana. Recibo mensajes de texto con avisos de tormenta y huracán y consejos sobre cómo tomar las debidas precauciones. He encontrado refugio post huracán y a falta de energía eléctrica he recibido hospedaje con películas, vino y tostadas francesas incluidas en el paquete. Comparten conmigo una cantidad absurdamente hermosa de canciones y películas. Tengo amigos de diferentes pueblos y de literalmente todas las edades. Mi vida social se ha transformado radicalmente y el 89% de ella consiste en salsa. Cuando me preguntan, ¿qué es de tu vida? Respondo: universidad, trabajo, novela y salsa, salsa, novela, trabajo y universidad.


No tengo pareja hace casi 2 años, hace tiempo no estaba tan pelá, y hace tiempo no estaba tan feliz. Pablo Milanés escribió: “mi soledad se siente acompañada” y yo honestamente (tocando madera, dedos cruzados y velas prendidas) ya nunca me siento sola. Quizás tenga que ver con que nunca me ha gustado lo fácil, soy una tecata de la adrenalina como dice un niño que adoro, y necesito sentir que encuentro mis propias respuestas y por eso no me funcionan los libros de auto ayuda ni los terapistas.

Cada vez que alguien me saca a bailar, tengo un golpe de adrenalina, el cuestionamiento ese de si sabrá bailar o no, si me sabrá llevar, si me virará como una media, si haré el ridículo, si los próximos 4-10 minutos serán alucinantes o pesadillezcos. Y me encanta no saber, los hombres son una caja de chocolates como dice Forrest Gump, en todo (pero ya eso es otra novela). Nunca se sabe, y es hermoso cuando la persona que menos te esperas te sabe llevar. Pone las manos donde van, baila en tiempo, te da una vuelta nueva que no sabías o te lleva magistralmente a dar una vuelta que te encanta y que sabes que te sale a la perfección. La magia que se produce cuando por ese fragmentito de hora, sólo existen dos personas que quizás sólo los une esa canción, esa pasión por la música, esa alegría liberadora de bailar, solamente bailar. Y me han dicho muchas veces diferentes parejos que lo que les gusta de bailar conmigo es que no dejo de sonreír. Y sonrío porque no puedo evitarlo, no es la sonrisa esa de cuando era reina del carnaval que no tenía de otra, como si tuviese vaselina en los dientes como las Misses. Sonrío casi sin darme cuenta, como me pasa en otras ocasiones no muy convenientes pero siempre significa la mismísima cosa: qué bien me la estoy pasando y en ese preciso momento, qué bonita es la vida coño.

Encima hay una dinámica de respeto, zona libre de rapeo mongo, no hay que pasarse la noche poniendo líneas, espantando moscas, defendiéndose y sintiéndose carne de mercado, que para una mujer divorciada eso es literalmente un regalo de los ángeles, arcángeles, de Dios mismo, de los santos y los orishas. A veces pienso que Rafa me arruinó, que antes cuando alguien no sabía bailar yo me empotraba y me llevaba yo misma y en mi mente se salvaba la canción. Ahora estoy disciplinada y me dejo llevar (dentro de mis capacidades dirán algunos de mis amigos salseros), intento seguir al parejo, esperar indicaciones, dejar que el desconocido me guíe, decir “sorry” cuando mi cuerpo da la vuelta para el lado que le da la gana. He aprendido a confiar un poco en el proceso, a disfrutar el paseo sin mirar la meta, a entender que hay hombres que saben dedicarse a que te veas bien, a cuidarte de que no te golpees con tus alrededores mientras giras, hombres que te dejan ser y manifestarte, hombres que te anuncian su próximo paso, que te advierten claramente lo que quieren y en guerra avisada no muere gente, hay algunos otros que no lo saben y no es su culpa, es cuestión de disfrutar esos 4-10 minutos y dejarlos ir. Hay veces que la dinámica es perfecta, casi imposible y uno les pregunta, dónde cogiste clases, ajá, como la gente de los talleres que tienen saludos específicos, a esos parejos ideales uno los busca, intenta bailarlos de nuevo, romper las reglas esas hipócritas y sacarlos uno a bailar, si total voy a dejar que me lleven, son 7 meses, no le pueden pedir peras al olmo, denme una oportunidad.

He logrado traducirme a través de la salsa. Resolverme un poco (nunca del todo porque sino después de qué uno escribe). Pierdo libras sin pisar el gimnasio. Libero energías que a veces por semanas han estado anudándome la columna. Las cosas que me faltan desaparecen entre vuelta y vuelta. Las cosas que me sobran se pisotean en la pista. He aprendido que a veces sencillamente la cosa no fluye, el parejo y uno no se entienden, pareciera que en su mente se escucharan una música diferente a la de uno y tampoco hay que someterse, es cuestión de sonreír, de halarlo un poco hacia uno, romper un chin chin más las reglas, traicionar un poco lo aprendido, traerlo al ritmo y decirle en el oído: uno, coño, uno.

De nanas y espejitos



He tardado 3 meses en escribirte. Verás, soy lenta para ciertas cosas, probablemente para estas alturas ya lo sabrás. No sé a qué edad los niños aprenden a leer y aún cuando aprendas no estoy segura de que te lo permitan (sería lo más prudente de todos modos). Tu papá todavía no se atreve a leerme o mejor dicho ha decidido no hacerlo punto. Pues, como te iba diciendo, tu tía es un poco cobarde. No soy tímida, ni precavida, ni calculadora, ni pudorosa, pero sí cobarde. Soy lenta, lentísima procesando las cosas. Soy rápida en todo lo demás. Así que tardo meses en darme cuenta de que tengo que moverme de donde estoy, ya sea trabajo, casa, novio, país. Y hace mucho tiempo que no escribo cartas de amor. Así que me ha tomado más de 90 días intentar comunicarme contigo de la mejor manera o mejor dicho de la única forma que sé.


Tengo miedo. Tengo tanto miedo a quererte. Porque me dueles desde que empezaste a formarte. Porque tu tía no sabe concebir el amor sin dolor. Y cuando supe que vendrías, lloré, lloré sin saber por qué y me alcoholicé lo más que pude para procesarlo o no tener que hacerlo. De alguna extraña manera sentía que eras mi responsabilidad y que no estaba (ni estoy) lista. Desde que tu mamá tenía las semanas suficientes para que llegaras inminentemente, dejé de apagar el celular en las noches, porque no quería perderme por nada del mundo tu llegada. Y cuando me llamaron a decirme que estabas por asomarte, seguí bailando salsa con titi Aybila, palo en mano (tocaba Orquesta Macabeo que ya los conocerás) y le dije a todo el mundo conocido o no conocido que venías, “voy a ser titi gente, voy a ser titi”, se lo dije al bartender, se lo dije a los jevos desconocidos, se lo dije a los amigos, se lo dije al guardia del parking y como seguías tardando cambiamos de barra para seguir celebrando que en cualquier momento llegarías. Pero tardaste. Tu abuela dice que saliste puestúa a mí, si es así, llegarás tarde toda la vida y según dicen algunos de mis amigos, todo por hacer “grand entrances” y poder hacer los cuentos con la mayor audiencia posible. Y me fui a mi casa a coger una siesta y me llamó tu abuela a decirme Valeria viene por ahí. Y estuve como 12 minutos chocando con las paredes, llevándome los marcos de las puertas con los dedos de los pies. Buscando qué ponerme, lavándome la cara y los dientes 18 veces para disimular la amanecida, para esconder la resaca. Y cuando me monté al carro me di cuenta de que no tenía la más puta idea (sí, tu tía también habla como troquera) de cómo llegar al dichoso hospital. Y me entró la lloradera. Verás, lloro poco, pero cuando lloro es como si llorara por todas las cosas que nunca lloré. Y guié atacada en llanto, sin casi poder respirar, cambiando el radio automáticamente sin pensar en nada, porque te juro que lo único que pasaba por mi cabeza era Valeria va a llegar, Valeria va a llegar y lloraba y lloraba sin control.


Cuando finalmente naciste estábamos todos en el pasillo pegados a la puerta escuchando a tu madre gritar y gritar y tan pronto asomaste la cabeza al mundo no te tomaste un minuto antes de empezar a gritar y dejarnos saber a todos que nuestras vidas como las conocíamos habían terminado. Y lloré y lloré, me abracé a todo el mundo y lloré y me monté en el carro y lloré y cada vez que te veo no puedo parar de llorar. Y ni siquiera sé por qué. Como tú, yo también soy la primera nieta de las dos familias y nací justo cuando mi abuela se estaba divorciando de mi abuelo. (Cualquier semejanza es pura coincidencia.) Después de ahí, cada vez que mi abuela me veía lloraba, decía que yo era su rocío mañanero y el lucero de sus noches y lloraba, todavía lo hace. Yo honestamente espero no estar llorando los próximos 26 años porque soy un poco vanidosa y siempre tengo mil cosas que hacer y llorar me retrasa verás.


