La agridulce espera

 

 

Los últimos cinco, seis meses se sienten como si estuviese viviendo no en una nube, sino más bien dentro de una espesa bruma. En ciertas épocas de mi vida tenía unos sueños repetidos en donde quería correr y no podía correr, mis movimientos eran todos como en cámara lenta. Bastante parecido al sueño del grito que no sale, pero me levantaba con la desesperación de que mi cuerpo estaba teniendo problemas en recibir las señales de mi cerebro. Pues así llevo múltiples semanas. Quizás tiene que ver con eso, que cuando uno cuenta el tiempo en semanas desacelera el paso del tiempo. 

 

Recuerdo lo mucho que me irritaba escuchar a las mujeres hablar en semanas. Casi tanto como me exaspera que seamos los únicos pesándonos en libras, moviéndonos en millas, creciendo en pulgadas. En la dicha de mi ignorancia pensaba que eran cuestiones numéricas, matemáticas perfectas donde se promedian meses de 28-31 días y se dividen entre semanas de siete días, para qué complicarnos si los calendarios ya han sido simplificados para nuestra conveniencia. Pero llevo veintisiete semanas y cada vez que alguien me pregunta no sé si tengo seis meses, 6.75 meses o siete meses. No sé si estoy terminando mi segundo trimestre o empezando el tercero porque tengo tres libros, siete aplicaciones y cuatro tablas guardadas y ninguna se pone de acuerdo. 

 

Pero la realidad es que vivo semana a semana, celebrando los martes que antes me parecían los días más desabridos del mundo y ahora son la meta constante de sobrevivir una semana más, de acercarme siete días más a posiblemente lo más aterrador y sublime que me haya pasado jamás. Y se me han despertado las obsesiones y las paranoias más extrañas del mundo. Aunque no sepa en qué trimestre o en qué mes vivo, todas las semanas sé el por ciento de viabilidad que tendría mi bebé si por alguna razón tuviese que vivir fuera de mí en este mismo instante. No me veo pintando el cuarto con un mameluco de mahón como la publicidad me hizo creer. Pero cada vez que paso por el cuarto quiero destrozar con un bate la trotadora que mi no tan nuevo cónyuge no ha acabado de desmontar y me persigue el pensamiento de que el cuarto aún no tiene cortinas y de que absolutamente todo lo que tiene dentro se va a comenzar a despintar de aquí a julio. 

 

Yo solía reprocharle a mi madre el por qué siempre tenía que pensar en que algo malo iba a pasar. Por qué esa tendencia a traducir la falta de noticias en sucesos catastróficos. Por qué ese empeño en vivir con miedo. No he parido y el miedo ya me ha invadido los nervios. Aparentemente tengo una hernia en el ombligo y me aterra reírme demasiado, me agarro la barriga cuando estornudo, cuando toso, cuando me voy a parar. Visualizo que se me va a explotar el ombligo cuando me toque parir. No pienso horrorizada en que voy a pujar un melón entre mis piernas como una embarazada histérica normal, no, pienso en que mi ombligo va a ceder y se va a salir no sé ni por donde, todo en medio del meollo del parto. 

 

Mi hermano fue quien primero me dijo que ser papá era tener miedo todo el tiempo. El esposo de mi cuñada me dijo una vez que la gente te dice que no vas a dormir y que uno se imagina que es porque el bebé no para de llorar. Pero que la realidad es que aunque no llore, no duermes, porque si no se despierta cada cuatro, cada tres, cada dos horas, te vas a levantar para ver si está respirando. Porque los primeros meses son literalmente un ejercicio extendido de supervivencia. Y creo que ya estoy entrenando. Suelo recibir patadas (o puños, codazos y cabezazos porque realmente nunca se sabe) a las 10:00pm, a las 2:30am, a las 6:30am. Siento marea, fiesta, vueltas de carnero, brazadas y marcha cuando me da hambre y después de comer. Si por alguna razón no siento esos golpes, vibraciones, temblores y corrientes, me cago del miedo. No se lo digan a mi médico pero si no lo he sentido, me como algo dulce y culpable y aliviada siento de nuevo el quilombo infalible, las únicas señales abstractas de que todo está bien (aunque no tenga ni claro qué es normal y qué no lo es). 

 

Estoy coleccionando cosas curiosas que me dice la gente. Porque son muy pocas, sigo recibiendo la misma plétora de clichés y consejos no pedidos y reciclados, así que cuando alguien me dice algo nuevo e iluminador me lo memorizo y me lo repito, porque solo sé encontrarle la magia a las cosas a través de las palabras. Hay gente que me dice que extrañaré la barriga. Yo eso lo veo tan abstracto como me pasaba con la geometría y las ciencias físicas. La incomodidad es mi nuevo hogar. Mis nuevos estándares de estilo y vestimenta son básicamente taparme mis partes privadas, que me quepa la pipa y que no me regañen en el trabajo. Así que extrañar una panza que aún suelo descubrir cada vez que me miro sin querer en un espejo o cuando a mitad de noche cambiarme de lado es toda una acrobacia, y que para levantarme para ir al baño (de tres a cinco veces cada madrugada) siento lo que debe sentir una tortuga boca arriba, que me hagan falta todas estas acrobacias, me parece una locura total. Pero el otro día una chica me dijo que no extrañaba la barriga, pero le daba nostalgia que ahora que conocía a su hija, se cuestionaba lo distinto que hubiese sido su embarazo si en el proceso ya la hubiese amado y conocido como ahora. Y la entendí por completo. Me cuesta comprarle cosas porque no le he visto la cara. Me cuestiono cada pequeña decisión porque no sé qué personalidad tiene e ilusamente me creo que no voy a pivotar voluntaria o involuntariamente en alguna dirección a la persona que algún día será. En una convención, un antiguo compañero de trabajo argentino, mayor que yo, me decía que lo increíble de tener hijos, en especial tenerlos después de cierta edad, es que hay pocas sensaciones y emociones nuevas cuando uno sale de sus veintis. Sin embargo, me decía que tener hijos, para él había sido como una fuente inagotable de sensaciones y experiencias nuevas casi diarias. Y yo, hedonista y adicta a la adrenalina, defensora de las causas imposibles como los resquicios de la juventud ante todo, ese tipo de acercamiento a la maternidad me sedujo. 

 

La realidad es que nunca me han gustado las sorpresas, con excepción de viajes y taquillas de conciertos. Detesto los cambios que no controlo como estilo de vida. Esperar siempre me ha parecido el más cruel método de tortura. Y aquí estoy en el oxímoron más grande que la vida ha podido concebir, dizque la dulce espera. Es inversamente proporcional las ganas que tengo de confirmarle el rostro con el pánico al desgarre que no solo mi cuerpo sino mi vida entera sufrirá. Y sin embargo nunca he tenido más claro un conteo. Ese conteo hacia delante y hacia atrás. Una semana menos y otra semana más. Preocupada porque no he leído suficientes cuentos infantiles. Sorprendida porque tengo una lista de canciones para el bebé, mejor pensada que las dos que hice en dos registros de regalos en tiendas diferentes. Con un deseo increíble de que se me vuelvan a incendiar las pasiones porque no me reconozco en este temple perpetuo, en esta incapacidad de sentirme rabiosa, en esta ausencia de prisa por vivir, pero en un ansia desesperante por preparar aquello que por definición es imposible de prevenir. Porque hasta lo más dulce empalaga y a mí toda espera inevitablemente me desespera. Al menos estoy más clara que nunca, aunque sea más lenta que siempre. 

¿Somos lo que guardamos? ¿O guardamos lo que fuimos?

A mis 12 años me regalaron una sortija de pre-compromiso. Probablemente fue un suceso premonitorio de mis monogamias en cadena, matrimonios prematuros y posteriores pánicos al compromiso en general. Pero ese no es el tema. El tema es que mi primer amor, como era de esperarse me dejó el corazón desbaratado y el dedo incómodo con su nueva desnudez tres o cuatro años después. Cuento todo esto para tocar la médula de que mi abuela notó que me pasaba jugando con el dedo vacío, la sortija me quedaba un poco grande y ya era casi un tic nervioso menear el arito dorado sin ninguna razón. Entonces un día como si no fuese nada importante, me regaló su sortija de compromiso. Hacía tiempo que ya no la usaba porque sus dedos se habían hinchado sin remedio. La sortija debe tener más de sesenta años y yo llevo con ella casi veinte. El otro día la perdí. Estuvo perdida por casi una semana y honestamente la sufrí. Me atormentaba pensar que ni si quiera en mis peores borracheras la había extraviado y que ahora, más sobria que nunca, no podía recordar dónde la había puesto. Esos días estuve triste, nostálgica, casi en duelo. Intenté racionalizarlo, es solo una sortija, un pedazo de metal formado al calor. Mi abuela se fue hace tiempo, realmente su pérdida entre el olvido y la muerte se volvió casi más larga que los años que la tuve entera. Pero perder su sortija era como arrancarme ese último cantito que físicamente vive en mí todas las horas que paso despierta. 

 

Como es de esperarse estamos botando cosas. Intentando hacer espacio para que viva alguien más en lo que hasta ahora ha sido nuestro espacio. Nos ha tocado enfrentar los fantasmas que se han mudado con nosotros y que conviven cómodamente en bolsas, cajas y canastas por ya casi siete años. Yo le llevo ventaja a mi no tan nuevo cónyuge, cuando él se mudó conmigo ya yo cargaba con ocho mudanzas previas, lo que equivale a ocho despojos, ocho limpiezas, ocho hogueras. Él pasó de casa de sus padres a mudarse conmigo, el pobre. Eso significa que tenía una menor acumulación de posesiones, que durante los primeros años se sentó, durmió y comió con cosas que eran mías o de mis pasadas administraciones. Pero también implica que no tuvo tiempo para resacas solitarias. Yo, rabiosa al fin, me he ido deshaciendo de cartas y fotos de amores viejos durante años. Así que apenas me queda evidencia de que amé y me amaron antes que él. También ayuda la clandestinidad de algunos de esos amores que por definición carecen de retahílas escritas u objetos que testifiquen que no fueron gente que me inventé. 

 

Entre los escombros del cuarto del reguero, una habitación que lleva siendo un desastre temporero por casi cinco años, aparecieron fotos de un amor anterior. No sé si son las hormonas que me tienen en un constante limbo entre un zen involuntario y un odio a la humanidad en general, pero las miré sin coraje, con curiosidad y hasta incrédula. A veces se me olvida que él también existió antes de mí. Y me puse a pensar en que me arrepentía un poco de haber botado tantas cosas del pasado. Guardo las ofertas de trabajo de mis empleos anteriores. Todavía no he reunido el valor de botar los mamotretos de las reválidas de derecho. Conservo notas de mis libretas de universidad. Tengo múltiples postales de cumpleaños (sin sobre) y hasta recortes de periódicos donde aparecí. Sin embargo, no tengo una sola foto de mi primera boda. No tengo una sola carta de “mensuario” de las que obligaba a mi primer novio a regalarme cada día 23. Me da coraje no tener físicamente (aunque la recuerdo vívidamente) aquella tarjetita de San Valentín de Tasmania donde el nene que me gustaba en segundo grado me confesaba con toda la ternura y la honestidad que le cabía en su flaco y asmático cuerpo, que yo le gustaba más que la lucha libre. 

Probablemente porque me acerco al filo de la maternidad me pongo a pensar en que mi hijo no podrá imaginarse que yo fui antes de él. Que existí antes de que él existiera. Que amé antes de que me amara o antes de imaginarlo, ni hablar de amarlo. Que al final de todo caí en la trampa. Que me hubiese encantado leer diarios viejos de mi abuela. Tener fotos de sus andantes, de los que lo intentaron antes de mi abuelo. Tenemos una tendencia humana a archivar a las personas que nos rodean dentro del rol que es exclusivo hacia nosotros. Por eso la gente se arresmilla cuando piensa en sus padres como seres sexuales. Como si no fuésemos todos producto del morbo y los cuerpos desnudos (aunque más jóvenes) de lo que hoy llamamos nuestros viejos. 

 

Quizás por eso no le monté una escena al papá de mi bebé porque existen fotos de una fiesta de navidad previa a mí. Me dio hasta un poco de envidia. Guardo en mis gavetas celulares viejos que ni siquiera prenden, con la falsa esperanza de que algún día se enciendan y me revelen imágenes de tiempos que me he obligado a creer que no existieron, que no pasaron, que no me marcaron. No me quedan cartas de amor, pero estoy segura de que esos aparatitos tienen una retahíla de evidencia de que alguna vez, esta panzona flirteaba. Quizás es una forma de avaricia querer quedármelo todo. Al final mi progenie tendrá que leerme, tendrá que encontrarme en décadas de blogs, en libros repletos de barbaridades y probablemente se arresmillen, porque su abuela no solo les dejó una sortija de ciento veinte años, sino un montón de evidencia de que ella no solo existía y hacía fresquerías, también las escribía. 

#ilMiligriDiLiVidi (mejor conocido como el milagro de la vida)

Quizás porque todavía no me lo creo. Quizá porque hace años vivo con un miedo torero a que las cosas bonitas que me pasan, si les presto mucha atención se deshagan. Quizás porque todo el mundo tiene razón y uno nunca está listo del todo. Quizá porque nada se siente como pensaba que se sentiría. Quizás porque mis reacciones para variar son siempre tan tardías. Quizá porque apenas estoy aceptando que ahora mi mente cuenta en semanas. Quizás porque no reconozco mi cuerpo en el espejo y por eso pareciera que es a otra persona a quién le está pasando. Quizás porque llevo 111 días 100% sobria y mi propio cerebro no sabe qué rayos hacer con tanta intensa claridad. Quizás por eso es que no he ideado un anuncio oficial. Probablemente por eso he estado escondiendo las preguntas y felicitaciones en mis redes sociales, más por nerviosismo que por privacidad. Pero ya no se me hace posible escribir de ninguna otra cosa, sin sacar del medio este bloque que me dificulta la inspiración y hasta el respirar. Me doy, las hormonas me pudieron. Me rindo, ya literalmente no quepo. No quepo en temas pequeños y no quepo en mi propia ropa. Estoy embarazada. Estoy encinta. Estoy bien preñá. Y no he dejado de buscar sin lograr encontrarlo, un poema de José Luis Vega que decía algo así como: preñada, llena de luz, triste como un paraguas. Me fascinó desde el primer encuentro, probablemente porque bruja al fin, desde hace más de una década presentía el revuelco de todos mis barruntos que implicaría lograr un embarazo.    Hace apenas un par de días una amiga me preguntó con la naturalidad del mundo si me gustaba estar embarazada. Yo me reí textualmente (porque esto pasó en un mensaje privado de Instagram) y le dije lo mismo que digo cuando en una entrevista de trabajo me preguntan que dónde me veo en 5 o 10 años: ¡qué pregunta tan grande! No debería haber respuestas incorrectas, pero siempre las hay. Creo que la vida o la sapiencia de mi cuerpo, hizo que no fuese tan fácil lograrlo para que me lo cuestionara, para que tuviera oportunidad de quitarme, de querer otra cosa, de decidir si esto era para mí. La realidad es que aún tengo dudas, como tengo dudas cada vez que escribo, cada vez que cocino algo nuevo, cada vez que acepto un nuevo trabajo, cada vez que compro pasajes. No sé existir sin dudas. Pero el elemento del miedo sí ha sido bastante nuevo para mí. No tuve un momento de celebrar mi embarazo como en las películas, no salté de la emoción, ni le llené la casa de globos a mi marido. Se me han salido lágrimas. Se me suelen salir en la ducha cuando me abrumo, me las tragué cuando vi un punto centellear en la pantalla de un sonograma, me las bebí después de una conocer a mi brillante obstetra que sin media onza de tacto logra que cada cita se convierta en una lista de posibles enfermedades congénitas, deformaciones y defectos, que vamos eliminando y regalándome (como mucho) un minuto y medio de paz, antes de recomendarme una prueba adicional. Creo que extrañamente ver y reconocer un piecito ha sido de las cosas más mágicas que he sentido. Soy tan emocionalmente deforme que lloré más de la emoción al verle un pie, que al escuchar su corazón latir.    Los primeros tres meses se sintieron como un periodo especial de profunda ansiedad. Caminaba con la certeza de que tenía un cántaro de agua pillado entre mis piernas que se me iba a derramar al menor tropiezo. Y seamos honestos, la triste realidad, es que yo vivo tropezando. Lo escribo y el pánico me vuelve a desbordar los ojos a puro diluvio. Cada visita al baño, hacía que esos minutos de bajarme el pantalón, de bajarme la ropa interior, de orinar y el momento ese aterrador de secarme con el papel y con los ojos entreabiertos mirar que no hubiese manchado, se convirtieron en rituales de ataques de pánico que no le deseo ni a lose peores enemigos que aún no tengo. No sé si todas las mujeres se sienten así o solo las que hemos tenido bebés que se nos han escapado del vientre sin llegar nunca a nuestros brazos. Así que le quité a la gente que me ama el júbilo de comprar cosas antes de la marca del primer trimestre, intenté no hacer mucho ruido, porque soy supersticiosa y no puedo ponerme una manita de azabache en el ombligo. Mi ombligo. Un ombligo que siempre fue una mera línea demasiado arriba en el contexto de mi panza. Y ahora se ha vuelto un pozo. Por primera vez en treinta y cuatro años puedo verme el fondo del ombligo, un ombligo que ahora se redondea y se conecta con un hilo nuevo y oscuro que sigue hasta donde ya mis ojos no son capaces de ver.    Si soy honesta, no le hablo mucho a mi barriga, no le canto, ni la acaricio a menudo. Mi esposo me preguntó un día: ¿le hablas mucho? Y con vergüenza y culpabilidad le dije que no. Pero con toda la falsa seguridad del mundo le aseguré que a diferencia de él, yo no tengo que hacerlo, el bebé obviamente escucha mis pensamientos, porque está dentro de mí. Me dijo que eso no funciona así, ¿qué sabe él? ¿qué rayos sé yo?    El embarazo es un constante descubrir que no se sabe nada. Que volverse adulto es una cosa infinita que nunca se acaba y la inminencia de la llegada de un nuevo ser humano, te hace sentir más vulnerable, más inmaduro y menos preparado que nada en la vida. No hay juris doctor que te haga entrar a una tienda de coches, cunas y asientos de seguridad, y te evite salir al borde de tener una aneurisma, de vender tus pertenencias, de insultar a la gerente y de pasar las próximas doce horas buscando precios y  reviews  en internet, porque te niegas a volver a esa tienda del demonio sintiéndote ignorante y a la merced de los buitres que son los vendedores.    Ser padres primerizos tienen el efecto que tiene entrar en un taller de mecánica en tacos y falda, o las mismas terribles consecuencias de ir a escoger una caja de muerto para alguien que amaste y perdiste hace apenas 48 horas. Quieres lo mejor para ese ser, (en este caso que ni siquiera has visto) y no tienes idea de cuáles son las diferencias reales y el vendedor sabe que eres emocionalmente (y en mi caso hormonalmente) presa fácil.    Creo que lo peor del embarazo ha sido sentirme como un buzón de sugerencias abierto al público. Extrañamente las personas sienten que tienen el derecho o peor aún que te están haciendo un favor compartiendo todo su conocimiento, que usualmente suelen ser clichés repetidos ad nauseam (nunca mejor descrito) o un raro intento por hacerte sentir aún más perdido y desperanzado que antes. No puedo enumerar las historias de horror que me regalan sobre: abortos espontáneos, partos de más de veinticuatro horas, detalles gráficos sobre episiotomías y toda una retahíla de aberraciones que no serían buen tema para alguien que está comiendo, mucho menos para alguien que siente que tiene una bomba de tiempo en conteo regresivo aplastándole la vejiga.    Mi no tan nuevo cónyuge me aprieta la mano intentando apaciguarme cada vez que escucha el brillante sermón de “duerman ahora”. Tú sabes, porque el sueño es una cuenta de ahorros que si duermo por 10 meses no voy a sufrir cuando para y no vuelva a dormir nunca más. Es una oración bien original, bien pensada y bien útil para uno. Si duermes tres días corridos y luego no duermes por 24 horas, estás nuevo, esa es la matemática. Mi esposo teme por sus vidas, porque ha escuchado en el carro y en la casa mis diatribas llenas de ira sobre las opiniones no solicitadas y los discursos repetidos de: “duerme ahora”, “la vida te cambió”, “olvídate de los viajes”. Cosas que claramente jamás se me ocurrieron a mi solita en estas tres décadas. Lo más bello es que en su mayoría vienen de gente que: nunca ha viajado, que nunca ha tenido hijos o que aún con lo terrible que ha sido para sus existencias tenerlos, deciden con total conocimiento de causa tener 2, 3, 4, 5…    Tengo 20 semanas y ya siento patadas. Todavía me asusta más la sensación, de lo que me emociona. No se siente natural, no se siente mágico, se siente como que tengo algo vivo dentro de lo cual no tengo ningún tipo de control y que mi imaginación no me basta para poder dibujármelo en la mente. Me siento poseída, ocupada, cargada, pesada, reducida y multiplicada. Me siento poderosa y a la vez tan y tan cansada. Estoy a mitad del primer maratón de mi existencia y ya se me hace difícil levantarme de la cama a mitad de noche (cosa que pasa muchas más veces que cuando mis noches eran de ron y rumba). Sin embargo, tengo una urgencia implacable de que todos los días debería estar haciendo algo para prepararme para su llegada. Y cuando tacho algo de la lista, aparecen mil más a atacarme de madrugada. Tengo un montón de gente que me ama, que me añoña, que me escribe a diario, y sin embargo hasta hace dos días que pude poner las manos de mi compañero de vida encima de mi barriga para que sintiera las patadas de su bebé, confieso que nunca me había sentido tan sola. Estamos sobrepoblados, la gente lleva pariendo por siglos, a diario, en todo tipo de condición y sin embargo es una experiencia tan aislada, tan abstracta, tan violenta y por lo mismo tan animal y tan humana. Sin embargo, la fantasía más repetida que tengo es imaginarme su cara, el color de sus ojos, el tono de su piel, las dimensiones de sus labios, la longitud de su nariz, el timbre de sus gritos, el volumen de sus llantos.    Mi marido dice que le gusto así. Dice que estoy más pasiva, que peleo menos, que estoy como llena de paz. Quizás no se imagina el campo minado que son mis preocupaciones. El dolor prematuro que siento por dejar un bebecito de dos o tres meses en un cuido, un bebecito que ni siquiera he parido. Que no tengo un segundo en el que no trate de ser normal mientras siento que mi cerebro da la falsa impresión de que se empequeñece, se satura, se nubla, y se convierte en algo que no sé lo que es. En realidad, lo que hace es expandirse como el resto de mi cuerpo para hacer espacio para lo que viene. Yo estoy más conmovida con el efecto que tiene lo que está pasando dentro de mi cuerpo en los demás. Porque el milagro de la vida no son los bebés, el milagro de la vida es el amor. El amor infinito de mis padres ahora abuelos de nuevo que parece que viene de un pozo sin fondo como mi ombligo, un manantial que no baja la presión ni la intensidad. Mis suegros enternecidos, los futuros tíos, mis amigos. Mi esposo que quisiera ponerme en una burbuja para que nada me pase, que ha recogido los efectos de mi pereza y mi vagancia (mucho más de la habitual que siempre es mucha). Este hombre que me mira como si yo me hubiese convertido en un mapa de estrellas. Que me perdona mis intensísimos cambios de humor, mis marejadas de llantos y paveras y me asegura que todo va a estar bien, que me encuentra bella con mis tetas nuevas, con mi panza que parece que crece cada vez que pestañea, que no le cansan mis nuevos ascos, se ríe de mis nuevas manías y me ama así, a veces preñada de luz y otras tantas triste, como un paraguas.

