¿Quién me manda a ser mujer?

¿Quién me manda a ser mujer?

Recuerdo el momento exacto en que cambió la mirada. Era finales del verano del 1997 y yo tendría doce años. Estudiaba en un colegio católico que terminaba en octavo grado, así que ese sería mi último año en esa escuela. Poco antes de comenzar las clases, nos reunimos en el auditorio para hablar de planes de: directiva, buscar fondos y el tan añorado prom. Por fin éramos “grandes”. Me puse una camisilla blanca y un pareo en tonos de verdes y azules profundos. Me lo habían comprado en República Dominicana, era básicamente un paño que uno podía amarrarse de diecisiete maneras distintas para cubrirse el cuerpo como: traje, falda, camisa, batola, etc. Yo me envolví las caderas con la pañoleta, intercambié las dos puntas a las manos contrarias, las torsí justo debajo del ombligo y me hice un nudito justo encima del cóccix. No se me veía nada.

Nacimos para ser felices.

 El otro día una amiga embarazada (tengo 5 amigas embarazadas al momento) me envió por accidente (todas dicen que tienen “pregnancy brain” y que es algo que las hace ser tan despistadas como yo llevo siendo 33 años pero científicamente justificado por hormonas del embarazo) un artículo, destinado al padre del bebé, que hablaba de cómo las familias debían tener una especie de lema, lo que le llaman un “motto” que se convertiría como en la porra del núcleo familiar cuando tuviesen algo que celebrar o cuando de lo contrario necesitasen un ánimo o un empujón emocional como tribu. Automáticamente, antes de que le diera tiempo a decirme que el enlace no era para mí, le dije: el de mi familia es “nacimos para ser felices” y estoy traumatizada de por vida gracias a eso. Ella consideró el lema hermoso y le pareció comiquísimo que yo pudiese encontrarle fallas a una consigna tan perfectamente redonda.      Realmente es bien sencillo de explicar. Crecí con la expectativa de la felicidad como un dado. Nunca vi la felicidad como algo intermitente o algo que se luchaba para conseguir. Encima de eso la felicidad en mi casa no era una idea utópica o un destino al que algún día llegaríamos. Éramos felices. Así y punto. Recuerdo las veces que me cambié de escuela, cuando al principio (los primeros días, semanas y en algunos casos años) sentía que no pertenecía, que no tenía amigos, que prefería quedarme en un pasillo porque no tenía con quién sentarme a almorzar… nunca me provocó tristeza. Literalmente pensaba que esto era una hora de almuerzo y que luego yo iba a casa de mi abuela y luego a mi casa y luego el fin de semana, así que matemáticamente en mi mente, las horas útiles las pasaba siendo feliz. Las veces que alguien no quiso jugar conmigo o me dijo algún insulto bobo o alguna burla cruel, en mi mentecita de ocho, diez, doce, quince años le tenía pena, porque de seguro en su casa no lo querían tanto como a mí. A mí la condescendencia me llegó antes de la pubertad. Mis papás me enviaban globos, flores y regalos a la escuela: en mis cumpleaños, en San Valentín, en el día de la mujer, en el día del estudiante. Mi mamá me escribía notitas en la lonchera, un ponquecito, unas uvas, un paquetito de Nutella y una notita que decía mamá te ama, absolutamente todas las veces.    Quizás por eso le hice la vida imposible a mi pobre primer novio, queriendo celebrar “mesiversarios”, exigiendo flores y detalles, que el niño ni entendía ni mucho menos tenía la capacidad de dar. Crecí con grandes gestos de amor y pequeños detalles cotidianos que me parecían estándares necesarios para cualquier tipo de relación. Ayer fue el aniversario de mis papás. En estos días hago yoga de seis a siete de la mañana, de ahí estaba yendo al parque lineal de Bayamón a correr, pero con el calor de este verano post mariano siento que me derrito en la pista, así que corro en la trotadora de mi madre, me baño y me como la carretera para llegar a mi trabajo a las nueve. Cuando fui a calentar la leche en el microondas (cabe destacar que mis padres no beben café pero me tienen una greca para yo colar el mío) se me cayó encima un sobre. “Para: Mary, feliz aniversario #37.” Y me eché a llorar. Estos tipos llevan 37 años casados, casi 4 años más que lo que llevo de vida, llevan 45 desde que se hicieron novios, y antes de eso fueron amigos 2 años. Y aún así mi papá fue a una farmacia a comprar una postal, esperó a que mi madre se durmiera y pilló la tarjeta en la puerta del microondas, para que se le cayera encima una nota de amor al despertarse, porque sabe que ella se hace un chocolate caliente todas las mañanas.      Entonces es fácil entender el daño. Lo jodida que se sintió la adultez y la sensación de engaño y decepción cuando la felicidad y el amor sencillamente no fluían como yo fervientemente crecí creyendo, no ciegamente, sino con evidencia palpable y documentable. Mi madre se casó con el único novio que tuvo en su vida y aunque ni por un segundo hubiese querido que esa fuese mi suerte, ahora que lo miro por el retrovisor, qué bonito y posible me sonaba mientras crecía. Qué duro me azotó ese primer rompimiento, porque no tenía que ver con el chico, ni conmigo, tenía que ver con mi expectativa, con mi cuento de hadas que era el amor de mis papás. Mi primer noviazgo duró años y cuando terminó se me rompió la fórmula. Así que ni hablemos de la fractura que fue un divorcio en mi sistema de fe.      Mis padres no tienen una relación perfecta, no puedo contar las veces que he escuchado la misma pelea porque papi le echa especias a lo que mami está cocinando, o ciertas puyas que se repiten poética y cíclicamente. No siempre han tomado las mejores decisiones. Han sufrido grandes pérdidas, se han fallado y probablemente se han dicho cosas hirientes (aunque nunca delante de nosotros, pero lo supongo). Estoy segura de que se arrepentirán de algunas cosas y que hubiesen deseado hacer o deshacer otras. Sin embargo, siempre están juntos. Pero lo bonito no es esa inseparabilidad, lo lindo son las ganas, la voluntad, el continuo escogerse, el constante preferirse como la mejor compañía posible. Los he visto, observado y estudiado por suficiente tiempo como para notar los cambios. Cómo la relación envejece con ellos pero a su manera. El último mal rato que pasamos como familia, escuché a mi mamá decirme entre lágrimas, una más de estas y me lo va a matar, Edmaris, un mal rato de estos me va matar a tu papá. Y sentí el corazón acuchillado, la rabia de querer cortar de raíz cualquier cosa que amenazara esa felicidad prometida, ese amor que solo está completo si estamos todos y entendí que así es como en el tiempo el amor se sublima. De nuevo son solo ellos. Después de todos estos años, eso es lo que tienen, se tienen.      El “nacimos para ser felices” me descojonó, por supuesto. Cada momento de infelicidad me lo cogí bien personal. Cada día que me bebí las lágrimas, lo anoté como una deuda, lo asumí como pagaré, otra promesa de pago que la vida me tenía pendiente, porque no solo nací para ser feliz, hice todo lo posible para seguir las reglas, para andar por la orilla, para no llevarme gente enredada en el proceso. Pero en derecho aprendí lo que es una manifestación unilateral de voluntad y la realidad es que la vida no me prometió ni me ofreció y por lo tanto no me debe ni me debió nunca nada. Así que asumí la contienda como propia. Y aunque mis creencias y yo nos hemos pasado la última década entre bailar afincadas y pelearnos como perros y gatos, nada me borra que nací para ser feliz, y por eso no duro triste mucho, por eso no me aguanto obligaciones ni soledades, por eso he logrado salir a tiempo, de noviazgos, de trabajos, de matrimonios, de amistades. Porque bastante se fajaron esos dos seres, para que yo entendiera el amor como notitas en la lonchera, como galletitas favoritas, como agarradas de nalga en público, como ese cúmulo de felicidades chiquitas que se acumulan para cuando la vida no se siente generosa.      En esta vida que me he construido, mi lema personal es: “lo que pudo ser no existe”, lo tengo tatuado en el brazo izquierdo (el mismo que un vidente vaticinó que perdería en el futuro), así que no quiero ni imaginarme quién sería si mi familia no hubiese escogido una premisa tan optimista. Al sol de hoy, olvido absolutamente todos mis no tan nuevos aniversarios, pero no hay una mañana que no le escriba a mi marido (en un post it, en una servilleta, en un pedazo de bolsa, en un sobre de una factura, en cualquier superficie que se permita mutilar con tinta) un mensaje para que sepa que sigue haciéndome feliz, que ojalá el universo nos dé niños a quienes traumatizar con nuestros excesos, para tatuarles en el subconsciente expectativas descabelladas de felicidades en dosis cotidianas y dejarlos que crezcan creyendo en ilusiones gigantes, algunas puras verdades, otras mentiras, pero de las requete lindas.       

El otro día una amiga embarazada (tengo 5 amigas embarazadas al momento) me envió por accidente (todas dicen que tienen “pregnancy brain” y que es algo que las hace ser tan despistadas como yo llevo siendo 33 años pero científicamente justificado por hormonas del embarazo) un artículo, destinado al padre del bebé, que hablaba de cómo las familias debían tener una especie de lema, lo que le llaman un “motto” que se convertiría como en la porra del núcleo familiar cuando tuviesen algo que celebrar o cuando de lo contrario necesitasen un ánimo o un empujón emocional como tribu. Automáticamente, antes de que le diera tiempo a decirme que el enlace no era para mí, le dije: el de mi familia es “nacimos para ser felices” y estoy traumatizada de por vida gracias a eso. Ella consideró el lema hermoso y le pareció comiquísimo que yo pudiese encontrarle fallas a una consigna tan perfectamente redonda. 