Es un llanto de alegría, un llanto de emoción, un llanto de sentir cosas tan grandes que no me caben en el cuerpo y el cuerpo siente que tiene que estallar por algún lado. Es un llanto de que cada vez que te veo es como si presenciara un milagro. Es una combinación de ver rasgos de mi hermano, el ser humano que más amo en el mundo en ti, es saber que naciste de dos personas hermosas por dentro y por fuera que te hicieron con amor, con mucho amor porque yo sentí y hasta envidié ese amor cada vez que los veía y si alguna vez tienes dudas, ven donde mí que yo te puedo contar el amor del que saliste.


Es saber que cambiaste a mi hermanito. Lo volviste un hombre, lo volviste un papá, le pusiste nostalgia en la boca, le llenaste de melancolía los ojos, le llenaste las noches de ansiedad, las mañanas de alegrías, lo llenaste de amor, lo inyectaste de madurez, le enterneciste sus inmensas manos, le suavizaste la voz y el otro día le pregunté, “¿piensas mucho en tu bebé?”. Y me dijo sin pensarlo con su voz nueva y su edad multiplicada, con una solemnidad de estreno, casi casi sentenciando: “todo el tiempo Edmaris, todo el tiempo.”


Es saber que naciste exactamente el día en que yo perdí un bebé, dos años antes que tú, por lo que viniste mágicamente a limpiarme la fecha; entre otras cosas. Es sentir que no te merezco, que quisiera tener más cosas que ofrecerte. Que sigo siendo un ensayo de lo que quiero ser. Que no tengo muy claro qué voy a hacer con mi vida, que tropiezo todo el tiempo, que le debo una vela a cada santo y a cada santo una vela. Que todavía no he conseguido a alguien que me ame por suficiente tiempo o con suficiente valor como para quedarse. Que siento que no sé suficiente, que quizás no tengo tantas cosas para poder enseñarte, que soy inestable y confusa e intensa. De seguro así te referirás a mí, “es que mi tía es bien intensa”. Es una percepción unánime, todo el mundo lo dice, para cosas buenas y para cosas malas, para conquistarme y para dejarme, “es que eres tan intensa”. Y tienen razón, esta intensidad se refleja en todo, en la fuerza de mis manos por ejemplo, tu tía rompe mapos con las manos, copas mientras las limpia, destruyo las cosas que toco y me da miedo tocarte, porque soy como Hércules sin lo heroico.


Y te veo y me da tanta pena, que no te pueda decir que te voy a sacar de este país, que no te pueda enseñar otro idioma que no sea español, italiano e inglés. Que no tengo una historia de amor que contarte para ayudarte a que a mi edad tengas algo de qué agarrarte para creer. Que no voy a saber contestar tus preguntas grandes y sé que me las vas a hacer. No sé si hay cielo Valeria, no sé si la gente es mala por naturaleza, no sé si cuando crees mucho en algo lo logras, no sé si se puede tener todo, no sé si hay finales felices, no sé si hay príncipes azules, creo en Santa Claus y creo en las hadas y en el fondo bien en el fondo creo en el amor. Creo en Dios porque si no, no pelearía tanto con él.


No sé por qué la gente se deja de amar, no sé por qué nos enamoramos de la gente equivocada, no sé por qué a uno le falta el aire cuando está triste, no sé por qué nos duele la barriga cuando tenemos miedo, nunca he entendido los arco iris y por nada del mundo quiero que me los expliquen, no sé cómo funcionan los microondas y por qué uno no se puede parar frente a ellos pero sí se puede comer lo que está adentro, no sé cómo funcionan los teléfonos y cómo uno puede escuchar la voz de alguien al otro lado del mundo. No sé por qué la gente buena se muere antes de tiempo, no sé por qué me gustan tanto los hombres, no sé por qué estudio derecho y mucho menos por qué lo continúo. No sé por qué siempre lloro en los conciertos y rara vez en los funerales. No sé por qué soy tan torpe y tu abuela tampoco sabe cómo siendo tan inteligente puedo ser tan boba. No sé por qué la gente se enferma de olvido y le tengo terror a olvidarme. No sé por qué hay tanto cáncer en nuestra familia y no sé por qué todavía nadie ha encontrado una cura. No sé por qué la gente le hace daño a los niños y desde que naciste quisiera ir matando a la gente que lo hace, para asegurarme de que jamás te encuentren. Esa es otra Valeria, soy como Tinker Bell, quizás porque mido apenas cinco pies y sólo me cabe una emoción en el cuerpo a la vez. Y si te amo, no puedo sentir nada más. Es una limitación verás.


Tengo miedo de amarte porque antes de conocerte ya te amaba. Me duele amarte porque eres la forma más bonita del mundo para reincidir. Porque es mi nuevo intento de amar a alguien más que no me pertenece. Eres Iván transmutado pero peor. Tienes mi sangre corriendo por tus venitas, tienes mi boca y esa energía que me anticipa que también te va a encantar besar. Ya se te nota el carácter, la voluntad, la persistencia y apenas sabes pronunciar. Eres Ariana como mi madre, eres Carazo como mis peores malas mañas, eres mi maternidad chueca, mi latente recordatorio de que estoy incompleta. Te pareces demasiado a lo que se siente enamorarse, me tienes la piel de punta, síntomas de adicción y dependencia cuando no te veo, se me aguachan los ojos, me paso pensándote cuando me distraigo, mis planes se paralizan si tengo la oportunidad de verte. Eres mi excusa perfecta, el empuje que necesitaba, la ternura esa que tanto me cuesta, la dulzura que me tengo prohibido sacar a pasear. Eres el primer permiso que me he dado para volver amar, para amar otro ser más libre que yo, quizás más sabia, quizás más dulce, quizás más fuerte, quizás más íntegra, quizás más decidida, quizás más organizada, quizás más realista, más resuelta, más genial, más centrada, más humana, más mujer, quizás más suave, quizá más intensa (esperemos que no, Dios te cuide).

Turulete



Mi abuela era tan y tan fuerte que luchó cuerpo a cuerpo con un cáncer y salió ella victoriosa. A mi abuela no se la llevó la muerte, a mi abuela la venció el olvido. Ay abuela, ahora me doy cuenta de que no me sale llorarte, porque llevo una década llorando tu partida, llorando tu ausencia presente, tu presencia tan perdida.

Abuela si me vieras que siempre ando de luto, tan linda y tan viudita como me decías tú, que no me parezco a ti, en casi nada, en tu pasión absurda por los animales quizá, en hablarle a los perros como si fuesen gente, en tenerle más compasión, más ternura, en que se me hacen más fáciles las caricias a los perros que a la gente.

Recuerdo verme felina restregándome contra ti, mientras me mecías cantándome turulete, recuerdo mirarte a través del balcón mientras le ponías azúcar a las reinitas en galones de agua cortados, reciclados por ti. Nunca dejaba de asombrarme tu consideración tan anacrónica, cortando las ramas de los árboles en medidas iguales y amarrándolas con cintas de tela para que los basureros no se cortaran, congelando la basura para que la calle no apestara.

Te veo echándole agua a las trinitarias, a las Cruz de Marta, a las rosas silvestres, al palo de acerolas, intentando salvar al árbol de grosellas que por más que luchaste se lo comió una cosa blanca que se quedó con todo, como luego te hizo el olvido.

Me parece verte echándole migas de pan a los lagartijos y a las iguanas. Tratando a tu madre de usted mientras ella tan sólo refunfuñaba. Dibujándonos, cocinándonos, engulléndonos, regañándonos. Amenazándonos constantemente con lavarnos la boca con jabón por boquisucios. Sabrá Dios a quien habré salido porque mi abuela se persignaba hasta si se le zafaba un coño, tenía un Ave María purísima siempre en la punta de la lengua. Si se reía demasiado le daban ataques de asma, lloraba si nos regañaban, se ofendía y se encerraba en el cuarto las poquísimas veces que nos pegaban a Eduardito y a mí. Veía novelas y juegos de tenis. Nos decía que dijéramos la verdad hasta a punta de pistola. Por lo mismo no sabía guardar secretos, porque la omisión se le hacía demasiado parecida a la mentira y por eso dañaba todas y cada una de las sorpresas. Todo lo cocinaba rico, todo lo cocía perfecto.

Perdonaba y perdonaba, hasta 70 veces siete, una capricorniana que perdonaba, un desliz de la astrología. Pero no pudo coserme mi traje de novia y estoy segura de que eso, si se dio cuenta, no se lo perdonó a la vida. Tenía una fe implacable, envidiable, inquebrantable. Dios prueba a sus favoritos decía con toda seguridad. “Nena, a Dios no se le cuestiona” -me decía y confieso que en todas esas épocas en que la macacoa se ha ensañado conmigo, me lo repito con su voz en la cabeza, Dios prueba a sus favoritos, Dios prueba a sus favoritos, Dios prueba a sus favoritos, como un mantra que me hace creerme que nosotras estamos en el Top 10 de su listita.

