Que el parto no se acaba

El 27 de junio de 2019 no fue el día más feliz de mi vida. No descubrí el verdadero significado del amor ese jueves. Con tu perdón Silvio, si algún día me lees (lo cual sería muy raro porque los hombres de mi vida tienen una tendencia a no leerme) no siento que conocí al amor de mi vida a las 7:51 am de ese día que para mí comenzó doce horas antes o en el fondo treinta y nueve semanas previas. Si soy honesta, (y lo digo once semanas después del trauma), probablemente han sido las peores horas de mi existencia. Me gustaría decir que las próximas semanas fueron de ensueño. Que mi vida se llenó de luces y colores. Pero me siento obligada a recordarme, porque dicen que se olvida y al menos para protegerme como siempre del olvido y la reincidencia, quiero que conste en récord que el mes que le siguió al parto, está en la misma categoría para mis efectos, de divorciarme y colgarme en la reválida.    No hablo de los dolores del cuerpo. Esos unánimemente te los advierten y siempre se quedan cortas. No son parecidos a una menstruación dolorosa. No es una combinación de estreñimiento, dolor muscular, gases y hambre. Son más bien calambres prolongados, la mordida de un perro en las entrañas, el pellizco con la fuerza de torque de un camión en lugares recónditos. Dolores que no se definen, que te hacen pensar que te meas, que te cagas, que te vomitas, que te desmayas, que te mueres. No me morí ni me desmayé, haga usted los cálculos.    Aunque mirando por el retrovisor, esas semanas se ven borrosas, como un sueño que uno recuerda por fragmentos inconexos. No estoy segura de a qué hora comenzaron las contracciones apocalípticas. No sé con certeza a qué hora por fin me chequearon las enfermeras y descubrieron que estaba en 7 (para los que no hayan parido hablo de los centímetros en que una se dilata, tienes que llegar a 10 de circunferencia para que idealmente quepa por ahí el bebé). Llegué al hospital en 1, y usualmente se dilata un centímetro la hora, si tienes suerte, les dejo nuevamente los cálculos. No puedo poner mi cabeza en un picador sobre la hora milagrosa en la que llegó la doula, me bajó de la burra, me trepó en una bola y me ayudó a cabalgar las contracciones sin dejar de respirar.    Sin embargo, recuerdo claramente la retahíla de malas palabras que le grité al doctor con toda mi furia hasta entonces contenida. Veo con claridad aquella altura a la que la burra decidió trancarse justo cuando me dieron permiso a pujar. Escucho la voz de mi médico diciéndome con naturalidad: “el próximo lo pares cómoda, este se va así”. Cuento sin temor a equivocarme las cuatro veces, repito, cuatro veces que se fue la luz durante mi parto activo. Casi siento el sueño que por fin casi me vence cuando la morfina que me administraron a la medianoche regresó precisamente cuando necesitaba las fuerzas de mi vida entera para sacar a una persona de entre mis piernas. Puedo saborear la amargura que se me subía por la garganta cada vez que el ginecólogo le hablaba a todo el mundo en el cuarto menos a mí sobre lo que estaba pasando tan lejos y tan cerca de mis orejas. Aún se me eriza la piel cuando lo escucho una y otra vez en mi mente decir: “hay que ayudarla”. Y yo sin saber qué era ayudarme. Y yo en mi ignorancia pensando que me suministrarían alguna droga milagrosa y luego sentir que me vaciaban la vejiga metiéndome una varilla en la uretra (en realidad era una sonda) que luego me rajaban y unían mis orificios, que me metían un aparato de succión, que me pedían que avisara las contracciones, que contara en voz alta los pujos, para seguirme, para agarrar al bebé que igualito a su madre treinta y cuatro años atrás se asomaba pero se negaba a salir. Veo en alta definición al niño ensangrentado sobre mi pecho. Pensar que nunca se veían tan rojos en las fotos. Concluir con lo que me quedaba de cerebro que la sangre era mía por los cortes. Mirarle las manos y pensar que eran inmensas, demasiado grandes. Besarlo varias veces y llenarme la boca de sangre. Llorar sin poder evitarlo. Estar casi segura de que el llanto no era de felicidad, era de dolor. Escuchar que mandaran a ponerme pitocina para la placenta. Sentir que me apretujaban la barriga ahora vacía. Que me cosían con hilo y aguja nuevas costuras. La voz de ese señor de nuevo, “estate quieta que si te mueves es peligroso”. El nene encima mío. Un temblequeo involuntario. “Mamá necesito que pongas de tu parte”. La primera vez que me decían mamá y de verdad lo era y sonaba a regaño. “Esto es serio mamá, se te pueden pasar las heces si no te coso bien”. Mi ira de nuevo. Mis gritos. Reunir el sarcasmo para decirle mala mía que estoy temblando después de doce horas de dolor y de que me rajaras el culo y me lo estés cosiendo a sangre fría. Ni modo, hay que llevarla a sala de operaciones, ponerle epidural. Ajá con el niño ya afuera. Que me movieran a una camilla con ruedas. Que me llevaran de un lado al otro del hospital. El dolor cuando las ruedas chocaban con desniveles entre los pasillos, con la entrada y salida de ascensores. Un hombre que me decía que no sentiría dolor. Mis carcajadas incrédulas. Después de eso no recuerdo nada. Levantarme en una sala de recuperación horas después, una mujer a gritos a mi lado, yo sin poder mover las piernas y sin bebé. Intentar detener las películas de horror de mi cabeza. Convencerme de que mis piernas volverían a moverse. Que el bebé estaba bien. Que no había pasado nada terrible. Parí a las siete y cincuenta y uno de la mañana y no volví a ver a mi hijo hasta pasadas las tres.    