Quizás porque todavía no me lo creo. Quizá porque hace años vivo con un miedo torero a que las cosas bonitas que me pasan, si les presto mucha atención se deshagan. Quizás porque todo el mundo tiene razón y uno nunca está listo del todo. Quizá porque nada se siente como pensaba que se sentiría. Quizás porque mis reacciones para variar son siempre tan tardías. Quizá porque apenas estoy aceptando que ahora mi mente cuenta en semanas. Quizás porque no reconozco mi cuerpo en el espejo y por eso pareciera que es a otra persona a quién le está pasando. Quizás porque llevo 111 días 100% sobria y mi propio cerebro no sabe qué rayos hacer con tanta intensa claridad. Quizás por eso es que no he ideado un anuncio oficial. Probablemente por eso he estado escondiendo las preguntas y felicitaciones en mis redes sociales, más por nerviosismo que por privacidad. Pero ya no se me hace posible escribir de ninguna otra cosa, sin sacar del medio este bloque que me dificulta la inspiración y hasta el respirar. Me doy, las hormonas me pudieron. Me rindo, ya literalmente no quepo. No quepo en temas pequeños y no quepo en mi propia ropa. Estoy embarazada. Estoy encinta. Estoy bien preñá. Y no he dejado de buscar sin lograr encontrarlo, un poema de José Luis Vega que decía algo así como: preñada, llena de luz, triste como un paraguas. Me fascinó desde el primer encuentro, probablemente porque bruja al fin, desde hace más de una década presentía el revuelco de todos mis barruntos que implicaría lograr un embarazo.

Hace apenas un par de días una amiga me preguntó con la naturalidad del mundo si me gustaba estar embarazada. Yo me reí textualmente (porque esto pasó en un mensaje privado de Instagram) y le dije lo mismo que digo cuando en una entrevista de trabajo me preguntan que dónde me veo en 5 o 10 años: ¡qué pregunta tan grande! No debería haber respuestas incorrectas, pero siempre las hay. Creo que la vida o la sapiencia de mi cuerpo, hizo que no fuese tan fácil lograrlo para que me lo cuestionara, para que tuviera oportunidad de quitarme, de querer otra cosa, de decidir si esto era para mí. La realidad es que aún tengo dudas, como tengo dudas cada vez que escribo, cada vez que cocino algo nuevo, cada vez que acepto un nuevo trabajo, cada vez que compro pasajes. No sé existir sin dudas. Pero el elemento del miedo sí ha sido bastante nuevo para mí. No tuve un momento de celebrar mi embarazo como en las películas, no salté de la emoción, ni le llené la casa de globos a mi marido. Se me han salido lágrimas. Se me suelen salir en la ducha cuando me abrumo, me las tragué cuando vi un punto centellear en la pantalla de un sonograma, me las bebí después de una conocer a mi brillante obstetra que sin media onza de tacto logra que cada cita se convierta en una lista de posibles enfermedades congénitas, deformaciones y defectos, que vamos eliminando y regalándome (como mucho) un minuto y medio de paz, antes de recomendarme una prueba adicional. Creo que extrañamente ver y reconocer un piecito ha sido de las cosas más mágicas que he sentido. Soy tan emocionalmente deforme que lloré más de la emoción al verle un pie, que al escuchar su corazón latir.

Los primeros tres meses se sintieron como un periodo especial de profunda ansiedad. Caminaba con la certeza de que tenía un cántaro de agua pillado entre mis piernas que se me iba a derramar al menor tropiezo. Y seamos honestos, la triste realidad, es que yo vivo tropezando. Lo escribo y el pánico me vuelve a desbordar los ojos a puro diluvio. Cada visita al baño, hacía que esos minutos de bajarme el pantalón, de bajarme la ropa interior, de orinar y el momento ese aterrador de secarme con el papel y con los ojos entreabiertos mirar que no hubiese manchado, se convirtieron en rituales de ataques de pánico que no le deseo ni a lose peores enemigos que aún no tengo. No sé si todas las mujeres se sienten así o solo las que hemos tenido bebés que se nos han escapado del vientre sin llegar nunca a nuestros brazos. Así que le quité a la gente que me ama el júbilo de comprar cosas antes de la marca del primer trimestre, intenté no hacer mucho ruido, porque soy supersticiosa y no puedo ponerme una manita de azabache en el ombligo. Mi ombligo. Un ombligo que siempre fue una mera línea demasiado arriba en el contexto de mi panza. Y ahora se ha vuelto un pozo. Por primera vez en treinta y cuatro años puedo verme el fondo del ombligo, un ombligo que ahora se redondea y se conecta con un hilo nuevo y oscuro que sigue hasta donde ya mis ojos no son capaces de ver.

Si soy honesta, no le hablo mucho a mi barriga, no le canto, ni la acaricio a menudo. Mi esposo me preguntó un día: ¿le hablas mucho? Y con vergüenza y culpabilidad le dije que no. Pero con toda la falsa seguridad del mundo le aseguré que a diferencia de él, yo no tengo que hacerlo, el bebé obviamente escucha mis pensamientos, porque está dentro de mí. Me dijo que eso no funciona así, ¿qué sabe él? ¿qué rayos sé yo?

El embarazo es un constante descubrir que no se sabe nada. Que volverse adulto es una cosa infinita que nunca se acaba y la inminencia de la llegada de un nuevo ser humano, te hace sentir más vulnerable, más inmaduro y menos preparado que nada en la vida. No hay juris doctor que te haga entrar a una tienda de coches, cunas y asientos de seguridad, y te evite salir al borde de tener una aneurisma, de vender tus pertenencias, de insultar a la gerente y de pasar las próximas doce horas buscando precios y reviews en internet, porque te niegas a volver a esa tienda del demonio sintiéndote ignorante y a la merced de los buitres que son los vendedores.

Ser padres primerizos tienen el efecto que tiene entrar en un taller de mecánica en tacos y falda, o las mismas terribles consecuencias de ir a escoger una caja de muerto para alguien que amaste y perdiste hace apenas 48 horas. Quieres lo mejor para ese ser, (en este caso que ni siquiera has visto) y no tienes idea de cuáles son las diferencias reales y el vendedor sabe que eres emocionalmente (y en mi caso hormonalmente) presa fácil.

Creo que lo peor del embarazo ha sido sentirme como un buzón de sugerencias abierto al público. Extrañamente las personas sienten que tienen el derecho o peor aún que te están haciendo un favor compartiendo todo su conocimiento, que usualmente suelen ser clichés repetidos ad nauseam (nunca mejor descrito) o un raro intento por hacerte sentir aún más perdido y desperanzado que antes. No puedo enumerar las historias de horror que me regalan sobre: abortos espontáneos, partos de más de veinticuatro horas, detalles gráficos sobre episiotomías y toda una retahíla de aberraciones que no serían buen tema para alguien que está comiendo, mucho menos para alguien que siente que tiene una bomba de tiempo en conteo regresivo aplastándole la vejiga.

Mi no tan nuevo cónyuge me aprieta la mano intentando apaciguarme cada vez que escucha el brillante sermón de “duerman ahora”. Tú sabes, porque el sueño es una cuenta de ahorros que si duermo por 10 meses no voy a sufrir cuando para y no vuelva a dormir nunca más. Es una oración bien original, bien pensada y bien útil para uno. Si duermes tres días corridos y luego no duermes por 24 horas, estás nuevo, esa es la matemática. Mi esposo teme por sus vidas, porque ha escuchado en el carro y en la casa mis diatribas llenas de ira sobre las opiniones no solicitadas y los discursos repetidos de: “duerme ahora”, “la vida te cambió”, “olvídate de los viajes”. Cosas que claramente jamás se me ocurrieron a mi solita en estas tres décadas. Lo más bello es que en su mayoría vienen de gente que: nunca ha viajado, que nunca ha tenido hijos o que aún con lo terrible que ha sido para sus existencias tenerlos, deciden con total conocimiento de causa tener 2, 3, 4, 5…

Tengo 20 semanas y ya siento patadas. Todavía me asusta más la sensación, de lo que me emociona. No se siente natural, no se siente mágico, se siente como que tengo algo vivo dentro de lo cual no tengo ningún tipo de control y que mi imaginación no me basta para poder dibujármelo en la mente. Me siento poseída, ocupada, cargada, pesada, reducida y multiplicada. Me siento poderosa y a la vez tan y tan cansada. Estoy a mitad del primer maratón de mi existencia y ya se me hace difícil levantarme de la cama a mitad de noche (cosa que pasa muchas más veces que cuando mis noches eran de ron y rumba). Sin embargo, tengo una urgencia implacable de que todos los días debería estar haciendo algo para prepararme para su llegada. Y cuando tacho algo de la lista, aparecen mil más a atacarme de madrugada. Tengo un montón de gente que me ama, que me añoña, que me escribe a diario, y sin embargo hasta hace dos días que pude poner las manos de mi compañero de vida encima de mi barriga para que sintiera las patadas de su bebé, confieso que nunca me había sentido tan sola. Estamos sobrepoblados, la gente lleva pariendo por siglos, a diario, en todo tipo de condición y sin embargo es una experiencia tan aislada, tan abstracta, tan violenta y por lo mismo tan animal y tan humana. Sin embargo, la fantasía más repetida que tengo es imaginarme su cara, el color de sus ojos, el tono de su piel, las dimensiones de sus labios, la longitud de su nariz, el timbre de sus gritos, el volumen de sus llantos.

Mi marido dice que le gusto así. Dice que estoy más pasiva, que peleo menos, que estoy como llena de paz. Quizás no se imagina el campo minado que son mis preocupaciones. El dolor prematuro que siento por dejar un bebecito de dos o tres meses en un cuido, un bebecito que ni siquiera he parido. Que no tengo un segundo en el que no trate de ser normal mientras siento que mi cerebro da la falsa impresión de que se empequeñece, se satura, se nubla, y se convierte en algo que no sé lo que es. En realidad, lo que hace es expandirse como el resto de mi cuerpo para hacer espacio para lo que viene. Yo estoy más conmovida con el efecto que tiene lo que está pasando dentro de mi cuerpo en los demás. Porque el milagro de la vida no son los bebés, el milagro de la vida es el amor. El amor infinito de mis padres ahora abuelos de nuevo que parece que viene de un pozo sin fondo como mi ombligo, un manantial que no baja la presión ni la intensidad. Mis suegros enternecidos, los futuros tíos, mis amigos. Mi esposo que quisiera ponerme en una burbuja para que nada me pase, que ha recogido los efectos de mi pereza y mi vagancia (mucho más de la habitual que siempre es mucha). Este hombre que me mira como si yo me hubiese convertido en un mapa de estrellas. Que me perdona mis intensísimos cambios de humor, mis marejadas de llantos y paveras y me asegura que todo va a estar bien, que me encuentra bella con mis tetas nuevas, con mi panza que parece que crece cada vez que pestañea, que no le cansan mis nuevos ascos, se ríe de mis nuevas manías y me ama así, a veces preñada de luz y otras tantas triste, como un paraguas.

Tecnología Infantil

Mis papás me pusieron un teléfono en mi cuarto cuando yo era preadolescente. En ese entonces no habían tabletas, ni mucho menos era usual que los niños tuviesen mejores celulares que los adultos. En ese entonces el internet era de línea, había una sola computadora para toda la familia y si alguien estaba conectado nadie más podía usar el teléfono. Si bien es cierto que yo era una nena bien buena, que tenía muy buenas notas, creo que la decisión del teléfono, (que en realidad era una línea privada para mí) fue más una decisión práctica por el bien de la familia, que un premio o privilegio prepúber. Aquello era extraño entre la gente de mi edad y no conocía a más nadie que tuviese una línea, todavía recuerdo aquel número como si se lo hubiese dado a alguien esta misma mañana. El teléfono tenía un cable bien largo en el que yo solía enredarme cuando hablaba por horas. Hoy día detesto hablar por teléfono pero si lo hago, todavía doy vueltas por toda la casa y me enredo en mi cable invisible. No, un inalámbrico no era una opción porque siempre (como hasta ahora) andaba sin batería. Me daba risa cuando alguien me llamaba por primera vez y me decía: buenas tardes, ¿se encuentra Edmaris? En aquel entonces uno tenía que llamar a las casas y causar buena impresión cuando la mamá o el papá del nene o nena que a uno le gustaba contestaba. Claramente los que sabían que yo contestaría no seguían el usual protocolo. De todos modos la privacidad era mínima. En mi casa no se creía en las puertas cerradas y de estar cerradas el seguro nunca fue una opción. El acceso a los amigos era regulado, al internet, al email, a los chats, a los juegos en línea, a la solitaria de la computadora. Yo no llegué a tener ICQ, pero sí llegué a tener un messenger con mi email. Mi nombre era CosmoDiva con algún número que no recuerdo, probablemente 21 que era mi número favorito. A veces chateaba con desconocidos. Mi mamá me decía que tuviese cuidado con hablar con gente que no conociera, que les dijera mi edad desde el principio (el 21 podría haber sido misleading), que no diera detalles de dónde vivía, estudiaba, etc. Que si me escribían algo fuera de lugar los bloqueara, que si me mandaban fotos frescas, los bloqueara, que no les diera mi teléfono, que no enviara fotos (probablemente ni tenía ni sabía cómo de todas maneras). Honestamente no me acuerdo de qué podía hablar con aquellos desconocidos sin cara, los avatars, que en ese entonces tampoco se llamaban así, (ni mcuho menos “fotos de perfil) eran casi siempre imágenes de stock.   Más adelante peleé por un beeper. Sí, yo quería un beeper. Mi mamá accedió siempre y cuando fuera compartido. A mí me ofendió la simple idea. Siempre he sido de todo o nada. Cuando me cambian los muñequitos me tranco. De seguro me enchismé por un par de semanas y cuando noté que había tranque en las negociaciones cedí (eso creía yo), nunca hubo negociación, de alguien heredé el todo o nada. Lo mismo me pasó con mi senior trip con padres incluidos, pero eso ya es otra historia. Lo mismo con el celular más adelante. La mitad del tiempo era mío, cuando no estuviera con mis papás, la mitad del tiempo era de ellos. Hasta escuela superior.   Hoy en día, mi celular es un apéndice de mi cuerpo. Casi siempre está al alcance de mis manos. Intento estar consciente de que la gente no está tan pendiente a sus celulares como yo y me esfuerzo por ajustar mis expectativas en términos del tiempo respuestas a mis textos. Cuando llamo, la gente suele contestarme porque como odio hablar por teléfono pues entran en estado de alarma. Me salté la época del Tinder por razones monógamas, aunque he disfrutado el “swipping” en los celulares de mis amigas. Las redes sociales han sido mi trabajo por una década, esa es mi excusa oficial, y también me han abierto las puertas o más bien las pantallas para que mucha más gente pueda leerme.     Fuera de eso no soy muy tecnológica por contradictorio que parezca. Tengo apps de viajes, de música, de compras online, de manejo de redes sociales y ya. Suelo tener uno que otro juego. Casi siempre sudoku o alguna versión de Scrabble. Más que nada por mi fobia al olvido, intento hacer ejercicios de estiramiento para el cerebro con números y letras.    Hace años jugaba Words with Friends y recientemente lo volví a bajar. De entrada noté que algo había cambiado. Como cuando uno está en una relación por años y vuelves a la soltería y ya has olvidado las reglas del juego. De la nada, recibía mensajes privados. Yo antes recibía mensajes privados de conocidos, casi siempre comentarios sobre el mismo juego, la pela, la palabra que no sabíamos que existía, los 32 puntos por dos letras, etc. Y uno que otro jevo fuera de base que sabía que era un sitio seguro y que no sería víctima de operativos de espionajes de novias celosas.    Los desconocidos nunca te escribían. Cuál fue mi sorpresa cuando empecé a recibir, holas, cómo estás, de dónde eres, y cuando no contestaba, abandonaban los juegos. Otros iban directo al hola guapa, quieres hablar, etc. Llegué a contestar algunos: de Puerto Rico, para luego recibir la labia monga de debí imaginarlo, las mujeres más guapas son de ahí y la retahíla de misses y clichés. Que conste, no subí una foto, sencillamente entré con mi cuenta de FB, cosa que suelo hacer para no tener que inventar y recordar alguna contraseña adicional con una mayúscula, una minúscula, un número y un carácter especial.  Aparentemente en estos años, todo se convierte en un “dating app”. Pensé en la posible ventaja de conocer las capacidades gramaticales del jevo en cuestión. Cosa que siempre pienso cuando hablan de Tinder, mi esposo dice que no hubiese tenido Tinder, yo estoy segura de que sí. Me hubiese ahorrado bastante tiempo. Descartando por horrores ortográficos antes de llegar a una cita física.    La cosa es que llevaba jugando semanas con una persona, tenía un número en el nombre, no presto mucha atención y no soy buena memorizando números. Tampoco me fijo mucho en las fotos porque la realidad es que la foto sale diminuta en la esquina superior del tablero. La cosa es que uno de estos compañeros, que jamás me escribió un mensaje privado y para ser justos me estaba dando una pela en más de un juego simultáneo, cambió la foto y me estuvo rara. El cerebro empieza a atar nombres con imágenes y fotos de perfil, ¿no les pasa que le nombran en la vida real a gente que conocen de antes con sus “usernames”? Pues a mí sí, nadie me decía Edma, hasta que fui @edmacara en Twitter. Pero esto también, es otro tema. La cosa es que mi compañero de juegos, que me estaba dando una salsa, me dio curiosidad, quería verificar si su primer idioma era español. Juego en inglés y en español y tengo un editor gringo que me da unas pelas memorables en español. Cuando voy al perfil… ¿este tipo tiene un brazo de foto? Por primera vez en meses amplié la imagen. Grité, tapé la pantalla, miré para todos lados, estaba jugando con un pene. Sabrá Dios desde cuándo.    Después de tomar los screenshots de rigor, enviar a mis diversos whatsapps y reírnos al respecto, confesar a mi marido que llevo noches al lado de él intercambiando palabras con un miembro ajeno, después de burlarnos de amigas que están en dating apps y que dicen no haber recibido tanta acción como yo en mi aburrido juego de letras, después de buscar por todo el app cómo reportarlo, después de dejar todos los juegos que teníamos pendientes, pensé en mi sobrina. Tiene 7 años y tiene un mejor celular que yo. Su mamá supervisa los usos, las aplicaciones y las interacciones. Sin embargo, esto era un juego inofensivo. Un juego de letras. A mí no se me hubiese ocurrido meterme en un app de letras o de sudoku a mirar los perfiles de los otros jugadores. Hablando con otras chicas, algunas de estas madres, me cuentan que les ha pasado en Youtube. Que aún en canales de niños, se cuelan videos pornográficos animados, con las mismas voces y gráficas de sus muñequitos favoritos.     No juzgo a los padres que le dan un iPad a sus hijos para poder cenar con calma o terminar una conversación. No soy quién para opinar sobre los celulares en las manos de los niños que viven fascinados con los filtros de las redes sociales. Soy testigo del increíble manejo del inglés de nuestras sobrinas, en gran medida por el increíble acceso de videos, tutoriales y entretenimiento en línea. Pero qué mucho miedo me dio la imposibilidad de controlar las perversiones que no pueden filtrarse. Tener la certeza de que mi imaginación no basta para poder localizar todas las posibles amenazas que hay en aplicaciones que se desarrollaron para otras cosas que no tienen que ver con la agresión que representa que alguien te envíe una foto que no pediste. Que a mí como adulta, (que no me considero pudorosa) me parece un acto de violencia recibir una imagen tan gráfica cuando ni siquiera estabas en una plataforma construida para intercambiar fetiches y material pornográfico. Sin embargo, tengo las herramientas para la denuncia, para la queja, para la defensa. Pero los niños, que no saben ni lo que están mirando, que no tienen la malicia para entender, que pasan horas con un celular o una tableta, mientras los papás guían, cocinan, limpian, se bañan, comen, viven… ¿qué hacen?   No tengo una respuesta, pero me pareció importante levantar la bandera, porque hay cosas que pueden estar justo al alcance de nuestras manos, frente a nuestros ojos por semanas, meses y años y no nos hemos tomado el tiempo de agrandar la imagen hasta que ya no se puede reparar el daño.