Amaba a Juan Gabriel, a Marc Anthony, a Ednita Nazario, a su pollo Chucho Avellanet. Hacía el mejor dulce de grosellas sobre la faz de la tierra. Calculaba la compra en su cabeza y no fallaba ni por un centavo. Las mejores cremas, las mejores trenzas, los teces para cada ocasión, todas las supersticiones, las sombrillas abiertas dentro de la casa, la escoba detrás de la puerta, un beso al pan antes de tirarlo, mariposas negras, uvas de año viejo, el cubo de agua hacia fuera de la casa a las 12 para que se fuera lo malo. Más popular que Cuchín, más Muñocista que la mujer de Muñoz y toda su descendencia. Más católica que la reina Isabel. Más integra y recta, que feliz.

Más madre que mujer, más abuela que madre, más nuestra que suya. Ay abuela, con los dedos cruzados, velas prendidas y todos los salmos y rosarios que me enseñaste a memorizar, espero que por fin haya llegado tu turno. Que te rías sin ahogarte, que goces sin sentir culpa, que nos mires satisfecha, que puedas rememorar, que se te haya curado el olvido, que nos recuerdes, pero sólo lo bonito.





"¿Qué tiene que ver el culo con la primavera?" -Mi Abuela




Vivo en un país sin estaciones. Tengo que achacarle mis cambios a las hormonas, a la luna, a mi dieta, a mis horas de sueño, a mi falta de roce, a los tránsitos planetarios, a las resacas, a la ineficiencia gubernamental, a la mediocridad de mi institución bancaria y al perenne tapón insular. Pero la realidad es que mi cuerpo cambia, se siente más solo con el frío del invierno que no tenemos, me vuelvo más ilusa con la mera ilusión de primavera que se ve en uno que otro árbol, la piel me pide playa cuando llega junio aunque el sol sea el mismo casi 10 de los 12 meses del año y el otoño me destroza y siento que se me caen los cantos a falta de hojas. Los cambios son mis malas costumbres, mi rutina es el caos, mis principios son meras continuaciones de finales incompletos, son simulaciones de abandonar una estabilidad que nunca he alcanzado quizá porque sencillamente no me cabe en el carácter.


Y siempre le he encontrado el encanto a los principios, a las primeras veces, quizá tenga que ver con que le tengo más miedo a la vejez que a la muerte (igual que le tengo más pavor a la lactancia que a los partos). Hacer algo por primera vez siempre me hace sentir que soy joven, porque he logrado convencerme de que mientras haya estrenos me queda juventud. Quizá por eso no quiero repetir viajes, por eso celebro los primeros besos, los domingos, los primeros días del mes, los primeros polvos, la primera marca, los sabores recién descubiertos, quizá por eso cambio compulsivamente los perfumes y los mezclo con otras cosas como un fútil intento de conservar algún tipo de frescura en cómo huelo, tal vez porque mi novela favorita es El Amor en Los tiempos del Cólera y la imagen de dos viejitos amándose siempre me trae a la mente un olor a guardado, a madera rancia. Y quizá esa pasión por la novedad me ha hecho una desarraigada de la vida. Quizá por eso mi vidente me dice que ora y ora por mi estabilidad, y la vida quiere dármela pero yo me resisto y lucho bestial y brutalmente contra ella.


Siempre he tenido la virtud o la maldición del desapego, desapego de casi todo, de las cosas, de los lugares, del país, de los planes hechos, de las fechas, del dinero, del crédito, de los calendarios, por lo que el cambio suelo verlo como un mero engaño al aburrimiento, el antídoto a la monotonía que sagitariana al fin repudio con todo. La cosa es que mi desapego a ciertas cosas es matemáticamente proporcional a mi apego a otras. Tengo una afición a los espacios, a las palabras, a las cartas, a los mensajes, a lo dicho, a lo hecho, a la nostalgia, a los cuerpos, a los sabores, a cuestiones sensoriales.


Y mayo es siempre la graduación de mis estaciones de mentiras, la revolución de mis apegos. Mayo es mi primavera esa de escaparate que me imagino cuando veo las flores que se lanzan de los árboles y caen en el patio de la escuela de Derecho y en los cristales de mi carro. Ver el techo lleno de flores rosadas en vez de mierda de pájaro y otras maravillas que me hacen olvidar que estoy pillada en una isla inmutable. Porque este país da la sensación que se mueve, pero es como cuando uno está estacionado y el automóvil de al lado se mueve y uno tiene la falsa impresión de que uno es el que cambia de lugar, pero es sólo eso, la ilusión de movimiento, la proyección de que el otro se mueve, mientras uno se queda inmóvil mirando el mundo moverse cual carrusel de centro comercial.

Y todo ha cambiado tanto de repente, o quizás lleva tiempo arrancando pero como a veces paso de bregar con las cosas por falta de ánimo o de paciencia o de tiempo o de preocupación o de apego y preocupación básica de personas medianamente adultas y responsables. Quizá porque tardo en digerir aquellos cambios que no decido y los comienzos que no controlo, termino dándome cuenta de todo de sopetón, como si llevara 5 meses anestesiada, corriendo de la casa al trabajo, del trabajo a la universidad y de la universidad a la cena y de la cena a la bebe lata y de la bebe lata a la cama y así sucesivamente durante 31 días de enero, 28 días de febrero, 31 días de marzo, 30 días de abril y de repente mayo me jamaqueó como una buena resaca acumulativa.














Y mayo me cogió siendo ya tía, y de pronto el hombre que más amo en el mundo, el único ser que comparte mi sitio en el universo, mi sangre, mi DNA, mis padres, mi crianza, mis traumas de infancia y mi vil sentido del humor; es un papá. Y de pronto hay un montoncito de vida de apenas 7 libras que me revuelca la razón y me inunda de estrógeno y hace que me arda la maternidad chueca con la que cargo, y siento que muero de una sobredosis de oxitocinas y de pronto entiendo a las mujeres que no quieren hacer más nada que mirar a su bebé, porque coño, no había nada y de pronto salió vida y para mirarse uno el ombligo mejor mirarle el ombligo a una extensión de vida, a un proyecto grande, a quizás la única posibilidad real de carne y hueso de sublimarse uno y me impresiona sobremanera que no se paralicen del miedo porque yo estaría mirándola y lagrimeando y llorando cada vez que llora y cronometrando las respiraciones y llevando una agenda de sus cagadas y sus meadas y sus hambrunas y sus rabietas, contándole las líneas de las manos, oliéndole los dedos y buscando en internet nanas en idiomas imposibles para saber callarle el canto en 17 idiomas y dialectos indígenas. Pero no puedo hacerlo y tengo que recordarme constante y consistentemente todas las cosas que no me tocan. Me obligo a repasar a diario cuál es mi lugar, no llamar todos los días, no hostigar a los padres, no acampar en el estacionamiento de su nuevo nidito, dejar el teléfono prendido todo el tiempo por si me necesitaran, ignorando que no soy uno de los primeros cinco números que marcarían de necesitarlo. Pero lo hago tranquila, veterana de guerra, superviviente casi cuerda porque yo sí sé amar de esta manera, sé amar hasta cierto punto, sé morderme la lengua, fui madrastra seis años, me siento cómoda y sabia con los amores contenidos, sé amar con una distancia marcada por una cinta métrica que no es la mía, me aterra, pero he asumido que envejeceré experta en amar lo que no me pertenece. Y no puedo hablarle, ni decirle que la amo, ni puedo escribirle versos, ni una entrada de blog, porque sencillamente siento que me falta la respiración cada vez que intento si quiera rozar el tema. Pero cada vez que digo “vale” en vez de “okei”, hago una pequeña oración a Dios, haciendo así una pausa en el tiempo que nos estamos dando (Dios y yo, no sean impropios, no hagan preguntas). No olvido que mi vidente una vez me dijo: “cuando tu pareja te pida tiempo, regálale un reloj y que se lo meta por donde le quepa, porque el que no sabe quererte desde tu propia cama, mucho menos va a quererte de lejitos”, y me imagino que eso estará pensando Dios de mí y de seguro se ríe cada vez que alguien me dice: “te veo allí a las 9” y yo digo: “Vale”, con V mayúscula de Valeria y acto seguido en mi mente: “Dios la cuide”.



