Fui a un restaurante Michelin... y no me gustó

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Mi primera palabra fue arroz. No mamá, ni papá, ni dada, ni titi, arroz, esa fue mi primera palabra. El plato principal de la cocina puertorriqueña. El carbohidrato que es el tercer producto agrícola más consumido en el mundo. El enemigo de innumerables dietas.  Mi relación con el lenguaje y la comida ha sido una simbiótica desde el inicio. Son dos de las cosas que más amo en el mundo y a las que quise lanzarme abrupta y torpemente (típico en mí) desde bebé. 

 

Mi primer novio nunca entendió mi fascinación. Para él comer no era más que una práctica necesaria para la supervivencia. Incluso llegué a escucharle decir que no podía esperar a que en el futuro sencillamente consumiéramos un par de capsulitas como los Jetsons y no hubiese que preparar comida, escoger, salir, etc. Claramente nuestra relación estaba prescrita desde el comienzo. Yo vengo de una casa donde comemos cuando estamos felices, comemos cuando estamos tristes, comemos cuando estamos estresados, comemos cuando queremos celebrar y también comemos cuando queremos olvidar. 

 

Mi madre dice que yo podía tener un dolor de menstruación terrible, el corazón roto en pedacitos, sin embargo, al preguntarme si quería una sopita o una cremita, mi respuesta siempre era un plato de comida de verdad, de obrero, porque mi apetito nunca ha sido negociable. Como con las mascotas, cuando no quiero comer, toca preocuparse. 

 

Nunca he comido por comer. Para mí la comida nunca ha sido un resuelve. Cada comida para mí es una increíble oportunidad de satisfacción no solo estomacal sino espiritual. Mientras desayuno fantaseo con el almuerzo, mientras almuerzo sueño con la cena. Mi primer pensamiento del día es: tengo hambre. Hasta la cosa más simplona que me vaya a merendar en mi propia casa, la adorno, la complico, la vuelvo más calórica, más caliente, más pensada, mas linda, más rica, más hedonista. Literalmente a veces se me eriza la piel y hasta se me aguan los ojos cuando logro encontrar la perfección en un bocado. 


Mi primer trabajo de verdad fue en un hotel de lujo. Mi madre traza los inicios de lo que ella llama mi “comemierdería” gastronómica a esa época. Mi relación con la comida digamos que se sofisticó. En términos prácticos, trabajaba en un restaurante fine dining. En múltiples ocasiones pude probar sin pagar platos que más de una década después nunca me he dado el lujo de ordenar. Entendí cómo se supone que se coman ciertas cosas, nunca volví a comerme un pedazo de carne “well done” y comencé a integrar el vino en mis cenas, que luego con un intercambio en Salamanca se convirtió en integrar vino no solo en mis comidas, sino en todos los momentos de la vida en general. Sin contar con que probé muchas sobras (por antihigiénico que suene ahora) de vinos carísimos y platos absurdamente gourmet. Tuve vida de estudiante con presupuesto de estudiante en Europa. Esto en dólares americanos significa comer atún de lata sin siquiera mayonesa frente a la torre Eiffel y vivir mayormente de döner kebabs turcos porque era la comida más barata que conseguía cerca de la universidad. Aún en esos días, prefería mil veces el pan pita hecho a diario, el cordero hecho por horas, que las papas congeladas y la carne comprimida de los fast foods americanos por allá. 

 

Con mi usual precocidad, aprendí a cocinar, a disfrutar la experimentación, la búsqueda, la compra, la confección y el sentimiento ese lindo que es alimentar a alguien amado, esa ofrenda de trabajo y amor que traduce a cualquier cultura. Vivía con un esposo soltero que hacía fiestas que empezaban en dos parejas y terminaban en dobles quincenas, así que a mis veintidós años sabía cocinar para treinta personas. Tristemente empecé a usar la cocina como un taller de remiendo y compensación a todo lo otro que carecía, todo aquello que faltaba. Así que por años puse en huelga el caldero y la cuchara y renuncié a todo lo que me parecía doméstico y conyugal. En retrospectiva, creo que cuando mejor he cenado en mi vida ha sido de divorciada, sin ningún tipo de connotación sexual. Siempre es más fácil pagar por una cena que por dos. Además, en los restaurantes más formales, tienen la percepción de que un “single diner” probablemente sea un “mystery shopper” así que te tratan mejor todavía. Piensan que estás evaluando, que estás documentando el trato y que inevitablemente llegará una evaluación detallada de tu experiencia. Por otro lado, ser una mujer que cena sola, suele tener también ciertos beneficios (valgan las verdes por las maduras), refill de copas de vino, postres que no se ordenan, y algunos “princesa”, “reina”, ofensivos en ocasiones y en algunas otras emocionalmente casi necesarios. 

 

Como la vida tiene un sentido del humor más negro que oscuro, me casé con un hombre que es profundamente feliz con las comidas más sencillas de la vida. Si cocino una carne molida un domingo tengo que decirle el viernes que ya, que pare de comer lo mismo, que probablemente no es ni salubre seguir comiéndose esa comida cinco días después. Mi no tan nuevo cónyuge se emociona mucho más si le hago una empanada de pollo, que si hago un guiso o un risotto complejo y trabajoso. Él es feliz comiendo en fondas, en chinchorros. Ojo, que un arroz y habichuelas con hígado encebollado del Obrero lo cambio por muchísimas exquisiteces. Sin embargo, hay restos de romántica empedernida en algunos resquicios de mis venas y de vez en cuando me gusta vestirme bonita e ir a una cita en un restaurante con mantel. Como angustiosamente muchas veces vivimos de wikén en wikén, no siempre hay espacio (ni presupuesto) para complacernos semanal o mensualmente a los dos. Así que yo almuerzo en sitos fancy sola o acompañada, siempre que puedo o siempre que mi mente necesita un escape de la realidad. Estoy abierta al juicio que conste. Estoy totalmente consciente del privilegio que tengo de poder darme el lujo de relacionarme con la comida así. También me han hecho las cuentas de lo que me ahorraría si trajera comida de mi casa y la calentara en el microondas auspiciado por la corporación. Pero esta es mi manera de rebelarme contra vivir solo en los fines de semana. Hago todo lo posible por diariamente hacer algo bonito por alguien más, pero también por hacer algo bonito por mí. No compro carteras de marca, ni maquillaje de diseñador, lo que gasto en exceso me lo como y me lo bebo. Que me quiten lo digerido. 

 

Entonces cuando me voy de viaje compro revistas, libros, bebo y como como una reina. Hago research por meses hasta encontrar al menos un lugar fancy al que quiero ir, y dos o tres que pueda convencer sin mucha puja a mi marido. En la luna de miel, íbamos a Barcelona, algunas islas griegas e Italia. Como todos los foodies con Netflix, me obsesioné con 

Chef Table hace tres años e inevitablemente quería cenar en Osteria Francescana. Me enamoré de Massimo Botura, lo acomodé en el altar de mi corazón. Puse una alarma tres meses antes de la fecha que estaría en Roma, me levanté y estuve aproximadamente cuatro horas intentando reservar por internet. Como de costumbre, todo falló. El internet, el website, me dormí sobre el teclado y logré meterme dos veces en una lista de espera. Intenté no hacer muchos planes en Roma por si me llamaban a última hora y estuve constantemente enviando tuits e emails al restaurante a ver si lo lograba. Sin hablar que tenía que tomar un tren de casi tres horas ida y vuelta de Roma a Modena ida y vuelta. No lo logré. 

 

En el viaje de este año fuimos al País Vasco y a Croacia. Por supuesto hice mi asignación. Decidí por Mugaritz. Un restaurante en Rentería, Guipúzcoa, abierto desde el 1998 con tres estrellas Michelin. Hice la reserva meses antes, arrastré a mis compañeros de viaje (marido incluido). Como mi suerte es así, me enfermé en esos días y el día de mi cita con la comida, amanecí con la nariz tapada y dolor de garganta. Quería llorar, pero me conseguí sobredosis de remedios caseros, vitamínicos y químicos y ya en la noche podía oler y saborear. Me llevé una botella de La Gran Rioja Alta del 1997 (que lloré cuando la probé, pero ese es otro cuento), nos vestimos lindos, todos listos para la cita. Llegamos a un restaurante lejano, en un paisaje hermoso, con un aire de lujo que siempre nos hace sentir a los que no venimos de familias ricas en una sensación entre incomodidad, susto y emoción. Los que no venimos de dinero, incongruentemente nos da trabajo cuestionar precios, indagar sobre cuánto nos va a costar la copa (con los dedos cruzados de que fuese parte del precio de tres cifras que nos preparamos a pagar). Fueron un montón de cursos. El staff era absurdamente grande. Sin embargo, se sentía frío. No había música. Nunca supe el nombre de mi(s) mesero(s). Eran tantos y tantos platos que no puedo recordar lo que comí. Al final (contrario a las expectativas de mi marido) estaba tan y tan llena que me estaba empujando las entradas. No se me aguaron los ojos en ninguno de veinticinco a treinta platos. Al inicio me hicieron escoger una tarjeta y pensé que algo iba a pasar. Me dieron el menú al irme (con varios tachones en lápiz) con la imagen que escogí al principio. Algunos platos parecían una cosa, pero eran otras, un cuerito de lechón que en realidad era un pimiento. Los mejores bocados fueron pescados, muchos de los cuales los he comido mejor en mi país por una octava parte del precio. Me fui con una sensación de mucho ruido y pocas nueces. Mi cita doble la pasó mejor que yo, mi marido dijo que fue mejor de lo que esperaba, lo que se traduce en que no salió con hambre. Al final todo se basa en expectativas. Esto era importante para mí. Era la culminación de una añoranza. No me dio tristeza, fue más bien sorpresa y honestamente celebro cuando tengo la capacidad de sorprenderme. No sé si volvería a un restaurante Michelin, quizás prefiero un restaurante “caro” donde puedo escoger yo los platos y conversar con el mesero al ritmo en el que yo quiera comer. Quizás tiene que ver con que en Puerto Rico se come mucho mejor de lo que me he tomado el tiempo de caer en cuenta. Mis mejores memorias incluyen palabras, amor, vino y comida, en cualquier orden. Comí en un restaurante Michelin y no me gustó. Es la primera vez que lo acepto abiertamente (probablemente porque ya saldé el cargo de la tarjeta), pero me reí muchísimo y estuve probablemente más de dos horas en un lugar bonito, con gente que amo y estirando mi vino favorito, al final de cuentas al recordarlo, confieso que sí se me aguan un chispito los ojos. 