Mis papás me pusieron un teléfono en mi cuarto cuando yo era preadolescente. En ese entonces no habían tabletas, ni mucho menos era usual que los niños tuviesen mejores celulares que los adultos. En ese entonces el internet era de línea, había una sola computadora para toda la familia y si alguien estaba conectado nadie más podía usar el teléfono. Si bien es cierto que yo era una nena bien buena, que tenía muy buenas notas, creo que la decisión del teléfono, (que en realidad era una línea privada para mí) fue más una decisión práctica por el bien de la familia, que un premio o privilegio prepúber. Aquello era extraño entre la gente de mi edad y no conocía a más nadie que tuviese una línea, todavía recuerdo aquel número como si se lo hubiese dado a alguien esta misma mañana. El teléfono tenía un cable bien largo en el que yo solía enredarme cuando hablaba por horas. Hoy día detesto hablar por teléfono pero si lo hago, todavía doy vueltas por toda la casa y me enredo en mi cable invisible. No, un inalámbrico no era una opción porque siempre (como hasta ahora) andaba sin batería. Me daba risa cuando alguien me llamaba por primera vez y me decía: buenas tardes, ¿se encuentra Edmaris? En aquel entonces uno tenía que llamar a las casas y causar buena impresión cuando la mamá o el papá del nene o nena que a uno le gustaba contestaba. Claramente los que sabían que yo contestaría no seguían el usual protocolo. De todos modos la privacidad era mínima. En mi casa no se creía en las puertas cerradas y de estar cerradas el seguro nunca fue una opción. El acceso a los amigos era regulado, al internet, al email, a los chats, a los juegos en línea, a la solitaria de la computadora. Yo no llegué a tener ICQ, pero sí llegué a tener un messenger con mi email. Mi nombre era CosmoDiva con algún número que no recuerdo, probablemente 21 que era mi número favorito. A veces chateaba con desconocidos. Mi mamá me decía que tuviese cuidado con hablar con gente que no conociera, que les dijera mi edad desde el principio (el 21 podría haber sido misleading), que no diera detalles de dónde vivía, estudiaba, etc. Que si me escribían algo fuera de lugar los bloqueara, que si me mandaban fotos frescas, los bloqueara, que no les diera mi teléfono, que no enviara fotos (probablemente ni tenía ni sabía cómo de todas maneras). Honestamente no me acuerdo de qué podía hablar con aquellos desconocidos sin cara, los avatars, que en ese entonces tampoco se llamaban así, (ni mcuho menos “fotos de perfil) eran casi siempre imágenes de stock.

Más adelante peleé por un beeper. Sí, yo quería un beeper. Mi mamá accedió siempre y cuando fuera compartido. A mí me ofendió la simple idea. Siempre he sido de todo o nada. Cuando me cambian los muñequitos me tranco. De seguro me enchismé por un par de semanas y cuando noté que había tranque en las negociaciones cedí (eso creía yo), nunca hubo negociación, de alguien heredé el todo o nada. Lo mismo me pasó con mi senior trip con padres incluidos, pero eso ya es otra historia. Lo mismo con el celular más adelante. La mitad del tiempo era mío, cuando no estuviera con mis papás, la mitad del tiempo era de ellos. Hasta escuela superior.

Hoy en día, mi celular es un apéndice de mi cuerpo. Casi siempre está al alcance de mis manos. Intento estar consciente de que la gente no está tan pendiente a sus celulares como yo y me esfuerzo por ajustar mis expectativas en términos del tiempo respuestas a mis textos. Cuando llamo, la gente suele contestarme porque como odio hablar por teléfono pues entran en estado de alarma. Me salté la época del Tinder por razones monógamas, aunque he disfrutado el “swipping” en los celulares de mis amigas. Las redes sociales han sido mi trabajo por una década, esa es mi excusa oficial, y también me han abierto las puertas o más bien las pantallas para que mucha más gente pueda leerme.


Fuera de eso no soy muy tecnológica por contradictorio que parezca. Tengo apps de viajes, de música, de compras online, de manejo de redes sociales y ya. Suelo tener uno que otro juego. Casi siempre sudoku o alguna versión de Scrabble. Más que nada por mi fobia al olvido, intento hacer ejercicios de estiramiento para el cerebro con números y letras.

Hace años jugaba Words with Friends y recientemente lo volví a bajar. De entrada noté que algo había cambiado. Como cuando uno está en una relación por años y vuelves a la soltería y ya has olvidado las reglas del juego. De la nada, recibía mensajes privados. Yo antes recibía mensajes privados de conocidos, casi siempre comentarios sobre el mismo juego, la pela, la palabra que no sabíamos que existía, los 32 puntos por dos letras, etc. Y uno que otro jevo fuera de base que sabía que era un sitio seguro y que no sería víctima de operativos de espionajes de novias celosas.

Los desconocidos nunca te escribían. Cuál fue mi sorpresa cuando empecé a recibir, holas, cómo estás, de dónde eres, y cuando no contestaba, abandonaban los juegos. Otros iban directo al hola guapa, quieres hablar, etc. Llegué a contestar algunos: de Puerto Rico, para luego recibir la labia monga de debí imaginarlo, las mujeres más guapas son de ahí y la retahíla de misses y clichés. Que conste, no subí una foto, sencillamente entré con mi cuenta de FB, cosa que suelo hacer para no tener que inventar y recordar alguna contraseña adicional con una mayúscula, una minúscula, un número y un carácter especial.

Aparentemente en estos años, todo se convierte en un “dating app”. Pensé en la posible ventaja de conocer las capacidades gramaticales del jevo en cuestión. Cosa que siempre pienso cuando hablan de Tinder, mi esposo dice que no hubiese tenido Tinder, yo estoy segura de que sí. Me hubiese ahorrado bastante tiempo. Descartando por horrores ortográficos antes de llegar a una cita física.

La cosa es que llevaba jugando semanas con una persona, tenía un número en el nombre, no presto mucha atención y no soy buena memorizando números. Tampoco me fijo mucho en las fotos porque la realidad es que la foto sale diminuta en la esquina superior del tablero. La cosa es que uno de estos compañeros, que jamás me escribió un mensaje privado y para ser justos me estaba dando una pela en más de un juego simultáneo, cambió la foto y me estuvo rara. El cerebro empieza a atar nombres con imágenes y fotos de perfil, ¿no les pasa que le nombran en la vida real a gente que conocen de antes con sus “usernames”? Pues a mí sí, nadie me decía Edma, hasta que fui @edmacara en Twitter. Pero esto también, es otro tema. La cosa es que mi compañero de juegos, que me estaba dando una salsa, me dio curiosidad, quería verificar si su primer idioma era español. Juego en inglés y en español y tengo un editor gringo que me da unas pelas memorables en español. Cuando voy al perfil… ¿este tipo tiene un brazo de foto? Por primera vez en meses amplié la imagen. Grité, tapé la pantalla, miré para todos lados, estaba jugando con un pene. Sabrá Dios desde cuándo.

Después de tomar los screenshots de rigor, enviar a mis diversos whatsapps y reírnos al respecto, confesar a mi marido que llevo noches al lado de él intercambiando palabras con un miembro ajeno, después de burlarnos de amigas que están en dating apps y que dicen no haber recibido tanta acción como yo en mi aburrido juego de letras, después de buscar por todo el app cómo reportarlo, después de dejar todos los juegos que teníamos pendientes, pensé en mi sobrina. Tiene 7 años y tiene un mejor celular que yo. Su mamá supervisa los usos, las aplicaciones y las interacciones. Sin embargo, esto era un juego inofensivo. Un juego de letras. A mí no se me hubiese ocurrido meterme en un app de letras o de sudoku a mirar los perfiles de los otros jugadores. Hablando con otras chicas, algunas de estas madres, me cuentan que les ha pasado en Youtube. Que aún en canales de niños, se cuelan videos pornográficos animados, con las mismas voces y gráficas de sus muñequitos favoritos.


No juzgo a los padres que le dan un iPad a sus hijos para poder cenar con calma o terminar una conversación. No soy quién para opinar sobre los celulares en las manos de los niños que viven fascinados con los filtros de las redes sociales. Soy testigo del increíble manejo del inglés de nuestras sobrinas, en gran medida por el increíble acceso de videos, tutoriales y entretenimiento en línea. Pero qué mucho miedo me dio la imposibilidad de controlar las perversiones que no pueden filtrarse. Tener la certeza de que mi imaginación no basta para poder localizar todas las posibles amenazas que hay en aplicaciones que se desarrollaron para otras cosas que no tienen que ver con la agresión que representa que alguien te envíe una foto que no pediste. Que a mí como adulta, (que no me considero pudorosa) me parece un acto de violencia recibir una imagen tan gráfica cuando ni siquiera estabas en una plataforma construida para intercambiar fetiches y material pornográfico. Sin embargo, tengo las herramientas para la denuncia, para la queja, para la defensa. Pero los niños, que no saben ni lo que están mirando, que no tienen la malicia para entender, que pasan horas con un celular o una tableta, mientras los papás guían, cocinan, limpian, se bañan, comen, viven… ¿qué hacen?

No tengo una respuesta, pero me pareció importante levantar la bandera, porque hay cosas que pueden estar justo al alcance de nuestras manos, frente a nuestros ojos por semanas, meses y años y no nos hemos tomado el tiempo de agrandar la imagen hasta que ya no se puede reparar el daño.



Resoluciones plásticas

Ya no hago resoluciones de año nuevo. No sé si es porque las listas en general me abruman y me ponen más nerviosa de lo que me ayudan a inspirarme, animarme y organizarme. También puede tener que ver con que reacciono tardíamente a las cosas y usualmente vengo a darme cuenta de que estoy en un nuevo año cuando ya se me está agotando febrero. El otro día hablaba con un amigo mucho más joven que yo, quien en su cumple recordaba sus “mejores años” por edad, sus 23, sus 21, le expliqué que después de los treinta uno deja de catalogar la vida en edades y las ve en años. Creo que hablo en edades hasta los 27, luego lo he ido archivando todo solo en años. Pero recuerdo con claridad que el 2009 fue el peor año de mi vida. Ahora en retrospectiva una década después (sí, ya puedo hablar en décadas) se ha convertido en un año terrible al que ahora desde lejos miro con muchísimo cariño porque nunca he vuelto a ser así de infeliz. Creo que fue la última resolución de año nuevo que hice. Recuerdo lo que lloré esa despedida de año; de alivio porque se había acabado, de alegría porque lo había sobrevivido y de esperanza porque no había manera de superar aquel año pesadillezco y me prometí nunca jamás permitirme sentirme así.    Así que con los años no son listas de resoluciones, sino promesas que me hago. Intento que sean cosas que pueda seguir incluyendo en mi vida para la posteridad. Trato de ponerme metas reales y tangibles. Prometo leer más y suelo decidir de antemano una cantidad mensual. Un año aumenté casi veinte libras y me prometí hacer más ejercicios y desde entonces, hace ya más de seis años, nunca he pasado más de dos meses sin obligarme a ejercitarme, más que nada para seguir comiendo y bebiendo y porque me hace dormir mucho mejor. Luego del huracán temí por primera vez en mi vida quedarme sin trabajo y me prometí ahorrar más y ahora decido que quiero llegar a cierta cifra al finalizar cada año.    Este año quiero ser mejor con el planeta. No con la gente, con el ambiente. Debe ser otro síntoma de la adultez. Probablemente como una promesa a mi futuro. Para bregar responsablemente y de frente con un nuevo pánico a tsunamis de botellas de agua. Quizás era una consecuencia obvia de mi miedo a la escasez que ha ido evolucionando a fijaciones más concretas, ya no es solo miedo a que se acabe el papel de baño, la salsa de tomate, y esas cosas que compro compulsivamente cuando visito los colmados y no me acuerdo si en casa me queda o no. Ese miedo se ha vuelto una preocupación real a que se acabe el agua, la energía, los recursos, los espacios para acumular basura, para morirse, para vivir. Quizás empecé sin querer queriendo con la sequía del 2015 y aquel racionamiento que me tuvo por la cuneta seca de la amargura por meses. Nunca más he puesto a correr el agua a ratos para que caliente. Tampoco dejo el fregadero abierto para que el agua vaya expulsando las burbujas de los calderos cuando me excedo con el jabón. Ahora que por fin me ha ido bajando la marea del PTSD de María, me encuentro con los ojos abiertos de madrugada pensando en el océano lleno de plástico, en vertederos llenos de foam, en ciudades convertidas en vertederos. Me espanto con la cantidad de basura que producimos en casa. Un apartamento con dos adultos y dos perros y hay que sacar la basura varias veces en semana.    Así que me armé con un termo, llevo mi propia agua a todos lugares e intento no comprar más botellas de plástico, esas que por décadas llenaron mi carro, mi cuarto y hasta mis carteras. Llego a un lugar a almorzar y recuerdo que dejé el termo en la guagua. El mesero me ofrece botella de agua, le digo que no, me ofrece agua de la pluma, le pregunto dónde me la sirve, me dice que en un vaso de plástico y le digo que no. Así que con el mismo amor regreso entacada al estacionamiento, siento mis tacos tambalear en la gravilla, me meto en el calor de mi carro, consigo el termo y vuelvo a la mesa sudando, pero victoriosa, termo en mano. Me como solo la mitad de lo que me sirvieron, pero como no quiero botar lo que me sobra, parte de mi promesa de consciencia, pido un: “to go”. Tan pronto sale por mi boca empiezo a rezar que sea un envase compostable de esos de cartón, por supuesto que no. Me traen un envase plástico y una bolsa plástica, le digo que se quede con la bolsa y siento que fracasé totalmente en mi misión. Cuando voy a pagar me antojo de unos besitos de coco y un café para llevar, los besitos estaban forrados en plástico y el café “to go” se sirve en papel. Reconozco que esta resolución en particular me va a dar mucho más trabajo de lo que anticipé. Todas las iniciativas que no dependen del todo de uno son más difíciles de mantener. Pero uno se ajusta, se adapta, eso es lo que nos hace seres evolucionados, resilientes, nuestra auto consciencia, nuestra capacidad de reconocer nuestra existencia y más aún reconocerla dentro de un contexto, de un planeta, de una comunidad. Igual que he aprendido a tener bolsas grandes y reusables en la guagua para no comprar bolsas de plástico para ir al colmado. Igual que compré un envase en forma de cebolla, para no usar una ziplock cada vez que me sobra media cebolla. Igual que para ir al gimnasio o a hacer yoga, la noche antes tengo que preparar un bulto de ropa, tener jabón, shampoo, desodorante, toalla, etc. Ahora andaré con más cosas, con una cartera más pesada, pero con una consciencia más liviana. Termo para el agua, un envase para el café donde pretendo pedirle a los baristas que me sirvan la bebida para llevar (ya les contaré cómo me va) y un envase reusable para la comida que me sobra. Prometo documentar la incomodidad y la zozobra en los ojos de la gente cuando empiece a sacar estos objetos de mi cartera.    Tampoco hay que desanimarse, el planeta está en estado de emergencia, no se vale decir que se preocupen las próximas generaciones. Miren como a nosotros nos ha ido con el calentamiento global, el SIDA, la violencia de género y la deuda. Intenten hacer un acto eco friendly al día. Dile que no al sorbeto. Evitemos los vasos, cubiertos y platos “desechables”. Hay que pensar en lo horrible del concepto de que algo que se produjo para utilizarse solo una vez, puede que viva y ocupe espacio en nuestro planeta para siempre. No invite gente a su casa que no se ofrezca a fregar, en vez de comprar platos para botar. Llévese su envase insulado al chinchorreo. Si de todos modos va a lavar sus frutas y vegetales en su casa, no se lleve las bolsitas esas plásticas. Deja unos cubiertos en tu oficina y cuando los uses los vuelves a fregar. Si no necesitas la bolsa, la tapa, no la pidas, pero tampoco la aceptes. Cuando vayas a una fiesta, al menos usa el mismo vaso toda la noche. Seamos honestos, los regalos no necesitan tanta envoltura. Cuando vayas a comprar un producto, si puedes escoger entre cristal y plástico, escoge cristal. Si el mismo producto viene en cartón y en plástico, escoge cartón. Si puedes comer en un lugar donde usan envases compostables y biodegradables, apóyalos, de seguro están gastando más dinero en preservar el planeta, invierte en ellos, porque al final, ellos están invirtiendo en ti. Si eres dueño de negocio, dale un incentivo a la gente que reúse tus: bolsas, envases, vasos, etc. Al final se traduce en un ahorro para ti.    Veo las resoluciones de año nuevo como los sacrificios de cuaresma, está bien nítido tomar una decisión y mantenerla, hacer un plan y llevarlo a cabo, pero está espectacular tomar decisiones: ya sean actividades o renuncias, que no solo te ayuden a ti. Ahorra, ejercítate, come mejor, etc., pero si puedes colar un sacrificio, una resolución que mejore aunque sea un chispito al mundo, pues mucho mejor. Ese algún día en el que habrá que bregar con el problema, confía, que siempre llega.

Ya no hago resoluciones de año nuevo. No sé si es porque las listas en general me abruman y me ponen más nerviosa de lo que me ayudan a inspirarme, animarme y organizarme. También puede tener que ver con que reacciono tardíamente a las cosas y usualmente vengo a darme cuenta de que estoy en un nuevo año cuando ya se me está agotando febrero. El otro día hablaba con un amigo mucho más joven que yo, quien en su cumple recordaba sus “mejores años” por edad, sus 23, sus 21, le expliqué que después de los treinta uno deja de catalogar la vida en edades y las ve en años. Creo que hablo en edades hasta los 27, luego lo he ido archivando todo solo en años. Pero recuerdo con claridad que el 2009 fue el peor año de mi vida. Ahora en retrospectiva una década después (sí, ya puedo hablar en décadas) se ha convertido en un año terrible al que ahora desde lejos miro con muchísimo cariño porque nunca he vuelto a ser así de infeliz. Creo que fue la última resolución de año nuevo que hice. Recuerdo lo que lloré esa despedida de año; de alivio porque se había acabado, de alegría porque lo había sobrevivido y de esperanza porque no había manera de superar aquel año pesadillezco y me prometí nunca jamás permitirme sentirme así.

Así que con los años no son listas de resoluciones, sino promesas que me hago. Intento que sean cosas que pueda seguir incluyendo en mi vida para la posteridad. Trato de ponerme metas reales y tangibles. Prometo leer más y suelo decidir de antemano una cantidad mensual. Un año aumenté casi veinte libras y me prometí hacer más ejercicios y desde entonces, hace ya más de seis años, nunca he pasado más de dos meses sin obligarme a ejercitarme, más que nada para seguir comiendo y bebiendo y porque me hace dormir mucho mejor. Luego del huracán temí por primera vez en mi vida quedarme sin trabajo y me prometí ahorrar más y ahora decido que quiero llegar a cierta cifra al finalizar cada año.

Este año quiero ser mejor con el planeta. No con la gente, con el ambiente. Debe ser otro síntoma de la adultez. Probablemente como una promesa a mi futuro. Para bregar responsablemente y de frente con un nuevo pánico a tsunamis de botellas de agua. Quizás era una consecuencia obvia de mi miedo a la escasez que ha ido evolucionando a fijaciones más concretas, ya no es solo miedo a que se acabe el papel de baño, la salsa de tomate, y esas cosas que compro compulsivamente cuando visito los colmados y no me acuerdo si en casa me queda o no. Ese miedo se ha vuelto una preocupación real a que se acabe el agua, la energía, los recursos, los espacios para acumular basura, para morirse, para vivir. Quizás empecé sin querer queriendo con la sequía del 2015 y aquel racionamiento que me tuvo por la cuneta seca de la amargura por meses. Nunca más he puesto a correr el agua a ratos para que caliente. Tampoco dejo el fregadero abierto para que el agua vaya expulsando las burbujas de los calderos cuando me excedo con el jabón. Ahora que por fin me ha ido bajando la marea del PTSD de María, me encuentro con los ojos abiertos de madrugada pensando en el océano lleno de plástico, en vertederos llenos de foam, en ciudades convertidas en vertederos. Me espanto con la cantidad de basura que producimos en casa. Un apartamento con dos adultos y dos perros y hay que sacar la basura varias veces en semana.

Así que me armé con un termo, llevo mi propia agua a todos lugares e intento no comprar más botellas de plástico, esas que por décadas llenaron mi carro, mi cuarto y hasta mis carteras. Llego a un lugar a almorzar y recuerdo que dejé el termo en la guagua. El mesero me ofrece botella de agua, le digo que no, me ofrece agua de la pluma, le pregunto dónde me la sirve, me dice que en un vaso de plástico y le digo que no. Así que con el mismo amor regreso entacada al estacionamiento, siento mis tacos tambalear en la gravilla, me meto en el calor de mi carro, consigo el termo y vuelvo a la mesa sudando, pero victoriosa, termo en mano. Me como solo la mitad de lo que me sirvieron, pero como no quiero botar lo que me sobra, parte de mi promesa de consciencia, pido un: “to go”. Tan pronto sale por mi boca empiezo a rezar que sea un envase compostable de esos de cartón, por supuesto que no. Me traen un envase plástico y una bolsa plástica, le digo que se quede con la bolsa y siento que fracasé totalmente en mi misión. Cuando voy a pagar me antojo de unos besitos de coco y un café para llevar, los besitos estaban forrados en plástico y el café “to go” se sirve en papel. Reconozco que esta resolución en particular me va a dar mucho más trabajo de lo que anticipé. Todas las iniciativas que no dependen del todo de uno son más difíciles de mantener. Pero uno se ajusta, se adapta, eso es lo que nos hace seres evolucionados, resilientes, nuestra auto consciencia, nuestra capacidad de reconocer nuestra existencia y más aún reconocerla dentro de un contexto, de un planeta, de una comunidad. Igual que he aprendido a tener bolsas grandes y reusables en la guagua para no comprar bolsas de plástico para ir al colmado. Igual que compré un envase en forma de cebolla, para no usar una ziplock cada vez que me sobra media cebolla. Igual que para ir al gimnasio o a hacer yoga, la noche antes tengo que preparar un bulto de ropa, tener jabón, shampoo, desodorante, toalla, etc. Ahora andaré con más cosas, con una cartera más pesada, pero con una consciencia más liviana. Termo para el agua, un envase para el café donde pretendo pedirle a los baristas que me sirvan la bebida para llevar (ya les contaré cómo me va) y un envase reusable para la comida que me sobra. Prometo documentar la incomodidad y la zozobra en los ojos de la gente cuando empiece a sacar estos objetos de mi cartera.