Y me llamó mi casera hace un mes a decirme que había vendido mi apartamento y le dije que estaba bien, que le devolvía la llamada. Me levanté de mi escritorio, me metí al baño, me quité mis pulseras, mis sortijas, mis pantallas, me amarré el pelo, me quité los zapatos, me senté en el piso y me eché a llorar, me empolvé el pecho porque de un tiempo para acá se me llena el pecho de ronchitas rojas cada vez que me agito, (padecimientos de casi treintona serán) e almorcé 2 cervezas y estuve 2 semanas en shock sin buscar apartamento, hasta que un compañero de trabajo me dijo: “pero tú estás buscando apartamento o estás pendejeando?” Y como yo sólo me conmuevo y aprendo con cierto grado de violencia, ese sábado fui a ver 7 apartamentos. Escogí uno, busqué informes de créditos, sentencias de divorcio, cartas de recomendación, certificaciones de empleo, talonarios y firmé contrato. Con el mismo pánico que siempre firmo casi cualquier cosa menos los recibos de mis excesivas cenas y bebe latas. Así que tuve que mudarme. Me mudé. Mi sexta casa en 26 años, para ser exactos en 8 años, 5 mudanzas; nómada me dijeron el otro día. Y vaciar ese espacio fue vaciarme, fue revolcar mis fantasmas. Mis fantasmas vivos y muertos, mis miedos nuevos, mis fobias superadas, mis amores perdidos, mis amantes inventados. Y lloré mientras envolvía en papel de periódico las tazas. Ajá, tazas de café comunes y corrientes, descubrí que tengo 4 platos y 17 tazas de café, 3 vasos y 23 copas de Martini. Y fue como dicen que es morirse, porque en cada cosa que guardaba, cada vez que el espacio se iba vaciando fui viendo esos casi dos años de mi vida donde viví sola por primera vez. Ese tiempo donde me volví adulta y regresé a la adolescencia a la mismísima vez, esas paredes, ese piso donde deliciosamente me equivoqué tantas veces. Y mi madre me preguntaba que de qué barbaridades estaría yo acordándome que me reía sola. Me despedí de mis visitantes de carne y hueso que hace meses se habían ido y de mis inquilinos espectrales que se han negado a salir. Toda nostálgica tomando fotos y recitando mantras bajito, pude ver el apartamento totalmente vacío, y decirle al espacio sin que nada me quedara por dentro: “en ti fui feliz”, esa delicadeza que nadie tuvo conmigo.


Quería golpear a la nueva dueña de lo que fue mi hogar cuando tuve que entregarle las llaves. Dos semanas después, todavía le tengo miedo a vaciar las cajas, rebuscar las bolsas negras que tengo sobre el piso de tabloncillos con el siempre soñé. La mitad de mis 26 años está guardada en cartón y plástico. Y por si eso fuera poco en mi trabajo tuvieron la deferencia de darme una oficina. Un espacio vacío prácticamente completo para mí. Sufrí un ataque de pánico. Me levanté de mi escritorio, me metí al baño, me quité mis pulseras, mis sortijas, mis pantallas, me amarré el pelo, me quité los zapatos, me senté en el piso y me eché a llorar, no me tapé las ronchas rojas porque esa era la única forma en la que me pensaba quejar. Mi primer jefe me enseñó que no hay nada peor que una persona malagradecida. Un gurú es un gurú. Me llevaron a almorzar para alegrarme y nada. Me revolqué la tristeza por dos días como mejor lo hago, a pura música y una amiga me decía, total, seguro que estás al menos de 12 losetas de donde estabas. Y es cierto, pero las distancias se miden de otras formas y las razones no son cuadradas. Para mí, la oficina era una extensión de mi soledad. Propagar mi aislamiento a las únicas horas de mi día donde soy parte de alguna especie de comunidad. La vida te frota en la nariz lo que necesitas superar.













Cuando vivía en Salamanca una tarde salí a caminar y había pelusitas por todo el aire. Parecía que se había abierto un camión de algodón. Yo andaba tropezando con la gente, fascinada con aquellas plumitas que inundaban la ciudad. Nadie más se inmutaba, uno que otro español se frotaba la nariz con su pañuelo. Llegué a una oficina y le pregunté al señor de las copias, “usté me disculpa, pero ¿qué son esas cositas que están flotando en el aire?”. El señor me preguntó que de qué hablaba y yo me dije a mí misma que conforme a los pronósticos de mi madre, finalmente, había enloquecido. Entonces el señor se echó a reir y me dijo: “¿Tú no eres de acá, no?”. Yo con cara de espanto moví la cara diciendo que no, que obviamente que no, que me sentía la jíbara más jíbara del universo, y me dijo: “Joer, eso es la primavera.”

Tan solo me queda prender velas y cruzar dedos y rezar de vez en cuando para que todos estos cambios me llenen de flores rosadas y de plumitas blancas en vez de mierda de pájaro. Quizás cuando se acabe mayo pueda decirme a mí misma, insertando la mala palabra de mi predilección: “era la primavera.”

De Resuelves, Resoluciones y “Resolvidas”




Viví con mis papás hasta los 19 años. Hasta ese entonces mis problemas de convivencia se reducían a horas de llegada, el relativo estado de embriaguez de mis aterrizajes, el reguero de mi cuarto, trifulcas fraternales y el poco tiempo que pasaba en mi casa, que en palabras de mi madre se traducían a “tú te crees que esto es un motel para venir a pasar un par de horas y largarte”.

De ahí pasé a mudarme a España con mis dos amigas más antiguas. Demás está decir que el frío y la distancia cambian la perspectiva de absolutamente todo y tienen la habilidad cuasi mesiánica de convertir las cosas relativamente importantes en trascendentales y aquellas que eran el centro del universo en nimiedades. Nuestras guerras civiles giraban en torno al uso del agua caliente, la taza de café que se encontraba sin fregar justo cuando uno más la necesitaba antes de salir, la insoportable manía de dejar las cajas y los envases vacíos en la alacena y la nevera como un descuido, pero con el efecto deplorable de romperle el corazón a la que soñaba con un chocolate caliente y una galleta al regresar de un día entero en una ciudad que se camina en pleno invierno, la constante aparición de desconocidos visitantes sin previo aviso, la incapacidad de cambiar el papel de baño, el asco de encontrar pelos en todos sitios, peleas casi de lucha libre por la chuleta más grande, culebrones venezolanos por los turnos para usar la computadora y el teléfono, el odio de alguna a los pimientos, la insistencia de la otra en saber dónde estábamos absolutamente todo el tiempo, mis tendencias nudistas, mis constantes lloriqueos agarrada a un auricular y el terrible rol de madre que me dio con asumir. Todos los días quería regresar.

Cuando regresé, todos los días quería irme (lo que después de ahí se convirtió en volver) y nunca ha dejado de ser así, hasta el sol de hoy. A mi madre le empezó a molestar hasta el que yo contestara el teléfono diciendo “¡Hola!” en vez de Jelou, cuando me daba un golpe decía “La puta!”, o peor aún “me cago en la hostia”. Empecé a cuestionar los hábitos alimenticios de mi familia y ellos los míos. No comprendía por qué ponían absolutamente todo en la nevera, hasta el azúcar. Mami decía: “cuando te fuiste el país estaba lleno de hormigas, eso no ha cambiado porque te fuiste y regresaste”. Yo bebía más que antes, tanto vino como café. Tomaba siestas y estaba cansada todo el tiempo, mi novio decía que no sabía donde había dejado a su novia pero definitivamente ya no estaba en mí. Aún así nos casamos.




Este año se cumplirán 2 años viviendo sola por primera vez en mi vida. Y cuando la cosa se ha puesto fea, mi familia me ha ofrecido su casa. Y tendría total sentido económicamente, no pagaría renta, ni agua, ni luz, no me gastaría ni la mitad de lo que gasto comiendo fuera y no viviría “sola”. He barajeado también con amigas la posibilidad de ser “roommates”, partir gastos por la mitad, negocio redondo en cualquier marco teórico. Soy buena con los números, pero me niego a vivir de, a, ante bajo, cabe, con, contra, de, desde, para, por, según, -ellos (las preposiciones son las putas de los idiomas).


Numéricamente hablando sería lógico, práctico, estratégico, funcional, todas las cosas que nunca he sido. Me sobraría dinero para mis viajes y mi vida se simplificaría a niveles incalculables. Pero por alguna razón que reside entre mi terquedad y mi pasión por lo complejo, me resisto a renunciar a mi soledad. Porque mi soledad implica demasiadas cosas y aunque me quedan rezagos de mi última convivencia, como por ejemplo poner los ganchos todos en una misma dirección, oler los platos y los vasos después de fregarlos, poner el papel de inodoro en la dirección *correcta*, llenar la cama de almohadas para ocupar los espacios vacíos en mi cama, en mi espalda y entre mis piernas. Poco a poco he ido creando consciente e inconscientemente revoluciones contra el régimen en el que viví.


Me niego a secarme, me baño (mínimo dos veces al día) y ando chorreando agua por toda la casa, me niego a poner cortinas en las ventanas y ando desnuda más de tres cuartas partes del tiempo, tiro los zapatos al aire cuando llego de mis días de 37 horas sencillamente porque puedo, duermo con ropa solamente cuando estoy profundamente triste, tengo una estufa ornamental porque me parece un desperdicio cocinar para mí sola, tengo una nevera vacía, que en sus mejores momentos tiene comida de perro, agua, cerveza, una botella de vino abierta y cuando me siento lujosa; pan, jamón, queso y papaya.