 

Realmente es bien sencillo de explicar. Crecí con la expectativa de la felicidad como un dado. Nunca vi la felicidad como algo intermitente o algo que se luchaba para conseguir. Encima de eso la felicidad en mi casa no era una idea utópica o un destino al que algún día llegaríamos. Éramos felices. Así y punto. Recuerdo las veces que me cambié de escuela, cuando al principio (los primeros días, semanas y en algunos casos años) sentía que no pertenecía, que no tenía amigos, que prefería quedarme en un pasillo porque no tenía con quién sentarme a almorzar… nunca me provocó tristeza. Literalmente pensaba que esto era una hora de almuerzo y que luego yo iba a casa de mi abuela y luego a mi casa y luego el fin de semana, así que matemáticamente en mi mente, las horas útiles las pasaba siendo feliz. Las veces que alguien no quiso jugar conmigo o me dijo algún insulto bobo o alguna burla cruel, en mi mentecita de ocho, diez, doce, quince años le tenía pena, porque de seguro en su casa no lo querían tanto como a mí. A mí la condescendencia me llegó antes de la pubertad. Mis papás me enviaban globos, flores y regalos a la escuela: en mis cumpleaños, en San Valentín, en el día de la mujer, en el día del estudiante. Mi mamá me escribía notitas en la lonchera, un ponquecito, unas uvas, un paquetito de Nutella y una notita que decía mamá te ama, absolutamente todas las veces. 


Quizás por eso le hice la vida imposible a mi pobre primer novio, queriendo celebrar “mesiversarios”, exigiendo flores y detalles, que el niño ni entendía ni mucho menos tenía la capacidad de dar. Crecí con grandes gestos de amor y pequeños detalles cotidianos que me parecían estándares necesarios para cualquier tipo de relación. Ayer fue el aniversario de mis papás. En estos días hago yoga de seis a siete de la mañana, de ahí estaba yendo al parque lineal de Bayamón a correr, pero con el calor de este verano post mariano siento que me derrito en la pista, así que corro en la trotadora de mi madre, me baño y me como la carretera para llegar a mi trabajo a las nueve. Cuando fui a calentar la leche en el microondas (cabe destacar que mis padres no beben café pero me tienen una greca para yo colar el mío) se me cayó encima un sobre. “Para: Mary, feliz aniversario #37.” Y me eché a llorar. Estos tipos llevan 37 años casados, casi 4 años más que lo que llevo de vida, llevan 45 desde que se hicieron novios, y antes de eso fueron amigos 2 años. Y aún así mi papá fue a una farmacia a comprar una postal, esperó a que mi madre se durmiera y pilló la tarjeta en la puerta del microondas, para que se le cayera encima una nota de amor al despertarse, porque sabe que ella se hace un chocolate caliente todas las mañanas. 

 

Entonces es fácil entender el daño. Lo jodida que se sintió la adultez y la sensación de engaño y decepción cuando la felicidad y el amor sencillamente no fluían como yo fervientemente crecí creyendo, no ciegamente, sino con evidencia palpable y documentable. Mi madre se casó con el único novio que tuvo en su vida y aunque ni por un segundo hubiese querido que esa fuese mi suerte, ahora que lo miro por el retrovisor, qué bonito y posible me sonaba mientras crecía. Qué duro me azotó ese primer rompimiento, porque no tenía que ver con el chico, ni conmigo, tenía que ver con mi expectativa, con mi cuento de hadas que era el amor de mis papás. Mi primer noviazgo duró años y cuando terminó se me rompió la fórmula. Así que ni hablemos de la fractura que fue un divorcio en mi sistema de fe. 

 

Mis padres no tienen una relación perfecta, no puedo contar las veces que he escuchado la misma pelea porque papi le echa especias a lo que mami está cocinando, o ciertas puyas que se repiten poética y cíclicamente. No siempre han tomado las mejores decisiones. Han sufrido grandes pérdidas, se han fallado y probablemente se han dicho cosas hirientes (aunque nunca delante de nosotros, pero lo supongo). Estoy segura de que se arrepentirán de algunas cosas y que hubiesen deseado hacer o deshacer otras. Sin embargo, siempre están juntos. Pero lo bonito no es esa inseparabilidad, lo lindo son las ganas, la voluntad, el continuo escogerse, el constante preferirse como la mejor compañía posible. Los he visto, observado y estudiado por suficiente tiempo como para notar los cambios. Cómo la relación envejece con ellos pero a su manera. El último mal rato que pasamos como familia, escuché a mi mamá decirme entre lágrimas, una más de estas y me lo va a matar, Edmaris, un mal rato de estos me va matar a tu papá. Y sentí el corazón acuchillado, la rabia de querer cortar de raíz cualquier cosa que amenazara esa felicidad prometida, ese amor que solo está completo si estamos todos y entendí que así es como en el tiempo el amor se sublima. De nuevo son solo ellos. Después de todos estos años, eso es lo que tienen, se tienen. 

 

El “nacimos para ser felices” me descojonó, por supuesto. Cada momento de infelicidad me lo cogí bien personal. Cada día que me bebí las lágrimas, lo anoté como una deuda, lo asumí como pagaré, otra promesa de pago que la vida me tenía pendiente, porque no solo nací para ser feliz, hice todo lo posible para seguir las reglas, para andar por la orilla, para no llevarme gente enredada en el proceso. Pero en derecho aprendí lo que es una manifestación unilateral de voluntad y la realidad es que la vida no me prometió ni me ofreció y por lo tanto no me debe ni me debió nunca nada. Así que asumí la contienda como propia. Y aunque mis creencias y yo nos hemos pasado la última década entre bailar afincadas y pelearnos como perros y gatos, nada me borra que nací para ser feliz, y por eso no duro triste mucho, por eso no me aguanto obligaciones ni soledades, por eso he logrado salir a tiempo, de noviazgos, de trabajos, de matrimonios, de amistades. Porque bastante se fajaron esos dos seres, para que yo entendiera el amor como notitas en la lonchera, como galletitas favoritas, como agarradas de nalga en público, como ese cúmulo de felicidades chiquitas que se acumulan para cuando la vida no se siente generosa. 

 

En esta vida que me he construido, mi lema personal es: “lo que pudo ser no existe”, lo tengo tatuado en el brazo izquierdo (el mismo que un vidente vaticinó que perdería en el futuro), así que no quiero ni imaginarme quién sería si mi familia no hubiese escogido una premisa tan optimista. Al sol de hoy, olvido absolutamente todos mis no tan nuevos aniversarios, pero no hay una mañana que no le escriba a mi marido (en un post it, en una servilleta, en un pedazo de bolsa, en un sobre de una factura, en cualquier superficie que se permita mutilar con tinta) un mensaje para que sepa que sigue haciéndome feliz, que ojalá el universo nos dé niños a quienes traumatizar con nuestros excesos, para tatuarles en el subconsciente expectativas descabelladas de felicidades en dosis cotidianas y dejarlos que crezcan creyendo en ilusiones gigantes, algunas puras verdades, otras mentiras, pero de las requete lindas. 

 

 

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Con el tabú dentro

Siempre he tenido problemas con los temas escatológicos. Nada que tenga que ver con secreciones corporales, viscosidades, o expulsiones de organismos, es un tema de conversación para mí. Muchos dicen que cuando tenga hijos se me quitará. Tengo dos perros e infaliblemente cada vez que tengo que bregar con sus “necesidades” se me pone la piel de gallina, arqueo impulsivamente por los minutos que me toque, mientras ellos me miran con una mezcla de lo que yo interpreto como preocupación e incredibilidad. Gracias al cielo no padezco de alergias y mi nariz suele ser casi ornamental. Sin embargo, soy mujer. Y eso implica que cada 28 días mi vida gira y cambia con el milagro de la vida que no pasó.

¿Las mujeres son malas con las mujeres?

¿Las mujeres son malas con las mujeres?

Las mujeres son malas con las mujeres. Esta frase, como prácticamente todas las generalizaciones y sentencias absolutas, me hierven la sangre. Si algo han tenido que aprender mis parejas, es que cuando zumban el: siempre, nunca, todos, ninguno, ya la batalla no solo está perdida, sino que ha cambiado por completo de dirección. ¿Hay mujeres malas? Por supuesto que sí. ¿Hay mujeres malas específicamente con mujeres? Probablemente. ¿Hay hombres malos? Definitivamente. ¿Los hombres son malos con los hombres? Al sol de hoy van 316 asesinatos, podemos ponernos quisquillosos y buscar la cifra, pero me late que la arrolladora mayoría de esos asesinatos fueron cometidos por hombres. ¿Los hombres son malos con las mujeres? Responder esa pregunta con cifras es hasta doloroso. Pero no todos los hombres son malos, ni entre ellos ni contra nosotras. 

Donar sangre: miedo a las agujas y pavor a las preguntas

Estudié en escuela católica desde segundo grado y desde entonces o mucho antes, he tenido dificultad para entender cuando sencillamente es preferible cerrar la boca o simplemente escoger mis batallas. En cuarto año, mi maestra de ética cristiana (hoy día mi suegra, pero eso es otro cuento) nos dio la asignación de escoger un sacrificio de cuaresma. Yo y mi gran boca decidimos hacer el argumento en medio de la clase, de que esos sacrificios no tenían sentido. 

No te invité a mi boda . . .