Tampoco hay que desanimarse, el planeta está en estado de emergencia, no se vale decir que se preocupen las próximas generaciones. Miren como a nosotros nos ha ido con el calentamiento global, el SIDA, la violencia de género y la deuda. Intenten hacer un acto eco friendly al día. Dile que no al sorbeto. Evitemos los vasos, cubiertos y platos “desechables”. Hay que pensar en lo horrible del concepto de que algo que se produjo para utilizarse solo una vez, puede que viva y ocupe espacio en nuestro planeta para siempre. No invite gente a su casa que no se ofrezca a fregar, en vez de comprar platos para botar. Llévese su envase insulado al chinchorreo. Si de todos modos va a lavar sus frutas y vegetales en su casa, no se lleve las bolsitas esas plásticas. Deja unos cubiertos en tu oficina y cuando los uses los vuelves a fregar. Si no necesitas la bolsa, la tapa, no la pidas, pero tampoco la aceptes. Cuando vayas a una fiesta, al menos usa el mismo vaso toda la noche. Seamos honestos, los regalos no necesitan tanta envoltura. Cuando vayas a comprar un producto, si puedes escoger entre cristal y plástico, escoge cristal. Si el mismo producto viene en cartón y en plástico, escoge cartón. Si puedes comer en un lugar donde usan envases compostables y biodegradables, apóyalos, de seguro están gastando más dinero en preservar el planeta, invierte en ellos, porque al final, ellos están invirtiendo en ti. Si eres dueño de negocio, dale un incentivo a la gente que reúse tus: bolsas, envases, vasos, etc. Al final se traduce en un ahorro para ti.

Veo las resoluciones de año nuevo como los sacrificios de cuaresma, está bien nítido tomar una decisión y mantenerla, hacer un plan y llevarlo a cabo, pero está espectacular tomar decisiones: ya sean actividades o renuncias, que no solo te ayuden a ti. Ahorra, ejercítate, come mejor, etc., pero si puedes colar un sacrificio, una resolución que mejore aunque sea un chispito al mundo, pues mucho mejor. Ese algún día en el que habrá que bregar con el problema, confía, que siempre llega.

A secas.

Hace unos cuantos meses tuve la suerte y la presión de llevar a una agente literaria de renombre a cenar. Por más que me encante comer, resultaba una misión épica y apoteósica escoger un solo restaurante, porque si algo aquí hacemos soberanamente bien, es comer. Indagué sobre preferencias y me aseguré de preguntar si tenían alguna alergia o necesidad alimenticia especial. ¿A dónde una lleva a una súper héroe nuyorquina y a su hija a cenar? Intenté escoger un lugar en Santurce que no se sintiera turístico, que no fuera demasiado caro (porque iba a hacer todo lo posible por pagar) que tuviese el “flair” boricua sin que fuera demasiado típico, que pudiésemos hablar, que nos trataran bien y que tuviesen una buena barra, con variedad de licores nítidos, cocteles chulos y clásicos bien hechos. Así empecé la intro, la barra está brutal, amo tal y tal trago, este ron no lo tienen en ningún lado, estoy enamorada de esta ginebra. Ella sonrió amablemente y me dijo sin ningún tapujo: ningún trago para mí, soy alcohólica en rehabilitación literalmente a la tercera potencia, el mero contacto con una sola gota y la pasaríamos muy muy mal. La profunda vergüenza. El calentón en el cuerpo. Mi falta de sensibilidad, de previsión, no pensé en eso, no se me ocurrió, jamás me había pasado algo así. En nuestro país hablamos de alcoholismo para referirnos a abuelos que se beben hasta el alcoholado, vagabundos y deambulantes, personajes de películas y series, o en broma para hablar de nuestra bebelata social y pachanguera que nos caracteriza, pero hasta ahí. Si ingerir alcohol no te ha hecho estrellarte, si no te han arrestado, si no has perdido un trabajo o destruido una relación humana por tu relación con el alcohol, no eres alcohólico, aunque no recuerdes la última vez que pasaste una semana entera sin beber, aunque empieces a beber cada vez más temprano, aunque tu tolerancia vaya in crescendo independientemente de tu edad, peso y condición física.      

 

Llevo 75 días sin beber. Sé que contar los días suena como un acto de profundo alcoholismo, mucho más que de celebración de sobriedad. Pero somos una isla alcohólica. Festivamente, culturalmente, cotidianamente y aceptablemente alcohólica. La realidad es que sería muy poco probable llegar a listados de los países más felices del mundo sin un poco de ayuda. No es casualidad que de las pocas cosas que todos recuerden del somero repaso de nuestra historia en la escuela, esté el famoso: “baile, botella y baraja”. Y si hay una época en la que el alcoholismo está requete permitido y hasta altamente recomendado es en navidad. Y sí, pasé halloween, acción de gracias, mi cumpleaños, nochebuena, navidad, despedida de año, primero de enero, víspera de reyes, día de reyes, absolutamente sobria. 

 

 

Quisiera decir que ha sido hermoso y que he tenido grandes revelaciones sobre la magia de estar conectado con tus sentidos las veinticuatro horas del día sin ninguna pausa que no fuera las horas del sueño. Pero al menos para este cuerpecito mío, en especial para esta intensísima mente mía, ha sido intensamente devastador o mejor dicho devastadoramente intenso. Me acuerdo de todo. Nunca tengo resaca. Tengo clarísimo lo que he hecho, lo que he dicho, las metidas de pata sin excusas etílicas, las crueldades que han sido fruto de mi cerebro sin estimulantes, la falta de paciencia que he tenido con los comentarios inoportunos o los contactos no solicitados. El día me da para muchísimo más. Me levanto temprano (como siempre) pero sin malestares corporales, ni nubes trasnochadas en la cabeza. Duermo mejor que nunca, para mi sorpresa. Es lo que pasa con el alcohol, sientes que te tumba, pero realmente causa insomnio, crees que te sube el ánimo, pero químicamente es un depresivo, es líquido, pero te deshidrata. 

 

No me malinterpreten, no tengo la cara para sermonear sobre lo terrible que es alcohol, aunque tengo muy claras las catástrofes que puede desencadenar. Sin embargo, para mí siempre ha sido un mal jevo delicioso, un mal hábito que te simplifica un chin la existencia, una manía que ni te mejora ni te detiene. Mis papás no beben, y en estos meses se han ganado una nueva admiración. Llevan más de cuarenta años juntos, sin darse un palo para no insultar al otro. Sin darse una copa al llegar a la casa porque el día ha estado duro. Bebiendo refresco en la playa y jugos naturales con las comidas. Dicen que no se extraña lo que nunca se ha tenido. Yo he trabajado en hotelería, estudiado derecho, trabajado en publicidad, escrito libros y he pensado en múltiples ocasiones, esto me parece un momento perfecto para comenzar a fumar. No lo he hecho, más allá de un tabaco después del tercer palo, pero sí he pensado añadir un tercer vicio, cuando el café y el vino se me han hecho cortitos para bregar. 

 

No beber durante las fiestas me ha hecho claro que en Puerto Rico no beber es un problema. Es una decisión que socialmente no está bien vista. Nuestra hospitalidad usualmente se traduce en invitar al trago. Tengo una amiga italiana que estaba sorprendidísima de que en su cumpleaños no le dejaran pagar ni una cerveza. Cuando llegas a una casa y te ofrecen: vino, cerveza, pitorro, coquito, ron, y todos los espíritus destilados habidos y por haber y dices que no estás bebiendo la decepción es palpable. Cuando en un jangueo alguien va a pagar el round, y tú dices que quieres jugo de parcha, te preguntan que si con Tito’s o con Don Q, cuando dices que estás bebiendo Perrier te miran con cara de susto, o de risa o de sospecha. Te preguntan directamente: ¿estás preñá?, ¿estás enferma?, ¿estás tomando antibióticos?, ¿estás a dieta?, ¿estás en détox?, ¿te sientes mal?, ¿tienes hangover?, ¿te encontraste al Señor?

 

No nos cabe en la cabeza que la gente no quiera beber. Hace falta una excusa para no beber, no al revés. Y lo entiendo, ahora mismo más que nunca. El alcohol es el lubricante social por excelencia. La gente parece más graciosa y hasta más interesante. El tiempo se va más rápido. No es una percepción, como el alcohol hace más lento el funcionamiento del sistema nervioso, se bloquean ciertos mensajes que intentan entrar en tu mente. Así que tu percepción está alterada, uno se mueve distinto, se siente distinto. Me gusta más la gente cuando bebo. Quizás hasta me gusto más yo, soy menos arisca, menos consciente, menos juiciosa, menos estresada, más abierta, más sorda, y tristemente más gritona, más peleona, más repetitiva, más volátil, más llorona pero mucho más desconsiderada. Ser adulto es cansón, y un traguito te aliviana, te suelta un poco los hombros y los juicios (entre otras cosas). Literalmente salivo cuando alguien se toma un buen vino con un plato de comida, pero no he perdido ni una sola discusión porque no me acuerdo de lo que dije la noche anterior. Creo que es la primera navidad en la que no aumento de peso, ni me siento intoxicada al comenzar el año. Tengo la piel más bonita y me he permitido comer muchos más dulces en recompensa. Voy a volver a beber en algún momento, de eso estoy segura. Pero no creo que se me pase la empatía con el que se chupa una noche sobrio mientras ve la decadencia inevitable de todos a su alrededor. Seré más compasiva con el que es testigo en cámara lenta de los cambios de personalidad de sus amigos y familiares. No indagaré si la gente no quiere beber porque llegó a las 200lbs, porque quiere estar más saludable, porque hizo un papelón por beber de más, porque está tratando de quedar embarazada, porque quiere correr un maratón o porque sencillamente ya no se gusta cuando bebe. Volveré a beber, me lo prometo. Pero también me juro que no dejaré de tener en cuenta que para alguna gente el alcohol fue un jevo terrible, violento y maltratante, con quien volvieron más de una vez, y con quien solo pueden terminar sanas y salvas, cortándolo de raíz. 

No hay nada menos sexy que buscar bebés adrede.

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Mi suegra fue mi maestra de salud y ética cristiana en cuarto año. Lo que significa que la madre de mi actual no tan nuevo cónyuge fue la responsable de enseñarme, a mí y a otras 138 personas de mi clase, y de la clase de mi marido y de la clase de mi hermano, las partes, funciones y ciclos del sistema reproductor humano. Quizás por eso la primera vez que nos encontramos una década después de haberme graduado, pero en ese entonces ya saliendo oficialmente con su hijo, en menos de media hora, estábamos hablando de cuánto habían subido de precio las pastillas anticonceptivas. Mi primer paquete había costado treinta dólares y el último sin plan médico iba por ciento veinte. Recuerdo a mi entonces novio con cara de pánico, cuestionándome cómo en lo que él iba a la barra a pedirme un ron con Diet Coke ya yo estaba hablando de los precios de la píldora con mi recién estrenada suegra. Pues como ella misma dice, yo la conocí a ella primero. 

Fue mi maestra de salón hogar. Le contaba cosas. Me conoció cuando yo aún tenía la capacidad de ruborizarme y sentir pudor. En una de esas lecciones, hablaron de que una persona podía embarazarse con apenas un brochazo. Mi cara que siempre me delata, parece que reflejó mi entonces inocencia. Mi suegra me preguntó que, si no sabía lo que era eso, y procedió a explicarme. De más está decir que los tremendos seres humanos de mi clase estuvieron ofreciéndome demostraciones gráficas por el resto del semestre. 

 

En clase estudiamos la plétora de métodos anticonceptivos y sus respectivos por cientos de efectividad. Me acuerdo claramente cuando hablaron del condón femenino, que cada día caía más en desuso y que una de las razones por las que no era uno de los métodos favoritos era por el ruido. No sé por qué, pero tengo una vívida imagen de todos frotándonos el pelo en las orejas porque en nuestras cabezas ese era el sonido que se producía con la fricción. Muchas de las otras lecciones no fueron nuevas para mí ya que tomo pastillas anticonceptivas desde mis dieciséis o diecisiete años porque sufría de quistes en los ovarios y menstruaciones tortuosamente dolorosas. Sin embargo, se me grabó en mi mente para siempre: 10 sí, 10 no, 10 sí. El famoso ritmo. Se lo transmití a mi hermano tal cual, ya que presumí que sería más precoz que yo y podía necesitarlo antes de que se lo enseñaran en la escuela católica. Desde el primer día de la menstruación (ese es el día uno) hasta el día 10, se podía tener relaciones sexuales sin quedar embarazada. Los próximos 10 días quedaban vedados. Los últimos 10 días seguía la fiesta y luego se repetía el ciclo desde el principio, ciclo al fin. No es un método 100% seguro, lo único 100% seguro es la abstinencia (convenientemente) y el ritmo solo funciona si la mujer es regular, porque se parte de la premisa de que ovulas en el día 15 y así evitas tener relaciones cinco días antes y cinco días después. No recordaba mucho más. El cuerpo humano y su milagrosa capacidad de reproducirse se enseña desde la perspectiva de evitar el embarazo. Así que vivimos nuestra juventud celebrando menstruaciones como quien esquiva una bala, mes tras mes. 

 

Entonces un día de la nada te convence, te convencen o te convences de que estás lista, tan lista como es posible estar. Porque la realidad es que uno jamás está listo para las grandes cosas. Nada te prepara para ponerte a la disposición de la naturaleza y lanzar esa moneda al aire, cerrando los ojos y repitiéndote hasta que casi logras creerte que todo pasará como tiene que pasar. Dejas las pastillas, el parcho, los condones, el ritmo, pero no puedes dejar de contar. Empiezas a tomar 800 miligramos de ácido fólico solo para descubrir al año que se supone que consumieras más porque cuando uno está buscando embarazarse necesita consumir más. Mis primeros intentos fueron un desastre. Tenía unos nervios cuasi virginales y me daban las paveras más anticlimáticas que un ser humano pueda imaginar. Después de tantos años, no voy a decir cuántos porque mi madre me lee y no quiero que haga cálculos, haciendo responsablemente todos los malabares para salir invicta, independiente, liviana, explicarle al cuerpo que se acabó la huida resulta cuasi imposible de procesar. Se sentía como en unas clases de trapecio que nos regalé cuando éramos concubinos. El maestro me decía que me acercara al borde de la plataforma, que agarrara el tubo del trapecio y me inclinara hacia al frente. Mi cuerpo se resistía y se echaba hacia atrás, cuerpo felino ante la amenaza del agua, cuerpo vapuleado que le teme tanto y tanto a la caída. Me parecía antinatural inclinarme hacia el abismo. Porque al final del día intentar tener bebés con intención y alevosía se siente como una maroma que se practica sin malla, una acrobacia circense que es tan arriesgada como espectacular. 

 

Una intenta hacerlo natural. Sencillamente el no evitar tarde o temprano terminará en un embarazo, ¿no? ¿Esa no es la matemática? Es lo que siempre le digo a la gente que queda embarazada por accidente, tienes relaciones sin protección, ¿no sospechabas que podía pasar? ¿Tan poca fe le tienes al cuerpo? Porque es facilísimo racionalizar los dramas ajenos. Pero no funciona así. Bueno, si eres menor de edad aparentemente pasa así. Pero si esperas a tener una pareja estable, un trabajo que te satisfaga, terminar tu carrera o tus carreras, dar unos viajes antes por si te toca un bebé que sea una pesadilla en los aviones, intentar pagar parte de tus préstamos estudiantiles, decidir si compras casa o no, esperar a sentirte someramente listo, o que ambos estén en la misma página, de pronto estás en el grupo demográfico de embarazos de alto riesgo o embarazos geriátricos. Y la presión sube. Y aparentemente la fertilidad baja. Y el cliché de que la juventud se desperdicia en los jóvenes te pone de mal humor. Y empiezas a contar tu vida de veintiocho en veintiocho días. Y en vez de celebrar la regla, se convierte en una derrota mensual. Y le hablas al cuerpo y le explicas que, aunque por más de una década el procedimiento operativo estándar es que no queríamos un óvulo fecundado, la directriz ya cambió. 

 

Entonces te sientes engañada. Porque no recuerdas que nadie nunca te hubiese dicho que un óvulo lo que tiene son apenas 48 horas de vida como máximo. Y los espermatozoides setenta y dos. O sea que la ventana de oportunidad es bien pequeña. Dos días. Dos días al mes, veinticuatro días al año como mucho. Y te ríes de todo el pánico que tuviste de chamaca. Y piensas en que no hay cosa menos sensual que una calculadora. Que no hay nada menos erótico que calendarizar el amor del cuerpo. Que contrario a lo que quizás creías no es halagador decirle a un hombre que le toca hoy. Te sorprende las muy pocas veces que una ovula en un fin de semana. Una vez más, cuantos miedos infundados. Confirmas lo que siempre habías pensado, que tu cuerpo te sabotea. Nada como ovular un lunes. Y encima, la naturaleza es sabia, pero tiene un humor más negro que la noche, así que cuando ovulas muchas veces tienes dolor y malestar en el abdomen. Y nada como el dolor y el malestar para uno sentirse en el mood de hacer bebés. Lo ideal es que lo intenten desde cinco días antes del día de ovulación, un día sí y un día no, hasta el día después de ovular. No, no todos los días, porque tampoco quieres bajarle el conteo al donante. Consejo: no le llames donante a tu pareja durante este proceso. Te dicen que comas batata, que tomes Robitussin, que te relajes, que te vayas de viaje, que te emborraches (claro porque no has hecho nada de esto en los últimos años). Te recomiendan posiciones, que te pongas una almohada debajo de las nalgas durante y que te pares en tus hombros por al menos veinte minutos después de terminar. Claramente cada vez que en yoga me mandan a hacer un sarvangasana, me muero de la risa. 

 

Cuando ya has gastado cientos de dólares en pruebas negativas, piensas que quizás no estás ovulando cuando crees que estás ovulando, ya que a estas alturas dudas del conocimiento que tienes de tu propio cuerpo. Así que descubres una cosa maravillosa, (que también piensas que pudiste usar como método anticonceptivo en el pasado) que es un kit de ovulación. Básicamente son como pruebas de embarazo, orinas en ellas y ellas detectan cuando hay un incremento agudo en la hormona LH, y esto significa que ovularás en un par de días. Aparece una carita feliz cuando lo detectan, pero parpadea, te lo sigues haciendo y en el día de la ovulación la carita feliz aparece, pero quieta, sin centellear. Entonces en vez de enviarle un mensaje fresco a tu pareja, le enseñas la carita feliz. En vez de disimular y dejar que la cosa fluya, lo levantas con el palito en la mano y la carita feliz estática que ya se ha vuelto pavorosa. Y todo se convierte en una mierda. 

 

Decides que te encargarás de esto sin dejarle saber. La operación estará en tus manos, y no hay por qué informarle a todo el mundo de tus cambios hormonales. Pero un miércoles cualquiera él llega hecho cantos de un día de trabajo terrible y tú de la nada estás en lencería nueva y en tacos a las 9 de la noche y no es ni tu aniversario. Y terminan meándose de la risa por tu nuevo fracaso en el arte de fluir. 

 

Entonces empiezas a recordar que una astróloga te dijo que le habías dicho a tu cuerpo tantas veces que no querías tener bebés que el cuerpo no se preparó. Recuerdas que un vidente te dijo que te veía con niños de colores y no sabes si es que serías la próxima Angelina Jolie adoptando niños del mundo, o tendrías niños de muchos padres (ya estoy bastante tarde para eso) o si sencillamente serías la tía de todos los niños de tus amistades. Escuchas al médico diciéndote que podían esperar a ver si las células precancerosas se iban solas, monitorear por meses y te oyes clarita diciendo: congela y corta que no me importa. Concluyes que es tu culpa, de quién más. Deciden hacerse pruebas para eliminar cualquier duda o confirmarla. Días de espera, dedos cruzados, velas prendidas. En el proceso él te dice, que, si no pueden tener, no importa la razón, que lo manden todo al carajo y se vayan a viajar al mundo. Y te sientes abominablemente culpable porque la idea te calentó el pecho y te relajó el vientre. Te preguntas si realmente esto es lo que quieres, si no es que logró vencerte la presión social a la que siempre te has cantado tan inmune. Pero recuerdas clarito aquel arte que te craqueó el espíritu: “nunca supe que quería ser mamá hasta que tuve un aborto”. Entiendes aquella película donde ella decía que sus ganas de ser madre eran como la necesidad de hacer pipí, algo que le debilitaba el cuerpo, que la hacía temblar involuntariamente las rodillas. Y ves a este tipo que se hace el que no le duele cuando lloras y te bajas una botella porque de nuevo te bajó la regla. Que te dice “no pasa nada” cuando pareciera que todo el mundo se embarazara alrededor de ti menos tú. Y aunque nunca has sido de compararte, te preguntas por qué tú no. Y las preguntas de la gente como flechas en tus tajos. ¿Y ustedes pa’ cuándo? Y la única certeza que tengo es que, si a alguien en esta vida he amado, que podría traer al mundo un ser que lo mejorara, es este hombre. Y sé también que yo sobreviviría el no poder tener, como otra herida de guerra, pero sé también que a él la herida muda se lo comería por dentro. Y los resultados dicen que todo está en orden. Es cuestión de tiempo. Así que toca relajarnos. Planificamos el próximo viaje, pero no más lejos de seis meses porque tampoco hay que actuar derrotados. Boto los equipos predictores, elimino las aplicaciones, ignoro los dolorcitos quincenales. Recordamos lo rico que era vivirnos la vida des calendarizados. Ni contamos ni los evitamos, pero pongo las piernas en el aire cada vez que terminamos. 

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Del despiste a la negligencia, hay apenas un grano de pimienta.

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Vivo intentando darle el beneficio de la duda al mundo. Digo intentando porque fracaso con bastante frecuencia. Cuando me hacen un corte de pastelillo pienso que probablemente la prisa está justificada. Cuando no me dan paso, trato de convencerme de que quizás la persona no se dio cuenta. Cuando alguien se mete en el mismo medio de un cruce y bloquea el tráfico y no mira hacia ningún lado ni hace amagues de despejar la vía, argumento que a lo mejor está pasando por un proceso terrible en su vida personal y no se entera de lo que hizo. Tengo un poco más de dificultad en justificar a las personas que se montan en el carro, mientras hay una fila para ocupar el estacionamiento y antes de sacar el auto: se peinan, se maquillan, textean, cambian la radio, etc. Nunca comprenderé por qué la gente que se encuentra y se saluda en las escaleras eléctricas son incapaces de mover su conversación al pasillo. Me vuela la cabeza la facilidad con la que sueltan los carritos de compra y ni se preocupan por los carros o hasta niños que pudiesen golpear. Me ofende la gente que guía a las millas dentro de urbanizaciones. Está más allá de mi comprensión las personas que van a un gimnasio o hasta un estudio de yoga y se posicionan en el mismo medio sin ningún tipo de consideración a dónde se va a acomodar el resto. Me impresiona cómo la gente termina de comer y ve gente de pie esperando y tienen el temple de quedarse sentados jugando con el celular o masticando lo que queda de hielo en el vaso. 