No lavo ropa en dos semanas y después me paso un domingo entero lavando, secando y guardando ropa, mapeando y disimulando el reguero, usando tan sólo un pinche en el pelo y Frank Sinatra a todo pulmón. De vez en cuando salgo a botar la basura en la covacha y sólo cuando entro me doy cuenta de que salí al pasillo en ropa interior. Desde mi comedor se escuchan las protestas en mi universidad que me obligan a ponerme chancletas y salir, persiguiendo el sonido de las consignas, con las llaves y el celular y la poca fe que me queda en el país, a desgalillarme y gritar que quiero una universidad libre, porque es lo poco que no nos han quitado del todo y los hijos que no sé si tendré me lo echarán en cara. Hay noches que cuesta dormirse y me baño con soluciones para bebés inquietos, tomo té de valeriana, hago las paces con la melatonina, me doy baños maratónicos y cuando no logro que el cuerpo me responda a estímulos acuáticos, tomo decisiones importantes bajo la ducha; dejar las pastillas anticonceptivas porque llevo más de un año sin pareja-pareja, volver a bailar belly dancing, salir de mi carro y comprarme algo que se parezca más a mí (una yipeta con toda probabilidad), darme dos viajes este año con fondos de préstamos estudiantiles, adoptar un niño a los 32 años, tirarme de un paracaídas para superar(lo)/(me), delinear mis próximos 3 tatuajes y decidir de una vez y por todas su localización, donar sangre antes de volverme a marcar porque nunca siento que hago suficiente, volverme un as en mi trabajo y jugando domino, volver a correr tres veces en semana y broncearme como si viviera en una puta isla tropical.




Llevo semanas intentando escribir, dos meses para ser exactos porque este año se me anda escurriendo por todas partes como si intentara cargar cántaros de agua con mis dos manos. Vivo tropezando con mis propios pies, estudiando sólo tres días a la semana, si es que se le puede llamar estudiar a mi extraña práctica de llegar al menos diez minutos tarde a la clase intentando parecer, no sólo preparada si no al menos interesada, resistiendo mis deseos de pasarme la hora y veinte minutos poniéndome al día en los tuits de perfectos desconocidos que se pasan el día dándome ánimo y haciéndome reír de tragedias locales y noticias trascendentales que ignoraría si no fuera por esta hermosa adicción que arrastro a todas horas. Me paso obligándome a ignorar la realidad evidente de que los únicos temas que me interesan son la narcoliteratura y los derechos de autor, más por la literatura que por el narco, más por el autor que por los derechos. Vivo pidiéndole perdón a mis perros por no pasar suficiente tiempo con ellos, vivo postergando la recogida del carro, el poner el apartamento en orden, el guardar el árbol de navidad que si no fuese metálico estaría rancio desde mucho antes de las octavitas. Tengo poco tiempo de celebraciones, pero me lo permito, tropiezo en la grama de la universidad intentando tomarle fotos a un arcoíris doble que se dio el lujo de salir un miércoles mierdoso, he celebrado una por una las diez orquídeas que se han dado en mi cocina casi por reproducción espontánea. Y sigo echándole lavanda y camomila a mis sábanas, calentando la colcha en la secadora antes de acostarme en las noches más duras y dándole al snooze del despertador las veces suficientes como para no tener el tiempo de darme cuenta de que hace demasiadas mañanas que no abro los ojos al lado de otros ojos.

Pero me despierto y decido si hay silencio o música. Si el cuerpo me pide playa me toma menos de 7 minutos estar de camino. Si quiero beber vino lo compro y me lo bebo y nadie me reclama porque sea de día o porque sea lunes. Llego a la hora que quiero y si no quiero llegar no lo hago. Nunca viene nadie a mi casa que yo no quiera que venga, por eso son contados lo que han visto cómo vivo. Si quiero cometer un error craso a las 3 de la mañana puedo hacerlo. Les escribo a mis padres que llegué bien o al menos que estoy viva, porque una desventaja de vivir sola es la sensación esa de desasosiego de que si desaparezco la gente podría tardar días en darse cuenta, de que si me caigo en el apartamento y me quedo inmóvil, tendría que arrastrarme al pasillo y esperar a que un vecino me viera.

Y salgo, salgo todo el tiempo, me amanezco como si tuviese una edad más cercana a los veinte que a los treinta, más cercana a los quince que a los cuarenta. Voy a todas partes porque siempre siento que me estoy perdiendo de algo, que me estoy saltando puntos de destino y que si me quedo en mi casa puede que me pierda ese cruce cósmico que hará que mi vida cambie y la suerte me sonría aunque sea de lejitos y por un tiempo razonable. Y ceno como reina, no porque me sobre el dinero, la realidad es que llevo la vida entera viviendo de quincena en quincena y no veo esa realidad cambiar en las próximas quince quincenas. Ceno como reina porque algunas veces, en especial los viernes me cuesta todavía comer sola y comer rico me distrae los datos. Siempre le he tenido miedo al cambio, algo en mi ascendente en cáncer y el venir de una familia de un matrimonio unido sin interrupciones y es por ese mismo miedo que me he mudado tanto, que he trabajado en tantos sitios que no tienen que ver los unos con los otros. No sólo por complacer a las 17 mujeres que intentan convivir dentro de estos escasos cinco pies, sino porque así enfrento mis fobias, obligándome, como una persona con vértigo que se une a un escuadrón de paracaidistas, así como me comprometí a los 19 años teniéndole un profundo terror al compromiso.

No estoy resuelta ni lo estaré y por lo mismo no quiero resolver gente. No quiero curar heridas de nadie. No quiero adiestrar personalidades bestiales, ni enamorar al que no quiere enamorarse. Quizás por eso he dado todas las excusas, he dicho que sigo casada, doy el número de teléfono y advierto que nunca contesto las pocas veces que doy el correcto, digo que me busquen en Facebook y nunca acepto el friend request, me mantengo jugando con fuego en sitios donde sé que se alumbran con velas artificiales, aprendí a evitar los mensajes ebrios cambiando los nombres de susodichos por razones de peso para no humillarme más y no importa cuán borracha esté, este cerebro funcional no me permite enviar un mensaje a un destinatario inscrito como: “You’re not Good Enough for His Mom”.

Aquellos que me han tentado a quererlos terminan o están con mujeres menos fuertes, menos escandalosas, con menos carne, con menos boca, con menos años, con menos líos, con menos decibeles, con menos opiniones, con menos actitudes, con menos mujeres dentro. Y ha sido bonito verlos tocando públicamente cuerpos queridos que no son el mío. Ha sido aleccionador reconocerme como un ente resolutorio. Ha sido satisfactorio sentirme puente, rito de iniciación, vamos, la valeriana o el parche de nicotina de un ex adicto. Es bueno saberse terapéutica, rehabilitadora, mediadora. Aunque parezca mentira resulta consolador cuando uno se tiene que arrastrar con fiebre a una cocina para mojarse los labios con un trozo de hielo saber que le facilitó a alguien no tener que mendigar “public displays of affection”. Exactamente igual que cuando recibí un mensaje de texto este diciembre (dos años demasiado tarde) diciéndome: “me acabo de dar cuenta que en los últimos 5 años, tú montaste mi árbol de navidad, hoy descubrí cuánto trabajo da y me prometí que jamás la persona que amo hará cosas como esta sola”. Ya saben por qué el de este año fue metálico y recibe triunfante el mes de marzo en mi sala.

Este mes me salió una úlcera en el ojo derecho, es una larga historia, entre que le falta curvatura a mis córneas y me sobra torpeza, tuve que estar yendo al médico, levantándome a cada hora para echarme gotas y mis compañeros de trabajo riéndose y diciéndome que necesitaba un despertador humano. Mi nueva imagen es perennemente cuatro ojos. Mi versión oficial es que mis ojos vieron más de lo que querían ver, pero aparentemente sólo cicatrizo con violencia. La doctora me explicó que sólo me quedaba una nubecita blanca, pero que ya tengo tejido nuevo y que poco a poco desaparecerá, es una herida como cualquier otra, sólo que no hay sangre en esa superficie y tarda en regenerarse. No sé cómo explicar lo feliz que me hacen las explicaciones. El otro día cuando vi a la última figura que me rompió el corazón, prácticamente hacerlo de nuevo en cámara lenta y con música de fondo, un amigo agnóstico que adoro con el alma y su recipiente, tuvo la amabilidad y la genialidad de consolarme así: “tienes esa memoria en la amígdala (cerebral) que es la que guarda información o memoria emocional. Con el tiempo, la sucederán otras emociones que borrarán esas memorias de las amígdalas, pues la cabrona es bastante vaga y no guarda mucha información. Así que pasará al hipocampo donde las memorias son asociaciones lingüísticas. Ahí pues ya no dolerá tanto y se irá borrando con todos los demás estímulos lingüísticos a los que estás expuesta.”