No recuerdo cuántas veces en la noche nos levantábamos. Pero sé que la primera noche en el hospital dormí con espejuelos para poder mirarlo. No sé cuánto comía ni cómo logré exprimirme esas fracciones de onzas a mano. Pero aún siento el pánico de que lo estaba matando de hambre. Tengo que preguntarle a mi madre y a mi marido cuánto exactamente midió y pesó. Pero me sé al decimal la libra y las onzas que perdió en apenas cinco días. Mis primeras semanas de maternidad se sintieron como un verdadero fracaso. Estaba fallando crasamente en un trabajo al que me había comprometido de por vida y sin escapatoria. Memoricé sin remedio la sensación de que me estaba ahogando y lo peor de todo es que me estaba ahogando con él.    Mi parto no fue esa “cita a ciegas donde conoces al amor de tu vida”. No comprendí el verdadero significado del amor cuando me miró a los ojos. No sentí un alivio que me borró la memoria y me curó el cuerpo. Todo lo contrario. Redefiní el miedo y el dolor. Entendí en menos de 24 horas la visceralidad de la maternidad. Lo animal de mantener eso que pujaste, vivo y a salvo. La ansiedad que produce haber leído demasiado y haberte preñado y parido con intención y alevosía siendo una adulta hecha y derecha (o al menos creyéndotelo).    Tener un hijo es una herida abierta. Y así lo sentí desde el principio. No, no es una metáfora poética. Quizás porque me dolían todos los puntos TODO el tiempo. El amor de madre para mí, al menos en sus inicios, es más una reacción fisiológica inevitable. Un amor feroz que sale de las entrañas más como un reflejo que como una opción. Con la urgencia irremediable de tener que ir al baño, con lo humillante de cagarse encima. Doloroso por definición. Desgarrador por principio. Injusto, desequilibrado, leonino. Los primeros meses son todo menos lunas de miel, por más que la nostalgia posterior les diga lo contrario. Siento que he tenido una crisis de fe pero a la inversa. Me ha tocado creer en contra de mi voluntad porque sencillamente no doy abasto. Sin querer queriendo he vuelto a rezar pero con las manos abiertas. Diariamente casi como un estornudo pido que lo cuiden. Así, invocando en plural sin denominaciones específicas.     Lo que sí me ha sobrecogido es el amor, así en general. Quizá es porque sí he tenido la suerte y la desgracia de conocer el amor múltiples veces y en muchos lugares. El amor sobrehumano de mi mamá. El amor de un hombre hermoso que se levanta todas las veces conmigo, aunque sea para asegurarse de que esté lo suficientemente despierta como para sostenerlo. El amor de mis familias, las que nos traen comida, las que friegan, las que nos lavan ropa y lo velan para poder bañarnos y en los días más afortunados, poder tomarnos una siesta. El amor de mis amigas, las que siempre dicen presente, las que toman fotos, las que me acompañan a las citas, las que textean enviando señales de humo de que hay vida al otro lado, las también paridas y partidas, que me escriben para asegurarme que todo mejora. Que siempre es bien difícil aunque casi nunca se diga. Las multíparas, que sabían que necesitaría un blower, agua maravilla, una bolsa de hielo, crema de linóleo y todos esos trucos de supervivencia, no para el bebé, sino para mamá, que siente que pende de un hilo mientras se encarga de una vida nueva.    Probablemente porque nunca he sido de amores a primera vista. Seguramente porque lo que siempre me sobrecoge es el amor, no los enchules que por repentinos siempre resultan pasajeros. Llevo más de 7 años con un hombre que no me hace llorar y parí a un hombrecito que me ha hecho llorar más veces del número de semanas que tiene. En su día 34 de vida, mismo número de mi edad actual, Silvio me sonrió por primera vez. No las sonrisas esas dormidas, ni las muecas de algunos otros reflejos escatológicos, me sonrió mirándome a los ojos. Le pregunté si me estaba sonriendo y lo hizo de nuevo. Me emocioné tanto que me eché a llorar. No lagrimitas de ternura, sino llanto a boca de jarro con todo y sus vergonzosos hipidos. Lo asusté tanto que entonces él empezó a llorar sin parar, como tantas veces había hecho hasta entonces. Luego de carcajear por mi impresionante habilidad de cagar los momentos sublimes. Entonces me permití aceptar que había una gran posibilidad de que por quinta vez en mi vida, podía ser que me estuviese empezando a enamorar.