 

Soy despistada. Siempre lo he sido y ya está requete comprobado que no es una etapa o una fase temporal. Mis despistes y descuidos le pueden sacar el monstruo hasta el más que me quiera. El otro día dejé encima de la estufa un potecito de plástico lleno de “pepper flakes” de esos que dan en las pizzerías. En la mañana, cuando fui a colar café prendí la hornilla equivocada. Es justo revelar que llevo 4 años viviendo en la misma casa con la misma estufa. El plastiquito comenzó a derretirse y a quemarse, mientras yo cortaba pan con toda mi parsimonia pre café. Cuando miré vi el plástico negro y apagué la hornilla. No entré en histeria porque estas cosas me pasan con bastante regularidad. Tomé la decisión (sensata en mi mente) de no limpiar inmediatamente el plástico derretido, porque es más fácil removerlo cuando se seca, se endurece y se raspa con una espátula, por ejemplo. Lo que mi cerebro matutino no evaluó fue el contenido del recipiente: pimienta. Al derretir el plástico y consumirse, la hornilla continuó quemando la pimienta, el mismo efecto de un incienso, fue haciéndola polvo y del polvo: pólvora de pimienta. Mi no tan nuevo cónyuge bajó las escaleras gritándome que abriera las puertas, que abriera las ventanas, que nos íbamos a asfixiar. Yo pensaba que exageraba, que no era para tanto. ¿Mencioné que mi marido es asmático? 

 

En menos de dos segundos la casa entera olía a pimienta, hice un capsulón de pepper spray. Yo aún en la cocina verificando que hubiese apagado el resto de las hornillas y mi esposo desde el pasillo gritándome que me pusiera ropa y saliera de allí. Estas situaciones dan una clara perspectiva de nuestras visiones de mundo en general. Él estaba sumamente preocupado por nuestros pulmones, pero no tenía ninguna intención de dejar que el vecino me viera en paños menores, así que tampoco (en mi mente) era tan grande la emergencia. Todo esto pasó antes de las 7:30 de la mañana. Tuvimos que esperar más de veinte minutos en las escaleras del complejo, tosiendo como desesperados, con los ojos llorándonos, me cuentan que así se sienten los gases lacrimógenos. 

 

Nos pudimos haber asfixiado, fue su visión. Eso le puede pasar a cualquiera, fue la mía. Porque el amor tiene el más oscuro sentido del humor del mundo. Desde entonces, cuando él se va, no le pone candado al portón del apartamento, porque teme por mi vida (en sus propias palabras). 

Yo estudié derecho, pero como todo en la vida, solo me acuerdo de lo que me sonaba a poesía. 

La negligencia es falta de cuidado. Somos descuidados los despistados. No fue a propósito es casi un mantra para los que metemos la pata a menudo. Pero la falta de intención no necesariamente releva de culpa o como prefieren los abogados: de responsabilidad. Hay niveles de negligencia que son tan altos que para efectos jurídicos son prácticamente lo mismo que haber cometido el acto con alevosía. Así que mi despiste podrías ser primo hermano de la maldad. De las 17 mujeres que viven dentro de mí hay al menos una que se acuerda que es abogada y otra que tiene una profunda culpa católica y ambas les recriminan a las otras quince por sus despistes, negligencias y omisiones. 

 

Será que toca mirarse menos el ombligo. Es de civilizados saberse siempre en un espacio compartido. Es lindo eso de pedir dinero para fundaciones que nos importan, pero a veces necesitamos más actos bonitos de los chiquitos. Requiere más tiempo aguantar una puerta, más sacrificio ceder el paso, más pasos devolver el carrito a su origen, más consciencia respetar el tiempo del otro, más humanidad sentirse uno parte de una comunidad. Es de brillantes acordarse de que se vive rodeado de gente y mirarse a los ojos es solo para valientes. Quizás esta es la época perfecta para reevaluarse.  Quizás porque se sienten ya las fiestas o quizás porque se acerca mi cumpleaños 34 que en boca de una amiga genia, es la edad de la resurrección. A veces el mejor regalo, es menos pimienta y más atención. 

Decisiones...

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La palabra que más trabajo me da escribir en el idioma español es decisión. Siempre dudo. El ritual ya es inevitable, me digo, decidir es con c, así que es ce primero, ese después, y luego me repito por vez billonaria, es exactamente como se escribe en inglés, pero con acento en la o. Una vez leí que no saber qué decidir es siempre un buen problema. He intentado vivir consciente de que tristemente es un privilegio en muchos lugares del mundo, e incluso en mi propio país. He podido decidir qué estudiar, dónde vivir, con quién casarme, divorciarme, si quiero o no reproducirme, cambiar de carrera, volver a cambiar de lugar de trabajo, en dónde vacacionar, comprar o no comprar una propiedad y la dulcísima decisión de qué me quiero comer al menos tres veces al día. Usualmente, como con la mayoría de las cosas, las decisiones pequeñas me dan muchísimo más trabajo que las magnánimas. A veces tardo más en escoger unas pantallas que un destino de vuelo. Me cuesta más decidir si asistir o no a una actividad por compromiso, que celebrar una festividad importante para todos en el otro lado del mundo. Demoro más en evaluar si ir o no a yoga la próxima mañana, que en romper una relación para siempre. (También tengo una extraña y alarmante capacidad de cortar cuando me lo propongo, pero eso es otra historia.)

 

Sin embargo, siempre me ha sorprendido que las decisiones más importantes de la vida hay que tomarlas con muy poco tiempo de investigación, con muy poco conocimiento de causa, en las edades donde no estamos capacitados, firmando papeles que no entendemos, amarrándonos por más años de los que hemos vivido. 

 

Podemos conducir un automóvil a los 16, y escoger una carrera y el gobernador de un país a los dieciocho. En mi caso la carrera se escogió a los diecisiete porque cumplo en noviembre. Yo sabía que me gustaba escribir, pero en Puerto Rico no se estudia para ser escritora. Mi orientadora o desorientadora como le decíamos, me dijo que fuera profesora de literatura, que para eso tenía que estudiar pedagogía. En español sería maestra como mi mamá, cosa que admiro con embeleso al sol de hoy, pero que no tengo ni una milésima de la paciencia que se requiere para esa encomiable y malagradecida vocación. Tuve la fortuna de que la entonces esposa de un amigo de mi papá fuese profesora y me sacara una cita con el decano de Estudios Hispánicos de la UPR. Y ahí mismo cambió mi vida. Yo sabía que iba a estudiar literatura pensada y escrita en español, de alguna manera eso me llevaría a ser profesora de literatura en algún futuro lejano y con suerte en el proceso podría dedicarme a leer y escribir. Yo escogí una concentración sin haber escuchado una sola clase en ese recinto, sin ver un prontuario, sin hablar con otros estudiantes, sin haber siquiera pasado por la iniciación de matricularme y buscar estacionamiento en la iupi. 

 

Y así tomamos todas las decisiones trascendentales, a vuelo de pájaro, desinformados, confiados, con la esperanza subconsciente de que alguna parte del sistema de alguna extraña manera obrará a nuestro favor. Compras un carro que con suerte has guiado siete minutos. Te sientas en él, acomodas el asiento, ajustas los espejos, hueles la tela o el cuero, miras hacia atrás como si hablaras con tus pasajeros imaginarios, como si fueses a estacionarte en paralelo. Entonces abres el baúl, piensas en la compra, en los bultos del wikén. Preguntas si lo tienen en negro, si lo puedes ver en rojo. Entonces a esperar. Pasas más tiempo llenando papeles y esperando una aprobación que el tiempo que pasaste dentro de él. Firmas que vas a pagar veinte mil, treinta mil dólares, por este medio de transportación que ojalá fuese un lujo, pero no lo es. Probablemente eso es lo que te ganas en un año o en dos, seguramente no tienes esa cantidad en tus ahorros, pensaste que pagarías doscientos, trescientos dólares, pero no pensaste en los impuestos, en que tu crédito no es ideal, en que tienes que ponerle un seguro, comprar una tablilla. Firmas y firmas y celebras que te lo aprobaron. Pagarás quinientos dólares mensualmente, más la gasolina, más el marbete anual, por los próximos, tres, cuatro, cinco, siete años de tu vida. Quizás pasaste medio día en el dealer, y apenas 7 minutos dentro del carro aquel. Con los meses descubres que entre los asientos de tu carro hay triángulos de Bermudas que se chupan tus cosas. Que es imposible llegar a ciertas zonas entre un asiento y el otro. Te enteras de que la pintura negra se ensucia más que el resto, que el cuero calienta, que de la compra no te cabe ni la mitad, que necesitas alquilar una guagua si te quieres mudar. 

 

Igual las casas. Estrangulas tu futuro, lo amarras por treinta años a unos contratos que no se rompen para vivir en la casita de tus sueños, en la urbanización que querías o en la que podías pagar. A veces después de firmar los papeles de la hipoteca, que son horas de firmas, llegas a una casa que casi no recuerdas, que no se ve igual que en las fotos. Porque las casas también se ven con prisa, a veces siquiera sin luz. Te pasean por los cuartos, te enseñan los baños, la marquesina, la terraza. Uno intenta detener el recorrido que va en piloto automático, abrir gavetas, ver si las ventanas son funcionales, inspeccionar que no haya goteras, manchas de humedad, losetas rotas. Entonces te enamoras del concepto. Cuatro cuartos, dos baños y medio, espacio para piscina en el futuro, marquesina para tres carros, pagarías lo mismo que pagas alquilado, pero la casa sería “tuya”. Y decimos que sí. Celebramos, y nos mudamos a una urbanización que nunca recorrimos del todo, que no sabemos quiénes son nuestros vecinos, que no hemos conversado con el cartero ni sabemos qué día hay que sacar la basura. 

 

Y ni hablar de los nombres de los bebés, escogemos un nombre para un bebé que aún no conocemos, una personita en formación que no tenemos la menor idea de cómo será, si el nombre será congruente con su carácter, con sus facciones, con sus manierismos. Entonces viene la pregunta del huevo o la gallina, ¿somos como somos por cómo nos nombraron? O seríamos una persona totalmente diferente si papá hubiese tenido más opinión o si la abuela no se hubiese muerto ese mismo año de nuestro nacimiento. Y la última de las terribles decisiones, qué hacer con el cuerpo de tus muertos. Debería ser ilegal tener que tomar decisiones económicas en el extremo proceso de duelo de perder a un ser amado. Mirar cajas y sentir la obligación de escoger de entre los precios medianos o altos, porque no vas a enterrar a quién tanto amaste en la caja más barata del mercado, como si hiciese alguna diferencia. Como si comprar tarjetitas y poner salmos le hiciera un homenaje congruente a un ser que te acarició por años la existencia.

 

Quizás por eso tengo problemas con las personas cotidianamente indecisas. Yo me tardo decidiendo las minucias, pero me las saboreo. Disfruto eliminar, reducir las posibilidades a tres opciones. Cerrar los ojos e imaginarme a qué saben las cosas, cómo me voy a sentir en esa silla del teatro, de qué ángulo se disfruta mejor un concierto, si quiero desconectarme para reconectarme en un campo, en una playa o en el centro de una ciudad. Escoger siempre es renunciar. La renuncia no tiene que ser permanente, pero siempre es esencial. Es lo que separa a los niños de los adultos. Esa capacidad dolorosa de medir, de hacer listitas de pros y contras, de escoger sabiendo que un sí a una cosa es siempre un no a la otra. No en balde existe la aboulomanía. Ya a estas alturas se sabrán de memoria mi obsesión por las fobias. Los aboulomanos, están patológicamente incapacitados para tomar decisiones. Los he conocido, e incluso tristemente los he amado con dolorosa intensidad. Con la edad también se aprende, que es de locos escoger seguir amando gente sin voluntad. 

 

Quizás por eso me dilato en las decisiones pequeñitas. Rumio con calma el color que usaré todo el día, paso casi dos minutos escogiendo el perfume, decido las rutas dependiendo si lo semáforos se ponen verdes o amarillos. Gasto partes ridículas de mis tardes escogiendo lo que quiero ver en la tv. Y en mis mejores momentos, a veces tengo que esperar a que todo el mundo ordene el primer round, para escoger mi licor. Obligo a los que comen conmigo a ordenar cosas distintas para probar más cosas en el menú. Uno le busca la vuelta a decidir, para que sea menos definitivo, para que se sienta menos reja y más ventana. Mi abuelo paterno, con quien no compartí lo suficiente pero ahora en retrospectiva pienso que, si no hubiese sido mi abuelo, probablemente habríamos tenido una genial amistad. Compartíamos gustos por músicas, estilos de vida y espíritus destilados, que la vida no nos dio el tiempo para elaborar. Sin embargo, recuerdo que me enseñó dos cosas: a echarme agua caliente en los bajos de mi vientre para aliviar el dolor de menstruación y a que las decisiones importantes había que darles un mínimo de 24 horas. Consultarlo con la almohada, enfriar la cabeza, dejar que suba la marea y volverlo a enfrentar. Y si después de todo eso, todavía no habías decidido, pues tomabas 24 horas más hasta que te sintieras cómodo, porque por una decisión tardía, el mundo no se va a acabar, pero por una acelerada, quizás tú sí. 

Nos reservamos el derecho de SERVICIO*

Mi primer trabajo “de verdad” fue de “hostess” del fine dining de un hotel de lujo. El entrenamiento duraba veintiún días, bajo la premisa que he repetido hasta el cansancio de que a las tres semanas cualquier cosa se vuelve un hábito para siempre. Recuerdo sonreír y sospechar de esa cultura que me daba un no tan leve olor a secta. Por si aquello fuera poco, hablaban del fundador del hotel como el inventor del servicio. Ahí confirmé que me había metido a club de gente loca porque en mi mente de dieciocho años recién cumplidos el servicio no era algo que se inventaba. El servicio era algo natural e innato de la gente, un comportamiento humano que no había que inventar ni mucho menos dedicar tres semanas de adiestramiento para reconfigurar los cerebros de los nuevos empleados. Hoy me da ternurita aquella ingenuidad.    Quince años después, cuando alguien me dice: “gracias”, yo respondo con “un placer”, cuando alguien me pregunta dónde está el baño, en vez de apuntar con el dedo, los acompaño a la puerta. Intento hablarle a los clientes y suplidores utilizando sus nombres, me refiero a los desconocidos como: “dama” o “caballero” y sin querer queriendo me sale el servicio natural y el anticipar las necesidades de la gente casi casi como un reflejo.    Tal vez por esto mismo no soporto a la gente que trata mal a los meseros y a los profesionales del servicio en general. Y también por esto si alguna vez tengo hijos no van a tener ningún tipo de opción y van a verse obligados a trabajar en algún restaurante, aunque sea por un par de veranos. Creo firmemente en que trabajar en la industria del servicio es necesario en la formación de una persona, así como los estudios de las matemáticas básicas y de las humanidades.    Sin embargo, entender el servicio y vivirlo (gozarlo y sufrirlo) en carne propia tiene unos efectos secundarios permanentes. Uno siempre extraña de alguna manera aquellos años de caos, intensidad, malos tratos, largas horas, turnos locos y la capacidad de salir todos los días con dinero en efectivo. El contacto directo con la gente, que enloquece, desespera y enriquece a la mismísima vez. Pero también uno está demasiado consciente cuando sale de las cosas que están mal. No me malinterpreten, yo dejo 15% de propina por defecto a menos que me traten abiertamente mal. Porque sé lo que es ganar menos de cuatro o cinco dólares la hora. Porque recuerdo claramente que hay muchas cosas que el mesero no puede controlar. Porque sé separar errores humanos, falta de preparación, ignorancia y un mal día, de mala actitud y falta total de iniciativa.    El servicio no es natural. Los animales no se sirven entre sí. Es un error garrafal pensar que cualquier persona puede tener un restaurante. No basta con saber cocinar, con saber manejar un piso, con saber supervisar personal, con saber construir tablitas en Excel, ni entender cómo se hace una compra o un prep. Se nota a mil millas de distancia cuando alguien tiene un restaurante porque puede, y porque puede muchas veces significa que papi y mami le montaron el juguete, o que vivimos en tiempos donde tener un restaurante parece cachendoso y da standing. Cuando la realidad es que tener un restaurante es como ser capitán de un barco y a la misma vez estar a cargo del entretenimiento, el house keeping y la comida del crucero.    Calidad y servicio deberían ser los pilares de cualquier negocio. Pero a la gente hay que enseñarla. Esto es un oficio, una profesión. No podemos partir de la premisa de que a todos nos educaron igual en nuestras casas. Hay que enseñarle al personal a decir buenos días, buenas tardes, siempre, todas las veces. Hay que exigir que se haga contacto visual con la persona que está en la puerta, no importa el arrolle que haya dentro. Se cae de la mata que no se contesta un teléfono si hay una fila de personas frente a ti. El cliente que está mirándote a los ojos, siempre es prioridad por encima del que llama por teléfono. Maneja las expectativas de la gente, si falta algo esencial en tu menú, déjales saber de antemano. ¿Qué pasó con servir agua en las mesas? Todavía me choca tener que pedir que traigan agua de la pluma a los comensales. No importa si es una fondita o un restaurante de lujo, hay que limpiar mesas, poner cubiertos, dar menús, traer agua. Pareciera algo automático, pero no puedes contratar a alguien cuyo único contacto con el servicio era entregar pizzas o trabajar en un fast food y partir de la premisa de que los pasos del servicio son innatos, porque claramente no lo son. En las mesas siempre tiene que estar pasando algo, si hay vasos vacíos, hay que llenarlos, si la gente no está comiendo, hay que traerles comida o al menos entretenerlos. Esa cultura de que, si la mesa no la estás atendiendo tú, pues la ignoras, se puede corregir, se corrige entrenando y si entrenando no funciona, se cambian las propinas a un pote hasta que aprendan que un restaurante funciona solo si se sirve en comunidad. Últimamente me pasa a cada rato que traen los aperitivos a la vez que el plato principal como si fuese natural, sirven la mitad de la mesa y la otra come cuando los otros terminaron. Estoy hablando de lugares bonitos, sitios de brunch a $30 por cabeza, y en especial en el nuevo fenómeno de restaurantes que manejan mejor sus redes sociales de lo que logran hacer en la cocina y en el piso.    Servir no es un favor. Todo lo contrario, es un trabajo difícil y hacerlo bien es un arte y una verdadera jodienda. La gente puede ser imposible. Quieren hacer sus propios menús, tardan en pedir y luego tienen prisa, hacen reservaciones y no llegan, cuestionan los precios sin tener la menor idea de lo difícil que es conseguir buenos productos, pagar personal, renta, luz, agua, impuestos y todo lo demás. Ven que hay gente esperando mesas y se quieren quedar a acampar sin consumir. Se comen el plato entero y dicen que no les gusta porque no quieren pagar. Se toman veinte palos y después juran y perjuran que no lo hicieron, te tratan como idiota, y muchas veces te faltan el respeto. Como digo una cosa digo la otra, no hay razón para aguantar humillaciones. Si usted no sabe comportarse y tratar al equipo que está dándose a la odisea de tarea que es darle una experiencia completa y agradable con respeto y gratitud, pues mejor cocínese usted mismo, pida una pizza u ordene por el servicarro de un fast food para que tenga el menor contacto con la gente posible. Si no tiene una buena experiencia, quéjense, pero sea justo, no diga que todo está bien en la mesa y luego ponga un review terrible en las redes sociales que le destruya la reputación a personas que están dejando literalmente el pellejo para echar pa’lante. La crítica solo vale la pena si es en ánimos de construir. De lo contrario es envenenar la comida que no va a comerse y eso, es un comportamiento típico de ratas y otros roedores.

Mi primer trabajo “de verdad” fue de “hostess” del fine dining de un hotel de lujo. El entrenamiento duraba veintiún días, bajo la premisa que he repetido hasta el cansancio de que a las tres semanas cualquier cosa se vuelve un hábito para siempre. Recuerdo sonreír y sospechar de esa cultura que me daba un no tan leve olor a secta. Por si aquello fuera poco, hablaban del fundador del hotel como el inventor del servicio. Ahí confirmé que me había metido a club de gente loca porque en mi mente de dieciocho años recién cumplidos el servicio no era algo que se inventaba. El servicio era algo natural e innato de la gente, un comportamiento humano que no había que inventar ni mucho menos dedicar tres semanas de adiestramiento para reconfigurar los cerebros de los nuevos empleados. Hoy me da ternurita aquella ingenuidad.

Quince años después, cuando alguien me dice: “gracias”, yo respondo con “un placer”, cuando alguien me pregunta dónde está el baño, en vez de apuntar con el dedo, los acompaño a la puerta. Intento hablarle a los clientes y suplidores utilizando sus nombres, me refiero a los desconocidos como: “dama” o “caballero” y sin querer queriendo me sale el servicio natural y el anticipar las necesidades de la gente casi casi como un reflejo.

Tal vez por esto mismo no soporto a la gente que trata mal a los meseros y a los profesionales del servicio en general. Y también por esto si alguna vez tengo hijos no van a tener ningún tipo de opción y van a verse obligados a trabajar en algún restaurante, aunque sea por un par de veranos. Creo firmemente en que trabajar en la industria del servicio es necesario en la formación de una persona, así como los estudios de las matemáticas básicas y de las humanidades.