Vivo sola y es lo único simple que tengo y necesito en la vida. Después de todo hay tanta gente dentro de mí, que en realidad somos más como una comuna. Sin contar con mis amigas que son una tropa de amazonas, mis perros que son serafines y mi familia que es una mafia italiana. Lo peor de todo es que no tener un plan, hace que todo sea una opción. Él no tener límites hace que nos desboquemos, en especial gente como yo, para quienes desbocarse es una tendencia tan fuerte como la gravedad. Me paso escupiendo pensamientos de 140 caracteres para tranquilizar mi necesidad de escribir. Mi soledad/libertad ha hecho que mis oraciones se hayan vuelto simples y cortas también. Ya no me congrego pero sigo rezando. Directo al punto porque algo me dice que Dios (al menos al que yo le rezo) tampoco le gustan los rodeos. Así que pido que bendiga a la gente que amo, la que alguna vez amé y la que amaré, que me arranque del corazón a aquellos que no supieron, saben, ni sabrán quererme y que me mantenga o me ponga en el corazón a aquellos que sí. Que se meta directamente en la mente del gobernador porque obviamente los mensajeros no están siendo efectivos, que no deje a mi país sin educación, que mi sobrina nazca perfecta, que mantenga vivas mis orquídeas, que mantenga alejadas las hormigas, que me deje viajar, que detenga el hambre, la guerra, el discrimen y el analfabetismo. Que no tiemblen las islas que apenas podían sostenerse estando quietas. Que no necesito encontrar el amor todavía, no hay prisa, porque a decir verdad dudo intermitentemente de su existencia. Pero que se ponga pálido y al menos me mande un buen resuelve o mejor aún que me inunde de suficientes asociaciones lingüísticas de las mágicas, para resistir la tentación de darle un número falso cuando lo tenga de frente.