 

 

Escribir un libro (expectativa vs realidad)

José Martí decía que antes de morirse había que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Las palabras exactas creo que eran: “un hombre para ser completo, ha de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”. Vamos a ignorar la cuestión del género y nos dirigimos a la médula, hay que dejar cosas para el futuro, hacer algo hoy que nos sobreviva, que nos sublime, que de una manera u otra nos haga trascender el cuerpo maravilloso, degenerativo y perecedero en el que nos movemos. 

Yo nunca he sembrado un árbol, probablemente porque para empezar no poseo un pedazo de tierra. Absolutamente todas las plantas de mi casa sobreviven gracias a la constancia y el cuidado de las manos de mi marido. He asesinado bonsáis, he secado suculentas, he ahogado plantas de agua. Tampoco se me han dado ni el recao, ni la albahaca, ni la yerbabuena. Cada cierto tiempo conservo las pepitas de los ajíes dulces, con el dulce engaño de secarlas e intentar sembrarlas. Mi no tan nuevo cónyuge se aprovecha de mi despiste y las bota cuando me distraigo, en el fondo porque sabe que le tocaría a él mantenerlas vivas, rociarlas y trasplantarlas, como le ha tocado con mis perros y conmigo. 

No he tenido un hijo, mayormente por una rigurosa disciplina de planificación familiar totalmente incongruente con el resto de mis tendencias, en parte porque la selección natural me salvó de mí misma o sencillamente porque mi cuerpo predijo el futuro y falló cuando tuvo que hacerlo. Últimamente, porque simplemente las cosas nunca pasan cuando a mí me da la gana. 

Escribí un libro, lo terminé hace años y nació en papel este año. Y de estar escribiendo por una década sin tener ninguna evidencia de mis esfuerzos, que no fuese digital, pasé a tener dos libros en un mismo año, en menos de cinco meses para ser exactos. Porque como siempre digo, al pobre le llega la comida en bufé. 

De chamaca, practicaba entrevistas en mi mente, porque cuando yo fuera una escritora famosa (concepto de ciencia ficción que nunca tuve del todo muy claro) tenía que estar preparada. Claramente no soy famosa y no vivo de mis libros, aunque probablemente siempre será una fantasía constante y recurrente. Sin embargo, la gente nunca me hace las preguntas que pensé que me harían. La gente me pregunta que cómo se escribe un libro. Puedo leer que lo que quieren saber es cómo se publica, como si la imprenta, fuese el verdadero proceso de gestación. Y no saben que la imprenta es como graduar a tu hijo de escuela superior, estás bien cansado, ni tú mismo estás seguro de cómo han sobrevivido y no puedes creer que todavía falte tanto camino por recorrer. Yo le puse el punto final a mi novela hace siete años, después de casi dos años de escritura y edición. Tomé tres talleres de novela antes de tener un manuscrito decente. Aparte de eso, tomé talleres de cuento, construcción de personajes, poesía y hasta talleres de guiones cinematográficos. Tengo un bachillerato en estudios hispánicos, ¿que si leí? Leí un montón. ¿Qué si escribí? Escribí un montón. Pero lo más que hice fue vivir, vivir un montón, como si la vida se me estuviese acabando cada minuto, porque saben qué, ¡lo está!

Hay gente que no necesita talleres, hay gente que dice que para escribir lo que hay que hacer es leer, leer y leer. Yo soy fanática de la música, escucho más música de lo que leo, y soy totalmente incapaz de entonar una canción. La fanática del yoga que vive en mí, diría que para escribir, lo primero que hay que tener bien claro es la intención. Y si la intención de escribir un libro es para ser rico o famoso, toca desistir. Lo próximo que hace falta para escribir un libro es descaro, un descaro cañón. Es preciso una carencia total de vergüenza, una falta de miedo al ridículo, a la crítica, es necesario un cuero duro, un corazón calloso, una insuficiencia de rubor. Para escribir un libro hay que ser sadomasoquista, tiene que gustarte el dolor, tienes que ser de esa gente que se mete la lengua en la carie, que mira la aguja a la que le teme, tienes que sentir que los precipicios te jalan y aún así acariciar la baranda. 

Escribir un libro, así me enseñaron en mis talleres de escritura, es correr un maratón. No puedes echar el resto al principio, tienes que encontrar una cadencia, el ritmo preciso para esforzarte sin quemarte, para avanzar sin desmayar. 

Yo soy pro talleres. Escribir puede ser un ejercicio bien solitario y bien abrumador. Escribir al fin y al cabo es un tipo de adicción. Si hay grupos de ayuda para madres primerizas, para madres lactantes, para recuperarse y rehabilitarse de dependencias de drogas duras y bebidas alcohólicas, por qué no juntarse con gente que sufre por lo mismo que tú. Una vez escuché en un Festival de la Palabra a Rosa Montero decir que escribir era un intento de tocar la soledad de alguien más con la tuya. Los talleres literarios te ayudan a no sentirte solo en el intento. Tocas base con gente tan obsesiva como tú, aprendes a distinguir la crítica constructiva de la destructiva. Identificas la gente que te lee con cariño, que genuinamente quiere mejorarte de la que te quiere recortar las puntitas de las alas para que te parezcas a ellos o para que sencillamente no los sobrepases. Con el tiempo he logrado entender que no es que la gente sea mala, ni envidiosa, al menos no así, no al vacío, sencillamente existen capacidades de amor. No todo el mundo es capaz de alegrarse de tu alegría, si tu júbilo sobrepasa el propio. También, necesitas gente que te lea que no sea tu sangre, que no sea tu madre, que no esté enamorado de ti, que preferiblemente haya leído más que tú. 

Algunos indisciplinados como yo, necesitamos que nos escriban, que nos hostiguen, que nos pongan fechas límites y que nos digan que estamos comiendo mierda esperando que un libro se escriba sin el esencial paso de sentarnos y ponernos a escribir. Y si es doloroso escribirlo, la tortura real es editarlo, mutilarlo, borrar partes que te encantan y dejar cosas que no te convencen. El año que sometí mi novela al certamen del Instituto de Cultura, el escritor que me ganó dijo: esta novela la escribí en tres meses (yo quería pararme e irme pa’l carajo en ese instante), luego dijo: y me tomó casi diez años editarla, ahí quise pararme, abrazarlo y decirle que se merecía ganarme de verdad. Someter un manuscrito a certámenes literarios conlleva tiempo, dinero, paciencia y un ejercicio de fe digno de los años treinta. Uno se mete a una página de escritores y busca los concursos que permitan gente de todas las nacionalidades, luego mira que no se requiera viajar a buscar el premio, porque si son mil euros y tienes que buscarlo a Barcelona pues, casi hay que hacer un préstamo para buscar la estatuilla. Luego, los certámenes requieren enviar manuscritos impresos, sí en el siglo veintiuno hay que imprimir de tres a cinco manuscritos, a veces encuadernarlos e ir al correo, explicarle al personal que esa es la dirección correcta aunque no encaje en los encasillados de las direcciones estadounidenses y pagar sesenta, cien, doscientos dólares para enviar copias de tu bebé a: México, Argentina, España, con la extraña sensación de estar enviando una botella bien pesada a través de la orilla del mar. 

Yo me auto publiqué en formato digital, como parte de un concurso para ganarme una publicación. No tenía ni tengo fondos para agenciarme una publicación en papel de mi bolsillo. Académicamente no soy nadie, no soy una profesora de literatura ni tengo una tesis en nada que respalde mi intento. Para ser 100% francos, cuando logré publicarla en digital, ni yo me creía que más de mil personas de distintos países hubiesen comprado mi novela en Kindle. No había releído mi novela en tres años y como parte de mi ataque de pánico dudaba profundamente hasta de su calidad original. Luego tuve otras ansiedades peores, mucho más específicas, gente que podía ofenderse, personajes que se parecían demasiado a personas de carne y hueso, la línea esa fina de lo vivido, de lo que hubiese querido que pasara, de lo que es demasiado literario para ser real y de lo que es demasiado real para ser literario y por último pero no menos intenso, la sensación de que todos pensaran que todo era tan pornográficamente autobiográfico como el blog al que los acostumbré a leerme por tantos años.  