Sin embargo, entender el servicio y vivirlo (gozarlo y sufrirlo) en carne propia tiene unos efectos secundarios permanentes. Uno siempre extraña de alguna manera aquellos años de caos, intensidad, malos tratos, largas horas, turnos locos y la capacidad de salir todos los días con dinero en efectivo. El contacto directo con la gente, que enloquece, desespera y enriquece a la mismísima vez. Pero también uno está demasiado consciente cuando sale de las cosas que están mal. No me malinterpreten, yo dejo 15% de propina por defecto a menos que me traten abiertamente mal. Porque sé lo que es ganar menos de cuatro o cinco dólares la hora. Porque recuerdo claramente que hay muchas cosas que el mesero no puede controlar. Porque sé separar errores humanos, falta de preparación, ignorancia y un mal día, de mala actitud y falta total de iniciativa.

El servicio no es natural. Los animales no se sirven entre sí. Es un error garrafal pensar que cualquier persona puede tener un restaurante. No basta con saber cocinar, con saber manejar un piso, con saber supervisar personal, con saber construir tablitas en Excel, ni entender cómo se hace una compra o un prep. Se nota a mil millas de distancia cuando alguien tiene un restaurante porque puede, y porque puede muchas veces significa que papi y mami le montaron el juguete, o que vivimos en tiempos donde tener un restaurante parece cachendoso y da standing. Cuando la realidad es que tener un restaurante es como ser capitán de un barco y a la misma vez estar a cargo del entretenimiento, el house keeping y la comida del crucero.

Calidad y servicio deberían ser los pilares de cualquier negocio. Pero a la gente hay que enseñarla. Esto es un oficio, una profesión. No podemos partir de la premisa de que a todos nos educaron igual en nuestras casas. Hay que enseñarle al personal a decir buenos días, buenas tardes, siempre, todas las veces. Hay que exigir que se haga contacto visual con la persona que está en la puerta, no importa el arrolle que haya dentro. Se cae de la mata que no se contesta un teléfono si hay una fila de personas frente a ti. El cliente que está mirándote a los ojos, siempre es prioridad por encima del que llama por teléfono. Maneja las expectativas de la gente, si falta algo esencial en tu menú, déjales saber de antemano. ¿Qué pasó con servir agua en las mesas? Todavía me choca tener que pedir que traigan agua de la pluma a los comensales. No importa si es una fondita o un restaurante de lujo, hay que limpiar mesas, poner cubiertos, dar menús, traer agua. Pareciera algo automático, pero no puedes contratar a alguien cuyo único contacto con el servicio era entregar pizzas o trabajar en un fast food y partir de la premisa de que los pasos del servicio son innatos, porque claramente no lo son. En las mesas siempre tiene que estar pasando algo, si hay vasos vacíos, hay que llenarlos, si la gente no está comiendo, hay que traerles comida o al menos entretenerlos. Esa cultura de que, si la mesa no la estás atendiendo tú, pues la ignoras, se puede corregir, se corrige entrenando y si entrenando no funciona, se cambian las propinas a un pote hasta que aprendan que un restaurante funciona solo si se sirve en comunidad. Últimamente me pasa a cada rato que traen los aperitivos a la vez que el plato principal como si fuese natural, sirven la mitad de la mesa y la otra come cuando los otros terminaron. Estoy hablando de lugares bonitos, sitios de brunch a $30 por cabeza, y en especial en el nuevo fenómeno de restaurantes que manejan mejor sus redes sociales de lo que logran hacer en la cocina y en el piso.

Servir no es un favor. Todo lo contrario, es un trabajo difícil y hacerlo bien es un arte y una verdadera jodienda. La gente puede ser imposible. Quieren hacer sus propios menús, tardan en pedir y luego tienen prisa, hacen reservaciones y no llegan, cuestionan los precios sin tener la menor idea de lo difícil que es conseguir buenos productos, pagar personal, renta, luz, agua, impuestos y todo lo demás. Ven que hay gente esperando mesas y se quieren quedar a acampar sin consumir. Se comen el plato entero y dicen que no les gusta porque no quieren pagar. Se toman veinte palos y después juran y perjuran que no lo hicieron, te tratan como idiota, y muchas veces te faltan el respeto. Como digo una cosa digo la otra, no hay razón para aguantar humillaciones. Si usted no sabe comportarse y tratar al equipo que está dándose a la odisea de tarea que es darle una experiencia completa y agradable con respeto y gratitud, pues mejor cocínese usted mismo, pida una pizza u ordene por el servicarro de un fast food para que tenga el menor contacto con la gente posible. Si no tiene una buena experiencia, quéjense, pero sea justo, no diga que todo está bien en la mesa y luego ponga un review terrible en las redes sociales que le destruya la reputación a personas que están dejando literalmente el pellejo para echar pa’lante. La crítica solo vale la pena si es en ánimos de construir. De lo contrario es envenenar la comida que no va a comerse y eso, es un comportamiento típico de ratas y otros roedores.

Fui a un restaurante Michelin... y no me gustó

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Mi primera palabra fue arroz. No mamá, ni papá, ni dada, ni titi, arroz, esa fue mi primera palabra. El plato principal de la cocina puertorriqueña. El carbohidrato que es el tercer producto agrícola más consumido en el mundo. El enemigo de innumerables dietas.  Mi relación con el lenguaje y la comida ha sido una simbiótica desde el inicio. Son dos de las cosas que más amo en el mundo y a las que quise lanzarme abrupta y torpemente (típico en mí) desde bebé. 

 

Mi primer novio nunca entendió mi fascinación. Para él comer no era más que una práctica necesaria para la supervivencia. Incluso llegué a escucharle decir que no podía esperar a que en el futuro sencillamente consumiéramos un par de capsulitas como los Jetsons y no hubiese que preparar comida, escoger, salir, etc. Claramente nuestra relación estaba prescrita desde el comienzo. Yo vengo de una casa donde comemos cuando estamos felices, comemos cuando estamos tristes, comemos cuando estamos estresados, comemos cuando queremos celebrar y también comemos cuando queremos olvidar. 

 

Mi madre dice que yo podía tener un dolor de menstruación terrible, el corazón roto en pedacitos, sin embargo, al preguntarme si quería una sopita o una cremita, mi respuesta siempre era un plato de comida de verdad, de obrero, porque mi apetito nunca ha sido negociable. Como con las mascotas, cuando no quiero comer, toca preocuparse. 

 

Nunca he comido por comer. Para mí la comida nunca ha sido un resuelve. Cada comida para mí es una increíble oportunidad de satisfacción no solo estomacal sino espiritual. Mientras desayuno fantaseo con el almuerzo, mientras almuerzo sueño con la cena. Mi primer pensamiento del día es: tengo hambre. Hasta la cosa más simplona que me vaya a merendar en mi propia casa, la adorno, la complico, la vuelvo más calórica, más caliente, más pensada, mas linda, más rica, más hedonista. Literalmente a veces se me eriza la piel y hasta se me aguan los ojos cuando logro encontrar la perfección en un bocado. 


Mi primer trabajo de verdad fue en un hotel de lujo. Mi madre traza los inicios de lo que ella llama mi “comemierdería” gastronómica a esa época. Mi relación con la comida digamos que se sofisticó. En términos prácticos, trabajaba en un restaurante fine dining. En múltiples ocasiones pude probar sin pagar platos que más de una década después nunca me he dado el lujo de ordenar. Entendí cómo se supone que se coman ciertas cosas, nunca volví a comerme un pedazo de carne “well done” y comencé a integrar el vino en mis cenas, que luego con un intercambio en Salamanca se convirtió en integrar vino no solo en mis comidas, sino en todos los momentos de la vida en general. Sin contar con que probé muchas sobras (por antihigiénico que suene ahora) de vinos carísimos y platos absurdamente gourmet. Tuve vida de estudiante con presupuesto de estudiante en Europa. Esto en dólares americanos significa comer atún de lata sin siquiera mayonesa frente a la torre Eiffel y vivir mayormente de döner kebabs turcos porque era la comida más barata que conseguía cerca de la universidad. Aún en esos días, prefería mil veces el pan pita hecho a diario, el cordero hecho por horas, que las papas congeladas y la carne comprimida de los fast foods americanos por allá. 

 

Con mi usual precocidad, aprendí a cocinar, a disfrutar la experimentación, la búsqueda, la compra, la confección y el sentimiento ese lindo que es alimentar a alguien amado, esa ofrenda de trabajo y amor que traduce a cualquier cultura. Vivía con un esposo soltero que hacía fiestas que empezaban en dos parejas y terminaban en dobles quincenas, así que a mis veintidós años sabía cocinar para treinta personas. Tristemente empecé a usar la cocina como un taller de remiendo y compensación a todo lo otro que carecía, todo aquello que faltaba. Así que por años puse en huelga el caldero y la cuchara y renuncié a todo lo que me parecía doméstico y conyugal. En retrospectiva, creo que cuando mejor he cenado en mi vida ha sido de divorciada, sin ningún tipo de connotación sexual. Siempre es más fácil pagar por una cena que por dos. Además, en los restaurantes más formales, tienen la percepción de que un “single diner” probablemente sea un “mystery shopper” así que te tratan mejor todavía. Piensan que estás evaluando, que estás documentando el trato y que inevitablemente llegará una evaluación detallada de tu experiencia. Por otro lado, ser una mujer que cena sola, suele tener también ciertos beneficios (valgan las verdes por las maduras), refill de copas de vino, postres que no se ordenan, y algunos “princesa”, “reina”, ofensivos en ocasiones y en algunas otras emocionalmente casi necesarios. 

 

Como la vida tiene un sentido del humor más negro que oscuro, me casé con un hombre que es profundamente feliz con las comidas más sencillas de la vida. Si cocino una carne molida un domingo tengo que decirle el viernes que ya, que pare de comer lo mismo, que probablemente no es ni salubre seguir comiéndose esa comida cinco días después. Mi no tan nuevo cónyuge se emociona mucho más si le hago una empanada de pollo, que si hago un guiso o un risotto complejo y trabajoso. Él es feliz comiendo en fondas, en chinchorros. Ojo, que un arroz y habichuelas con hígado encebollado del Obrero lo cambio por muchísimas exquisiteces. Sin embargo, hay restos de romántica empedernida en algunos resquicios de mis venas y de vez en cuando me gusta vestirme bonita e ir a una cita en un restaurante con mantel. Como angustiosamente muchas veces vivimos de wikén en wikén, no siempre hay espacio (ni presupuesto) para complacernos semanal o mensualmente a los dos. Así que yo almuerzo en sitos fancy sola o acompañada, siempre que puedo o siempre que mi mente necesita un escape de la realidad. Estoy abierta al juicio que conste. Estoy totalmente consciente del privilegio que tengo de poder darme el lujo de relacionarme con la comida así. También me han hecho las cuentas de lo que me ahorraría si trajera comida de mi casa y la calentara en el microondas auspiciado por la corporación. Pero esta es mi manera de rebelarme contra vivir solo en los fines de semana. Hago todo lo posible por diariamente hacer algo bonito por alguien más, pero también por hacer algo bonito por mí. No compro carteras de marca, ni maquillaje de diseñador, lo que gasto en exceso me lo como y me lo bebo. Que me quiten lo digerido. 

 

Entonces cuando me voy de viaje compro revistas, libros, bebo y como como una reina. Hago research por meses hasta encontrar al menos un lugar fancy al que quiero ir, y dos o tres que pueda convencer sin mucha puja a mi marido. En la luna de miel, íbamos a Barcelona, algunas islas griegas e Italia. Como todos los foodies con Netflix, me obsesioné con 

Chef Table hace tres años e inevitablemente quería cenar en Osteria Francescana. Me enamoré de Massimo Botura, lo acomodé en el altar de mi corazón. Puse una alarma tres meses antes de la fecha que estaría en Roma, me levanté y estuve aproximadamente cuatro horas intentando reservar por internet. Como de costumbre, todo falló. El internet, el website, me dormí sobre el teclado y logré meterme dos veces en una lista de espera. Intenté no hacer muchos planes en Roma por si me llamaban a última hora y estuve constantemente enviando tuits e emails al restaurante a ver si lo lograba. Sin hablar que tenía que tomar un tren de casi tres horas ida y vuelta de Roma a Modena ida y vuelta. No lo logré. 

 

En el viaje de este año fuimos al País Vasco y a Croacia. Por supuesto hice mi asignación. Decidí por Mugaritz. Un restaurante en Rentería, Guipúzcoa, abierto desde el 1998 con tres estrellas Michelin. Hice la reserva meses antes, arrastré a mis compañeros de viaje (marido incluido). Como mi suerte es así, me enfermé en esos días y el día de mi cita con la comida, amanecí con la nariz tapada y dolor de garganta. Quería llorar, pero me conseguí sobredosis de remedios caseros, vitamínicos y químicos y ya en la noche podía oler y saborear. Me llevé una botella de La Gran Rioja Alta del 1997 (que lloré cuando la probé, pero ese es otro cuento), nos vestimos lindos, todos listos para la cita. Llegamos a un restaurante lejano, en un paisaje hermoso, con un aire de lujo que siempre nos hace sentir a los que no venimos de familias ricas en una sensación entre incomodidad, susto y emoción. Los que no venimos de dinero, incongruentemente nos da trabajo cuestionar precios, indagar sobre cuánto nos va a costar la copa (con los dedos cruzados de que fuese parte del precio de tres cifras que nos preparamos a pagar). Fueron un montón de cursos. El staff era absurdamente grande. Sin embargo, se sentía frío. No había música. Nunca supe el nombre de mi(s) mesero(s). Eran tantos y tantos platos que no puedo recordar lo que comí. Al final (contrario a las expectativas de mi marido) estaba tan y tan llena que me estaba empujando las entradas. No se me aguaron los ojos en ninguno de veinticinco a treinta platos. Al inicio me hicieron escoger una tarjeta y pensé que algo iba a pasar. Me dieron el menú al irme (con varios tachones en lápiz) con la imagen que escogí al principio. Algunos platos parecían una cosa, pero eran otras, un cuerito de lechón que en realidad era un pimiento. Los mejores bocados fueron pescados, muchos de los cuales los he comido mejor en mi país por una octava parte del precio. Me fui con una sensación de mucho ruido y pocas nueces. Mi cita doble la pasó mejor que yo, mi marido dijo que fue mejor de lo que esperaba, lo que se traduce en que no salió con hambre. Al final todo se basa en expectativas. Esto era importante para mí. Era la culminación de una añoranza. No me dio tristeza, fue más bien sorpresa y honestamente celebro cuando tengo la capacidad de sorprenderme. No sé si volvería a un restaurante Michelin, quizás prefiero un restaurante “caro” donde puedo escoger yo los platos y conversar con el mesero al ritmo en el que yo quiera comer. Quizás tiene que ver con que en Puerto Rico se come mucho mejor de lo que me he tomado el tiempo de caer en cuenta. Mis mejores memorias incluyen palabras, amor, vino y comida, en cualquier orden. Comí en un restaurante Michelin y no me gustó. Es la primera vez que lo acepto abiertamente (probablemente porque ya saldé el cargo de la tarjeta), pero me reí muchísimo y estuve probablemente más de dos horas en un lugar bonito, con gente que amo y estirando mi vino favorito, al final de cuentas al recordarlo, confieso que sí se me aguan un chispito los ojos. 

 

 

Escribir un libro (expectativa vs realidad)

José Martí decía que antes de morirse había que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Las palabras exactas creo que eran: “un hombre para ser completo, ha de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”. Vamos a ignorar la cuestión del género y nos dirigimos a la médula, hay que dejar cosas para el futuro, hacer algo hoy que nos sobreviva, que nos sublime, que de una manera u otra nos haga trascender el cuerpo maravilloso, degenerativo y perecedero en el que nos movemos. 

Yo nunca he sembrado un árbol, probablemente porque para empezar no poseo un pedazo de tierra. Absolutamente todas las plantas de mi casa sobreviven gracias a la constancia y el cuidado de las manos de mi marido. He asesinado bonsáis, he secado suculentas, he ahogado plantas de agua. Tampoco se me han dado ni el recao, ni la albahaca, ni la yerbabuena. Cada cierto tiempo conservo las pepitas de los ajíes dulces, con el dulce engaño de secarlas e intentar sembrarlas. Mi no tan nuevo cónyuge se aprovecha de mi despiste y las bota cuando me distraigo, en el fondo porque sabe que le tocaría a él mantenerlas vivas, rociarlas y trasplantarlas, como le ha tocado con mis perros y conmigo. 

No he tenido un hijo, mayormente por una rigurosa disciplina de planificación familiar totalmente incongruente con el resto de mis tendencias, en parte porque la selección natural me salvó de mí misma o sencillamente porque mi cuerpo predijo el futuro y falló cuando tuvo que hacerlo. Últimamente, porque simplemente las cosas nunca pasan cuando a mí me da la gana. 

Escribí un libro, lo terminé hace años y nació en papel este año. Y de estar escribiendo por una década sin tener ninguna evidencia de mis esfuerzos, que no fuese digital, pasé a tener dos libros en un mismo año, en menos de cinco meses para ser exactos. Porque como siempre digo, al pobre le llega la comida en bufé. 

De chamaca, practicaba entrevistas en mi mente, porque cuando yo fuera una escritora famosa (concepto de ciencia ficción que nunca tuve del todo muy claro) tenía que estar preparada. Claramente no soy famosa y no vivo de mis libros, aunque probablemente siempre será una fantasía constante y recurrente. Sin embargo, la gente nunca me hace las preguntas que pensé que me harían. La gente me pregunta que cómo se escribe un libro. Puedo leer que lo que quieren saber es cómo se publica, como si la imprenta, fuese el verdadero proceso de gestación. Y no saben que la imprenta es como graduar a tu hijo de escuela superior, estás bien cansado, ni tú mismo estás seguro de cómo han sobrevivido y no puedes creer que todavía falte tanto camino por recorrer. Yo le puse el punto final a mi novela hace siete años, después de casi dos años de escritura y edición. Tomé tres talleres de novela antes de tener un manuscrito decente. Aparte de eso, tomé talleres de cuento, construcción de personajes, poesía y hasta talleres de guiones cinematográficos. Tengo un bachillerato en estudios hispánicos, ¿que si leí? Leí un montón. ¿Qué si escribí? Escribí un montón. Pero lo más que hice fue vivir, vivir un montón, como si la vida se me estuviese acabando cada minuto, porque saben qué, ¡lo está!

Hay gente que no necesita talleres, hay gente que dice que para escribir lo que hay que hacer es leer, leer y leer. Yo soy fanática de la música, escucho más música de lo que leo, y soy totalmente incapaz de entonar una canción. La fanática del yoga que vive en mí, diría que para escribir, lo primero que hay que tener bien claro es la intención. Y si la intención de escribir un libro es para ser rico o famoso, toca desistir. Lo próximo que hace falta para escribir un libro es descaro, un descaro cañón. Es preciso una carencia total de vergüenza, una falta de miedo al ridículo, a la crítica, es necesario un cuero duro, un corazón calloso, una insuficiencia de rubor. Para escribir un libro hay que ser sadomasoquista, tiene que gustarte el dolor, tienes que ser de esa gente que se mete la lengua en la carie, que mira la aguja a la que le teme, tienes que sentir que los precipicios te jalan y aún así acariciar la baranda. 

Escribir un libro, así me enseñaron en mis talleres de escritura, es correr un maratón. No puedes echar el resto al principio, tienes que encontrar una cadencia, el ritmo preciso para esforzarte sin quemarte, para avanzar sin desmayar. 

Yo soy pro talleres. Escribir puede ser un ejercicio bien solitario y bien abrumador. Escribir al fin y al cabo es un tipo de adicción. Si hay grupos de ayuda para madres primerizas, para madres lactantes, para recuperarse y rehabilitarse de dependencias de drogas duras y bebidas alcohólicas, por qué no juntarse con gente que sufre por lo mismo que tú. Una vez escuché en un Festival de la Palabra a Rosa Montero decir que escribir era un intento de tocar la soledad de alguien más con la tuya. Los talleres literarios te ayudan a no sentirte solo en el intento. Tocas base con gente tan obsesiva como tú, aprendes a distinguir la crítica constructiva de la destructiva. Identificas la gente que te lee con cariño, que genuinamente quiere mejorarte de la que te quiere recortar las puntitas de las alas para que te parezcas a ellos o para que sencillamente no los sobrepases. Con el tiempo he logrado entender que no es que la gente sea mala, ni envidiosa, al menos no así, no al vacío, sencillamente existen capacidades de amor. No todo el mundo es capaz de alegrarse de tu alegría, si tu júbilo sobrepasa el propio. También, necesitas gente que te lea que no sea tu sangre, que no sea tu madre, que no esté enamorado de ti, que preferiblemente haya leído más que tú. 

Algunos indisciplinados como yo, necesitamos que nos escriban, que nos hostiguen, que nos pongan fechas límites y que nos digan que estamos comiendo mierda esperando que un libro se escriba sin el esencial paso de sentarnos y ponernos a escribir. Y si es doloroso escribirlo, la tortura real es editarlo, mutilarlo, borrar partes que te encantan y dejar cosas que no te convencen. El año que sometí mi novela al certamen del Instituto de Cultura, el escritor que me ganó dijo: esta novela la escribí en tres meses (yo quería pararme e irme pa’l carajo en ese instante), luego dijo: y me tomó casi diez años editarla, ahí quise pararme, abrazarlo y decirle que se merecía ganarme de verdad. Someter un manuscrito a certámenes literarios conlleva tiempo, dinero, paciencia y un ejercicio de fe digno de los años treinta. Uno se mete a una página de escritores y busca los concursos que permitan gente de todas las nacionalidades, luego mira que no se requiera viajar a buscar el premio, porque si son mil euros y tienes que buscarlo a Barcelona pues, casi hay que hacer un préstamo para buscar la estatuilla. Luego, los certámenes requieren enviar manuscritos impresos, sí en el siglo veintiuno hay que imprimir de tres a cinco manuscritos, a veces encuadernarlos e ir al correo, explicarle al personal que esa es la dirección correcta aunque no encaje en los encasillados de las direcciones estadounidenses y pagar sesenta, cien, doscientos dólares para enviar copias de tu bebé a: México, Argentina, España, con la extraña sensación de estar enviando una botella bien pesada a través de la orilla del mar. 