Me he casado dos veces. La primera vez a mis veintiún años, la segunda a mis treinta y uno. Soy novia reincidente cada diez años y tengo mucha fe en ya estar lo suficientemente rehabilitada como para no volver a hacerlo a los cuarenta y uno. Mi última boda fue hace ya casi 2 años, sin embargo, hace apenas una semana recibí un reclamo en vivo y en directo sobre no haber recibido una invitación. 

Sudando la gota gorda

ODIO hacer ejercicios. Creo que lo odié desde antes de entender el concepto de lo que era hacer ejercicios. Yo era la nena que se sentaba encima de lo que siempre pensé era una especie de closet que contenía toda la electricidad del vecindario, justo frente al poste de luz de mi casa. Quizás era mi manera de convencerme de que algo de aventurero tenía lo que yo estaba haciendo con mi niñez y posterior adolescencia. Los niños jugaban escondite, toco palo, chico paralizado, corrían bicicleta, patines, patineta. Y yo allí, desde que aprendí a leer, hasta que se me ensancharon las caderas lo suficiente para casi no caber encima de mi rinconcito de lectura. Detestaba los días de educación física con todo lo que tenía. Llegué a proponerle en más de una ocasión a los maestros que me dejaran hacer un proyecto escrito. Sí, la única clase que para el resto de la humanidad era un receso de las cosas académicas, para mí era insufrible. En algunas escuelas tenían esa opción disponible pero solo para personas con algún tipo de impedimento o incapacidad para actividad física. Aparentemente una fobia al deporte no calificaba como tal. La noche antes casi no podía dormir pensando en que al otro día me pondrían a correr en zig zag, a esquivar la bola, a hacer movimientos con mi cuerpo que me parecían totalmente absurdos. Es más, creo que ahí descubrí la ansiedad que me provocaba el miedo al ridículo. Yo era la más lenta, la más torpe, la menos ágil. 

 

Aún así terminé en el equipo de baloncesto de mi escuela. Mi mejor amiga era la más alta de todas. Inseparables al fin, la acompañé al try out. A falta de quórum, terminé involuntariamente como miembro honorario del grupo. Me convencieron de que era puramente para eso, pero fue una vil mentira. Tenía número, uniforme, y tuve que ir a todos los pueblos de la isla a “jugar”, lo que para mí consistía en esconderme en el banco rezando porque el coach ni se acordara de que yo era accidentalmente parte. Cuando nos iba súper mal, y ya había agotado todo el banco, gritaba mi nombre y yo me paraba en medio de la cancha, arreglándome el uniforme, estirándome los pantaloncitos, rehaciéndome el moñito, implorándole al cielo que a nadie se le ocurriera pasarme la bola. Creo que ni siquiera intenté lanzarla al canasto nunca jamás, si lo intenté, probablemente mi memoria me protege eliminando el papelón de entre mis recuerdos. 

 

Aún así gané medallas de educación física en intermedia y superior. En parte por mi colección de cintitas violetas en los field days, porque literalmente cuando me obligaban a participar solo me llevaba la cintita de (valga la redundancia) participación, y en parte porque siempre tenía el uniforme los días de la clase. Ante la certeza de que era un fracaso en esa materia, sobre compensaba con nunca jamás fallar en tener lo mínimo que podía hacer, ponerme el uniforme. Claramente en escuela superior atribuyeron mi triunfo a: un error de cálculos (mi propia madre lo cuestionó), la brevedad de mi uniforme o sencillamente que como me había ganado tantas otras medallas (modestia aparte era bien buena en todo lo que no involucrara sudor físico y coordinación motora), pues me dieron una más. 

 

Luego de eso renegué de los ejercicios como de las matemáticas. Algo que no necesitaba en mi recién adquirida pseudo adultez y que no era congruente con mis estudios humanísticos. Hasta que me casé. Me casé súper joven, pero aumenté 15 libras en menos nada. Entonces me negaba como siempre a certificar los clichés, no iba a casarme para engordar, cortarme el pelo y dejar de salir. Para ser justa conmigo misma, solo engordé. Así que descubrí el spinning, nunca aprendí a correr bicicleta sin rueditas (pero eso es otro cuento), sin embargo, me trepaba en una bicicleta estática a sudar como una demente, mientras un hombre me gritaba que atacara la cuesta imaginaria, con música disco de los 70, las luces apagadas y el salón alumbrado con puro neón. Recuerdo como si fuese esta mañana el recién descubierto dolor en el mismo medio entre cada nalga y donde empezaba cada muslo. Al preguntarle al resto de los ciclistas estacionarios me dijeron que no me preocupara, que eso era solamente en lo que se me formaba un callo y después ya no me iba ni a molestar el sillín. Un callo entre nalga y muslo, lo menos congruente posible con la imagen de esposa Cosmopolitan que yo desesperadamente intentaba ser a mis veintiuno. 

 

Con los años, aquellas 15 libras se convirtieron en 30 y probablemente en 45 dependiendo desde dónde haga los cálculos. En más de una década he intentado: membresías de gimnasios, belly dancing, correr por mi cuenta, Zumba, la elíptica, salsa, Will Power, personal trainer, Crossfit y más recientemente yoga. La conclusión sigue siendo la misma, odio hacer ejercicios con todas las fuerzas de mi ser. La gente dice que cuando corre se le despeja la mente, yo a los cinco minutos empiezo a pensar en por qué no me quiero, por qué me hago esto, por qué corro si nadie me persigue, de quién huyo, en lo risible que debe ser para las millones de personas que viven en la más profunda pobreza que uno se ponga unos tennis, se monte en un carro y vaya a un parque a correr. Ni hablar de lo que gastamos en matrículas y ropa deportiva. Porque se supone que el cuerpo no está hecho para estar sentado de ocho a diez horas, la masa muscular no se inventó para desarrollarse con pesas, ni deberían hacer falta máquinas para colar ejercicio cardiovascular durante el día. Sin embargo, en los últimos años, suelo hacer ejercicios de 4 a 5 veces en semana. ¿Por qué? Puedo dar la excusa oficial de que mi metabolismo perdió el interés y me abandonó. Como también puedo explicar que AMO profundamente la comida y que relaciono comer rico como un aliciente a la tristeza y un gran festejo a la felicidad. Puedo confesar que tengo una bonita, duradera y no siempre saludable relación con los espíritus destilados. O compartir el secreto a voces de que me encantan las burbujas y solo tengo planes de dejarlas por instrucciones del Cirujano General. He gastado muchísimo dinero en ejercitarme por la sencilla razón de que carezco de disciplina para lo que detesto. Así que le pago a alguien para que me grite y me obligue a moverme, a despertar músculos que no han sido utilizados correctamente (o no han sido utilizados punto) por mucho tiempo. Me levanto a las cinco de la mañana porque si lo dejo para la tarde cualquier contratiempo o mal rato será la excusa perfecta para sustituir el entrenamiento por una cena y una botella. Sin contar con que mi adultez vino con una perseverante dificultad para dormir. Mi intensidad le mete las manos a Morfeo cualquier día de la semana. Así que hago una hora de yoga y luego corro un par de millas para que mi cuerpo básicamente colapse al tocar la cama. A veces funciona, a veces no. Me hice pruebas de tiroides para echarle las culpas a algún mal funcionamiento de que aún comiendo mejor que antes y haciendo más ejercicios que nunca, no bajo de peso. El doctor me dijo que mi esposo tenía un problema serio, porque si es por mis exámenes y laboratorios me quedan 100 años de dar candela y vida plena. 

 

Sigo haciendo ejercicios porque todo lo que no jugué de niña trajo secuelas. Me aterra hacer una parada de manos. El otro día hice mi primera vuelta de carnero y casi tengo un ataque de pánico. Cuando empecé con una trainer me sorprendió la incapacidad que yo tenía de cargar mi propio peso. Fue un golpe de realidad ver mi cuerpo temblar en menos de 15 segundos haciendo una plancha. También descubrí que mi odio a correr tiene todo que ver con que no sé respirar. Con el crossfit descubrí la impresionante satisfacción de reconocer capacidades que desconocía del cuerpo en el que llevo más de 3 décadas. Ahora con el yoga he logrado acariciar mis propios pies, abrazar mis rodillas, vaciar la mente, modular la entrada y salida del aire hasta quedarme dormida, sostener la respiración, aunque esté hecha un nudo (por fuera o por dentro). 

 

No soy la misma que antes. Mis capacidades se han ensanchado como mis caderas. He llorado y he sudado en esta vida, lo que jamás imaginé mientras me limitaba a mirar a otros niños reír y correr, sudar y reír. No quepo en los mahones de mi high, porque no tengo el cuerpo de la high, ni mis caderas, ni mi cintura, ni mi complejidad. Vale recalcar que ahora sí tengo el size de brassier que juraba y perjuraba que cuando fuese adulta me iba a poder o querer comprar. 

 

No he vuelto ni volveré al peso de mi primera boda. Facebook me trae recuerdos de hace 10 y 15 años y no me reconozco, recuerdo sentirme gordita en momentos donde pesaba 40 libras menos que ahora. También tengo presente lo dura que era con la imagen que tenía de mí, lo mucho que me importaba como me veía y el poco caso que le hacía a cómo me sentía. Hace años adopté el mantra de que tengo que gustarme, si no me gusta la versión de mí que soy en una pareja, en una amistad, en un trabajo, rápidamente empiezo a moverme, a escaparme, a desconectarme, a huir. Física y vanidosamente tengo la misma regla, ¿me gusto? ¿me tiraría yo misma? Mientras la respuesta sea sí, todos contentos. Cuando la respuesta es un no sé, o un fruncir de ceño, toca moverse también. Nos empeñamos en juzgarnos en tallas, en libras y en pulgadas. Gastamos dinero y energía, pensando en cuerpos que ni siquiera tienen las mismas estructuras que los nuestros. Nuestros ideales de belleza no concuerdan ni con nuestras dimensiones, ni con nuestros genes, ni con nuestra realidad. 