de montañas rusas y otros masoquismos



No quiero que se acabe. No quiero que se acabe. No quiero que se acabe. Como las montañas rusas que nunca me bastan. Aunque odie ciertas curvas, aunque se me salgan las lágrimas por la velocidad, se me cierre el estómago, grite como una demente, se me dibujen nuevas líneas de expresión por mis muecas de histeria, aunque haga una fila de dos horas y la emoción me dure minuto y medio, aunque termine con nudos nuevos y estrenando espasmos. No quiero que se acabe. Porque siempre he pensado que la cosquilla, esa fracción de segundo de un placer casi doloroso, la quiero enfrascar, retenerla al precio que sea, cuésteme lo que me cueste.
No, no encontré el amor este año, no publiqué mi primer libro, no me pegué en la Lotería, no viajé a Europa, no pude ver el concierto de Estopa, cosa que sufriré hasta que logre verlos en vivo, no perdí las 10 libras que me propuse, tuve las peores notas de mi vida, mi abuela no mejoró si no al contrario pareciera que lo hubiese olvidado ya todo, (un todo que me incluye, que me encierra, que me chupa y hasta a veces me traga mi propia memoria), administré mi dinero de la manera más pobre posible (nunca la palabra pobre ha sido tan bien usada, modestia aparte), mi crédito empeoró al nivel del desahucio, me caí físicamente en muchas ocasiones, renové mi contrato con el suelo infinitas veces y de las otras caídas ni les cuento, me sigo chupando el pulgar izquierdo con mayor insistencia y menos pudor y mi pelo está históricamente en las peores condiciones hasta el presente.
El otro día le dije a una amiga, sin pensarlo dos veces que este había sido de los mejores años que he tenido. Frunció el ceño, lo cual es totalmente entendible. Teniendo en cuenta que este año firmé mis papeles de divorcio el día de la candelaria, me divorcié el fin de semana de San Valentín y me vi en la mismísima prángana como 8 de los 12 meses. Me las vi feas, feas. Pero mis conceptos de lo que es mejor, de lo que es deseable, de lo que es sexy, de lo que es mucho, lo que es poco, lo que es normal, lo que es hermoso y lo que no lo es, no necesariamente representa los conceptos de la mayoría ni siquiera entre mis amigas.
Me ha pasado desde siempre, en mi primer año de universidad tomaba clases con uno de los profesores más brillantes y mezquinos que he tenido en mi vida. Era escorpio, abogado criminalista y enseñaba humanidades por puro placer y sadismo. Preguntó a viva voz a las compañeras mujeres que si tuviesen que escoger entre Héctor y Aquiles en la Ilíada, que con quién se quedarían, si con Héctor, el caballero, el honorable hombre de palabra o con Aquiles, el violento, el impulsivo, el macharrán. Hicieron una típica votación manos arriba y todas, absolutamente todas subieron las manos en Héctor. Yo sólo me reí, como único sé reírme; como bruja. Y el profesor me miró y me dijo: “Trujillo Alto, ¿de qué usted se ríe? (se me olvidó mencionar que el profe nos conocía por pueblos y se negaba a aprenderse nuestros nombres y apellidos) Usted se ríe porque usted es la única mujer honesta en este salón. Usted es la única que se atreve a confesar que usted escogería al salvaje de Aquiles en vez de al caballero de Héctor, porque se aburriría, porque usted se conoce y usted sabe que le gusta que la zarandeen.”
El 2010, como mis amantes favoritos, me ha zarandeado. Empecé el año con una ilusión entre ceja y ceja. Cuando llegó el mes de marzo, ya se me había salido por los ojos a lágrima limpia. En el mismo medio del año la traje de vuelta para agujerearme la caja del pecho y en el último mes logré bajármela hasta las ingles. Porque en este año me he vuelto más caprichosa, menos decidida pero más precisa, más dispersa pero más concreta, más loca pero también más resuelta. He aprendido a neutralizar a las 17 mujeres que viven en estas sesentayuna pulgadas y media, he encontrado la plataforma perfecta para hablar sola con audiencia de 140 caracteres en 140 caracteres y he encontrado grandes amigos y mentes geniales en seres cuyos rostros ni siquiera he visto. Sí tengo una adicción a Twitter y por eso me tomo el atrevimiento de cruzar las barreras de las redes sociales, además de que ahora para mi sorpresa vivo de eso. Igual que el mayor golpe del año lo recibí por medio de un tuit. Me lo dijo Jay Fonseca en un tuit de menos de cien caracteres.
Y a veces voy a la playa y me siento sola en la orilla y le hablo a Julio. Porque como yo no estaba suficientemente loca ahora lo siento en el mar y tan pronto me meto al agua una ola me da un cantazo y me erizo completa y acto seguido le pido perdón porque no sé dejarlo ir y procedo a pelear con él y le cuestiono y le cantaleteo que por qué carajo tenía que seguir brincando, que por qué 300 saltos en el aire no le fueron suficientes, como si el exceso no fuera lo único que nos unía. Y me visitó en sueños de nuevo la noche de mi cumpleaños, me abrazaba y me abrazaba y yo en el sueño lloraba y él a carcajadas me decía: “¿Pero serás boba Edmaris? Si todo sigue igual”. Y rezo de rodillas, porque este año la vida me dio y me quitó al primer sacerdote que me erizaba la piel en dos horas de sermón y me dio suficientes razones para congregarme y hasta escucharlo de vez en cuando sentada en el piso, porque llego tarde hasta a lo que algunos le llaman encuentros con Dios. Yo iba a escuchar un hombre que me recordó que alguna vez tuve una fe, y me zarandeó el intelecto y el espíritu lo suficiente como para sentirme que me hacía falta algo más. Y todas las noches rezo y le pido a Dios que Julio me deje en paz y que me deje dejarlo ir en paz, pero con la cláusula condicional de que de vez en cuando venga a abrazarme en sueños porque me aterra olvidarme del sonido de su risa y de su voz.
Y estoy agradecida de lo que me ha dado la vida este año. Estoy agradecida de la gente espectacular que tengo o que han pasado por mi vida. Pues sí, aprendí cosas de un cura colombiano que apoyaba el divorcio, la convivencia, las uniones homosexuales y me enseñó que cualquier cosa que te haga ilusión es una bendición. (probablemente por eso lo mandaron a Colombia), aprendí a dar gracias todos los días por la gente que llegó , por la gente que se quedó y por la gente que se fue. Porque así funciona la vida, la energía, las corrientes de agua, las moléculas, y hasta esa cosa tramposa que le decimos amor. Y es menester dar gracias, gracias por tener mujeres que te aguantan la mano mientras un desconocido te agujea las costillas, mujeres que te rescatan de una mañana resacosa y te llevan a desayunar, te llevan a la playa y luego te ordenan una batida de papaya, mujeres que vuelan después de años por el mundo y parece como si se hubiesen visto esa misma mañana, mujeres que hacen feliz al ser que más amas en el mundo y cargan a tu sobrina nueve meses, en lo que se atreve a salir, mujeres de opiniones distintas, que te dicen que te tires por el precipicio si es lo que llevas deseando, que te dicen que te asomes pero que tengas cuidado, mujeres que se ofenden cuando tomas otra mala decisión o cuando tomas la misma decisión por tercera vez en el mismo año y tienes que callarte porque en el fondo sabes que tienen derecho porque les toca recoger tus pedazos cada vez que te destrozan.
Es compulsorio dar las gracias por hombres que te bañan con sus dos manos, hombres que te hacen reír hasta cuando no tienes ropa, hombres que jamás te verán desnuda y aún sabiéndolo te pagan el almuerzo, cenas y cervezas, hombres que pacientemente esperan para que el frío alguna noche sea suficiente, hombres que se mueren y vienen algunas noches en tus sueños a abrazarte, hombres que sabiendo menos y sin conocer tus dolores te protegen de golpes más pequeños, de torceduras de tobillo con las que podrías bailar salsa en tacos de alfiler. Hombres que perdonan que tu alma esté en otra parte, hombres que se dejan seducir no importa lo ebria que estés.
Este año ha estado lleno de palabras mal dichas pero bien recibidas, de darme cuenta que el orgullo no me sirve de nada, porque después que Julio desapareció de este plano le doy al cuerpo y al alma lo que me piden porque él estaba más que listo para irse sin saberlo y antes de que eso pasara yo lo dejaba todo siempre para mañana, si quiero decir “te quiero” lo digo, si quiero decir “te extraño” lo escribo, si mi cuerpo se encapricha lo comunico, si quiero amanecer contigo también te lo digo. Porque no perdono ni me perdonaré un solo “debí haberte dicho”, “debí haberte abrazado”, “debí haber dicho que sí”, “debí haberte contado”, ni uno más.
Voy a ser implacable con la posibilidad de futuros “lo que pudo ser”, voy a ser intolerante con la intolerancia, violenta con la inercia, egoísta con dificultad. Porque en esta vida he cedido demasiado, cedí demasiado y por eso amo este año, porque no cedí, no me cedí y fui intransigente con lo que soy, viví por primera vez en años estando viva, haciendo lo que me da la gana, cargando mis propias culpas, mis propios miedos, mis malos juicios, mis mejores maldades, mis más deliciosos placeres, los cargué yo sola. He aprendido a estar sola y todo lo que eso representa. He cambiado bombillas, destapado inodoros, matado cucarachas, limpiado el asqueroso filtro del fregadero (aunque fuese arqueando) y he conseguido el dinero que he necesitado de alguna forma u otra. He comido lo que me ha dado la gana, he besado las bocas que me han apetecido y he desnudado a quienes se han dejado y ni forzándome, ni por un solo segundo logro arrepentirme de absolutamente nada.
Amo este año porque volvieron mis plumas, mis minifaldas, mis carcajadas, mis llantenes, mis rabietas, mis furias, mis pasiones. Amo este año porque ni por un momento he olvidado que estoy viviendo, que me caigo y la piel me sangra, me corto y me arde, mi país se hunde y me duele, mi universidad me la arrebatan, me la violentan y me indigna. Amo este año porque aprendí a sentir, a preocuparme porque mi sobrina venga a un mundo sin posibilidad de una educación accesible, sin derecho a aprender en un foro libre, como era mi universidad, quiero que ella sea sabia, tenga opiniones aunque no sean las mías, pero que no padezca de ignorancia, que no sufra de desconocimiento, que jamás sea víctima de la indiferencia. No sé si es el tiempo o las pérdidas o la súbita claridad que dan las tragedias, pero últimamente me paso sufriendo dolamas que antes entendía ajenas. Me duele la gente sin casa, en especial los días de lluvia como una extensión de mi barrunto, vivo aterrada de atropellar a un vagabundo, me paso sintiéndome culpable del hambre y del analfabetismo y con ganas de hacerme rica para montar un refugio de animales, para dar educación sexual a los adolescentes fuera de instituciones religiosas o gubernamentales que terminan siendo la misma mierda. Y como todo en esta vida, no sé por dónde empezar porque me dan más de tres opciones y automáticamente me paralizo, me bloqueo.
Ando fascinada con cosas que antes me parecían normales, lo impresionante de la mecanografía, esa conexión casi mágica de mi cerebro con mis manos, con un teclado, con una computadora, que sin mirar sé cuándo mis dedos saltaron una letra o repitieron otra. Ando asombrándome porque mis pies (que casi no tienen coordinación motora alguna) automáticamente saben acelerar y frenar un carro y si me preguntaran con cuál se acelera y con cuál se frena tendría que detenerme a pensar para contestar.
Este año aprendí a identificar los lugares donde puedo estar sola sin sentirme sola. Sitios donde no quiero llevar a nadie que me los arruine, lugares donde los meseros me dicen princesa, me traen sólo un menú, bartenders que me ponen la cerveza en frente sin siquiera preguntarme para que me dé el primer sorbo directamente de la botella y aunque sea por una fracción de minuto, y aunque sea porque ando escotada o porque doy buenas propinas, en ese sorbo trasciendo los códigos de orden público y me siento victoriosa. Gente que no se asombra con la cantidad de comida que soy capaz de consumir por mí misma y no intenta montarme conversación. Es difícil en un país como este que la gente respete la soledad en general, ni hablar de la escogida.
En este año logré ver el país desde un avión dos veces, me tatué por primera vez y descubrí una incipiente adicción de mi piel a la tinta, fui a más conciertos que nunca antes, tuve más de una atracción masiva (como diría un amigo genial que tengo), fui a más bodas que nunca en mi vida, me volví experta en brindis, me reí como hace años no lo hacía, me dolió la clavícula y regresaron las punzadas de pecho, casi siempre por motivos felices, mis córneas se resintieron, bailé como nunca antes, mi cadera se desencajó en momentos especialmente inconvenientes, me amanecí como si fuese adolescente, lloré hasta quedarme sin aire, encontré un trabajo que para mi sorpresa me fascina, me he vuelto más voluptuosa, tengo un romance intelectual con un jevo tuitero, sigo amando y viendo a Iván y me siguen importando tres cominos que la gente lo entienda o no, voy a ser tía, estoy escribiendo una novela, regresaron amigas perdidas, se me agudizaron los vicios, tuve recaídas en ciertos cuerpos, he celebrado mis errores, tuve una cómplice en todas mis noches de juerga, y lo más importante del 2010 es que me gusto. Me he vuelto a gustar, me gusto mucho, lo suficiente para no querer cambiar por nada ni nadie, para no tener resoluciones que conlleven nada más que amarme más y mejor, que concederme los placeres culpables o inocentes que quiera y que me merezco, para atreverme a decir en voz alta hasta frente a figuras de autoridad mi opinión por ofensiva o disidente que sea. Esto es lo que soy, esto es lo que hay, celebro los #triunfos pequeñitos, lloro y abrazo mis grandes tragedias, reconozco lo defectuosa que soy, lo contabilizo y lo asumo, y me añoño porque en ocasiones he sido perfecta con lo poco o mucho que he tenido. Por eso le doy gracias al 2010, por permitirme ver aún con las córneas manchadas lo hermosamente dolorosa que es la vida y por ponerme en mi vida gente que estuvo conmigo al menos uno de los 365 días para besarme, abrazarme, gritarme, llorarme, morderme, pellizcarme, desnudarme, alimentarme, ayudarme, consolarme, animarme, contestarme, masajearme, y dejarme saber que nunca estaré sola ni tendré motivos para aburrirme. Pido lo suficiente para lo próximo y al 2011, que me ame, pero sólo si se atreve.



de olvidos y desnudos




Tendré 26 años en poco menos de veinte días. Cuatro intentos de carrera diferentes. Experiencias laborales que parecerían no tener absolutamente nada en común excepto el hecho de que comparten espacios en un resumé con mi nombre arriba. Mido cinco pies y una pulgada y media que nunca menciono porque a la gente le da risa el falso intento de enaltecerme. Durante los últimos diez años he pesado entre 110 y 130 libras dependiendo de mi felicidad o mi miseria, no necesariamente de maneras proporcionales. Soy escandalosa, hablo alto, me río vulgarmente, rara vez articulo un párrafo que no tenga una cuarta parte compuesta de vocabulario soez. Tengo estómago de hombre, hígado de hombre y apetito(s) de hombre. No tengo coordinación motora y tropiezo con el aire, a mi hermano esto le fascina y lo adorna con un infalible: quién te empujó. Por alguna extraña razón que desconozco le vuelo el taco izquierdo a todos mis zapatos. Gasto los labiales tan y tan diagonalmente que llega el punto en que no se pueden usar aunque no se gasten porque se parten al intentarlo. No tengo etiqueta de mesa (creo que tampoco de cama), no porque no me hayan intentado enseñar si no porque muy en el fondo (y notablemente a la vez) no me importa. Soy regona y caótica casi por definición. Hace muy poco esto empezó a avergonzarme. Si me despisto o me pongo nerviosa me chupo el pulgar izquierdo. Hay tres partes de mi cuerpo que no me gustan en lo absoluto y que nunca menciono porque no tengo intención de atraer la atención hacia a ellas. Sólo mis amigas más cercanas o aquellos que han intentado por suficiente tiempo amarme las conocen. Nunca he conocido a alguien que se aburra de mí, no aburro, abrumo, es otro talento inútil de los que tengo. No me corto las uñas ni me desenredo el pelo, ni me saco las cejas. Pago por eso. No sé planchar. Daño ropa todo el tiempo. El otro día me dijeron que hay que ser arrogante cuando se escribe y modesto cuando se edita. Así que aguántese que aquí voy. Cocino divinamente bien aunque ya casi nunca lo hago, porque cuando corto cebolla me echo a llorar y no por la cebolla, si no porque me recuerda una época de mi vida donde cocinaba por todas las razones equivocadas y con toda la intención de reparar con comida lo que ni con mis palabras ni con mi cuerpo era remendable.

