Resoluciones plásticas

Ya no hago resoluciones de año nuevo. No sé si es porque las listas en general me abruman y me ponen más nerviosa de lo que me ayudan a inspirarme, animarme y organizarme. También puede tener que ver con que reacciono tardíamente a las cosas y usualmente vengo a darme cuenta de que estoy en un nuevo año cuando ya se me está agotando febrero. El otro día hablaba con un amigo mucho más joven que yo, quien en su cumple recordaba sus “mejores años” por edad, sus 23, sus 21, le expliqué que después de los treinta uno deja de catalogar la vida en edades y las ve en años. Creo que hablo en edades hasta los 27, luego lo he ido archivando todo solo en años. Pero recuerdo con claridad que el 2009 fue el peor año de mi vida. Ahora en retrospectiva una década después (sí, ya puedo hablar en décadas) se ha convertido en un año terrible al que ahora desde lejos miro con muchísimo cariño porque nunca he vuelto a ser así de infeliz. Creo que fue la última resolución de año nuevo que hice. Recuerdo lo que lloré esa despedida de año; de alivio porque se había acabado, de alegría porque lo había sobrevivido y de esperanza porque no había manera de superar aquel año pesadillezco y me prometí nunca jamás permitirme sentirme así.    Así que con los años no son listas de resoluciones, sino promesas que me hago. Intento que sean cosas que pueda seguir incluyendo en mi vida para la posteridad. Trato de ponerme metas reales y tangibles. Prometo leer más y suelo decidir de antemano una cantidad mensual. Un año aumenté casi veinte libras y me prometí hacer más ejercicios y desde entonces, hace ya más de seis años, nunca he pasado más de dos meses sin obligarme a ejercitarme, más que nada para seguir comiendo y bebiendo y porque me hace dormir mucho mejor. Luego del huracán temí por primera vez en mi vida quedarme sin trabajo y me prometí ahorrar más y ahora decido que quiero llegar a cierta cifra al finalizar cada año.    Este año quiero ser mejor con el planeta. No con la gente, con el ambiente. Debe ser otro síntoma de la adultez. Probablemente como una promesa a mi futuro. Para bregar responsablemente y de frente con un nuevo pánico a tsunamis de botellas de agua. Quizás era una consecuencia obvia de mi miedo a la escasez que ha ido evolucionando a fijaciones más concretas, ya no es solo miedo a que se acabe el papel de baño, la salsa de tomate, y esas cosas que compro compulsivamente cuando visito los colmados y no me acuerdo si en casa me queda o no. Ese miedo se ha vuelto una preocupación real a que se acabe el agua, la energía, los recursos, los espacios para acumular basura, para morirse, para vivir. Quizás empecé sin querer queriendo con la sequía del 2015 y aquel racionamiento que me tuvo por la cuneta seca de la amargura por meses. Nunca más he puesto a correr el agua a ratos para que caliente. Tampoco dejo el fregadero abierto para que el agua vaya expulsando las burbujas de los calderos cuando me excedo con el jabón. Ahora que por fin me ha ido bajando la marea del PTSD de María, me encuentro con los ojos abiertos de madrugada pensando en el océano lleno de plástico, en vertederos llenos de foam, en ciudades convertidas en vertederos. Me espanto con la cantidad de basura que producimos en casa. Un apartamento con dos adultos y dos perros y hay que sacar la basura varias veces en semana.    Así que me armé con un termo, llevo mi propia agua a todos lugares e intento no comprar más botellas de plástico, esas que por décadas llenaron mi carro, mi cuarto y hasta mis carteras. Llego a un lugar a almorzar y recuerdo que dejé el termo en la guagua. El mesero me ofrece botella de agua, le digo que no, me ofrece agua de la pluma, le pregunto dónde me la sirve, me dice que en un vaso de plástico y le digo que no. Así que con el mismo amor regreso entacada al estacionamiento, siento mis tacos tambalear en la gravilla, me meto en el calor de mi carro, consigo el termo y vuelvo a la mesa sudando, pero victoriosa, termo en mano. Me como solo la mitad de lo que me sirvieron, pero como no quiero botar lo que me sobra, parte de mi promesa de consciencia, pido un: “to go”. Tan pronto sale por mi boca empiezo a rezar que sea un envase compostable de