 

Mi índice de masa corporal no es el idílico. Probablemente mi peso en relación con mi estatura raya en la obesidad. Pero ahora pienso en intenciones antes de ponerme a sudar. A veces hasta me llevo los tennis y corro sin ponerme alarma cuando me voy de wikén. Ya casi he recuperado la flexibilidad de mis tempranos veintis. Lo sigo odiando, pero continúo ejercitándome en contra de mi propio auto sabotaje y apatía. Mi no tan nuevo cónyuge me mira como si estuviera en el mejor momento de mi vida y que conste que lleva ligándome desde que a mis trece me tiraba en una cama y con un gancho le cerraba el zipper a un mahón Bongo talla dos. 

 

Familias unidas, festividades divididas.

Familias unidas, festividades divididas.

Confieso que no me gustan los días de las madres. Debe haber sido algo que comenzó con el olvido de mi abuela y que se ha ido afilando con las pérdidas, la adultez y sus respectivas complicaciones. De niña me encantaban las festividades. La expectativa esa emocionante de mucha gente que querías en un mismo lugar, lo que también implicaba más regalos en un mismo día. Crecí con la falsa ilusión de que siempre se reunía toda la familia, por lo mismo que imaginaba en mi futuro ese calco de familia grande y toda junta.

Con el útero en la mesa

Con el útero en la mesa

Los 33 han sido una edad dura para mí. Sospechaba que pasaría ya que tuve una tía que murió a sus 33. En los últimos 5 meses cada vez que alguien me pregunta mi edad (cosa que no entiendo cómo sigue pasando y con qué fines) diría que el 89% de las veces, luego de mi: “33”, recibo un: “la edad de Cristo”. Automáticamente pienso en un hombre crucificado, ensangrentado, muriéndose en una cruz. Sin embargo, la gente lo suelta con cara de piropo, de alegría, casi de felicitación. El diálogo suele continuar en franca decadencia después de ahí.

Con el ojo en el hombro

Con el ojo en el hombro

Estoy pensando tatuarme un huracán en el hombro izquierdo. No sé si lo he hecho del todo a propósito, pero mis tatuajes están todos en el lado izquierdo de mi cuerpo. Quizás es una forma de balancearme, soy derecha, me encantan los zurdos y los izquierdismos en general. Sin querer queriendo todos mis tatuajes son un recordatorio de algo, de algo que quiero olvidar, de algo que suelo olvidar, de algo que no puedo olvidar.

O Mejor Oferta



Cada cierto tiempo vemos casas. No tenemos un ritmo o un ritual aparente. Un día cualquiera tomamos decisiones grandes, con la naturalidad con la que hacemos compra o decidimos irnos a beber a la Plaza de Santurce. Así nos mudamos juntos o él se mudó conmigo o yo tuve que mudarme y él me siguió… a veces pienso que vivimos juntos desde el primer junte, así que nuestros aniversarios nunca serán claros ni definitivos. Casi siempre el comienzo del cuento es que uno le envía a otro un clasificado, un “se vende”. La economía está jodida y por eso es el momento perfecto para comprar, dicen. Es el peor momento para vender, como en todo, que alguien pierda una casa que pagó casi toda la vida es un golpe de suerte esperanzador para otro que ahora puede comprar una casa en un área en la que jamás soñó vivir. Aunque ahora esté del lado de la esperanza no deja de darme tristeza. A veces nos enviamos casas de medio millón de pesos, por si nos pegamos, nos enviamos casas de playa por si nos sentimos valientes y lo dejamos todo un día y montamos un kiosco en pleno Rincón y vivimos felices para siempre en trajes de baño, bronceados, con la casa llena de arena y el corazón lleno de viento de mar.

Ir a ver una casa es como una cita a ciegas. Uno se viste bonito, pa’ que piensen (o te crean) que tienes el presupuesto y te cojan en serio. Él brilla la guagua porque ahí nos ven llegar. Yo dejo las plumas, las pulseras escandalosas, me pongo un trajecito, unas plataformas, unas dormilonas, la cartera bonita, los espejuelos caros.


A veces los realtors citan a más de uno, siempre me parece sospechoso, me levanta banderas, desconfío al instante, la otra pareja, la otra familia, se convierte en competencia de algo que uno ni siquiera sabe si quiere. Si alguien es doctor, ingeniero, licenciado o arquitecto tiene ya las de ganar. Si alguien tiene hijos le enseñan con más detalle la casa, enfatizan en las ventajas del espacio para que los nenes jueguen, si no tenemos hijos nos explican en qué cuarto los pondríamos, lo conveniente que es esa calle para aprender a correr bicicleta y verlos jugar.

Yo pido pocas cosas, he vivido en muchas casas. Necesito luz, ventanales, espacios abiertos, cocinas que no tienten la claustrofobia, que cocinar nunca se convierta en un acto de aislamiento sino todo lo contrario, en el centro de la fiesta, en la razón del parisón. Él quiere que la urbanización sea cerrada, que el patio sea amplio, que quepan 2 carros en el garaje, que no tenga que agacharse para entrar a los cuartos, que no tenga que bañarse jorobado, que las ventanas sean de seguridad.


A mí no me gustan las casas nuevas, desconfío de su estructura, de la prisa con que las construyen, me asusta ser de las primeras que compra en algo que quizás se convierta en una comunidad fantasma, en un pequeño pueblo desierto. Me enamoro de la amplitud de los espacios, me importan más los sitios de estar que los mismos cuartos. No me molesta para nada que las casas estén viejitas, maltratadas, que les haga falta cariño, me parece que son síntomas de que sobreviven, de que se las han visto, las han pasado, y lo han aguantado.


Entonces hay casas que se sienten oscuras, con una oscuridad que no tiene que ver con tragaluces ni con que no esté conectada la electricidad. Hay paredes que parece que encierran llantos, hay pasillos que se sienten tan cargados que pareciera que el techo está a punto de echarse a llorar.

Entonces al séptimo, al octavo intento, vamos a ver una casa, en una urbanización vieja de esas que me gustan, de esas que siento que podré correr por las mañanas y saludar a las abuelitas que no tengo en los balcones de otras casas. Y de pronto los techos son altos, y no podemos evitar mirarnos disimulando y de repente la luz entra por todos lados y nos sonreímos de lado a lado y nos deja de importar la extraña distribución de los espacios. Llego a un patio gigante y veo a mis perros correr, empiezo a rescatar más perros y por qué no, uno que otro gato porque tenemos espacio demás. Agrandamos el cuarto master, me construyo un baño nuevo en un par de años, hago la cocina a mi gusto, siempre supe que mis boards en Pinterest tendrían uso después de todo.

No puedo demostrar que me encanta la casa, porque él me mira y me susurra preguntando si de verdad me gusta, que si me veo ahí, que si la quiero, y me aterra que si le digo que sí, hace una oferta, sin contratar inspectores, sin pedir tasación, sin regatear el precio, sin tener un plan determinado, sin saber en lo que se está metiendo. Lo sé capaz, porque así lo hizo conmigo. No dijo que necesitaba ver más casas, no preguntó si alguien había muerto allí, ni cuanto tiempo llevaba desocupada, no solicitó alquiler con opción de compra, no investigó de dónde venían las manchas de mis paredes, ni la razón original de las grietas en mis techos. Ofreció por encima del precio original, sin averiguar sobre mis vicios ocultos, sin sospechar de las hipotecas ejecutadas entre mis costillas, sin saber que yo coleccionaba ruinas en mi construcción.

Luego de ver y fotografiar cada rincón de la dichosa casa idílica, nos vamos casi corriendo, huyéndole al enamoramiento, la cagadera que uno siente cuando te das cuenta de que el jevo te está gustando de verdad. Y callamos en el carro mirando los alrededores. Y en el próximo semáforo abrimos las bocas y pintamos la entrada rara de un color funky y antes de que cambie a verde, remplazamos todas las ventanas a ventanas de seguridad, y sin más, estamos guiando sin tener la radio prendida, sin destino, pasándonos de la salida, guindando hamacas en el patio, contratando a un amigo para que nos pinte un mural. Tuvimos que parar a darnos unas cervezas, porque se nos secó el galillo de tanto arreglo y remodelación. Le encontramos ventaja a que “los nenes” compartieran un baño, hicimos un área para beber vinitos y escuchar discos de vinil, calculamos que teníamos estacionamiento para más de 7 carros y hasta para la yola que siempre estamos por comprar. Yo accedí al perro grande y él me dejó llenar las paredes de cuadros de mujeres. Sembramos un huerto casero, hicimos una terraza de madera, pusimos cortinas, nos deshicimos de medio juego de cuarto porque no cabía.