Una vez una profesora chilena nos contó que cada vez que ella escuchaba una campana le daba un ataque de pánico, porque ella vivió la dictadura y cuando joven tocaban la campana antes de las ejecuciones. Y creo que así funciona, mientras uno más vive menos cosas preocupan y más cosas aterran. Mi crédito está destruido, no tengo en qué caerme muerta, llevo más de tres meses esperando un cheque de préstamo estudiantil que parece negarse a llegar a mi cuenta de banco para que yo pueda dejar de deberle una vela a cada santo del almanaque Bristol y yo sigo saliendo y comiendo y bebiendo como si tuviese un plan B. Porque le he perdido el respeto a los dolores que son más arriba de la clavícula y más abajo de las costillas. Por lo mismo que dejo que me hagan cosquillas sólo (sí sólo de solamente y solo de soledad y ni la RAE ni la madre que me parió me a quitar el placer de acentuarlo) del cuello para arriba y de la cintura para abajo. Pero ni muerta cerca del corazón. Porque en mi nuevo trabajo enviaron un e-mail para hacer una actividad de oficina para irnos todos a Toro Verde y tirarnos por unos cables encima de un bosque y yo leyendo el correo electrónico dentro de un salón de clases leí palabras que hace menos de dos meses no tenían el menor efecto en mí, pero después del 5 de septiembre todo eso ha cambiado y leer pies de altura y millas por hora que dependen de la velocidad del viento hacen que me beba las lágrimas mirando la pantalla del celular mientras un profesor habla de ética profesional. Porque la muerte de Julio no deja de dolerme. Y por eso no escribo. Y por eso a veces lloro en la bañera porque puedo escuchar su voz en mi apartamento y por eso mis problemas económicos y el resto de mis traumas solitarios me dan vergüenza.

Me avergüenza haber llorado porque alguien no me quiso, me avergüenza haberme dejado caer porque alguien se fue sin despedirse, me da rabia conmigo misma porque he dejado que me duela que alguien haya decidido no quererme porque soy divorciada, porque soy muy fuerte, porque soy pornográfica, porque no tengo otro nivel de intensidad que este. Mientras una hermana perdió a su hermanito en el aire. Y como los miedos que tengo son tan traicioneros, me da miedo celebrar que mi hermanito va a ser papá. Y aunque tengo el temple de funcionar en crisis, y aunque tengo el carácter (formado a fuerza de golpes) de ser totalmente funcional aunque tenga múltiples escapes en el cuerpo y en el alma, me paso la vida manejando crisis que no son mías. Y con esta misma voz que tengo y que no me pega con el cuerpecito éste (mi abuela decía que Dios no le da alas al animal ponzoñoso) le digo a mi madre que celebre la vida, que las cosas pasan por una razón, que nos hacía falta una ilusión, con esa misma voz me digo a mí que no me ilusione demasiado, que deje de hacer planes con una vida que todavía no está formada, que tenga cuidado con enamorarme de nuevo de un bebé que no me pertenece. Que ya yo debería saber más que eso y saber que ser madre de un niño que no es propio es una sentencia de muerte. Es un dolor perpetuo. Es una impotencia que no conoce de lógica, ni de derechos legales, ni de custodias compartidas, ni de divorcios, ni del bienestar del menor. Me digo que me mire a mi misma, que deje las putas reincidencias, porque soy experta en equivocarme de las misma formas y con la misma gente, como si sintiera que es menos malo cuando uno ya conoce a fondo ese mismo tipo de golpe. Porque no extraño a mi ex, aunque la gente jure que es imposible. Pero extraño a Iván, extraño sus preguntas geniales, su visión de un mundo que sólo conoce hace apenas 6 años, extraño su risa en las mañanas, sus críticas crueles y honestas, extraño que me diga mientras escribo, Edmaris no llores, no hay razón para llorar. Y quizás por eso le canto nanas a mis perros, porque a veces tengo el triste presentimiento de que mi cuerpo no está hecho para maternidades propias. Falló en su primer intento y los sagitarios nos frustramos cuando las cosas no nos salen a la perfección a la primera e incongruentemente la Ley de Murphy me persigue para adiestrarme, para intentar mejorarme.

Y estoy escribiendo una novela, una novela de olvidos y desnudos. Y escribirla duele, cada párrafo es un desgarramiento, es revolcarme otra cosa que no está resuelta dentro de mí. Y mi mamá literaria me dice que no me resuelva, que si nos resolvemos nos ponemos a escribir autoayuda. Que llore, que prenda velas, que me tire gente. Que use rituales, que ella sabe que me funcionan. Porque a mí nada más se me ocurre tener una mamá literaria bruja, como si con la biológica no fuera suficiente. Y escribir de olvido y de desnudos es andar con la nostalgia mondada. Y antes yo no sabía extrañar, a los cuatro años les dije adiós a mis papás en mi primer día de clases sin siquiera mirar atrás. Y últimamente me paso extrañando, extrañando a Diana que está en Sevilla y que a veces la necesito para que me ponga los pies en la tierra, para que me resuelva, para que me dirija, para que me cocine, para que me diga que todo está bien y me cante “The Way You Look Tonight” extraño a Daly que está en Texas, extraño su risa escandalosa, su humor tan negro como el mío, extraño nuestra amistad homoerótica, extraño a mi antiguo jefe, su mirada triste y mediterránea, nuestras eternas peleas, mis intentos fallidos de curarle lo de republicano, de explicarle la pobreza, de justificarle las protestas, extraño a Helga que sin hablarle sabía que necesitaba un té y una pastilla de valeriana, extraño a Kayla, que me abría su oficina y cerraba las puertas para escuchar con asombro mis loqueras y reírse sin regañarme, extraño a Elena, que no la veo desde el día de mi boda, extraño a Raúl que me cantaba la Bikina, extraño a Lauri que me contaba de sus puterías, y hasta en los peores casos extraño a John y sus mensajes ebrios aunque no nos llevaran a ningún lugar, aunque yo haya decidido dejar de leerlo para que dejara de dolerme, extraño a Amelie y me duele hasta ver su nombre escrito en la carátula de una película, extraño a mi tía, aunque me drene cuando hablamos, extraño a mi abuela que sigue estando ahí y me mira con sus ojos sin de verdad mirarme y sonríe cuando le canto “Hasta que te conocí” y yo regreso infaliblemente llorando hasta a mi casa.

Y así voy a recibir mis 26, pobre como siempre, sola por primera vez, casi tía, mejor amiga que antes, más nostálgica que nunca, menos preocupada y más aterrada, con la misma claustrofobia insular de cuando regresé de España, con menos esperanzas, un poco más alcohólica, con medio manuscrito, trabajando con gente más joven que yo por primera vez en mi vida, cumpliendo un número más alto de años que la fecha de mi cumpleaños por primera vez, más confundida y con menos respuestas, sin un proyecto de vida, con una costilla tatuada, más complicada que antes y mucho más fácil, más contradictoria, con el mismo maldito gusto este por los hombres brillantes que suelen tener coeficientes emocionales inversamente proporcionales a sus coeficientes intelectuales. Sigo con mi mala costumbre de ser la cazadora, de no saber dejarme conquistar, de frenar al que intenta quererme, de luchar por estar arriba, de negarme a editarme y a tener solamente esta versión sin censura, gústele a quien le guste y espántele al que le espante. Con la estrategia fallida de que si me quieres querer quiéreme con el apartamento en pedazos, porque nunca más en mi vida alguien se va a negar a tocarme porque la casa no esté recogida. Si me quieres querer, que sea así defectuosa, difícil, jodida y quizás me animo y un día vuelvo a cocinar, quizás un día vuelvo a bailarle la danza del vientre a alguien de regalo de cumpleaños, quizás algún día me animo y hago ejercicios y como mejor y vuelvo a pesar 110 libras. Quizás algún día me presto al juego absurdo de esperar a la tercera cita, quizás algún día me peino porque sí, quizás algún día vuelvo a ser ejemplar, quizás algún día me vuelvo presentable, quizás algún día. Lo dudo, pero quizás.