Cuando estaba en la universidad, un amigo era fanático de un escritor, dicho escritor nos visitó, y mi amigo, un chamaco brillante y súper introvertido, reunió el valor o la locura de preguntarle a su ídolo literario qué consejo le daría a un escritor de 20 años. Sin pensarlo dos veces, le dijo que no escribiera, que viviera, que a los veinte años uno no tenía nada que escribir, que se pusiera a vivir. Recuerdo casi escuchar no solo su corazón, sino su idolatría astillarse en mil pedazos. Yo leo mi novela, y me impresiona haber podido escribirla a mis veintitantos. También reconozco que, aunque quizás ahora pueda ser más metódica, más profunda, más estructuralmente maquiavélica al escribir, a mis 33 años no sería capaz de escribir esa novela. No sería capaz porque ahora tengo demasiado que perder, porque sé más que en ese entonces y a veces la madurez limita y edita de más. Mi novela es cruda, dolorosa, gráfica, pornográfica, valiente y sobre todas las cosas, bien honesta. Ojalá pueda sembrar un árbol, con esa promesa y arrojo de no tener nada que perder, rociarlo con lo que me queda de inocencia y por qué no, tener un hijo, al menos con la mitad de la honestidad con la que escribo. 

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#ForeverFanEnamorada

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A mis nueve o diez años me enamoré por segunda vez de un hombre mayor. Estuve enamorada a lo adivino de un vecino que vivía frente a mi casa, que se llamaba igual que mi hermano, mi padre y mi abuelo. En mi mente me llevaba 20 años, en la realidad me llevaba menos de diez, pero las diferencias de edad son bien relativas, dependiendo del momento de la vida en la que uno se encuentre. El segundo hombre del que me enamoré perdidamente fue Enrique Martin Morales, Kiki, mejor conocido como Ricky Martin. Cuando estaba en sexto grado, un 18 de noviembre, a una semana de mi cumpleaños, vino en concierto al Centro de Bellas Artes, mis papás me compraron taquillas en la silla 17 de la primera fila. En absolutamente todas las fotos yo estoy sentada en el mismo borde de la silla con el cuello estirado hacia arriba en total éxtasis. Tenía una falda floreada y una camisa turtle neck blanca cortita. En esa sala, hay una fosa, normalmente se sientan personas a quienes les regalan las taquillas, medios, familiares de producción, artistas, etc. Los boletos que sí salen a la venta no son numerados y son los más caros del salón. Justo después de la fosa hay un murito que divide y empiezan el resto de las filas de los mortales. Mi papá tenía amigos en Bellas Artes que le choteaban si en el concierto habría o no una pasarela que cortara la fosa por la mitad y aterrizara justo en frente de la primera fila, de la silla diecisiete para ser exactos. Así que, por dos horas, a mis diez años yo estuve literalmente a los pies de Ricky Martin en su concierto a Medio Vivir, teniendo que recordarme cada cierto tiempo que debía respirar. Al final, mis papás me tenían una sorpresa, me iban a llevar al camerino. Me encantaría narrar los detalles de ese primer encuentro, pero honestamente si no fuese porque hay una foto, donde aparezco chiquita, chinita, con los dientes alambrados y la felicidad desbordándoseme por los ojos, pensaría que todo es un cuento, porque me fui en blanco, no recuerdo nada. Mi madre cuenta que salí pálida, muda, que me hacían preguntas y no reaccionaba, que luego fuimos a comer y casi al final de la comida, suspiré y empecé a hablar, a decir que era hermoso, que era altísimo, que olía a talco de bebé, que me puso la mano en la cintura a pulgada y media de mi ombligo (tenía una cintura mínima en ese entonces) que era lo más increíble que me había pasado y que era la nena más feliz del mundo.

 

Cada vez que pasaba por una fuente (porque siempre he sido supersticiosa hasta la médula) y lanzaba una moneda, pedía que se me repitiera la suerte. Que pudiese tenerlo de nuevo de frente, pero sin la mudez, sin esa súbita timidez que me petrificaba como estatua de fuente. Mi abuela también supersticiosa, tenía muy claro que las monedas de las fuentes caían en los bolsillos de las personas encargadas del mantenimiento. ¿Por qué la gente tira las monedas en las fuentes entonces? No la moneda número 10 o número 100, sino, esas primeras, ¿qué motiva a las personas a tirarlas allí? Aparentemente antes, en muchos lugares de escasez de agua, cualquier oasis de agua que saliera de la tierra se convertía en un regalo de los dioses. Entonces se construía la fuente alrededor del pozo o el manantial, se le ponía una estatua de un dios y la gente les pone regalos a las estatuas de los dioses como ofrendas de agradecimiento. Habrá un blanco en la secuencia de la historia, pero terminamos con fuentes hasta dentro de centros comerciales repletas de monedas que contienen quizás uno que otro deseo. 

 

Años después, mi madre me sacó de mi colegio en escuela superior para verlo en un especial que harían de él en mi escuela elemental, donde él también estudió (en mi mente adolescente esto era una señal más de que estábamos hechos el uno para el otro). Una amiga y yo nos escondimos en el segundo piso de la iglesia, donde antes cantaban los coros. Escuchábamos los gritos y el eco dentro del templo. Temblaban las paredes por la vibración. Y de pronto el silencio y dos o tres voces, cinco o seis pares de pasos. Ricky, Barbara Walters, un manager y dos camarógrafos. Y nosotras escondidas, sin tener que contener la respiración porque literalmente no podíamos casi respirar de la emoción.

 

Después de ahí tengo un blanco otra vez. Me cuentan que bajamos las escaleras corriendo, que ellos acababan de salir de la iglesia, que me le paré al frente a Ricky, que le estiré los brazos pidiendo abrazo y que me abrazó, muy muy fuerte. Luego de ahí, estuve lagrimeando todo el camino hasta a mi otra escuela, de esa segunda oportunidad no tengo evidencias ni recuerdos.

 

A mis 21, mayor de edad y casada lo vi por tercera y última vez, me pasé un blower y me amanecí en el cine. Era un viewing del disco Blanco y Negro y al final una firma de autógrafos. Fui con mi madre, a ella le tocaba agarrar la cámara y tomar las fotos, pero como me vuelvo agua como Amélie las veces que he visto al objeto de mi fascinación, ella terminó dándole la foto mía con él de hacía más de una década, enseñándole cuál era yo, y sí, recuerdo que había una mesa entre nosotros, que él extendió las manos, que me agarró la cara y me dijo, ¿esa eres tú? ¡qué bella eres! Y yo muda, en palabras de mi madre, idiota, sin decir nada, sin ni tan siquiera sonreír. 
De todos modos, eso me proveyó años de una autoestima inquebrantable.

Fui fanática también de un boy band, pero esos ya eran otros 20 pesos. Me encantaban los nenes, los seguía a todas partes, a veces en un mismo día íbamos a un programa de tv, a una firma de autógrafos en un centro comercial y en la noche a una fiesta patronal. Planificaba outfits, les chuleaba, me tomaba fotos, peleaba con mi novio porque cuando “los nenes” estaban en Puerto Rico, mi mundo se detenía, era de ellos. Una vez fui a dos conciertos el mismo día. Eran en Bellas Artes, en la fila A, en la silla 17, con pasarela de por medio. Analicé el concierto completo, la seguridad, las escaleras, el ritmo de las canciones, cuándo había bailarinas y cuando no y le dije a mi mejor amiga que en el segundo concierto me subiría a la tarima en Quince Años. Y así lo hice. Puse las nalguitas encima del mismo borde en el que suspiraba años antes por Ricky, me trepé sin ninguna preocupación de que me vieran la ropa interior, total, si la sala estaba llena de adolescentes gritando. Caminé por el mismo medio y fui con toda la calma, uno a uno a darle un beso y un abrazo y al final, por el mismo medio de la pasarela, me puse de cuclillas y aterricé en mi silla. Uno de los de seguridad vino a donde mí y me dijo que no me podía volver a trepar. Me sonreí y le dije que por mí estuviese tranquilo, porque ya yo había logrado lo que quería lograr.

 

Con el tiempo, mis amores y mis afecciones se han mudado de los pantalones de cuero, los pelos largos y las coreografías a las letras, a los letristas, a gente que escribe tan espectacularmente bien, que me da hasta envidia que no se me haya ocurrido a mí. La primera vez que Drexler vino a Puerto Rico, mi entonces novio no sabía quién era y le dije: cuando él canta a mí me dan ganas de besarme con alguien, así que créeme que debes ir, y así fue. Salió encantado, me decía que era como si Sabina y Cerati hubiesen tenido un hijo. Confieso que me conmovió su interpretación. En ese entonces vivíamos en Miramar y nos pasábamos janguiando en un sitio llamado La Hoja, cerquita de casa. Al salir del teatro de la IUPI, mi entonces concubino me dijo que fuéramos a La Hoja y dije que no. Obviamente al otro día, todas las fotos eran de Jorge Drexler dándose palos con desconocidos a 4 minutos de mi casa, en donde las últimas dos noches yo había estado. Nunca me lo perdoné. 

 

La última vez que Drexler vino, me lo perdí porque decidió venir el día del cumpleaños de mi entonces futuro marido y mi madre, que usualmente apoya mis locuras de fan enamorada, me llamó a capítulo y me dijo que me pusiera en su lugar, que esta la iba a tener que dejar pasar, y así lo hice. 