Y así fuimos a nuestra segunda cita, como uno va a encontrarse con el jevo por segunda vez, blindado. Con las antenas prendidas, con los consejos de los viejos, de los amigos, del contratista. Y encontramos manchas de humedad en los pisos. Y la distribución del espacio se nos hizo raro. Y nos dimos cuenta de que habían 3 tipos distintos de ventanas. Y el baño se nos hizo demasiado pequeño para compartirlo por los próximos 30 años. Y nos cuestionamos si valía la pena meterle tanto esfuerzo, tanto sudor, a una estructura de más de 3 décadas. Y nos fijamos en que no había suficiente espacio de almacenaje. Que no había explicación para tener un contador en el medio de la sala, que quizás todo ese espacio, ese pedazo favorito de nuestro futuro nidito fue una adición sin planificación del antiguo dueño. Que a lo mejor agrandar el master, hacer un baño nuevo, hacer la cocina a mi gusto terminaba costando más de lo que queríamos o podíamos gastar. Que el comején de las ventanas no era de los comunes, era de los peores. Que no sabíamos el trato que le habían dado a esa casa vieja. Así que desmonté las cunas de los niños que no tuve, enrollé el mural que no pintamos y me llevé la yola que nunca navegamos. Y nos montamos en carros distintos en silencio, sabiendo que quizás de aquí a unos años nos reiríamos de esta cita a ciegas, de cómo creímos que nos enamoramos, de como jurábamos que quizás, quizás esa casa nos hubiera dado “un vino de amor al tiempo”.


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A cuenta gotas






Mi abuela era supersticiosa, más católica que las monjas y supersticiosa. Creo que aparte de nuestro amor por los perros es en lo único en lo que nos parecemos. No han habido misas, rosarios, clases de cocina, ni de costura, que cierren el resto de ese abismo. No pongo mis carteras en el piso porque se me van los chavos, si se me derrama la sal echo por encima del hombro izquierdo con la mano derecha puñaditos de sal tres veces para que le caiga al diablo, me pongo histérica cuando abren una sombrilla en un sitio con techo y no hay Dios que me haga pasar por debajo de una escalera.

Todos mis cumpleaños, mi abuela ponía un vaso lleno de agua al revés sobre un plato para detener la lluvia. Yo llevo haciéndolo desde que tengo uso de razón. Si me voy de fin de semana, tan pronto llego al hotel lo hago, si quiero ir a la playa viro el vaso, el Día Nacional de la Salsa se viran vasos en mi casa sin excepción. Tengo amigos que me llaman y me piden que lo haga. Los más incrédulos han visto los cielos despejarse en menos de una hora después del viraje milagroso. He tenido peleas legendarias con gente que se ha atrevido a tocar el vaso y derramar el agua. Sin embargo, en este eterno verano seco, nunca supe qué hacer. No tengo un conjuro para la falta de lluvia, no tengo un antídoto para este tipo de escasez.



Hace ya más de tres meses, un martes para ser exactos, mi concubino me llamó a decirme que se iba temprano de la oficina, que el racionamiento empezaba en dos días, que era inminente, que teníamos que prepararnos, que él se iba para Mayagüez al otro día y no me iba a dejar a mí ese tostón. Yo pillé una risa burlona entre mis labios mientras al otro lado del teléfono se escuchaba un “te importa un carajo, ¿verdad?”. Tenía razón. El racionamiento me parecía ese por ahí viene el lobo por ahí viene el lobo que nunca llega. Pensaba que la sequía funcionaba como los huracanes que se acercan y se acercan y luego viran a última hora y destruyen alguna otra isla que probablemente ya derrumbaron la última vez. Llegué a una casa con un zafacón inmenso repleto de agua, galones y galones desperdigados en el comedor, botellitas junto al fregadero, cubos al lado de los inodoros, lavadora llena, bañeras llenas. La casa se había vuelto un almacén de humedad, una locura de plástico y mililitros. Dos días después, tal como prometían los periódicos y las redes sociales, dejó de salir agua por mis grifos.


Me preguntaron que qué yo hubiese hecho, que cómo yo hubiese sobrevivido. Probablemente hubiese intentado comprar agua embotellada cuando ya se hubiese acabado, seguramente me hubiese bañado en casa de mis papás mientras les durase, o en la oficina, o en el gimnasio, o en el mismo mar, no sé. La cosa es tengo una relación enfermiza, reincidente y de amor y odio con Cupey. Me crié en Cupey, me fui a España, regresé a Cupey, me casé, me mudé al mismo Cupey, me divorcié, volví al Cupey de mis padres, me mudé a Río Piedras, luego a Santurce, luego a Miramar y adivinen dónde vivo en feliz concubinato, obvio que en Cupey. Cuna de próceres tales como Tito Trinidad, no me lo invento, hay literalmente un rótulo verde que lo dice y del que me reído por los últimos 15 años a lo menos. Uno siempre vuelve, o por lo menos yo siempre vuelvo a los viejos sitios en los que haya amado o no la vida. Cupey estuvo en racionamiento desde el día 1. Pasamos por todos los planes, un día sí y un día no, un día sí y dos no, un día sí y tres no. Hubo un momento en que perdimos la cuenta y hasta nos bañamos con galones el día en que teníamos agua.



Tengo una cosa con el agua, siempre la he tenido. Tengo otra cosa con la escasez, siempre la he tenido. Me lo han dicho videntes, astrólogos, naturópatas que leen el iris del ojo, sicólogos y siquiatras. Y con esta sequía esas dos cosas se han mezclado de la peor y la mejor manera. Soy una nueva persona. Lo confieso. Yo me lavaba el pelo dos veces al día, dejaba correr el agua  mientras me desenredaba los nudos de la maranta, dejaba correr el agua mientras fregaba, mientras me lavaba los dientes, a veces hasta mientras me ponía los lentes, sin ningún sentido. A veces sencillamente se me olvidaba cerrar las plumas y me lo recordaban los ladridos mojados de mis perros o el ruido de cascada desde la cocina. Esta sequía me ha cambiado, tanto como te cambia un viaje al otro lado del mundo, o a Cuba que está justo en la esquina. Me propuse no maldecir desde el principio. Mientras me bañaba con galones me obligué a pensar en gente que nunca ha experimentado el placer del chorro de agua potable desde una ducha. Más allá, pensé en la imagen ya clichosa pero no por eso menos cierta de niños tomando agua turbia directamente de los charcos. Somos una isla bendecida dicen. Que me perdonen los puristas, pero esa afirmación hace que se me retuerza la fe. El hecho de que lo peor que nos pueda pasar sea tener agua 2 veces a la semana, me aterra. ¿Cuáles serán los criterios para conceder ciertas bendiciones a ciertas áreas geográficas? ¿Se habrán llegado a acuerdos? ¿Se habrán llenado solicitudes? ¿Se habrán establecido métodos de pago? ¿Habrán fechas de expiración que desconocemos? ¿Se nos acabará el pan de piquito otro martes cualquiera?

Una vez tuve un profesor de escrituras sagradas del medio oriente, recuerdo mi decepción cuando vi que era un cura jesuita, más que nada porque presumí su falta total de objetividad en el tema, sin embargo, aquel sacerdote me dijo unas palabras que son el mantra de todas mis creencias: “si me quitan mis dudas, me quitan mi fe”. En el momento en el que dejas de preguntarte, dejas de estar en el presente, dejas de existir.


En la sequía del noventa y pico, mi abuela nos calentaba calderos de agua y las mezclaba con el agua fría para que no nos congeláramos. Decía mientras nos bañaba, que había que dar gracias porque teníamos agua almacenada, porque teníamos gas para prender la estufa y poder entibiar el agua para bañarnos. En aquel entonces no tenía idea de la suerte que tenía de tener a mi abuela, punto. Esta sequía ha sido como un retiro espiritual, de esos que te hacen llorar a propósito y darte cuenta de que no eres tan buena persona después de todo, y para los que vivimos en pareja ha sido como un boot camp matrimonial, se pasa más trabajo, se gasta más dinero y uno no puede meterse bajo el chorro cuando está de mal humor. Mi compañero me calienta los galones de agua plásticos en el microondas y se asegura de reponer el agua que usamos. Cuando me voy a bañar, ya tengo galones tibios en el segundo piso. Obviamente con mi típica suerte, en medio de esta sequía me he lastimado rodillas, hombros, brazos y en muchas ocasiones, ha sido él quien me ha bañado con agua tibia, como hacía mi abuela. En el mismo medio de la sequía, para apaciguar mi pánico a la escasez, mi desconfianza en la humanidad en general, en décadas distintas, con tecnologías diferentes, alguien me ha amado lo suficiente como para almacenar agua, calentarla y dejármela correr, aunque sea justo la necesaria.

Perdonen la cursilería, el optimismo y el cliché bonito, pero ayer me quitaron el racionamiento y hasta nuevo aviso me permito sentirme bendecida.


Viernes 13




Un compañero de trabajo, militar retirado, me enseñó hace más de una década, medio en serio, medio en broma, que el miedo es lo que mantiene al mundo en sitio. Las relaciones son relaciones de poder y el poder y el miedo son aliados. Los miedos, como las manías, te dicen todo de la gente. Un hombre en un lugar oscuro, le da miedo que lo roben, que lo maten, una mujer en un lugar oscuro, le da miedo que la violen, que la maten, muchas veces en ese orden. Los miedos responden a construcciones culturales, a lecciones de vida, a herencias familiares, a situaciones históricas o anecdóticas, a experiencias terribles, a cuentos creídos y a mecánicas de supervivencia codificadas en nuestros ADNs.

Hace no tanto me fui de viaje, un viaje largo, exótico y lejano y medio. Me fui a un sitio prácticamente desconocido por completo para mí, para mi compañero de viaje y para prácticamente todo el que respondía con ojos grandes, cabeza echada para atrás, ceño fruncido y un “¿Turquía???” preñado de incredulidad, de prejuicios, de desconocimiento, de ignorancia y por supuesto, de miedo.