El 27 de junio de 2019 no fue el día más feliz de mi vida. No descubrí el verdadero significado del amor ese jueves. Con tu perdón Silvio, si algún día me lees (lo cual sería muy raro porque los hombres de mi vida tienen una tendencia a no leerme) no siento que conocí al amor de mi vida a las 7:51 am de ese día que para mí comenzó doce horas antes o en el fondo treinta y nueve semanas previas. Si soy honesta, (y lo digo once semanas después del trauma), probablemente han sido las peores horas de mi existencia. Me gustaría decir que las próximas semanas fueron de ensueño. Que mi vida se llenó de luces y colores. Pero me siento obligada a recordarme, porque dicen que se olvida y al menos para protegerme como siempre del olvido y la reincidencia, quiero que conste en récord que el mes que le siguió al parto, está en la misma categoría para mis efectos, de divorciarme y colgarme en la reválida.

No hablo de los dolores del cuerpo. Esos unánimemente te los advierten y siempre se quedan cortas. No son parecidos a una menstruación dolorosa. No es una combinación de estreñimiento, dolor muscular, gases y hambre. Son más bien calambres prolongados, la mordida de un perro en las entrañas, el pellizco con la fuerza de torque de un camión en lugares recónditos. Dolores que no se definen, que te hacen pensar que te meas, que te cagas, que te vomitas, que te desmayas, que te mueres. No me morí ni me desmayé, haga usted los cálculos.

Aunque mirando por el retrovisor, esas semanas se ven borrosas, como un sueño que uno recuerda por fragmentos inconexos. No estoy segura de a qué hora comenzaron las contracciones apocalípticas. No sé con certeza a qué hora por fin me chequearon las enfermeras y descubrieron que estaba en 7 (para los que no hayan parido hablo de los centímetros en que una se dilata, tienes que llegar a 10 de circunferencia para que idealmente quepa por ahí el bebé). Llegué al hospital en 1, y usualmente se dilata un centímetro la hora, si tienes suerte, les dejo nuevamente los cálculos. No puedo poner mi cabeza en un picador sobre la hora milagrosa en la que llegó la doula, me bajó de la burra, me trepó en una bola y me ayudó a cabalgar las contracciones sin dejar de respirar.