 

En febrero salieron a la venta las taquillas del concierto de Jorge Drexler, sería en septiembre, sí, este septiembre en Bellas Artes. Yo intenté comprar la silla 17 de la fila A tan pronto lo supe, sin embargo, el sistema online me seguía dando la silla 1, la 2, la 3. Abría browsers distintos, usaba mi celular, y nunca lograba pasar de la silla 6. Llamé a Bellas Artes, estaba cerrado, llamé al centro de boletos y me seguían contestando máquinas. Cuando por fin logré conseguir a un ser humano, el chico estaba convencido de que las taquillas salían a la venta al otro día. Y yo informándole que no, que estaban a la venta, pero que yo quería escoger mis taquillas, la 16 y la 17 o la 17 y la 18. Cuento largo corto, compré las taquillas, pagué todos los cargos por servicios habidos y por haber y el chico por teléfono me dijo que estuviese tranquila, porque las primeras dos taquillas, las había comprado yo. Lo celebré como un gran triunfo personal. 

 

Intenté como siempre, conseguir un vestidito violeta que cupiera todo en una nuez, por aquello de que, si cantaba “Don de fluir”, sentir que era para mí, sigo siendo la nena que suspira en el borde de la silla, después de todo, hay que darle el crédito, la chamaca nos ha salido BIEN resiliente. Al final del día, no lo conseguí, me cambié mil veces, peleé con mi marido porque no encontraba las taquillas, nos fuimos en Uber, paramos en un cumpleaños, nos dimos unos palos, nos reconciliamos, llegamos a Bellas Artes y nos sentamos en la fila A, sillas 16 y 17. Para mi tristeza, no había pasarela. Lloré en muchas canciones, porque sigo llorando más en conciertos que en funerales y la perfección de algunas de sus canciones me dificulta el respirar.

 

Cantó “Me haces bien”, la canción que le canto a mi no tan nuevo cónyuge porque la realidad es que ha sido (fuera de mis amores platónicos) de los muy pocos amores que me han hecho muy bien. Le pregunté a mi marido si se sabía el password de mi celular. Él me dijo que sí, que por qué. Se puso todo oscuro, y empezaron los acordes “Bailar en la Cueva”. Invitó a la gente a bailar, a seguir el ritmo con las manos. La idea es eternamente nueva, cae la noche y nos seguimos juntando a.. Bailar en la Cueva…  Entonces apareció una chica en la tarima, vestida de amarillo, tenía algo en las manos, se le paró al lado y le bailaba, él le sonreía y le bailaba también. R en el ritmo como una nube va en el viento, no ESPERAR EN, sino SER, el movimiento, cerrar el juicio, cerrar los ojos…Ella se movía de lado a lado, bajando y subiendo, bajando… Oír el CLAC con el que se rompen los cerrojos, y ella se caía, se cayó al piso, la gente gritó, él le extendió la mano, la gente volvió a gritar, él la haló hacia sí, ¿me guías o yo te guío? ella dejó caer algo al piso, se le acercó y le dijo algo al oído, él le bailaba, le daba vueltas, vueltas de salsa, Mi cuerpo al tuyo y el tuyo al mío…vueltas por la espalda de ella y también por la espalda de él… Los dos bebiendo de un mismo aire, el pulso latiendo y el muslo aprendiendo a leer en Braille, le dio otro abrazo, le dijo por dónde podía bajarse de la tarima y el último abrazo otra vez. 

Bailar
Como creencia, como herencia, como juego.
Las sombras en el muro de la cueva
Girando alrededor del fuego.

La música…

 

Si no fuese porque mi marido tiene un minuto y cuarenta y ocho segundos de grabación y porque la gente me estuvo parando hasta la medianoche a preguntarme si había sido yo, que qué le había dejado en la tarima, que si aquello era un libro, que cómo me habían escogido, que cómo me había trepado, ni yo misma me lo creería. No me fui en blanco, lo recuerdo todo, lo veo en cámara lenta, pero en una cámara ajena, como si fuese testigo a lo lejos de mi propia locura, de esta versión lanzada de mí misma que me hace requeteconfirmar que le he terminado de perder por completo el miedo al ridículo, al que dirán, a lo que podría pasar. Que mi torpeza me acompañará hasta el final de mis días como buena protagonista de chick flick, que siempre se enredan en sus propias dudas y en sus propios pies. Que habrán muy pocas personas que se habrán caído de culo en la sala Antonio Paoli ante los gritos de 1,875 personas. Sin embargo, también muy pocas personas habrán abrazado a uno de sus ídolos, muchas menos bailado en una tarima con un genio musical. 

 

Ya no soy la nena que se queda en blanco, que se le escapan los momentos mágicos de las manos y de la memoria. Sigo enamorada de la vida a lo adivino, pero ya no le dejo en sus manos las cosas que quiero agarrar. Hay gente que lanza monedas a las fuentes y piden deseos, hay gente que le deja su primera novela en la tarima a Drexler y le dice al oído, no la vayas a dejar tirada, esa es mi novela, la escribí yo. 

 

Bailar, bailar, bailar, bailar
Bailar, bailar, bailar, bailar

 

 

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Y si no me acuerdo no pasó.

Y si no me acuerdo no pasó.

En estos días, un amigo que conozco hace más de una década, urgía a que apagaran las notificaciones de los Memories de Facebook, incluso incluía un tutorial con imágenes de cómo hacerlo. Presumí que tenía que ver con que está atravesando un proceso de divorcio y recuerdo vívidamente cómo los recuerdos y las preguntas hincan como agujas frías en el centro de donde a uno le duele. Tuve el impulso de decirle que apagar las notificaciones no borraba lo vivido.

Con las piernas abiertas

Debo llevar 16 años visitando el ginecólogo. Antes de que saquen calculadoras y hagan adivinanzas sobre mi precocidad, de chamaquita sufría de quistes. Así que desde muy temprana edad he mantenido una extraña relación con mi sistema reproductivo. Le he tenido: miedo católico, curiosidad adolescente, respeto post púber, desconfianza juvenil, agradecimiento adulto y un reciente resentimiento. Dicen que uno solo se enamora tres veces en la vida, a mí no sé si me dan las cuentas. Pero, sin embargo, solo me han tratado tres ginecólogos. El primero, heredado de mi madre, las mismas manos que me sacaron (aunque con fórceps) de las entrañas de mami, fueron las mimas manos en regalarme mi primer Papanicolaou. Así que nos unía un raro vínculo de metal y entrepierna. Ese señor también fue el doctor de otras mujeres de mi familia, mis tías y hasta mi abuela, que cuando ya había perdido la memoria, todavía quedaba el riesgo de que algo se le reventara en aquel útero jubilado y solitario. Recuerdo escuchar los gritos de mi abuela desde la sala de espera. Le decía que ella no era gallina para que la estuviesen trasteando y que a quién se le ocurría ser doctor “deso” teniendo unas manos tan grandes y unos dedos tan gordos.  

 

El segundo fue casi un “one night stand”, no tenía plan médico, fui a Pro Familia y me mandaron a un CDT, me hicieron el pap en una camilla dentro de una sala donde había más pacientes, y solamente nos dividía una frágil cortina que parecía de baño. Era un viejito y solo me acuerdo de que me preguntaba que si ya yo era “mujer” y yo honestamente creía que me estaba preguntando por mi menstruación a mis veintipico. ¿Será que del segundo una nunca se acuerda mucho? Luego regresé a mi primero, reincidente al fin. Pasamos años cruciales, me encontró células precancerosas, me dibujó una escalerita, al final tenía una florecita que simbolizaba la muerte, estaba a dos escalones de la palabra cáncer y yo estaba justo en el escalón anterior. Pre-cáncer. Uno pensaría que antes del cáncer está la salud, pero no, hay un limbo, un cuido, un maternal antes de la escuela, una salita donde no se aprende demasiado, pero no se parece a la casa de uno y uno sencillamente tiene la opción de esperar. Eso me dijo, esperamos seis meses, volvemos a chequear. Quizás no es nada. Como las probabilidades no suelen estar a mi favor le dije que no, que la espera no es para mí, que no iba a vivir seis meses muriéndome del miedo. Me dijo que yo era joven, que no tenía hijos. Le dije que si me moría no podía tener hijos. O bregaba él o me buscaba otro. Él, muy bien portado, me quemó el área con hielo. Ajá me congelaron las células anormales. Matar células, para salvar células. Fue básicamente otro hermoso Papanicolaou, con la única diferencia de que en vez de pellizcarme el cuello del útero me lo congelaron. Supuestamente fueron minutos, yo juro que estuve una hora acostada sintiendo que estaba conectada a un tanque de helio por mi mismo vértice y que en cualquier momento podía salir flotando o peor aún que si se olvidaban de mí y me dejaban ahí y me movía, podía romperme yo misma por dentro sin posibilidad de remiendo. Fue incómodo, por supuesto. Luego estuve días derritiéndome sin remedio. 

 

El tercero es el actual. Es el hermano del primero. Lo sé, suena a una decisión de una persona de moral distraída. Sin embargo, este tiene bigote y es un charlatán. Debe ser mayor que el primero, pero me hace chistes y tiene una actitud más relajada hacia el sexo y el cuerpo en general. Se me hace más fácil hacerle preguntas. Es feminista y me contesta mis dudas diciéndome: si yo fuese mujer usaría tal método o me pondría tal cosa. La verdad es que ya al otro lo asociaba con escaleritas de cáncer, hielo en el útero y embarazos sin despegue.