Todos los años nos parecen duros, cortos, crueles, llenos de muertes, de escasez y siempre estamos locos de que se acaben y nos prometemos que el próximo será el nuestro y cambiará nuestras vidas para siempre. En el 2014 hubo Chikungunya, hubo Ébola, hubo Siria, hubo guerra, entre otras cosas terribles. Todo lo que sentimos cercano, nos da la facilidad de relacionarnos y esto suele movernos el suelo como si acabase de ser descubierto o pasase por primera vez. Mientras las cosas permanezcan lejanas, no palpables, mientras no conozcamos a alguien que conozca a alguien que las sufra, es como si no tuviésemos manera de relacionarnos o preocuparnos o sentirnos vulnerables a ellas. Así que meses antes del viaje nos pasamos pendientes al conflicto en Siria, vivimos con repelente de mosquitos, con los brazaletes que seguimos comprando aunque nos aseguraban que no funcionaban, vivimos con las ventanas cerradas, prendiendo el aire más temprano, pagando aún más de luz eléctrica cada vez.
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Días antes de irnos, a pesar de que logramos esquivar el amenazante Aedes aegypti, mi compañero se contagió de un virus peor. Comenzó con una ansiedad leve, con preguntas esporádicas sobre la situación política de nuestro destino, nuestro destino fronterizo a Irán y a Siria. A esto le siguió una búsqueda de artículos sobre todos los peligros que nos esperaban al otro lado del mundo a donde nos dirigíamos voluntariamente y gastando nuestros ahorros. Un sitio donde no se nos había perdido nada (en palabras de mi madre) a encontrar posible y probablemente un secuestro, un bombazo, o la muerte misma (según avanzaban sus averiguaciones). Recordemos que una boricua murió en Turquía, por lo que se cumple el principio de cercanía suficiente. El miedo había entrado a nuestra casa, a nuestra relación, y lo peor de todo (en mi egoísta y viajero cerebro), amenazaba mi viaje, ¡y hasta ahí!



Mis miedos suelo tenerlos bastante identificados y controlados, casi casi rotulados y archivados por orden alfabético. Los miedos, en principio, son buenos, son reflejos de la vida, de la capacidad de adaptación, un principio básico de la supervivencia. Sentimos miedo cuando percibimos que se nos acerca un peligro (real, imaginario, pasado, presente, futuro, remoto), es un instinto animal y a la vez una de las emociones más humanas existentes. En mi librito lo último que se pierde es el miedo, no la fe.

En nuestra casa, los síntomas del miedo fueron irritabilidad, resentimiento, procrastinación de las tareas relacionadas al viaje, un veto al tema de la inminente partida y discusiones sobrias y ebrias al respecto. En el periodo de incubación se me acusó de ser tan “fearless”, tan “reckless”… Nunca me he considerado audaz, ni intrépida, mucho menos temeraria. Pero esa clasificación de “sin miedo”, de “libre de miedos” se me ha quedado rebotando desde entonces.

¿Le tengo miedo a los aviones? No. ¿Le tengo miedo a lo desconocido? No. ¿Le temo a ir a un país donde no hablen mi idioma? No. ¿Me da miedo la cultura musulmana? No. ¿Le tengo miedo a la comida de otros lugares? No. ¿Le tengo miedo al ébola? No.

Tengo miedo específicos, casi siempre puedo trazarlos a alguna raíz muy particular. Claro que tengo miedos irracionales, tengo pesadillas con que se me meta un lagartijo en el pelo y lo mate tratando de sacarlo. Le tengo pánico a que un murciélago se me enrede en la maranta. Le tengo miedo a que me asalten con una jeringuilla, a que intenten sacarme sangre y no salga ni una gota. Le tengo miedo a las palomas, a la mierda de palomas, en realidad. Vivo aterrorizada de que me dé Alzheimer y se me olvide los nombres y las caras de la gente que amo con pasión. Me da miedo quedarme sola, me da miedo tener hijos, me da miedo que el miedo haga que se me haga demasiado tarde para tener hijos si decido hacerlo, me da pánico que mi cuerpo no sea capaz de tenerlos, me da terror tenerlos y enterarme tardíamente que soy soberanamente inepta como mamá.

No me da miedo mi muerte, pero le tengo miedo a la muerte de mis padres. Me da miedo que mi hermano cometa un terror terrible de esos que ni familiares, ni conocidos, ni préstamos, logren solucionar. Me da pánico que le pase algo, cualquier cosa a Valeria. Me da terror que Iván crezca y me olvide. Le temo a que no me sea suficiente la longevidad de mis perros. Me da miedo morirme sin ver lugares que quiero ver, sin vivir cosas que quiero vivir. Me da terror no publicar un libro nunca. Tengo miedo a arrepentirme, a no vivir suficiente, a morirme con un “what if” en la médula de mis huesos. Me da miedo no pasar nunca la reválida, y más miedo aún no volverlo a intentar. Y sí, confieso que me da miedo también caminar, sola o acompañada por una calle oscura, en Istanbul o en Santurce, en Ankara o en Río Piedras, en Cappadocia o en Cupey. Me daba miedo antes y me da miedo después de que alguien atropellara a alguien que no conozco pero con quien tengo 56 amigos en común según Facebook, suficientemente cerca otra vez.

Le tengo miedo al cáncer, un miedo latente, real, mordaz y punzante. Un terror que cada cierto tiempo se aparece y me sonríe. Un miedo que me susurra al oído que esas pruebas de rutina siempre tienen la posibilidad de cagarme la vida para siempre. Un miedo que se me revuelca cuando una mujer con un año más que yo y 3 hijos se muere, luego de verla decir que sabe que Dios la va a salvar. Un miedo que me recuerda que hace seis años me dibujaron una escalerita del cáncer y me lo enseñaron a dos escalones de donde yo estaba. Un pánico que me hizo decir corta, saca, congela lo que sea porque no creo en la observación, no creo en la espera, no creo en salvarme con rezos. Creo en la violencia. Creo en exterminar el miedo del cuerpo y del alma sin ningún tipo de piedad. El miedo hay que matarlo, sacarlo de raíz, quemarlo con frío o con calor, no con oraciones ni con velas, hay que matarlo con radiación, con quimio, con una visita al año. El miedo se combate de frente y mirándolo a los ojos. El miedo se combate acostándote aterrada en una burra y sintiéndote el ser humano más miserable del mundo con una bata de papel rajada en el pecho. El miedo se combate con el miedo frío que te entra cuando el médico te dice que te bajes más, que te bajes más, y que te espatarres frente a una lupa gigante y una lámpara de luz blanca, mientras un hombre con mascarilla te trastea las vísceras y te saca un cantito de tus entrañas para mandarlo a examinar y esperar 2 semanas a que te llamen si sale algo mal. Porque nunca llaman a decirte que todo está bien. Y mientras tanto una se caga del miedo, la vida se paraliza y las próximas semanas van en una cámara lenta que tortura y enloquece.

Porque el miedo no tiene que ver con otra gente, el miedo tiene que ver con uno. Y si le huyes, te encuentra. Atrás, de frente, porque lo llevas contigo, es parte de ti. No se queda atrás con mudanzas, ni cambios de imagen, se agudiza con el tiempo, se activa con la lluvia, como el barrunto. Caminas en un campo minado sin zapatos ni rotulación. Se camufla con la felicidad y te coge desprevenido.



Mi miedo al cáncer está encriptado en mi sangre, en mi familia le da cáncer hasta a los perros. Mi tía se murió a los 33 años. 3 años más que yo, y yo no me quiero morir de cáncer carajo. Me pregunto cómo sería vivir antes de que eso fuera una posibilidad. Cómo será vivir de verdad sin miedo. No tengo la más remota idea pero haré todo lo posible para alcanzarlo, seguiré yendo a sitios donde no se me ha perdido nada como vacuna, continuaré mirando a los ojos al lagartijo que me espera a diario en las escaleras de mi casa como medida preventiva, miraré a ambos lados cuando cruzo la calle y me aseguraré de tener el espray de pimienta listo. Le llevaré ventaja a mis genes, haciendo sudokus en las noches, arrastraré a mi compañero a amarnos en países fronterizos al conflicto, seguiré religiosamente humillándome en una burra, y de vez en cuando, por qué no, rezaré, cruzaré los dedos y prenderé una que otra vela.

De órganos y adicciones fuera de lugar



La semana del 4 de julio de este año, a mi cuerpo le dio con gritarme.

Una de las frases más ciertas que he escuchado, me la dijo un profesor de literatura pero la escribió un cirujano francés: “la salud es el silencio de los órganos”. Llevaba un par de semanas sintiéndome distinta, mi cuerpo demasiado consciente de sus sensaciones y sus procesos. Toda la vida he sido bendecida con tener un estómago de troquero, siempre he podido comer y beber como un hombre del doble de mi peso, sin ningún tipo de consecuencia mayor. De la nada, los mensajes eran continuos; un malestar constante, una puñalada en la boca del estómago, una incapacidad para dormir en cualquier posición, unas náuseas que venían con el hambre, con la comida, cada 3 horas sin fallar, un reverbero, una acidez como sensación estándar. Empecé a tener un sabor a metal en la boca todo el tiempo y un miedo nuevo a probar bocado. Al buscar mis síntomas, Google me regalaba en los primeros diez resultados cierta palabra particular, una y otra y otra vez… Embarazo. Como tengo fuertes tendencias al exceso y a la exageración, me hice 3 o 4 pruebas en menos de dos semanas. El resultado también fue constante y continuo: una sola línea azul, una y otra y otra vez.