Yo me auto publiqué en formato digital, como parte de un concurso para ganarme una publicación. No tenía ni tengo fondos para agenciarme una publicación en papel de mi bolsillo. Académicamente no soy nadie, no soy una profesora de literatura ni tengo una tesis en nada que respalde mi intento. Para ser 100% francos, cuando logré publicarla en digital, ni yo me creía que más de mil personas de distintos países hubiesen comprado mi novela en Kindle. No había releído mi novela en tres años y como parte de mi ataque de pánico dudaba profundamente hasta de su calidad original. Luego tuve otras ansiedades peores, mucho más específicas, gente que podía ofenderse, personajes que se parecían demasiado a personas de carne y hueso, la línea esa fina de lo vivido, de lo que hubiese querido que pasara, de lo que es demasiado literario para ser real y de lo que es demasiado real para ser literario y por último pero no menos intenso, la sensación de que todos pensaran que todo era tan pornográficamente autobiográfico como el blog al que los acostumbré a leerme por tantos años.  

Cuando estaba en la universidad, un amigo era fanático de un escritor, dicho escritor nos visitó, y mi amigo, un chamaco brillante y súper introvertido, reunió el valor o la locura de preguntarle a su ídolo literario qué consejo le daría a un escritor de 20 años. Sin pensarlo dos veces, le dijo que no escribiera, que viviera, que a los veinte años uno no tenía nada que escribir, que se pusiera a vivir. Recuerdo casi escuchar no solo su corazón, sino su idolatría astillarse en mil pedazos. Yo leo mi novela, y me impresiona haber podido escribirla a mis veintitantos. También reconozco que, aunque quizás ahora pueda ser más metódica, más profunda, más estructuralmente maquiavélica al escribir, a mis 33 años no sería capaz de escribir esa novela. No sería capaz porque ahora tengo demasiado que perder, porque sé más que en ese entonces y a veces la madurez limita y edita de más. Mi novela es cruda, dolorosa, gráfica, pornográfica, valiente y sobre todas las cosas, bien honesta. Ojalá pueda sembrar un árbol, con esa promesa y arrojo de no tener nada que perder, rociarlo con lo que me queda de inocencia y por qué no, tener un hijo, al menos con la mitad de la honestidad con la que escribo. 

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#ForeverFanEnamorada

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A mis nueve o diez años me enamoré por segunda vez de un hombre mayor. Estuve enamorada a lo adivino de un vecino que vivía frente a mi casa, que se llamaba igual que mi hermano, mi padre y mi abuelo. En mi mente me llevaba 20 años, en la realidad me llevaba menos de diez, pero las diferencias de edad son bien relativas, dependiendo del momento de la vida en la que uno se encuentre. El segundo hombre del que me enamoré perdidamente fue Enrique Martin Morales, Kiki, mejor conocido como Ricky Martin. Cuando estaba en sexto grado, un 18 de noviembre, a una semana de mi cumpleaños, vino en concierto al Centro de Bellas Artes, mis papás me compraron taquillas en la silla 17 de la primera fila. En absolutamente todas las fotos yo estoy sentada en el mismo borde de la silla con el cuello estirado hacia arriba en total éxtasis. Tenía una falda floreada y una camisa turtle neck blanca cortita. En esa sala, hay una fosa, normalmente se sientan personas a quienes les regalan las taquillas, medios, familiares de producción, artistas, etc. Los boletos que sí salen a la venta no son numerados y son los más caros del salón. Justo después de la fosa hay un murito que divide y empiezan el resto de las filas de los mortales. Mi papá tenía amigos en Bellas Artes que le choteaban si en el concierto habría o no una pasarela que cortara la fosa por la mitad y aterrizara justo en frente de la primera fila, de la silla diecisiete para ser exactos. Así que, por dos horas, a mis diez años yo estuve literalmente a los pies de Ricky Martin en su concierto a Medio Vivir, teniendo que recordarme cada cierto tiempo que debía respirar. Al final, mis papás me tenían una sorpresa, me iban a llevar al camerino. Me encantaría narrar los detalles de ese primer encuentro, pero honestamente si no fuese porque hay una foto, donde aparezco chiquita, chinita, con los dientes alambrados y la felicidad desbordándoseme por los ojos, pensaría que todo es un cuento, porque me fui en blanco, no recuerdo nada. Mi madre cuenta que salí pálida, muda, que me hacían preguntas y no reaccionaba, que luego fuimos a comer y casi al final de la comida, suspiré y empecé a hablar, a decir que era hermoso, que era altísimo, que olía a talco de bebé, que me puso la mano en la cintura a pulgada y media de mi ombligo (tenía una cintura mínima en ese entonces) que era lo más increíble que me había pasado y que era la nena más feliz del mundo.

 

Cada vez que pasaba por una fuente (porque siempre he sido supersticiosa hasta la médula) y lanzaba una moneda, pedía que se me repitiera la suerte. Que pudiese tenerlo de nuevo de frente, pero sin la mudez, sin esa súbita timidez que me petrificaba como estatua de fuente. Mi abuela también supersticiosa, tenía muy claro que las monedas de las fuentes caían en los bolsillos de las personas encargadas del mantenimiento. ¿Por qué la gente tira las monedas en las fuentes entonces? No la moneda número 10 o número 100, sino, esas primeras, ¿qué motiva a las personas a tirarlas allí? Aparentemente antes, en muchos lugares de escasez de agua, cualquier oasis de agua que saliera de la tierra se convertía en un regalo de los dioses. Entonces se construía la fuente alrededor del pozo o el manantial, se le ponía una estatua de un dios y la gente les pone regalos a las estatuas de los dioses como ofrendas de agradecimiento. Habrá un blanco en la secuencia de la historia, pero terminamos con fuentes hasta dentro de centros comerciales repletas de monedas que contienen quizás uno que otro deseo. 

 

Años después, mi madre me sacó de mi colegio en escuela superior para verlo en un especial que harían de él en mi escuela elemental, donde él también estudió (en mi mente adolescente esto era una señal más de que estábamos hechos el uno para el otro). Una amiga y yo nos escondimos en el segundo piso de la iglesia, donde antes cantaban los coros. Escuchábamos los gritos y el eco dentro del templo. Temblaban las paredes por la vibración. Y de pronto el silencio y dos o tres voces, cinco o seis pares de pasos. Ricky, Barbara Walters, un manager y dos camarógrafos. Y nosotras escondidas, sin tener que contener la respiración porque literalmente no podíamos casi respirar de la emoción.

 

Después de ahí tengo un blanco otra vez. Me cuentan que bajamos las escaleras corriendo, que ellos acababan de salir de la iglesia, que me le paré al frente a Ricky, que le estiré los brazos pidiendo abrazo y que me abrazó, muy muy fuerte. Luego de ahí, estuve lagrimeando todo el camino hasta a mi otra escuela, de esa segunda oportunidad no tengo evidencias ni recuerdos.

 

A mis 21, mayor de edad y casada lo vi por tercera y última vez, me pasé un blower y me amanecí en el cine. Era un viewing del disco Blanco y Negro y al final una firma de autógrafos. Fui con mi madre, a ella le tocaba agarrar la cámara y tomar las fotos, pero como me vuelvo agua como Amélie las veces que he visto al objeto de mi fascinación, ella terminó dándole la foto mía con él de hacía más de una década, enseñándole cuál era yo, y sí, recuerdo que había una mesa entre nosotros, que él extendió las manos, que me agarró la cara y me dijo, ¿esa eres tú? ¡qué bella eres! Y yo muda, en palabras de mi madre, idiota, sin decir nada, sin ni tan siquiera sonreír. 
De todos modos, eso me proveyó años de una autoestima inquebrantable.

Fui fanática también de un boy band, pero esos ya eran otros 20 pesos. Me encantaban los nenes, los seguía a todas partes, a veces en un mismo día íbamos a un programa de tv, a una firma de autógrafos en un centro comercial y en la noche a una fiesta patronal. Planificaba outfits, les chuleaba, me tomaba fotos, peleaba con mi novio porque cuando “los nenes” estaban en Puerto Rico, mi mundo se detenía, era de ellos. Una vez fui a dos conciertos el mismo día. Eran en Bellas Artes, en la fila A, en la silla 17, con pasarela de por medio. Analicé el concierto completo, la seguridad, las escaleras, el ritmo de las canciones, cuándo había bailarinas y cuando no y le dije a mi mejor amiga que en el segundo concierto me subiría a la tarima en Quince Años. Y así lo hice. Puse las nalguitas encima del mismo borde en el que suspiraba años antes por Ricky, me trepé sin ninguna preocupación de que me vieran la ropa interior, total, si la sala estaba llena de adolescentes gritando. Caminé por el mismo medio y fui con toda la calma, uno a uno a darle un beso y un abrazo y al final, por el mismo medio de la pasarela, me puse de cuclillas y aterricé en mi silla. Uno de los de seguridad vino a donde mí y me dijo que no me podía volver a trepar. Me sonreí y le dije que por mí estuviese tranquilo, porque ya yo había logrado lo que quería lograr.

 

Con el tiempo, mis amores y mis afecciones se han mudado de los pantalones de cuero, los pelos largos y las coreografías a las letras, a los letristas, a gente que escribe tan espectacularmente bien, que me da hasta envidia que no se me haya ocurrido a mí. La primera vez que Drexler vino a Puerto Rico, mi entonces novio no sabía quién era y le dije: cuando él canta a mí me dan ganas de besarme con alguien, así que créeme que debes ir, y así fue. Salió encantado, me decía que era como si Sabina y Cerati hubiesen tenido un hijo. Confieso que me conmovió su interpretación. En ese entonces vivíamos en Miramar y nos pasábamos janguiando en un sitio llamado La Hoja, cerquita de casa. Al salir del teatro de la IUPI, mi entonces concubino me dijo que fuéramos a La Hoja y dije que no. Obviamente al otro día, todas las fotos eran de Jorge Drexler dándose palos con desconocidos a 4 minutos de mi casa, en donde las últimas dos noches yo había estado. Nunca me lo perdoné. 

 

La última vez que Drexler vino, me lo perdí porque decidió venir el día del cumpleaños de mi entonces futuro marido y mi madre, que usualmente apoya mis locuras de fan enamorada, me llamó a capítulo y me dijo que me pusiera en su lugar, que esta la iba a tener que dejar pasar, y así lo hice. 

 

En febrero salieron a la venta las taquillas del concierto de Jorge Drexler, sería en septiembre, sí, este septiembre en Bellas Artes. Yo intenté comprar la silla 17 de la fila A tan pronto lo supe, sin embargo, el sistema online me seguía dando la silla 1, la 2, la 3. Abría browsers distintos, usaba mi celular, y nunca lograba pasar de la silla 6. Llamé a Bellas Artes, estaba cerrado, llamé al centro de boletos y me seguían contestando máquinas. Cuando por fin logré conseguir a un ser humano, el chico estaba convencido de que las taquillas salían a la venta al otro día. Y yo informándole que no, que estaban a la venta, pero que yo quería escoger mis taquillas, la 16 y la 17 o la 17 y la 18. Cuento largo corto, compré las taquillas, pagué todos los cargos por servicios habidos y por haber y el chico por teléfono me dijo que estuviese tranquila, porque las primeras dos taquillas, las había comprado yo. Lo celebré como un gran triunfo personal. 

 

Intenté como siempre, conseguir un vestidito violeta que cupiera todo en una nuez, por aquello de que, si cantaba “Don de fluir”, sentir que era para mí, sigo siendo la nena que suspira en el borde de la silla, después de todo, hay que darle el crédito, la chamaca nos ha salido BIEN resiliente. Al final del día, no lo conseguí, me cambié mil veces, peleé con mi marido porque no encontraba las taquillas, nos fuimos en Uber, paramos en un cumpleaños, nos dimos unos palos, nos reconciliamos, llegamos a Bellas Artes y nos sentamos en la fila A, sillas 16 y 17. Para mi tristeza, no había pasarela. Lloré en muchas canciones, porque sigo llorando más en conciertos que en funerales y la perfección de algunas de sus canciones me dificulta el respirar.

 

Cantó “Me haces bien”, la canción que le canto a mi no tan nuevo cónyuge porque la realidad es que ha sido (fuera de mis amores platónicos) de los muy pocos amores que me han hecho muy bien. Le pregunté a mi marido si se sabía el password de mi celular. Él me dijo que sí, que por qué. Se puso todo oscuro, y empezaron los acordes “Bailar en la Cueva”. Invitó a la gente a bailar, a seguir el ritmo con las manos. La idea es eternamente nueva, cae la noche y nos seguimos juntando a.. Bailar en la Cueva…  Entonces apareció una chica en la tarima, vestida de amarillo, tenía algo en las manos, se le paró al lado y le bailaba, él le sonreía y le bailaba también. R en el ritmo como una nube va en el viento, no ESPERAR EN, sino SER, el movimiento, cerrar el juicio, cerrar los ojos…Ella se movía de lado a lado, bajando y subiendo, bajando… Oír el CLAC con el que se rompen los cerrojos, y ella se caía, se cayó al piso, la gente gritó, él le extendió la mano, la gente volvió a gritar, él la haló hacia sí, ¿me guías o yo te guío? ella dejó caer algo al piso, se le acercó y le dijo algo al oído, él le bailaba, le daba vueltas, vueltas de salsa, Mi cuerpo al tuyo y el tuyo al mío…vueltas por la espalda de ella y también por la espalda de él… Los dos bebiendo de un mismo aire, el pulso latiendo y el muslo aprendiendo a leer en Braille, le dio otro abrazo, le dijo por dónde podía bajarse de la tarima y el último abrazo otra vez. 

Bailar
Como creencia, como herencia, como juego.
Las sombras en el muro de la cueva
Girando alrededor del fuego.

La música…

 

Si no fuese porque mi marido tiene un minuto y cuarenta y ocho segundos de grabación y porque la gente me estuvo parando hasta la medianoche a preguntarme si había sido yo, que qué le había dejado en la tarima, que si aquello era un libro, que cómo me habían escogido, que cómo me había trepado, ni yo misma me lo creería. No me fui en blanco, lo recuerdo todo, lo veo en cámara lenta, pero en una cámara ajena, como si fuese testigo a lo lejos de mi propia locura, de esta versión lanzada de mí misma que me hace requeteconfirmar que le he terminado de perder por completo el miedo al ridículo, al que dirán, a lo que podría pasar. Que mi torpeza me acompañará hasta el final de mis días como buena protagonista de chick flick, que siempre se enredan en sus propias dudas y en sus propios pies. Que habrán muy pocas personas que se habrán caído de culo en la sala Antonio Paoli ante los gritos de 1,875 personas. Sin embargo, también muy pocas personas habrán abrazado a uno de sus ídolos, muchas menos bailado en una tarima con un genio musical. 

 

Ya no soy la nena que se queda en blanco, que se le escapan los momentos mágicos de las manos y de la memoria. Sigo enamorada de la vida a lo adivino, pero ya no le dejo en sus manos las cosas que quiero agarrar. Hay gente que lanza monedas a las fuentes y piden deseos, hay gente que le deja su primera novela en la tarima a Drexler y le dice al oído, no la vayas a dejar tirada, esa es mi novela, la escribí yo. 

 

Bailar, bailar, bailar, bailar
Bailar, bailar, bailar, bailar

 

 

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Y si no me acuerdo no pasó.

Y si no me acuerdo no pasó.

En estos días, un amigo que conozco hace más de una década, urgía a que apagaran las notificaciones de los Memories de Facebook, incluso incluía un tutorial con imágenes de cómo hacerlo. Presumí que tenía que ver con que está atravesando un proceso de divorcio y recuerdo vívidamente cómo los recuerdos y las preguntas hincan como agujas frías en el centro de donde a uno le duele. Tuve el impulso de decirle que apagar las notificaciones no borraba lo vivido.

Con las piernas abiertas

Debo llevar 16 años visitando el ginecólogo. Antes de que saquen calculadoras y hagan adivinanzas sobre mi precocidad, de chamaquita sufría de quistes. Así que desde muy temprana edad he mantenido una extraña relación con mi sistema reproductivo. Le he tenido: miedo católico, curiosidad adolescente, respeto post púber, desconfianza juvenil, agradecimiento adulto y un reciente resentimiento. Dicen que uno solo se enamora tres veces en la vida, a mí no sé si me dan las cuentas. Pero, sin embargo, solo me han tratado tres ginecólogos. El primero, heredado de mi madre, las mismas manos que me sacaron (aunque con fórceps) de las entrañas de mami, fueron las mimas manos en regalarme mi primer Papanicolaou. Así que nos unía un raro vínculo de metal y entrepierna. Ese señor también fue el doctor de otras mujeres de mi familia, mis tías y hasta mi abuela, que cuando ya había perdido la memoria, todavía quedaba el riesgo de que algo se le reventara en aquel útero jubilado y solitario. Recuerdo escuchar los gritos de mi abuela desde la sala de espera. Le decía que ella no era gallina para que la estuviesen trasteando y que a quién se le ocurría ser doctor “deso” teniendo unas manos tan grandes y unos dedos tan gordos.  

 

El segundo fue casi un “one night stand”, no tenía plan médico, fui a Pro Familia y me mandaron a un CDT, me hicieron el pap en una camilla dentro de una sala donde había más pacientes, y solamente nos dividía una frágil cortina que parecía de baño. Era un viejito y solo me acuerdo de que me preguntaba que si ya yo era “mujer” y yo honestamente creía que me estaba preguntando por mi menstruación a mis veintipico. ¿Será que del segundo una nunca se acuerda mucho? Luego regresé a mi primero, reincidente al fin. Pasamos años cruciales, me encontró células precancerosas, me dibujó una escalerita, al final tenía una florecita que simbolizaba la muerte, estaba a dos escalones de la palabra cáncer y yo estaba justo en el escalón anterior. Pre-cáncer. Uno pensaría que antes del cáncer está la salud, pero no, hay un limbo, un cuido, un maternal antes de la escuela, una salita donde no se aprende demasiado, pero no se parece a la casa de uno y uno sencillamente tiene la opción de esperar. Eso me dijo, esperamos seis meses, volvemos a chequear. Quizás no es nada. Como las probabilidades no suelen estar a mi favor le dije que no, que la espera no es para mí, que no iba a vivir seis meses muriéndome del miedo. Me dijo que yo era joven, que no tenía hijos. Le dije que si me moría no podía tener hijos. O bregaba él o me buscaba otro. Él, muy bien portado, me quemó el área con hielo. Ajá me congelaron las células anormales. Matar células, para salvar células. Fue básicamente otro hermoso Papanicolaou, con la única diferencia de que en vez de pellizcarme el cuello del útero me lo congelaron. Supuestamente fueron minutos, yo juro que estuve una hora acostada sintiendo que estaba conectada a un tanque de helio por mi mismo vértice y que en cualquier momento podía salir flotando o peor aún que si se olvidaban de mí y me dejaban ahí y me movía, podía romperme yo misma por dentro sin posibilidad de remiendo. Fue incómodo, por supuesto. Luego estuve días derritiéndome sin remedio. 

 

El tercero es el actual. Es el hermano del primero. Lo sé, suena a una decisión de una persona de moral distraída. Sin embargo, este tiene bigote y es un charlatán. Debe ser mayor que el primero, pero me hace chistes y tiene una actitud más relajada hacia el sexo y el cuerpo en general. Se me hace más fácil hacerle preguntas. Es feminista y me contesta mis dudas diciéndome: si yo fuese mujer usaría tal método o me pondría tal cosa. La verdad es que ya al otro lo asociaba con escaleritas de cáncer, hielo en el útero y embarazos sin despegue.

 

Esta semana, como todos los años, me tocaba mi cita para Papanicolaou, dicen que el nombre es por un médico griego, a mí me parece una estrategia publicitaria para que suene a una mezcla de Papa Noel y San Nicolás. Lo único que tienen en común es la cosa de que es una vez al año. Pero las mujeres no esperamos la prueba con ningún tipo de ilusión. Llego al hospital, que tiene un estacionamiento multipisos donde solo en el quinto se pueden estacionar los pacientes y los visitantes. Todas la veces que voy, me monto al ascensor y juro y perjuro que es en el tercer piso. Cuando me bajo en el tercer piso, veo que no es ahí, que me equivoqué de nuevo, me vuelvo a montar en el ascensor con el mismo amor, bajo al piso principal para mirar la tabla con los nombres de los médicos y maldecir mi memoria porque es en el cuarto piso y solo hubiese tenido que bajar un piso. La secretaria está por retirarse, en algún momento fue compañera de trabajo de mi abuela, porque mi abuela no solo es prima de mi doctor (y el hermano), sino que fue su secretaria por largos años. En teoría yo tengo algún tipo de trato especial. Sin embargo, luego de saludarme y regañarme porque nunca guardo la tarjeta con el número de mi archivo médico y entonces ella tiene que ponerse a buscar, me pregunta por mi abuela y en el tono más casual del mundo, me dice: ah pero si tú te tenías que hacerte la prueba otra vez. Para récord, yo me hice la prueba en mayo del año pasado, así que estoy tres meses tarde. Pues nada, que me la tenía que repetir, a los seis meses. Obviamente fue culpa del huracán. No había comunicación, me dice. Yo hice yoga a las seis de la madrugada, hacía menos de treinta minutos yo estaba en Namasté. Saco cálculos, pienso que esas pruebas tardan dos semanas, como tarde, los resultados le llegaron en junio. El huracán fue en septiembre. Tenía que hacerme la repetición en septiembre, pero ellos tenían que notificarlo en junio. Yo hubiese estado tan cagada como me estoy sintiendo en este preciso momento, así que tan pronto hubiese luz en el hospital me lo hubiese hecho, digamos en octubre, hace diez meses, como dice mi no tan nuevo cónyuge, nueve meses son un embarazo, una vida. Lo mío nunca ha sido esperar. Así que orino como tres veces en la hora que estoy en la sala de espera. Porque siempre pienso que me voy a mear encima estando en la camilla, en parte por el frío, en parte por la incomodidad, en parte por el miedo. 

 

El otro día un compañero de trabajo fue al urólogo por primera vez. Ni siquiera fue para hacerse la prueba de la próstata. Fue para una consulta porque lleva años intentando tener bebés con su esposa y no lo han logrado. Estaba genuinamente afectado. Me decía que yo no entendía. Yo le pregunté si le habían dado una bata de papel, de las abiertas al frente, de las que no te tapan tres carajos y suenan cuando tiemblas encima de la camilla. Me dijo que ni eso, que había llegado allí, el doctor le había dicho que se bajara los pantalones y ahí mismo le “trasteó” sus partes sin aviso, con las manos frías, como si fuera un apretón de manos. No quise ser condescendiente. Experimentó esto por primera vez casi a sus cuarenta años. A veces es más difícil bregar con las experiencias traumáticas mientras más adulto se es. 