 

Esta semana, como todos los años, me tocaba mi cita para Papanicolaou, dicen que el nombre es por un médico griego, a mí me parece una estrategia publicitaria para que suene a una mezcla de Papa Noel y San Nicolás. Lo único que tienen en común es la cosa de que es una vez al año. Pero las mujeres no esperamos la prueba con ningún tipo de ilusión. Llego al hospital, que tiene un estacionamiento multipisos donde solo en el quinto se pueden estacionar los pacientes y los visitantes. Todas la veces que voy, me monto al ascensor y juro y perjuro que es en el tercer piso. Cuando me bajo en el tercer piso, veo que no es ahí, que me equivoqué de nuevo, me vuelvo a montar en el ascensor con el mismo amor, bajo al piso principal para mirar la tabla con los nombres de los médicos y maldecir mi memoria porque es en el cuarto piso y solo hubiese tenido que bajar un piso. La secretaria está por retirarse, en algún momento fue compañera de trabajo de mi abuela, porque mi abuela no solo es prima de mi doctor (y el hermano), sino que fue su secretaria por largos años. En teoría yo tengo algún tipo de trato especial. Sin embargo, luego de saludarme y regañarme porque nunca guardo la tarjeta con el número de mi archivo médico y entonces ella tiene que ponerse a buscar, me pregunta por mi abuela y en el tono más casual del mundo, me dice: ah pero si tú te tenías que hacerte la prueba otra vez. Para récord, yo me hice la prueba en mayo del año pasado, así que estoy tres meses tarde. Pues nada, que me la tenía que repetir, a los seis meses. Obviamente fue culpa del huracán. No había comunicación, me dice. Yo hice yoga a las seis de la madrugada, hacía menos de treinta minutos yo estaba en Namasté. Saco cálculos, pienso que esas pruebas tardan dos semanas, como tarde, los resultados le llegaron en junio. El huracán fue en septiembre. Tenía que hacerme la repetición en septiembre, pero ellos tenían que notificarlo en junio. Yo hubiese estado tan cagada como me estoy sintiendo en este preciso momento, así que tan pronto hubiese luz en el hospital me lo hubiese hecho, digamos en octubre, hace diez meses, como dice mi no tan nuevo cónyuge, nueve meses son un embarazo, una vida. Lo mío nunca ha sido esperar. Así que orino como tres veces en la hora que estoy en la sala de espera. Porque siempre pienso que me voy a mear encima estando en la camilla, en parte por el frío, en parte por la incomodidad, en parte por el miedo. 

 

El otro día un compañero de trabajo fue al urólogo por primera vez. Ni siquiera fue para hacerse la prueba de la próstata. Fue para una consulta porque lleva años intentando tener bebés con su esposa y no lo han logrado. Estaba genuinamente afectado. Me decía que yo no entendía. Yo le pregunté si le habían dado una bata de papel, de las abiertas al frente, de las que no te tapan tres carajos y suenan cuando tiemblas encima de la camilla. Me dijo que ni eso, que había llegado allí, el doctor le había dicho que se bajara los pantalones y ahí mismo le “trasteó” sus partes sin aviso, con las manos frías, como si fuera un apretón de manos. No quise ser condescendiente. Experimentó esto por primera vez casi a sus cuarenta años. A veces es más difícil bregar con las experiencias traumáticas mientras más adulto se es. 

 

Tengo amigas que van a mi mismo médico que abiertamente me han dicho que no han hecho la cita anual porque han engordado y saben que el médico las va a regañar. Porque esa es la cosa, a pesar de que el asunto es para unos temas todo un tabú, para otros es tan normal, que uno en vez de preocuparse por los resultados, porque la salud es fácil darla por sentado cuando se tiene, una piensa en depilarse, bajar de peso y hacerse una pedicura antes de ir a hacerse el pap. Mi marido no entendía cuando dije carajete no me pinté las uñas de los pies. Me preguntaba si iba a ir al ginecólogo o al podiatra. Le sonreí con ternurita, claramente nunca ha tenido la experiencia religiosa de que te digan: “bájate más, bájate más, mientras te deslizas al borde de una burra y te ponen una lámpara y una lupa gigante para examinarte lo que te enseñan toda la vida que tienes que taparte. En mi caso, me hacen preguntas sobre mi familia, mientras me hacen una mamografía manual y me hacen cuentos de mi abuela mientras con las manos me exploran los ovarios y la matriz. 

 

Una amiga hace años me contaba que en una de estas múltiples conversaciones que tenemos sobre por qué no calientan el espéculo o por qué no usan lubricante para el tanteo, una amiga le preguntó con la naturalidad del mundo que si su médico no la “ayudaba”. Ante la cara de espanto y confusión de mi amiga, la chica le explicaba que su doctor la estimulaba, para que no molestara tanto… Este individuo todavía tiene una práctica y probablemente sigue “ayudando” a pacientes que piensan que es una parte estándar de un examen ginecológico básico. Disclaimer: si su médico la estimula, entiéndase masajea su clítoris para que las pruebas sean menos incómodas, su doctor es un agresor sexual y debe denunciarlo de inmediato. 

 

Detesto pensar que todo es más difícil para nosotras, pero lo es. Se supone que nos hagamos un pap anualmente desde los 21 años. El mero hecho de estar activas sexualmente nos expone al virus de papiloma humano, que aunque la mayor parte de la gente lo padece en algún momento de su vida sexual activa, en nosotras puede terminar desencadenando en cáncer del cuello uterino, cosa que claramente no padecen los hombres porque no tienen matriz (la vacuna no protege de todas las cepas y se puede contagiar aún usando condón). Tengo 33 años, llevo 16 pruebas sin contar las que me han tenido que repetir por algún resultado que no haya sido claro. Esto puede ser porque se contaminó la prueba al realizarla, por razones hormonales o por alguna cicatriz o raspazo interno que muy bien puede haber sido ocasionado por algo placentero. Sin embargo, a pesar de llevar más de una docena de exámenes, a mis 33 me aterra aún más. Quizás porque no suelo mencionarlo, pero mi tía se murió de cáncer a mi edad y desde el pasado 25 de noviembre todo tiempo se siente robado. Hasta el año pasado yo aguantaba casi la respiración mientras me examinaban, como llevo un año practicando yoga ahora hago la respiración ujjayi y sobrevivo de cinco en cinco respiraciones sonoras. Como ya soy una mujer “madura” buscando bebés, a la prueba le suman un sonograma transvaginal, sí, como suena, te chequean la pelvis por dentro, usando un aparatito mucho más grande que un tampón o que el espéculo mismo, un submarino que navega para tomarle fotitos a tus ovarios maduros y a tu útero vacío. 

Mientras tanto inhalo y exhalo a través de la nariz haciendo ruido con la parte de atrás de la garganta, sí como Darth Vader. Mientras tanto, les suplico que se chequeen, molesta con cojones es cierto, es injusto y es una mierda, pero chequéense, que no hace falta dejar que otro motivo caprichoso nos siga exterminando. 

 

Demás está decir que en dos semanas llamaré a hostigar a la recepcionista, a la enfermera y a mi médico hasta a su propio celular. En el fondo, sigo siendo un número de archivo que da trabajo buscar. 

 

 

¿Quién me manda a ser mujer?

¿Quién me manda a ser mujer?

Recuerdo el momento exacto en que cambió la mirada. Era finales del verano del 1997 y yo tendría doce años. Estudiaba en un colegio católico que terminaba en octavo grado, así que ese sería mi último año en esa escuela. Poco antes de comenzar las clases, nos reunimos en el auditorio para hablar de planes de: directiva, buscar fondos y el tan añorado prom. Por fin éramos “grandes”. Me puse una camisilla blanca y un pareo en tonos de verdes y azules profundos. Me lo habían comprado en República Dominicana, era básicamente un paño que uno podía amarrarse de diecisiete maneras distintas para cubrirse el cuerpo como: traje, falda, camisa, batola, etc. Yo me envolví las caderas con la pañoleta, intercambié las dos puntas a las manos contrarias, las torsí justo debajo del ombligo y me hice un nudito justo encima del cóccix. No se me veía nada.

Nacimos para ser felices.