Decidí ir a un médico, cosa que suele ser mi última alternativa porque siempre creo que las cosas se me van a pasar. Y si no se me pasan aguanto, aguanto bastante. Tengo el umbral del dolor inversamente proporcional a mi estatura, altísimo. Mi tolerancia al dolor suele ser impresionante (dicho por segundos y terceros). He tenido bronquitis, úlceras en las córneas y tatuajes en mis costillas que los hombres que me examinaban, chequeaban y agujereaban no podían creer que yo estuviera pasando sin siquiera respirar más profundo de lo habitual. Será porque respirar nunca ha sido mi fuerte.



En la oficina del gastro tuve una de las experiencias más traumáticas de mi vida, sin tan siquiera haberle visto la cara al médico. Me hicieron escribir cuántos tragos, cuántas veces en semana y por cuántos años me había bebido. Demás está decir que mi matemática más conservadora no era ni remotamente halagadora. Soy nieta de dos alcohólicos e hija de dos hijos de alcohólicos que no beben. Aparente y alegadamente,  el gen alcohólico suele saltar una generación. Entré al consultorio con el mismo bochorno y nerviosismo con el que solía entrar al confesionario de madera de mi escuela elemental. Para mi sorpresa no le sorprendieron mis números, sabrá Dios con qué clase de gente me comparaba. Me preguntó si sabía lo que era una endoscopía. El médico decía endoscopía y mi mente escuchaba colonoscopía. Mi abuela sobrevivió un cáncer de colon. El médico me explicaba cómo vería mi esófago por dentro con una camarita. Mi cerebro no podía aclarar por dónde llegaba la dichosa cámara allí y yo aterrorizada de preguntar cuál era la entrada principal de la camarita. Me explicó que no, que la cámara entra por la garganta y me mira el esófago y el estómago. Sentí un alivio que me duró poco, demasiado poco para mi gusto.

Podían ser muchas cosas, podía ser una úlcera, podía ser una hernia, podía ser una bacteria que te da por el agua y por el hielo, una bacteria que hay que agarrar a tiempo porque es una de las principales causas de cáncer del estómago. Y ya no escuchaba nada más. El médico decía que por mi edad, probablemente no era nada serio y yo escuchaba cáncer. El médico decía que no dolía y yo nada más escuchaba el miedo. Miedo a la palabra cáncer que rodea los espacios entre las vocales y las consonantes de mis apellidos. En mi familia hasta los perros se mueren de cáncer. Pagué la cita, escuché las instrucciones, me llevé las recetas para los sedantes, pagué el estacionamiento, me monté al carro y lloré el camino entero hasta la farmacia.

Fue una larga semana hasta el examen y serían dos semanas infinitas hasta los resultados. De la nada se me metió un pánico absurdo entre cuero y carne, sobre qué pasaría si me daba con estornudar mientras me hacían la endoscopía. Creo que no estornudé y si lo hice, no sentí nada, en efecto. Esperé 4 horas en la sala de espera, viendo la misma película que las 2 veces anteriores y siendo por 3era vez la más joven del lugar. El doctor me saludó como si nos conociéramos de toda la vida, después de todo no me ha visto desnuda (que yo sepa) pero me ha visto por dentro, eso es más de lo que mucha gente puede decir.



Una hernia, intensa, pequeñita y jodona, como yo. Nada del todo preocupante, más de la mitad del país la tiene. Que me olvide del tomate, de las salsas, de la cafeína, del pique, del chocolate, de la cafeína, del alcohol, de la cafeína, de las margaritas, de los cigarrillos, de la cafeína… Una hernia, nada grave, un cantito de mi estómago se mete por el boquetito donde va el esófago. Los diminutivos no lo hacían sonar mejor. Para mí una hernia, siempre ha tenido que ver con la fuerza. ¡Nena no hagas tanta fuerza que te va a salir una hernia! (en la voz de mi abuela). Eso tendría mucho más sentido. Herniada por un exceso de fuerza. La suavidad nunca ha estado entre los 20 adjetivos que me describirían. La fuerza sí. No soy ni de abrazar, ni de añoñar, ni de acurrucar. Soy más de pellizcar, morder y apretar. Sólo sé dar el cariño a cantazos, a borbotones, como único sé sentir.

Llevo casi 3 meses cambiándolo todo. Dándome cuenta de que la vida de uno gira en torno a los palos, a las frituras, al café. Que la mitad del menú es mi enemiga. Que los jangueos sin alcohol son una ventana a otra dimensión. Que tus panas no son tan graciosos cuando tú estás sobrio y ellos no. Que más de dos horas en la playa sin cervezas ni una botella de Champagne son demasiado tiempo y un tiempo mucho más caluroso de lo que crees. Que el espacio personal no existe entre el whiskey, la vodka y el ron y que cuando uno está sobrio la gente parece que grita más, te toca más, te irrita más. Y que si lo pasas suficientemente mal, hasta las cosas que más te gustan parecen estar demás.


No es una condición terrible, ni una enfermedad degenerativa, pero tampoco se cura. No he cumplido treinta y tengo una hernia hiatal, principios de cataratas desde los 17, mis caderas se salen de sitio desde los 16, y tengo miopía desde los 12. Lo mío son las cosas pequeñas, cotidianas, sobrevivibles, sufribles y encojonantes. Ha sido una experiencia existencial. He tocado fondo y he celebrado con Ginger Ale. Ya sé que las resacas no se extrañan y que cuando uno no bebe, tiene mucho más tiempo para leer. La claridad de todas tus noches abruma. Mi nueva búsqueda se resume en: los adictos a nada, qué les emociona de la vida. No se asusten, no estoy suicida, sólo tengo una hernia diminuta  y decidida y los días son más largos cuando uno no consume alcohol ni cafeína. Ahora cuando me enojo me duele la barriga. Quizás es la forma que tiene mi cuerpo, Dios o el universo de salvarme de mí misma y ni hablar de la pobre gente que me rodea cuando estoy
abstemia de alcohol y de café.


Las limitaciones te ayudan a reconocer cuál es tu droga. Las autoimpuestas, las sociales y las que tu cuerpo te pone porque en el fondo no da para más. Entonces ya sé cuál es la mía. Quizá siempre lo supe, pero la más que consumes no necesariamente es la más que te hala. La más pública no siempre es la que más pesa. Y la mía es el café. Lo requetecomprobé. Después de 2 meses sin tan siquiera acercarle la lengua, que se sintieron como 2 largos y agonizantes años, me lo volví a encontrar. Me dejé creer que como las migrañas me habían bajado y mis cambios de humor se habían estabilizado, lo había superado. Pero no, nuestro reencuentro fue tan mágico como me temía. La usual taquicardia me empezó desde la mañana en la que decidí premiarme. Yo iba a las millas y el universo detenido, en cámara lenta, estirándome la angustia. Parecía que el mundo quería protegerme de mí misma, de mi hedonismo autodestructivo, de mi fatal tendencia a caer una y otra y otra vez. 

De asomarme a la puerta, el olor me cosquilleaba la nariz y la columna. Me dio pudor imaginarme a la gente leyendo mis intenciones, la gente sabiendo que no debía hacerme un daño como ese, que la recaída sería peor que todas las anteriores juntas. Me temblaban las manos y quizás hasta las rodillas. Entonces la sonrisa esa idiota, el sobeteo de la taza con los ojos, el amor ese raro que siempre nos tuvimos, o mejor dicho que yo le tengo, la reciprocidad es siempre confusa en estos casos. Tan pronto me acerqué fue como si el tiempo no hubiese pasado, como si esta fuera la segunda taza del día, como si olvidara instantáneamente que tengo literalmente un pedazo de órgano fuera de sitio por ese amor.  Se me aguaron los ojos del placer. Me lo bebí lento pero sin pausa, hubiese querido tomarle fotos, pero en las fotos no se fijan los olores, no se plasman las sutilezas, no se escuchan las voces. Fui feliz. Tan feliz como solo un cuerpo en necesidad y luego satisfecho puede sentirse. Entonces me entró el júbilo, la falsa sensación de complacencia, de que esa felicidad puede estirarse, puede existir en un espacio distinto y en cantidades diarias. Me convencí de que necesitaba más sorbos y de que mi cuerpo podía resistirlos. Sentí ganas de cantar, de cambiar mi vida, de salvar el mundo, de salvarme a mí.  Fui dolorosamente feliz por una hora y media. Y entonces el bajón, el cuerpo quejándose, la realidad golpeándome el esófago, el cerebro en negación, las endorfinas en retirada, la vida diciéndome que no se puede ser feliz viviendo en una taza de café, ni tan siquiera una sola vez al mes.



Sin turulete

Mi cuerpo es un tipo bien organizado y maquiavélico. Soy despistada en general, no porque no recuerde las fechas importantes, sino porque usualmente no sé en qué día estoy viviendo. Sin embargo mi cuerpo tiene un sistema infalible para recordar. Los magos nunca revelan sus secretos, así que no tengo la más mínima idea de cómo lo logra. Su especialidad son las fechas tristes, los aniversarios de partidas, lo que hubiesen sido cumpleaños, las celebraciones que ya están inevitablemente rotas por los siglos de los siglos, amén.

Extrañar nunca se me ha dado bien. He podido formular una manera romántica de hacerlo, pero en términos prácticos el extrañar no me sale natural. Lo tengo que trabajar, maquinear, numerar, recordarme que se supone que me sienta de esa manera, hacer una lista mental de lo que falta y ¡zas!, extraño. A mis 4 años, despedí a mis papás el primer día del colegio con la mano y sin mirar atrás, como si fuese nada. Quizás tiene que ver con que fui a muchos funerales de chiquita y católica al fin, a muchas misas, rosarios, novenarios y letanías.