Sin embargo, recuerdo claramente la retahíla de malas palabras que le grité al doctor con toda mi furia hasta entonces contenida. Veo con claridad aquella altura a la que la burra decidió trancarse justo cuando me dieron permiso a pujar. Escucho la voz de mi médico diciéndome con naturalidad: “el próximo lo pares cómoda, este se va así”. Cuento sin temor a equivocarme las cuatro veces, repito, cuatro veces que se fue la luz durante mi parto activo. Casi siento el sueño que por fin casi me vence cuando la morfina que me administraron a la medianoche regresó precisamente cuando necesitaba las fuerzas de mi vida entera para sacar a una persona de entre mis piernas. Puedo saborear la amargura que se me subía por la garganta cada vez que el ginecólogo le hablaba a todo el mundo en el cuarto menos a mí sobre lo que estaba pasando tan lejos y tan cerca de mis orejas. Aún se me eriza la piel cuando lo escucho una y otra vez en mi mente decir: “hay que ayudarla”. Y yo sin saber qué era ayudarme. Y yo en mi ignorancia pensando que me suministrarían alguna droga milagrosa y luego sentir que me vaciaban la vejiga metiéndome una varilla en la uretra (en realidad era una sonda) que luego me rajaban y unían mis orificios, que me metían un aparato de succión, que me pedían que avisara las contracciones, que contara en voz alta los pujos, para seguirme, para agarrar al bebé que igualito a su madre treinta y cuatro años atrás se asomaba pero se negaba a salir. Veo en alta definición al niño ensangrentado sobre mi pecho. Pensar que nunca se veían tan rojos en las fotos. Concluir con lo que me quedaba de cerebro que la sangre era mía por los cortes. Mirarle las manos y pensar que eran inmensas, demasiado grandes. Besarlo varias veces y llenarme la boca de sangre. Llorar sin poder evitarlo. Estar casi segura de que el llanto no era de felicidad, era de dolor. Escuchar que mandaran a ponerme pitocina para la placenta. Sentir que me apretujaban la barriga ahora vacía. Que me cosían con hilo y aguja nuevas costuras. La voz de ese señor de nuevo, “estate quieta que si te mueves es peligroso”. El nene encima mío. Un temblequeo involuntario. “Mamá necesito que pongas de tu parte”. La primera vez que me decían mamá y de verdad lo era y sonaba a regaño. “Esto es serio mamá, se te pueden pasar las heces si no te coso bien”. Mi ira de nuevo. Mis gritos. Reunir el sarcasmo para decirle mala mía que estoy temblando después de doce horas de dolor y de que me rajaras el culo y me lo estés cosiendo a sangre fría. Ni modo, hay que llevarla a sala de operaciones, ponerle epidural. Ajá con el niño ya afuera. Que me movieran a una camilla con ruedas. Que me llevaran de un lado al otro del hospital. El dolor cuando las ruedas chocaban con desniveles entre los pasillos, con la entrada y salida de ascensores. Un hombre que me decía que no sentiría dolor. Mis carcajadas incrédulas. Después de eso no recuerdo nada. Levantarme en una sala de recuperación horas después, una mujer a gritos a mi lado, yo sin poder mover las piernas y sin bebé. Intentar detener las películas de horror de mi cabeza. Convencerme de que mis piernas volverían a moverse. Que el bebé estaba bien. Que no había pasado nada terrible. Parí a las siete y cincuenta y uno de la mañana y no volví a ver a mi hijo hasta pasadas las tres.