 El otro día una amiga embarazada (tengo 5 amigas embarazadas al momento) me envió por accidente (todas dicen que tienen “pregnancy brain” y que es algo que las hace ser tan despistadas como yo llevo siendo 33 años pero científicamente justificado por hormonas del embarazo) un artículo, destinado al padre del bebé, que hablaba de cómo las familias debían tener una especie de lema, lo que le llaman un “motto” que se convertiría como en la porra del núcleo familiar cuando tuviesen algo que celebrar o cuando de lo contrario necesitasen un ánimo o un empujón emocional como tribu. Automáticamente, antes de que le diera tiempo a decirme que el enlace no era para mí, le dije: el de mi familia es “nacimos para ser felices” y estoy traumatizada de por vida gracias a eso. Ella consideró el lema hermoso y le pareció comiquísimo que yo pudiese encontrarle fallas a una consigna tan perfectamente redonda.      Realmente es bien sencillo de explicar. Crecí con la expectativa de la felicidad como un dado. Nunca vi la felicidad como algo intermitente o algo que se luchaba para conseguir. Encima de eso la felicidad en mi casa no era una idea utópica o un destino al que algún día llegaríamos. Éramos felices. Así y punto. Recuerdo las veces que me cambié de escuela, cuando al principio (los primeros días, semanas y en algunos casos años) sentía que no pertenecía, que no tenía amigos, que prefería quedarme en un pasillo porque no tenía con quién sentarme a almorzar… nunca me provocó tristeza. Literalmente pensaba que esto era una hora de almuerzo y que luego yo iba a casa de mi abuela y luego a mi casa y luego el fin de semana, así que matemáticamente en mi mente, las horas útiles las pasaba siendo feliz. Las veces que alguien no quiso jugar conmigo o me dijo algún insulto bobo o alguna burla cruel, en mi mentecita de ocho, diez, doce, quince años le tenía pena, porque de seguro en su casa no lo querían tanto como a mí. A mí la condescendencia me llegó antes de la pubertad. Mis papás me enviaban globos, flores y regalos a la escuela: en mis cumpleaños, en San Valentín, en el día de la mujer, en el día del estudiante. Mi mamá me escribía notitas en la lonchera, un ponquecito, unas uvas, un paquetito de Nutella y una notita que decía mamá te ama, absolutamente todas las veces.    Quizás por eso le hice la vida imposible a mi pobre primer novio, queriendo celebrar “mesiversarios”, exigiendo flores y detalles, que el niño ni entendía ni mucho menos tenía la capacidad de dar. Crecí con grandes gestos de amor y pequeños detalles cotidianos que me parecían estándares necesarios para cualquier tipo de relación. Ayer fue el aniversario de mis papás. En estos días hago yoga de seis a siete de la mañana, de ahí estaba yendo al parque lineal de Bayamón a correr, pero con el calor de este verano post mariano siento que me derrito en la pista, así que corro en la trotadora de mi madre, me baño y me como la carretera para llegar a mi trabajo a las nueve. Cuando fui a calentar la leche en el microondas (cabe destacar que mis padres no beben café pero me tienen una greca para yo colar el mío) se me cayó encima un sobre. “Para: Mary, feliz aniversario #37.” Y me eché a llorar. Estos tipos llevan 37 años casados, casi 4 años más que lo que llevo de vida, llevan 45 desde que se hicieron novios, y antes de eso fueron amigos 2 años. Y aún así mi papá fue a una farmacia a comprar una postal, esperó a que mi madre se durmiera y pilló la tarjeta en la puerta del microondas, para que se le cayera encima una nota de amor al despertarse, porque sabe que ella se hace un chocolate caliente todas las mañanas.      Entonces es fácil entender el daño. Lo jodida que se sintió la adultez y la sensación de engaño y decepción cuando la felicidad y el amor sencillamente no fluían como yo fervientemente crecí creyendo, no ciegamente, sino con evidencia palpable y documentable. Mi madre se casó con el único novio que tuvo en su vida y aunque ni por un segundo hubiese querido que esa fuese mi suerte, ahora que lo miro por el retrovisor, qué bonito y posible me sonaba mientras crecía. Qué duro me azotó ese primer rompimiento, porque no tenía que ver con el chico, ni conmigo, tenía que ver con mi expectativa, con mi cuento de hadas que era el amor de mis papás. Mi primer noviazgo duró años y cuando terminó se me rompió la fórmula. Así que ni hablemos de la fractura que fue un divorcio en mi sistema de fe.      Mis padres no tienen una relación perfecta, no puedo contar las veces que he escuchado la misma pelea porque papi le echa especias a lo que mami está cocinando, o ciertas puyas que se repiten poética y cíclicamente. No siempre han tomado las mejores decisiones. Han sufrido grandes pérdidas, se han fallado y probablemente se han dicho cosas hirientes (aunque nunca delante de nosotros, pero lo supongo). Estoy segura de que se arrepentirán de algunas cosas y que hubiesen deseado hacer o deshacer otras. Sin embargo, siempre están juntos. Pero lo bonito no es esa inseparabilidad, lo lindo son las ganas, la voluntad, el continuo escogerse, el constante preferirse como la mejor compañía posible. Los he visto, observado y estudiado por suficiente tiempo como para notar los cambios. Cómo la relación envejece con ellos pero a su manera. El último mal rato que pasamos como familia, escuché a mi mamá decirme entre lágrimas, una más de estas y me lo va a matar, Edmaris, un mal rato de estos me va matar a tu papá. Y sentí el corazón acuchillado, la rabia de querer cortar de raíz cualquier cosa que amenazara esa felicidad prometida, ese amor que solo está completo si estamos todos y entendí que así es como en el tiempo el amor se sublima. De nuevo son solo ellos. Después de todos estos años, eso es lo que tienen, se tienen.      El “nacimos para ser felices” me descojonó, por supuesto. Cada momento de infelicidad me lo cogí bien personal. Cada día que me bebí las lágrimas, lo anoté como una deuda, lo asumí como pagaré, otra promesa de pago que la vida me tenía pendiente, porque no solo nací para ser feliz, hice todo lo posible para seguir las reglas, para andar por la orilla, para no llevarme gente enredada en el proceso. Pero en derecho aprendí lo que es una manifestación unilateral de voluntad y la realidad es que la vida no me prometió ni me ofreció y por lo tanto no me debe ni me debió nunca nada. Así que asumí la contienda como propia. Y aunque mis creencias y yo nos hemos pasado la última década entre bailar afincadas y pelearnos como perros y gatos, nada me borra que nací para ser feliz, y por eso no duro triste mucho, por eso no me aguanto obligaciones ni soledades, por eso he logrado salir a tiempo, de noviazgos, de trabajos, de matrimonios, de amistades. Porque bastante se fajaron esos dos seres, para que yo entendiera el amor como notitas en la lonchera, como galletitas favoritas, como agarradas de nalga en público, como ese cúmulo de felicidades chiquitas que se acumulan para cuando la vida no se siente generosa.      En esta vida que me he construido, mi lema personal es: “lo que pudo ser no existe”, lo tengo tatuado en el brazo izquierdo (el mismo que un vidente vaticinó que perdería en el futuro), así que no quiero ni imaginarme quién sería si mi familia no hubiese escogido una premisa tan optimista. Al sol de hoy, olvido absolutamente todos mis no tan nuevos aniversarios, pero no hay una mañana que no le escriba a mi marido (en un post it, en una servilleta, en un pedazo de bolsa, en un sobre de una factura, en cualquier superficie que se permita mutilar con tinta) un mensaje para que sepa que sigue haciéndome feliz, que ojalá el universo nos dé niños a quienes traumatizar con nuestros excesos, para tatuarles en el subconsciente expectativas descabelladas de felicidades en dosis cotidianas y dejarlos que crezcan creyendo en ilusiones gigantes, algunas puras verdades, otras mentiras, pero de las requete lindas.       

El otro día una amiga embarazada (tengo 5 amigas embarazadas al momento) me envió por accidente (todas dicen que tienen “pregnancy brain” y que es algo que las hace ser tan despistadas como yo llevo siendo 33 años pero científicamente justificado por hormonas del embarazo) un artículo, destinado al padre del bebé, que hablaba de cómo las familias debían tener una especie de lema, lo que le llaman un “motto” que se convertiría como en la porra del núcleo familiar cuando tuviesen algo que celebrar o cuando de lo contrario necesitasen un ánimo o un empujón emocional como tribu. Automáticamente, antes de que le diera tiempo a decirme que el enlace no era para mí, le dije: el de mi familia es “nacimos para ser felices” y estoy traumatizada de por vida gracias a eso. Ella consideró el lema hermoso y le pareció comiquísimo que yo pudiese encontrarle fallas a una consigna tan perfectamente redonda. 

 

Realmente es bien sencillo de explicar. Crecí con la expectativa de la felicidad como un dado. Nunca vi la felicidad como algo intermitente o algo que se luchaba para conseguir. Encima de eso la felicidad en mi casa no era una idea utópica o un destino al que algún día llegaríamos. Éramos felices. Así y punto. Recuerdo las veces que me cambié de escuela, cuando al principio (los primeros días, semanas y en algunos casos años) sentía que no pertenecía, que no tenía amigos, que prefería quedarme en un pasillo porque no tenía con quién sentarme a almorzar… nunca me provocó tristeza. Literalmente pensaba que esto era una hora de almuerzo y que luego yo iba a casa de mi abuela y luego a mi casa y luego el fin de semana, así que matemáticamente en mi mente, las horas útiles las pasaba siendo feliz. Las veces que alguien no quiso jugar conmigo o me dijo algún insulto bobo o alguna burla cruel, en mi mentecita de ocho, diez, doce, quince años le tenía pena, porque de seguro en su casa no lo querían tanto como a mí. A mí la condescendencia me llegó antes de la pubertad. Mis papás me enviaban globos, flores y regalos a la escuela: en mis cumpleaños, en San Valentín, en el día de la mujer, en el día del estudiante. Mi mamá me escribía notitas en la lonchera, un ponquecito, unas uvas, un paquetito de Nutella y una notita que decía mamá te ama, absolutamente todas las veces. 


Quizás por eso le hice la vida imposible a mi pobre primer novio, queriendo celebrar “mesiversarios”, exigiendo flores y detalles, que el niño ni entendía ni mucho menos tenía la capacidad de dar. Crecí con grandes gestos de amor y pequeños detalles cotidianos que me parecían estándares necesarios para cualquier tipo de relación. Ayer fue el aniversario de mis papás. En estos días hago yoga de seis a siete de la mañana, de ahí estaba yendo al parque lineal de Bayamón a correr, pero con el calor de este verano post mariano siento que me derrito en la pista, así que corro en la trotadora de mi madre, me baño y me como la carretera para llegar a mi trabajo a las nueve. Cuando fui a calentar la leche en el microondas (cabe destacar que mis padres no beben café pero me tienen una greca para yo colar el mío) se me cayó encima un sobre. “Para: Mary, feliz aniversario #37.” Y me eché a llorar. Estos tipos llevan 37 años casados, casi 4 años más que lo que llevo de vida, llevan 45 desde que se hicieron novios, y antes de eso fueron amigos 2 años. Y aún así mi papá fue a una farmacia a comprar una postal, esperó a que mi madre se durmiera y pilló la tarjeta en la puerta del microondas, para que se le cayera encima una nota de amor al despertarse, porque sabe que ella se hace un chocolate caliente todas las mañanas. 