Mi abuela organizaba los rosarios en su casa. Se encargaba de todo, los invitados, el chocolate caliente, el queso de papa, las galletas danesas en su lata siempre azul, café con media, flores del patio, velas al santo, casa limpia, recordatorios por teléfono en tiempos en los que el teléfono era de rosca y había que marcar número a número para que a nadie se le olvidara ir a rezar. Mi abuela siempre fue buena para los nacimientos y las muertes. Adivinaba el sexo del bebé por la forma de la panza, te aseguraba si venía hermanito o hermanita de acuerdo a la localización del remolino en la cabeza del primogénito. Las muertes las manejaba con clase y naturalidad. Nunca la vi perder la compostura ni guindarse de la caja de un muerto a llorar. Lo de mi abuela nunca fueron los excesos. Mi abuela era literalmente toda una dama, directamente del Barrio Venezuela y podía dar clases de etiqueta a cualquier duquesa. Extraño a mi abuela. No solo cuando la gente se muere y los creman sin anuncio y sin llantos. La extraño a diario.




Así como pienso en la voz de Dios como la de Morgan Freeman, pienso en la voz de mi abuela como la parte recta de mi conciencia. Cuando niña la escuchaba diciéndome que si me tragaba las pepitas de las parchas, me crecería un árbol en el ombligo. De adolescente la escuchaba diciéndome que si dejaba que me tocaran la rodilla, dejaba que me tocaran todo lo demás, de adulta la escucho regañándome cuando me robo bolígrafos de restaurantes, cuando bebo de más, me parece escucharla diciéndome que salí a mi abuelo o si intento decir una mentira, la oigo, que no hay mentiras blancas, todas son mentiras y ya.

Usualmente cuando más la extraño, amanezco con un antojo terrible de desayunar cremas. Así que si tengo la fortuna de que sea un sábado, pongo bien bajito a hervir la leche, echo la harina que tenga a la mano, cáscara de limón, clavitos, raja de canela y azúcar y lloro mientras espero a que se cueza. Mi abuela decía que si mirabas mucho lo que estabas cocinando, no se hacía, se pasmaba el hervor, la carne no ablanda, el tenedor no traspasa la papa, la crema se tarda una eternidad. Así que lo hago a propósito, para que la farina me deje llorarla un poco más.

Siempre he intentado entender los más grandes fenómenos emocionales y existenciales desde los cuerpos. El amor mismo, su franca decadencia, su inevitable deterioro, si el amor está compuesto de dos personas de cuerpos degenerativos, pues no podría ser de otra forma. Para ciertas cosas me gusta lo concreto. Por eso siempre he detestado la física y la geometría. No puedo asociarlos a ningún tipo de cotidianidad.

Mi abuela era buena con la mente y con las manos. Sumaba al chavo la compra sin mediar calculadora. No era muy cariñosa, recuerdo restregarme en su falda como un gato para que me acariciara. Sin embargo, me cosía trajes para mí y mis muñecas, me cantaba turulete, me mecía en el sillón, me sacaba los piojos, me compró mi cama de Xuxa, me cocinaba lo que yo quisiera. Su amor era menos físico, sin dramas ni complicaciones, era sencillo, contundentemente práctico y mucho más concreto.


Mi abuela sobrevivió un cáncer, pero el Alzheimer se enamoró de ella, de sus manos que cosían y cocían, de la dulzura de su voz, de cómo cualquier planta se le daba, de su patio siempre prendido, de cómo dibujaba como si retratara con las manos, de cómo se persignaba cuando yo decía barbaridades, de cómo con 4 cosas cocinaba un manjar.

Cuando mi abuela empezó a olvidar, a cruzar nombres, a cocinar lo no comestible, a mentar muertos como vivos y vivos como muertos, cuando comenzó a sospechar que le robábamos, cuando pensaba que le mentíamos y nos rogaba a gritos que la devolviéramos a casa de su mamá, ahí fue que entendí el concepto de extrañar. Cuando mi abuela se enfermó, cuando su mente empezó a diluirse, ahí fue cuando realmente conocí a mi mamá. Entendí de qué mi madre estaba hecha, cómo es que amamos las Pérez. Las citas al neurólogo, las pastillas a las horas exactas, el intentar formarle conversación, el repetir las cosas en exactamente el mismo tono y con el mismo amor, las múltiples notas escritas por toda la casa, la paciencia, el no llevarle la contraria, el sacarla de la casa, darle una vuelta y devolverla a ver en cuál de las vueltas se acordaba de que esa era su casa desde el principio.

Voy a cumplir 30 años y nada es como pensé que sería. Hay algo con la cercanía a la 3era década que le da a una (o sea a mí y a este cuerpo caprichoso) con cuestionárselo todo, desde los genes pasados hasta los genes futuros. Encima, hay un ajoro interno de lograr cosas, de ponerse fechas como si de la nada alguien hubiese encendido un conteo regresivo y tuviese una bomba a punto de estallarme justo detrás del ombligo. Pero todo parece medio incompleto y sin propósito desde que ella se fue. Me inunda de tristeza que mi abuela no hubiese visto que me gradué de derecho, me da mucha pena que no hubiese conocido a mi compañero de vida, que no viera la versión mía de ser tití. Aunque por otro lado, podría ser un alivio que no se haya enterado de que soy divorciada, que tengo un tatuaje, que hace 2 elecciones que no voto, que no se me da ni una mata de recao y que escribí una novela donde ella sale y tiene más de una escena que la harían santificarse y soltar unas cuantas “Ave María Purísima”, pero bueno… A mis 17 mi abuela ya me estaba diciendo que una nena tan linda no se podía quedar a vestir santos. ¿Qué pensaría mi abuela si me viera a los 29 sin hijos ni planes de tenerlos? Y ahí es que la matemática me jode.

Siempre quise ser más abuela que mamá. Ujúm, problemas con el compromiso desde antes que la vida me diera razones para tenerlos. Sé que sería la abuela más divertida del universo sin lugar a dudas. Pero el rol que toca antes me aterroriza. Entonces sumo y resto, no creo que la vida me dé para ser hija, madre y abuela. Dudo que pueda programar en etapas toda esta intensidad. Pienso en la edad que tendrían mis padres si algún día me decido a multiplicarme y no hay manera de que pueda regalarle a mis hijos no nacidos ni planificados una abuela joven y llena de energía, sin regalarles a una madre ajorada, resentida y pelá.


Por ahora he intentado hacer las veces de... Hornear el pernil de Nochebuena, hacer el coquito de abuela, lo cual es imposible porque soy incapaz de abrir un coco con un machete y abuela no tenía una versión de nada que no fuera “from scratch”. He intentado replicar el jamón con piña de despedida de año, la ensalada de papa con ingredientes que ni como, agarrarme a lo poco de ella que heredé. Pero no me sale ser tronco. Mi abuela nos daba una excusa para juntarnos, una cuasi obligación de reunirnos en su casa, dejar todo de lado y ser gente civil y amorosa por varias horas. Detener el paso del tiempo, recordar aquellas épocas donde todo era más sencillo o parecía serlo. Ahora es diferente, ahora juntarnos es recordar ausencias. Ya no hay un ente regulador que no nos deje sacarnos cosas en cara. No hay un árbitro que regule las malas palabras o mantenga los chistes colorados a cierto nivel. Lo he intentado, hacer el pavo en mi casa con todo y el asco que me dan las aves muertas, invitar a todos con sus respectivas parejas y disparejas, y hasta hornear un pernil de 34 libras. Pero siempre hay algo, una familia nueva, un horario de trabajo que no se ajusta, una custodia compartida, otro compromiso y al final de todos modos abuela no está, mi coquito está hecho con ingredientes enlatados y aunque nadie se dé cuenta, yo lo sé. Y no hay forma de guardar, preservar y volver a experimentar los sabores, los olores. Siempre siento que le falta algo a la ensalada, que no hay celebración si no le compramos la caja de chocolates rellena de cherries, los jabones marca Maja para las gavetas de la ropa, no hay quien nos obligue a comernos las 12 uvas a la media noche, a sacar la maleta a la calle para los viajes, a tirar el cubo de agua desde el balcón, faltan las alusiones a Muñoz Marín y el salmo 23 cuando las cosas se salen de control.


Cuando abuela se fue, no hubo un funeral, ni muchas misas, ni rosarios, ni novenarios, para nosotros había sido una pérdida demasiado larga. Me gusta pensar que alguna viejita agradecida los habrá hecho en su casa sin que faltaran galletas danesas ni chocolate caliente con queso de papa. Después de años enferma de olvido, recuerdo el alivio que sentía, el triunfo diario de que me llamara por mi nombre, así como recuerdo la primera vez que me preguntó que quién era yo. Estuvo yéndose por casi 10 años, hasta que por fin se fue. Quizás por eso no tengo prisa de ser mamá, aunque me sobren los buenos ejemplos. No tendré a mi abuela para que me adivine el sexo del bebé por la forma de mi barriga, ni que esté en el parto para confirmar su apuesta (capricorniana al fin le encantaba ganar), para que me diga qué será el próximo sin siquiera darme tiempo a decidir si quiero otro, no estará abuela para ponerle de inmediato una manito de azabache, para prenderle una vela, para cosernos ropa con la misma tela para la foto familiar.

Abuela no está y toda celebración es un recordatorio. No quiero  ni puedo olvidarme de esa ausencia, de ese dolorcito en el pecho que no se quita aunque se suavice intermitentemente, porque dolerme la mantiene cerca, y olvidarme sería una vez más, volver a perderla.