No recuerdo cuántas veces en la noche nos levantábamos. Pero sé que la primera noche en el hospital dormí con espejuelos para poder mirarlo. No sé cuánto comía ni cómo logré exprimirme esas fracciones de onzas a mano. Pero aún siento el pánico de que lo estaba matando de hambre. Tengo que preguntarle a mi madre y a mi marido cuánto exactamente midió y pesó. Pero me sé al decimal la libra y las onzas que perdió en apenas cinco días. Mis primeras semanas de maternidad se sintieron como un verdadero fracaso. Estaba fallando crasamente en un trabajo al que me había comprometido de por vida y sin escapatoria. Memoricé sin remedio la sensación de que me estaba ahogando y lo peor de todo es que me estaba ahogando con él.

Mi parto no fue esa “cita a ciegas donde conoces al amor de tu vida”. No comprendí el verdadero significado del amor cuando me miró a los ojos. No sentí un alivio que me borró la memoria y me curó el cuerpo. Todo lo contrario. Redefiní el miedo y el dolor. Entendí en menos de 24 horas la visceralidad de la maternidad. Lo animal de mantener eso que pujaste, vivo y a salvo. La ansiedad que produce haber leído demasiado y haberte preñado y parido con intención y alevosía siendo una adulta hecha y derecha (o al menos creyéndotelo).


Tener un hijo es una herida abierta. Y así lo sentí desde el principio. No, no es una metáfora poética. Quizás porque me dolían todos los puntos TODO el tiempo. El amor de madre para mí, al menos en sus inicios, es más una reacción fisiológica inevitable. Un amor feroz que sale de las entrañas más como un reflejo que como una opción. Con la urgencia irremediable de tener que ir al baño, con lo humillante de cagarse encima. Doloroso por definición. Desgarrador por principio. Injusto, desequilibrado, leonino. Los primeros meses son todo menos lunas de miel, por más que la nostalgia posterior les diga lo contrario. Siento que he tenido una crisis de fe pero a la inversa. Me ha tocado creer en contra de mi voluntad porque sencillamente no doy abasto. Sin querer queriendo he vuelto a rezar pero con las manos abiertas. Diariamente casi como un estornudo pido que lo cuiden. Así, invocando en plural sin denominaciones específicas.

Lo que sí me ha sobrecogido es el amor, así en general. Quizá es porque sí he tenido la suerte y la desgracia de conocer el amor múltiples veces y en muchos lugares. El amor sobrehumano de mi mamá. El amor de un hombre hermoso que se levanta todas las veces conmigo, aunque sea para asegurarse de que esté lo suficientemente despierta como para sostenerlo. El amor de mis familias, las que nos traen comida, las que friegan, las que nos lavan ropa y lo velan para poder bañarnos y en los días más afortunados, poder tomarnos una siesta. El amor de mis amigas, las que siempre dicen presente, las que toman fotos, las que me acompañan a las citas, las que textean enviando señales de humo de que hay vida al otro lado, las también paridas y partidas, que me escriben para asegurarme que todo mejora. Que siempre es bien difícil aunque casi nunca se diga. Las multíparas, que sabían que necesitaría un blower, agua maravilla, una bolsa de hielo, crema de linóleo y todos esos trucos de supervivencia, no para el bebé, sino para mamá, que siente que pende de un hilo mientras se encarga de una vida nueva.

Probablemente porque nunca he sido de amores a primera vista. Seguramente porque lo que siempre me sobrecoge es el amor, no los enchules que por repentinos siempre resultan pasajeros. Llevo más de 7 años con un hombre que no me hace llorar y parí a un hombrecito que me ha hecho llorar más veces del número de semanas que tiene. En su día 34 de vida, mismo número de mi edad actual, Silvio me sonrió por primera vez. No las sonrisas esas dormidas, ni las muecas de algunos otros reflejos escatológicos, me sonrió mirándome a los ojos. Le pregunté si me estaba sonriendo y lo hizo de nuevo. Me emocioné tanto que me eché a llorar. No lagrimitas de ternura, sino llanto a boca de jarro con todo y sus vergonzosos hipidos. Lo asusté tanto que entonces él empezó a llorar sin parar, como tantas veces había hecho hasta entonces. Luego de carcajear por mi impresionante habilidad de cagar los momentos sublimes. Entonces me permití aceptar que había una gran posibilidad de que por quinta vez en mi vida, podía ser que me estuviese empezando a enamorar.