 

Entonces es fácil entender el daño. Lo jodida que se sintió la adultez y la sensación de engaño y decepción cuando la felicidad y el amor sencillamente no fluían como yo fervientemente crecí creyendo, no ciegamente, sino con evidencia palpable y documentable. Mi madre se casó con el único novio que tuvo en su vida y aunque ni por un segundo hubiese querido que esa fuese mi suerte, ahora que lo miro por el retrovisor, qué bonito y posible me sonaba mientras crecía. Qué duro me azotó ese primer rompimiento, porque no tenía que ver con el chico, ni conmigo, tenía que ver con mi expectativa, con mi cuento de hadas que era el amor de mis papás. Mi primer noviazgo duró años y cuando terminó se me rompió la fórmula. Así que ni hablemos de la fractura que fue un divorcio en mi sistema de fe. 

 

Mis padres no tienen una relación perfecta, no puedo contar las veces que he escuchado la misma pelea porque papi le echa especias a lo que mami está cocinando, o ciertas puyas que se repiten poética y cíclicamente. No siempre han tomado las mejores decisiones. Han sufrido grandes pérdidas, se han fallado y probablemente se han dicho cosas hirientes (aunque nunca delante de nosotros, pero lo supongo). Estoy segura de que se arrepentirán de algunas cosas y que hubiesen deseado hacer o deshacer otras. Sin embargo, siempre están juntos. Pero lo bonito no es esa inseparabilidad, lo lindo son las ganas, la voluntad, el continuo escogerse, el constante preferirse como la mejor compañía posible. Los he visto, observado y estudiado por suficiente tiempo como para notar los cambios. Cómo la relación envejece con ellos pero a su manera. El último mal rato que pasamos como familia, escuché a mi mamá decirme entre lágrimas, una más de estas y me lo va a matar, Edmaris, un mal rato de estos me va matar a tu papá. Y sentí el corazón acuchillado, la rabia de querer cortar de raíz cualquier cosa que amenazara esa felicidad prometida, ese amor que solo está completo si estamos todos y entendí que así es como en el tiempo el amor se sublima. De nuevo son solo ellos. Después de todos estos años, eso es lo que tienen, se tienen. 

 

El “nacimos para ser felices” me descojonó, por supuesto. Cada momento de infelicidad me lo cogí bien personal. Cada día que me bebí las lágrimas, lo anoté como una deuda, lo asumí como pagaré, otra promesa de pago que la vida me tenía pendiente, porque no solo nací para ser feliz, hice todo lo posible para seguir las reglas, para andar por la orilla, para no llevarme gente enredada en el proceso. Pero en derecho aprendí lo que es una manifestación unilateral de voluntad y la realidad es que la vida no me prometió ni me ofreció y por lo tanto no me debe ni me debió nunca nada. Así que asumí la contienda como propia. Y aunque mis creencias y yo nos hemos pasado la última década entre bailar afincadas y pelearnos como perros y gatos, nada me borra que nací para ser feliz, y por eso no duro triste mucho, por eso no me aguanto obligaciones ni soledades, por eso he logrado salir a tiempo, de noviazgos, de trabajos, de matrimonios, de amistades. Porque bastante se fajaron esos dos seres, para que yo entendiera el amor como notitas en la lonchera, como galletitas favoritas, como agarradas de nalga en público, como ese cúmulo de felicidades chiquitas que se acumulan para cuando la vida no se siente generosa. 

 

En esta vida que me he construido, mi lema personal es: “lo que pudo ser no existe”, lo tengo tatuado en el brazo izquierdo (el mismo que un vidente vaticinó que perdería en el futuro), así que no quiero ni imaginarme quién sería si mi familia no hubiese escogido una premisa tan optimista. Al sol de hoy, olvido absolutamente todos mis no tan nuevos aniversarios, pero no hay una mañana que no le escriba a mi marido (en un post it, en una servilleta, en un pedazo de bolsa, en un sobre de una factura, en cualquier superficie que se permita mutilar con tinta) un mensaje para que sepa que sigue haciéndome feliz, que ojalá el universo nos dé niños a quienes traumatizar con nuestros excesos, para tatuarles en el subconsciente expectativas descabelladas de felicidades en dosis cotidianas y dejarlos que crezcan creyendo en ilusiones gigantes, algunas puras verdades, otras mentiras, pero de las requete lindas. 

 

 

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Con el tabú dentro

Siempre he tenido problemas con los temas escatológicos. Nada que tenga que ver con secreciones corporales, viscosidades, o expulsiones de organismos, es un tema de conversación para mí. Muchos dicen que cuando tenga hijos se me quitará. Tengo dos perros e infaliblemente cada vez que tengo que bregar con sus “necesidades” se me pone la piel de gallina, arqueo impulsivamente por los minutos que me toque, mientras ellos me miran con una mezcla de lo que yo interpreto como preocupación e incredibilidad. Gracias al cielo no padezco de alergias y mi nariz suele ser casi ornamental. Sin embargo, soy mujer. Y eso implica que cada 28 días mi vida gira y cambia con el milagro de la vida que no pasó.

¿Las mujeres son malas con las mujeres?

¿Las mujeres son malas con las mujeres?

Las mujeres son malas con las mujeres. Esta frase, como prácticamente todas las generalizaciones y sentencias absolutas, me hierven la sangre. Si algo han tenido que aprender mis parejas, es que cuando zumban el: siempre, nunca, todos, ninguno, ya la batalla no solo está perdida, sino que ha cambiado por completo de dirección. ¿Hay mujeres malas? Por supuesto que sí. ¿Hay mujeres malas específicamente con mujeres? Probablemente. ¿Hay hombres malos? Definitivamente. ¿Los hombres son malos con los hombres? Al sol de hoy van 316 asesinatos, podemos ponernos quisquillosos y buscar la cifra, pero me late que la arrolladora mayoría de esos asesinatos fueron cometidos por hombres. ¿Los hombres son malos con las mujeres? Responder esa pregunta con cifras es hasta doloroso. Pero no todos los hombres son malos, ni entre ellos ni contra nosotras. 

Donar sangre: miedo a las agujas y pavor a las preguntas

Estudié en escuela católica desde segundo grado y desde entonces o mucho antes, he tenido dificultad para entender cuando sencillamente es preferible cerrar la boca o simplemente escoger mis batallas. En cuarto año, mi maestra de ética cristiana (hoy día mi suegra, pero eso es otro cuento) nos dio la asignación de escoger un sacrificio de cuaresma. Yo y mi gran boca decidimos hacer el argumento en medio de la clase, de que esos sacrificios no tenían sentido. 

No te invité a mi boda . . .

Me he casado dos veces. La primera vez a mis veintiún años, la segunda a mis treinta y uno. Soy novia reincidente cada diez años y tengo mucha fe en ya estar lo suficientemente rehabilitada como para no volver a hacerlo a los cuarenta y uno. Mi última boda fue hace ya casi 2 años, sin embargo, hace apenas una semana recibí un reclamo en vivo y en directo sobre no haber recibido una invitación. 

Sudando la gota gorda

ODIO hacer ejercicios. Creo que lo odié desde antes de entender el concepto de lo que era hacer ejercicios. Yo era la nena que se sentaba encima de lo que siempre pensé era una especie de closet que contenía toda la electricidad del vecindario, justo frente al poste de luz de mi casa. Quizás era mi manera de convencerme de que algo de aventurero tenía lo que yo estaba haciendo con mi niñez y posterior adolescencia. Los niños jugaban escondite, toco palo, chico paralizado, corrían bicicleta, patines, patineta. Y yo allí, desde que aprendí a leer, hasta que se me ensancharon las caderas lo suficiente para casi no caber encima de mi rinconcito de lectura. Detestaba los días de educación física con todo lo que tenía. Llegué a proponerle en más de una ocasión a los maestros que me dejaran hacer un proyecto escrito. Sí, la única clase que para el resto de la humanidad era un receso de las cosas académicas, para mí era insufrible. En algunas escuelas tenían esa opción disponible pero solo para personas con algún tipo de impedimento o incapacidad para actividad física. Aparentemente una fobia al deporte no calificaba como tal. La noche antes casi no podía dormir pensando en que al otro día me pondrían a correr en zig zag, a esquivar la bola, a hacer movimientos con mi cuerpo que me parecían totalmente absurdos. Es más, creo que ahí descubrí la ansiedad que me provocaba el miedo al ridículo. Yo era la más lenta, la más torpe, la menos ágil. 

 

Aún así terminé en el equipo de baloncesto de mi escuela. Mi mejor amiga era la más alta de todas. Inseparables al fin, la acompañé al try out. A falta de quórum, terminé involuntariamente como miembro honorario del grupo. Me convencieron de que era puramente para eso, pero fue una vil mentira. Tenía número, uniforme, y tuve que ir a todos los pueblos de la isla a “jugar”, lo que para mí consistía en esconderme en el banco rezando porque el coach ni se acordara de que yo era accidentalmente parte. Cuando nos iba súper mal, y ya había agotado todo el banco, gritaba mi nombre y yo me paraba en medio de la cancha, arreglándome el uniforme, estirándome los pantaloncitos, rehaciéndome el moñito, implorándole al cielo que a nadie se le ocurriera pasarme la bola. Creo que ni siquiera intenté lanzarla al canasto nunca jamás, si lo intenté, probablemente mi memoria me protege eliminando el papelón de entre mis recuerdos. 