 

Tengo amigas que van a mi mismo médico que abiertamente me han dicho que no han hecho la cita anual porque han engordado y saben que el médico las va a regañar. Porque esa es la cosa, a pesar de que el asunto es para unos temas todo un tabú, para otros es tan normal, que uno en vez de preocuparse por los resultados, porque la salud es fácil darla por sentado cuando se tiene, una piensa en depilarse, bajar de peso y hacerse una pedicura antes de ir a hacerse el pap. Mi marido no entendía cuando dije carajete no me pinté las uñas de los pies. Me preguntaba si iba a ir al ginecólogo o al podiatra. Le sonreí con ternurita, claramente nunca ha tenido la experiencia religiosa de que te digan: “bájate más, bájate más, mientras te deslizas al borde de una burra y te ponen una lámpara y una lupa gigante para examinarte lo que te enseñan toda la vida que tienes que taparte. En mi caso, me hacen preguntas sobre mi familia, mientras me hacen una mamografía manual y me hacen cuentos de mi abuela mientras con las manos me exploran los ovarios y la matriz. 

 

Una amiga hace años me contaba que en una de estas múltiples conversaciones que tenemos sobre por qué no calientan el espéculo o por qué no usan lubricante para el tanteo, una amiga le preguntó con la naturalidad del mundo que si su médico no la “ayudaba”. Ante la cara de espanto y confusión de mi amiga, la chica le explicaba que su doctor la estimulaba, para que no molestara tanto… Este individuo todavía tiene una práctica y probablemente sigue “ayudando” a pacientes que piensan que es una parte estándar de un examen ginecológico básico. Disclaimer: si su médico la estimula, entiéndase masajea su clítoris para que las pruebas sean menos incómodas, su doctor es un agresor sexual y debe denunciarlo de inmediato. 

 

Detesto pensar que todo es más difícil para nosotras, pero lo es. Se supone que nos hagamos un pap anualmente desde los 21 años. El mero hecho de estar activas sexualmente nos expone al virus de papiloma humano, que aunque la mayor parte de la gente lo padece en algún momento de su vida sexual activa, en nosotras puede terminar desencadenando en cáncer del cuello uterino, cosa que claramente no padecen los hombres porque no tienen matriz (la vacuna no protege de todas las cepas y se puede contagiar aún usando condón). Tengo 33 años, llevo 16 pruebas sin contar las que me han tenido que repetir por algún resultado que no haya sido claro. Esto puede ser porque se contaminó la prueba al realizarla, por razones hormonales o por alguna cicatriz o raspazo interno que muy bien puede haber sido ocasionado por algo placentero. Sin embargo, a pesar de llevar más de una docena de exámenes, a mis 33 me aterra aún más. Quizás porque no suelo mencionarlo, pero mi tía se murió de cáncer a mi edad y desde el pasado 25 de noviembre todo tiempo se siente robado. Hasta el año pasado yo aguantaba casi la respiración mientras me examinaban, como llevo un año practicando yoga ahora hago la respiración ujjayi y sobrevivo de cinco en cinco respiraciones sonoras. Como ya soy una mujer “madura” buscando bebés, a la prueba le suman un sonograma transvaginal, sí, como suena, te chequean la pelvis por dentro, usando un aparatito mucho más grande que un tampón o que el espéculo mismo, un submarino que navega para tomarle fotitos a tus ovarios maduros y a tu útero vacío. 

Mientras tanto inhalo y exhalo a través de la nariz haciendo ruido con la parte de atrás de la garganta, sí como Darth Vader. Mientras tanto, les suplico que se chequeen, molesta con cojones es cierto, es injusto y es una mierda, pero chequéense, que no hace falta dejar que otro motivo caprichoso nos siga exterminando. 

 

Demás está decir que en dos semanas llamaré a hostigar a la recepcionista, a la enfermera y a mi médico hasta a su propio celular. En el fondo, sigo siendo un número de archivo que da trabajo buscar. 

 

 

¿Quién me manda a ser mujer?

¿Quién me manda a ser mujer?

Recuerdo el momento exacto en que cambió la mirada. Era finales del verano del 1997 y yo tendría doce años. Estudiaba en un colegio católico que terminaba en octavo grado, así que ese sería mi último año en esa escuela. Poco antes de comenzar las clases, nos reunimos en el auditorio para hablar de planes de: directiva, buscar fondos y el tan añorado prom. Por fin éramos “grandes”. Me puse una camisilla blanca y un pareo en tonos de verdes y azules profundos. Me lo habían comprado en República Dominicana, era básicamente un paño que uno podía amarrarse de diecisiete maneras distintas para cubrirse el cuerpo como: traje, falda, camisa, batola, etc. Yo me envolví las caderas con la pañoleta, intercambié las dos puntas a las manos contrarias, las torsí justo debajo del ombligo y me hice un nudito justo encima del cóccix. No se me veía nada.

Nacimos para ser felices.

El otro día una amiga embarazada (tengo 5 amigas embarazadas al momento) me envió por accidente (todas dicen que tienen “pregnancy brain” y que es algo que las hace ser tan despistadas como yo llevo siendo 33 años pero científicamente justificado por hormonas del embarazo) un artículo, destinado al padre del bebé, que hablaba de cómo las familias debían tener una especie de lema, lo que le llaman un “motto” que se convertiría como en la porra del núcleo familiar cuando tuviesen algo que celebrar o cuando de lo contrario necesitasen un ánimo o un empujón emocional como tribu. Automáticamente, antes de que le diera tiempo a decirme que el enlace no era para mí, le dije: el de mi familia es “nacimos para ser felices” y estoy traumatizada de por vida gracias a eso. Ella consideró el lema hermoso y le pareció comiquísimo que yo pudiese encontrarle fallas a una consigna tan perfectamente redonda.      Realmente es bien sencillo de explicar. Crecí con la expectativa de la felicidad como un dado. Nunca vi la felicidad como algo intermitente o algo que se luchaba para conseguir. Encima de eso la felicidad en mi casa no era una idea utópica o un destino al que algún día llegaríamos. Éramos felices. Así y punto. Recuerdo las veces que me cambié de escuela, cuando al principio (los primeros días, semanas y en algunos casos años) sentía que no pertenecía, que no tenía amigos, que prefería quedarme en un pasillo porque no tenía con quién sentarme a almorzar… nunca me provocó tristeza. Literalmente pensaba que esto era una hora de almuerzo y que luego yo iba a casa de mi abuela y luego a mi casa y luego el fin de semana, así que matemáticamente en mi mente, las horas útiles las pasaba siendo feliz. Las veces que alguien no quiso jugar conmigo o me dijo algún insulto bobo o alguna burla cruel, en mi mentecita de ocho, diez, doce, quince años le tenía pena, porque de seguro en su casa no lo querían tanto como a mí. A mí la condescendencia me llegó antes de la pubertad. Mis papás me enviaban globos, flores y regalos a la escuela: en mis cumpleaños, en San Valentín, en el día de la mujer, en el día del estudiante. Mi mamá me escribía notitas en la lonchera, un ponquecito, unas uvas, un paquetito de Nutella y una notita que decía mamá te ama, absolutamente todas las veces.    Quizás por eso le hice la vida imposible a mi pobre primer novio, queriendo celebrar “mesiversarios”, exigiendo flores y detalles, que el niño ni entendía ni mucho menos tenía la capacidad de dar. Crecí con grandes gestos de amor y pequeños detalles cotidianos que me parecían estándares necesarios para cualquier tipo de relación. Ayer fue el aniversario de mis papás. En estos días hago yoga de seis a siete de la mañana, de ahí estaba yendo al parque lineal de Bayamón a correr, pero con el calor de este verano post mariano siento que me derrito en la pista, así que corro en la trotadora de mi madre, me baño y me como la carretera para llegar a mi trabajo a las nueve. Cuando fui a calentar la leche en el microondas (cabe destacar que mis padres no beben café pero me tienen una greca para yo colar el mío) se me cayó encima un sobre. “Para: Mary, feliz aniversario #37.” Y me eché a llorar. Estos tipos llevan 37 años casados, casi 4 años más que lo que llevo de vida, llevan 45 desde que se hicieron novios, y antes de eso fueron amigos 2 años. Y aún así mi papá fue a una farmacia a comprar una postal, esperó a que mi madre se durmiera y pilló la tarjeta en la puerta del microondas, para que se le cayera encima una nota de amor al despertarse, porque sabe que ella se hace un chocolate caliente todas las mañanas.      Entonces es fácil entender el daño. Lo jodida que se sintió la adultez y la sensación de engaño y decepción cuando la felicidad y el amor sencillamente no fluían como yo fervientemente crecí creyendo, no ciegamente, sino con evidencia palpable y documentable. Mi madre se casó con el único novio que tuvo en su vida y aunque ni por un segundo hubiese querido que esa fuese mi suerte, ahora que lo miro por el retrovisor, qué bonito y posible me sonaba mientras crecía. Qué duro me azotó ese primer rompimiento, porque no tenía que ver con el chico, ni conmigo, tenía que ver con mi expectativa, con mi cuento de hadas que era el amor de mis papás. Mi primer noviazgo duró años y cuando terminó se me rompió la fórmula. Así que ni hablemos de la fractura que fue un divorcio en mi sistema de fe.      Mis padres no tienen una relación perfecta, no puedo contar las veces que he escuchado la misma pelea porque papi le echa especias a lo que mami está cocinando, o ciertas puyas que se repiten poética y cíclicamente. No siempre han tomado las mejores decisiones. Han sufrido grandes pérdidas, se han fallado y probablemente se han dicho cosas hirientes (aunque nunca delante de nosotros, pero lo supongo). Estoy segura de que se arrepentirán de algunas cosas y que hubiesen deseado hacer o deshacer otras. Sin embargo, siempre están juntos. Pero lo bonito no es esa inseparabilidad, lo lindo son las ganas, la voluntad, el continuo escogerse, el constante preferirse como la mejor compañía posible. Los he visto, observado y estudiado por suficiente tiempo como para notar los cambios. Cómo la relación envejece con ellos pero a su manera. El último mal rato que pasamos como familia, escuché a mi mamá decirme entre lágrimas, una más de estas y me lo va a matar, Edmaris, un mal rato de estos me va matar a tu papá. Y sentí el corazón acuchillado, la rabia de querer cortar de raíz cualquier cosa que amenazara esa felicidad prometida, ese amor que solo está completo si estamos todos y entendí que así es como en el tiempo el amor se sublima. De nuevo son solo ellos. Después de todos estos años, eso es lo que tienen, se tienen.      El “nacimos para ser felices” me descojonó, por supuesto. Cada momento de infelicidad me lo cogí bien personal. Cada día que me bebí las lágrimas, lo anoté como una deuda, lo asumí como pagaré, otra promesa de pago que la vida me tenía pendiente, porque no solo nací para ser feliz, hice todo lo posible para seguir las reglas, para andar por la orilla, para no llevarme gente enredada en el proceso. Pero en derecho aprendí lo que es una manifestación unilateral de voluntad y la realidad es que la vida no me prometió ni me ofreció y por lo tanto no me debe ni me debió nunca nada. Así que asumí la contienda como propia. Y aunque mis creencias y yo nos hemos pasado la última década entre bailar afincadas y pelearnos como perros y gatos, nada me borra que nací para ser feliz, y por eso no duro triste mucho, por eso no me aguanto obligaciones ni soledades, por eso he logrado salir a tiempo, de noviazgos, de trabajos, de matrimonios, de amistades. Porque bastante se fajaron esos dos seres, para que yo entendiera el amor como notitas en la lonchera, como galletitas favoritas, como agarradas de nalga en público, como ese cúmulo de felicidades chiquitas que se acumulan para cuando la vida no se siente generosa.      En esta vida que me he construido, mi lema personal es: “lo que pudo ser no existe”, lo tengo tatuado en el brazo izquierdo (el mismo que un vidente vaticinó que perdería en el futuro), así que no quiero ni imaginarme quién sería si mi familia no hubiese escogido una premisa tan optimista. Al sol de hoy, olvido absolutamente todos mis no tan nuevos aniversarios, pero no hay una mañana que no le escriba a mi marido (en un post it, en una servilleta, en un pedazo de bolsa, en un sobre de una factura, en cualquier superficie que se permita mutilar con tinta) un mensaje para que sepa que sigue haciéndome feliz, que ojalá el universo nos dé niños a quienes traumatizar con nuestros excesos, para tatuarles en el subconsciente expectativas descabelladas de felicidades en dosis cotidianas y dejarlos que crezcan creyendo en ilusiones gigantes, algunas puras verdades, otras mentiras, pero de las requete lindas.       

El otro día una amiga embarazada (tengo 5 amigas embarazadas al momento) me envió por accidente (todas dicen que tienen “pregnancy brain” y que es algo que las hace ser tan despistadas como yo llevo siendo 33 años pero científicamente justificado por hormonas del embarazo) un artículo, destinado al padre del bebé, que hablaba de cómo las familias debían tener una especie de lema, lo que le llaman un “motto” que se convertiría como en la porra del núcleo familiar cuando tuviesen algo que celebrar o cuando de lo contrario necesitasen un ánimo o un empujón emocional como tribu. Automáticamente, antes de que le diera tiempo a decirme que el enlace no era para mí, le dije: el de mi familia es “nacimos para ser felices” y estoy traumatizada de por vida gracias a eso. Ella consideró el lema hermoso y le pareció comiquísimo que yo pudiese encontrarle fallas a una consigna tan perfectamente redonda. 

 

Realmente es bien sencillo de explicar. Crecí con la expectativa de la felicidad como un dado. Nunca vi la felicidad como algo intermitente o algo que se luchaba para conseguir. Encima de eso la felicidad en mi casa no era una idea utópica o un destino al que algún día llegaríamos. Éramos felices. Así y punto. Recuerdo las veces que me cambié de escuela, cuando al principio (los primeros días, semanas y en algunos casos años) sentía que no pertenecía, que no tenía amigos, que prefería quedarme en un pasillo porque no tenía con quién sentarme a almorzar… nunca me provocó tristeza. Literalmente pensaba que esto era una hora de almuerzo y que luego yo iba a casa de mi abuela y luego a mi casa y luego el fin de semana, así que matemáticamente en mi mente, las horas útiles las pasaba siendo feliz. Las veces que alguien no quiso jugar conmigo o me dijo algún insulto bobo o alguna burla cruel, en mi mentecita de ocho, diez, doce, quince años le tenía pena, porque de seguro en su casa no lo querían tanto como a mí. A mí la condescendencia me llegó antes de la pubertad. Mis papás me enviaban globos, flores y regalos a la escuela: en mis cumpleaños, en San Valentín, en el día de la mujer, en el día del estudiante. Mi mamá me escribía notitas en la lonchera, un ponquecito, unas uvas, un paquetito de Nutella y una notita que decía mamá te ama, absolutamente todas las veces. 


Quizás por eso le hice la vida imposible a mi pobre primer novio, queriendo celebrar “mesiversarios”, exigiendo flores y detalles, que el niño ni entendía ni mucho menos tenía la capacidad de dar. Crecí con grandes gestos de amor y pequeños detalles cotidianos que me parecían estándares necesarios para cualquier tipo de relación. Ayer fue el aniversario de mis papás. En estos días hago yoga de seis a siete de la mañana, de ahí estaba yendo al parque lineal de Bayamón a correr, pero con el calor de este verano post mariano siento que me derrito en la pista, así que corro en la trotadora de mi madre, me baño y me como la carretera para llegar a mi trabajo a las nueve. Cuando fui a calentar la leche en el microondas (cabe destacar que mis padres no beben café pero me tienen una greca para yo colar el mío) se me cayó encima un sobre. “Para: Mary, feliz aniversario #37.” Y me eché a llorar. Estos tipos llevan 37 años casados, casi 4 años más que lo que llevo de vida, llevan 45 desde que se hicieron novios, y antes de eso fueron amigos 2 años. Y aún así mi papá fue a una farmacia a comprar una postal, esperó a que mi madre se durmiera y pilló la tarjeta en la puerta del microondas, para que se le cayera encima una nota de amor al despertarse, porque sabe que ella se hace un chocolate caliente todas las mañanas. 

 

Entonces es fácil entender el daño. Lo jodida que se sintió la adultez y la sensación de engaño y decepción cuando la felicidad y el amor sencillamente no fluían como yo fervientemente crecí creyendo, no ciegamente, sino con evidencia palpable y documentable. Mi madre se casó con el único novio que tuvo en su vida y aunque ni por un segundo hubiese querido que esa fuese mi suerte, ahora que lo miro por el retrovisor, qué bonito y posible me sonaba mientras crecía. Qué duro me azotó ese primer rompimiento, porque no tenía que ver con el chico, ni conmigo, tenía que ver con mi expectativa, con mi cuento de hadas que era el amor de mis papás. Mi primer noviazgo duró años y cuando terminó se me rompió la fórmula. Así que ni hablemos de la fractura que fue un divorcio en mi sistema de fe. 

 

Mis padres no tienen una relación perfecta, no puedo contar las veces que he escuchado la misma pelea porque papi le echa especias a lo que mami está cocinando, o ciertas puyas que se repiten poética y cíclicamente. No siempre han tomado las mejores decisiones. Han sufrido grandes pérdidas, se han fallado y probablemente se han dicho cosas hirientes (aunque nunca delante de nosotros, pero lo supongo). Estoy segura de que se arrepentirán de algunas cosas y que hubiesen deseado hacer o deshacer otras. Sin embargo, siempre están juntos. Pero lo bonito no es esa inseparabilidad, lo lindo son las ganas, la voluntad, el continuo escogerse, el constante preferirse como la mejor compañía posible. Los he visto, observado y estudiado por suficiente tiempo como para notar los cambios. Cómo la relación envejece con ellos pero a su manera. El último mal rato que pasamos como familia, escuché a mi mamá decirme entre lágrimas, una más de estas y me lo va a matar, Edmaris, un mal rato de estos me va matar a tu papá. Y sentí el corazón acuchillado, la rabia de querer cortar de raíz cualquier cosa que amenazara esa felicidad prometida, ese amor que solo está completo si estamos todos y entendí que así es como en el tiempo el amor se sublima. De nuevo son solo ellos. Después de todos estos años, eso es lo que tienen, se tienen. 

 

El “nacimos para ser felices” me descojonó, por supuesto. Cada momento de infelicidad me lo cogí bien personal. Cada día que me bebí las lágrimas, lo anoté como una deuda, lo asumí como pagaré, otra promesa de pago que la vida me tenía pendiente, porque no solo nací para ser feliz, hice todo lo posible para seguir las reglas, para andar por la orilla, para no llevarme gente enredada en el proceso. Pero en derecho aprendí lo que es una manifestación unilateral de voluntad y la realidad es que la vida no me prometió ni me ofreció y por lo tanto no me debe ni me debió nunca nada. Así que asumí la contienda como propia. Y aunque mis creencias y yo nos hemos pasado la última década entre bailar afincadas y pelearnos como perros y gatos, nada me borra que nací para ser feliz, y por eso no duro triste mucho, por eso no me aguanto obligaciones ni soledades, por eso he logrado salir a tiempo, de noviazgos, de trabajos, de matrimonios, de amistades. Porque bastante se fajaron esos dos seres, para que yo entendiera el amor como notitas en la lonchera, como galletitas favoritas, como agarradas de nalga en público, como ese cúmulo de felicidades chiquitas que se acumulan para cuando la vida no se siente generosa. 

 

En esta vida que me he construido, mi lema personal es: “lo que pudo ser no existe”, lo tengo tatuado en el brazo izquierdo (el mismo que un vidente vaticinó que perdería en el futuro), así que no quiero ni imaginarme quién sería si mi familia no hubiese escogido una premisa tan optimista. Al sol de hoy, olvido absolutamente todos mis no tan nuevos aniversarios, pero no hay una mañana que no le escriba a mi marido (en un post it, en una servilleta, en un pedazo de bolsa, en un sobre de una factura, en cualquier superficie que se permita mutilar con tinta) un mensaje para que sepa que sigue haciéndome feliz, que ojalá el universo nos dé niños a quienes traumatizar con nuestros excesos, para tatuarles en el subconsciente expectativas descabelladas de felicidades en dosis cotidianas y dejarlos que crezcan creyendo en ilusiones gigantes, algunas puras verdades, otras mentiras, pero de las requete lindas. 

 

 

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Con el tabú dentro

Siempre he tenido problemas con los temas escatológicos. Nada que tenga que ver con secreciones corporales, viscosidades, o expulsiones de organismos, es un tema de conversación para mí. Muchos dicen que cuando tenga hijos se me quitará. Tengo dos perros e infaliblemente cada vez que tengo que bregar con sus “necesidades” se me pone la piel de gallina, arqueo impulsivamente por los minutos que me toque, mientras ellos me miran con una mezcla de lo que yo interpreto como preocupación e incredibilidad. Gracias al cielo no padezco de alergias y mi nariz suele ser casi ornamental. Sin embargo, soy mujer. Y eso implica que cada 28 días mi vida gira y cambia con el milagro de la vida que no pasó.

¿Las mujeres son malas con las mujeres?

¿Las mujeres son malas con las mujeres?

Las mujeres son malas con las mujeres. Esta frase, como prácticamente todas las generalizaciones y sentencias absolutas, me hierven la sangre. Si algo han tenido que aprender mis parejas, es que cuando zumban el: siempre, nunca, todos, ninguno, ya la batalla no solo está perdida, sino que ha cambiado por completo de dirección. ¿Hay mujeres malas? Por supuesto que sí. ¿Hay mujeres malas específicamente con mujeres? Probablemente. ¿Hay hombres malos? Definitivamente. ¿Los hombres son malos con los hombres? Al sol de hoy van 316 asesinatos, podemos ponernos quisquillosos y buscar la cifra, pero me late que la arrolladora mayoría de esos asesinatos fueron cometidos por hombres. ¿Los hombres son malos con las mujeres? Responder esa pregunta con cifras es hasta doloroso. Pero no todos los hombres son malos, ni entre ellos ni contra nosotras.