 

Aún así gané medallas de educación física en intermedia y superior. En parte por mi colección de cintitas violetas en los field days, porque literalmente cuando me obligaban a participar solo me llevaba la cintita de (valga la redundancia) participación, y en parte porque siempre tenía el uniforme los días de la clase. Ante la certeza de que era un fracaso en esa materia, sobre compensaba con nunca jamás fallar en tener lo mínimo que podía hacer, ponerme el uniforme. Claramente en escuela superior atribuyeron mi triunfo a: un error de cálculos (mi propia madre lo cuestionó), la brevedad de mi uniforme o sencillamente que como me había ganado tantas otras medallas (modestia aparte era bien buena en todo lo que no involucrara sudor físico y coordinación motora), pues me dieron una más. 

 

Luego de eso renegué de los ejercicios como de las matemáticas. Algo que no necesitaba en mi recién adquirida pseudo adultez y que no era congruente con mis estudios humanísticos. Hasta que me casé. Me casé súper joven, pero aumenté 15 libras en menos nada. Entonces me negaba como siempre a certificar los clichés, no iba a casarme para engordar, cortarme el pelo y dejar de salir. Para ser justa conmigo misma, solo engordé. Así que descubrí el spinning, nunca aprendí a correr bicicleta sin rueditas (pero eso es otro cuento), sin embargo, me trepaba en una bicicleta estática a sudar como una demente, mientras un hombre me gritaba que atacara la cuesta imaginaria, con música disco de los 70, las luces apagadas y el salón alumbrado con puro neón. Recuerdo como si fuese esta mañana el recién descubierto dolor en el mismo medio entre cada nalga y donde empezaba cada muslo. Al preguntarle al resto de los ciclistas estacionarios me dijeron que no me preocupara, que eso era solamente en lo que se me formaba un callo y después ya no me iba ni a molestar el sillín. Un callo entre nalga y muslo, lo menos congruente posible con la imagen de esposa Cosmopolitan que yo desesperadamente intentaba ser a mis veintiuno. 

 

Con los años, aquellas 15 libras se convirtieron en 30 y probablemente en 45 dependiendo desde dónde haga los cálculos. En más de una década he intentado: membresías de gimnasios, belly dancing, correr por mi cuenta, Zumba, la elíptica, salsa, Will Power, personal trainer, Crossfit y más recientemente yoga. La conclusión sigue siendo la misma, odio hacer ejercicios con todas las fuerzas de mi ser. La gente dice que cuando corre se le despeja la mente, yo a los cinco minutos empiezo a pensar en por qué no me quiero, por qué me hago esto, por qué corro si nadie me persigue, de quién huyo, en lo risible que debe ser para las millones de personas que viven en la más profunda pobreza que uno se ponga unos tennis, se monte en un carro y vaya a un parque a correr. Ni hablar de lo que gastamos en matrículas y ropa deportiva. Porque se supone que el cuerpo no está hecho para estar sentado de ocho a diez horas, la masa muscular no se inventó para desarrollarse con pesas, ni deberían hacer falta máquinas para colar ejercicio cardiovascular durante el día. Sin embargo, en los últimos años, suelo hacer ejercicios de 4 a 5 veces en semana. ¿Por qué? Puedo dar la excusa oficial de que mi metabolismo perdió el interés y me abandonó. Como también puedo explicar que AMO profundamente la comida y que relaciono comer rico como un aliciente a la tristeza y un gran festejo a la felicidad. Puedo confesar que tengo una bonita, duradera y no siempre saludable relación con los espíritus destilados. O compartir el secreto a voces de que me encantan las burbujas y solo tengo planes de dejarlas por instrucciones del Cirujano General. He gastado muchísimo dinero en ejercitarme por la sencilla razón de que carezco de disciplina para lo que detesto. Así que le pago a alguien para que me grite y me obligue a moverme, a despertar músculos que no han sido utilizados correctamente (o no han sido utilizados punto) por mucho tiempo. Me levanto a las cinco de la mañana porque si lo dejo para la tarde cualquier contratiempo o mal rato será la excusa perfecta para sustituir el entrenamiento por una cena y una botella. Sin contar con que mi adultez vino con una perseverante dificultad para dormir. Mi intensidad le mete las manos a Morfeo cualquier día de la semana. Así que hago una hora de yoga y luego corro un par de millas para que mi cuerpo básicamente colapse al tocar la cama. A veces funciona, a veces no. Me hice pruebas de tiroides para echarle las culpas a algún mal funcionamiento de que aún comiendo mejor que antes y haciendo más ejercicios que nunca, no bajo de peso. El doctor me dijo que mi esposo tenía un problema serio, porque si es por mis exámenes y laboratorios me quedan 100 años de dar candela y vida plena. 

 

Sigo haciendo ejercicios porque todo lo que no jugué de niña trajo secuelas. Me aterra hacer una parada de manos. El otro día hice mi primera vuelta de carnero y casi tengo un ataque de pánico. Cuando empecé con una trainer me sorprendió la incapacidad que yo tenía de cargar mi propio peso. Fue un golpe de realidad ver mi cuerpo temblar en menos de 15 segundos haciendo una plancha. También descubrí que mi odio a correr tiene todo que ver con que no sé respirar. Con el crossfit descubrí la impresionante satisfacción de reconocer capacidades que desconocía del cuerpo en el que llevo más de 3 décadas. Ahora con el yoga he logrado acariciar mis propios pies, abrazar mis rodillas, vaciar la mente, modular la entrada y salida del aire hasta quedarme dormida, sostener la respiración, aunque esté hecha un nudo (por fuera o por dentro). 

 

No soy la misma que antes. Mis capacidades se han ensanchado como mis caderas. He llorado y he sudado en esta vida, lo que jamás imaginé mientras me limitaba a mirar a otros niños reír y correr, sudar y reír. No quepo en los mahones de mi high, porque no tengo el cuerpo de la high, ni mis caderas, ni mi cintura, ni mi complejidad. Vale recalcar que ahora sí tengo el size de brassier que juraba y perjuraba que cuando fuese adulta me iba a poder o querer comprar. 

 

No he vuelto ni volveré al peso de mi primera boda. Facebook me trae recuerdos de hace 10 y 15 años y no me reconozco, recuerdo sentirme gordita en momentos donde pesaba 40 libras menos que ahora. También tengo presente lo dura que era con la imagen que tenía de mí, lo mucho que me importaba como me veía y el poco caso que le hacía a cómo me sentía. Hace años adopté el mantra de que tengo que gustarme, si no me gusta la versión de mí que soy en una pareja, en una amistad, en un trabajo, rápidamente empiezo a moverme, a escaparme, a desconectarme, a huir. Física y vanidosamente tengo la misma regla, ¿me gusto? ¿me tiraría yo misma? Mientras la respuesta sea sí, todos contentos. Cuando la respuesta es un no sé, o un fruncir de ceño, toca moverse también. Nos empeñamos en juzgarnos en tallas, en libras y en pulgadas. Gastamos dinero y energía, pensando en cuerpos que ni siquiera tienen las mismas estructuras que los nuestros. Nuestros ideales de belleza no concuerdan ni con nuestras dimensiones, ni con nuestros genes, ni con nuestra realidad. 

 

Mi índice de masa corporal no es el idílico. Probablemente mi peso en relación con mi estatura raya en la obesidad. Pero ahora pienso en intenciones antes de ponerme a sudar. A veces hasta me llevo los tennis y corro sin ponerme alarma cuando me voy de wikén. Ya casi he recuperado la flexibilidad de mis tempranos veintis. Lo sigo odiando, pero continúo ejercitándome en contra de mi propio auto sabotaje y apatía. Mi no tan nuevo cónyuge me mira como si estuviera en el mejor momento de mi vida y que conste que lleva ligándome desde que a mis trece me tiraba en una cama y con un gancho le cerraba el zipper a un mahón Bongo talla dos. 

 

Familias unidas, festividades divididas.

Familias unidas, festividades divididas.

Confieso que no me gustan los días de las madres. Debe haber sido algo que comenzó con el olvido de mi abuela y que se ha ido afilando con las pérdidas, la adultez y sus respectivas complicaciones. De niña me encantaban las festividades. La expectativa esa emocionante de mucha gente que querías en un mismo lugar, lo que también implicaba más regalos en un mismo día. Crecí con la falsa ilusión de que siempre se reunía toda la familia, por lo mismo que imaginaba en mi futuro ese calco de familia grande y toda junta.

Con el útero en la mesa

Con el útero en la mesa

Los 33 han sido una edad dura para mí. Sospechaba que pasaría ya que tuve una tía que murió a sus 33. En los últimos 5 meses cada vez que alguien me pregunta mi edad (cosa que no entiendo cómo sigue pasando y con qué fines) diría que el 89% de las veces, luego de mi: “33”, recibo un: “la edad de Cristo”. Automáticamente pienso en un hombre crucificado, ensangrentado, muriéndose en una cruz. Sin embargo, la gente lo suelta con cara de piropo, de alegría, casi de felicitación. El diálogo suele continuar en franca decadencia después de ahí.

Con el ojo en el hombro

Con el ojo en el hombro

Estoy pensando tatuarme un huracán en el hombro izquierdo. No sé si lo he hecho del todo a propósito, pero mis tatuajes están todos en el lado izquierdo de mi cuerpo. Quizás es una forma de balancearme, soy derecha, me encantan los zurdos y los izquierdismos en general. Sin querer queriendo todos mis tatuajes son un recordatorio de algo, de algo que quiero olvidar, de algo que suelo olvidar, de algo que no puedo olvidar.