esos de cartón, por supuesto que no. Me traen un envase plástico y una bolsa plástica, le digo que se quede con la bolsa y siento que fracasé totalmente en mi misión. Cuando voy a pagar me antojo de unos besitos de coco y un café para llevar, los besitos estaban forrados en plástico y el café “to go” se sirve en papel. Reconozco que esta resolución en particular me va a dar mucho más trabajo de lo que anticipé. Todas las iniciativas que no dependen del todo de uno son más difíciles de mantener. Pero uno se ajusta, se adapta, eso es lo que nos hace seres evolucionados, resilientes, nuestra auto consciencia, nuestra capacidad de reconocer nuestra existencia y más aún reconocerla dentro de un contexto, de un planeta, de una comunidad. Igual que he aprendido a tener bolsas grandes y reusables en la guagua para no comprar bolsas de plástico para ir al colmado. Igual que compré un envase en forma de cebolla, para no usar una ziplock cada vez que me sobra media cebolla. Igual que para ir al gimnasio o a hacer yoga, la noche antes tengo que preparar un bulto de ropa, tener jabón, shampoo, desodorante, toalla, etc. Ahora andaré con más cosas, con una cartera más pesada, pero con una consciencia más liviana. Termo para el agua, un envase para el café donde pretendo pedirle a los baristas que me sirvan la bebida para llevar (ya les contaré cómo me va) y un envase reusable para la comida que me sobra. Prometo documentar la incomodidad y la zozobra en los ojos de la gente cuando empiece a sacar estos objetos de mi cartera.    Tampoco hay que desanimarse, el planeta está en estado de emergencia, no se vale decir que se preocupen las próximas generaciones. Miren como a nosotros nos ha ido con el calentamiento global, el SIDA, la violencia de género y la deuda. Intenten hacer un acto eco friendly al día. Dile que no al sorbeto. Evitemos los vasos, cubiertos y platos “desechables”. Hay que pensar en lo horrible del concepto de que algo que se produjo para utilizarse solo una vez, puede que viva y ocupe espacio en nuestro planeta para siempre. No invite gente a su casa que no se ofrezca a fregar, en vez de comprar platos para botar. Llévese su envase insulado al chinchorreo. Si de todos modos va a lavar sus frutas y vegetales en su casa, no se lleve las bolsitas esas plásticas. Deja unos cubiertos en tu oficina y cuando los uses los vuelves a fregar. Si no necesitas la bolsa, la tapa, no la pidas, pero tampoco la aceptes. Cuando vayas a una fiesta, al menos usa el mismo vaso toda la noche. Seamos honestos, los regalos no necesitan tanta envoltura. Cuando vayas a comprar un producto, si puedes escoger entre cristal y plástico, escoge cristal. Si el mismo producto viene en cartón y en plástico, escoge cartón. Si puedes comer en un lugar donde usan envases compostables y biodegradables, apóyalos, de seguro están gastando más dinero en preservar el planeta, invierte en ellos, porque al final, ellos están invirtiendo en ti. Si eres dueño de negocio, dale un incentivo a la gente que reúse tus: bolsas, envases, vasos, etc. Al final se traduce en un ahorro para ti.    Veo las resoluciones de año nuevo como los sacrificios de cuaresma, está bien nítido tomar una decisión y mantenerla, hacer un plan y llevarlo a cabo, pero está espectacular tomar decisiones: ya sean actividades o renuncias, que no solo te ayuden a ti. Ahorra, ejercítate, come mejor, etc., pero si puedes colar un sacrificio, una resolución que mejore aunque sea un chispito al mundo, pues mucho mejor. Ese algún día en el que habrá que bregar con el problema, confía, que siempre llega.

Ya no hago resoluciones de año nuevo. No sé si es porque las listas en general me abruman y me ponen más nerviosa de lo que me ayudan a inspirarme, animarme y organizarme. También puede tener que ver con que reacciono tardíamente a las cosas y usualmente vengo a darme cuenta de que estoy en un nuevo año cuando ya se me está agotando febrero. El otro día hablaba con un amigo mucho más joven que yo, quien en su cumple recordaba sus “mejores años” por edad, sus 23, sus 21, le expliqué que después de los treinta uno deja de catalogar la vida en edades y las ve en años. Creo que hablo en edades hasta los 27, luego lo he ido archivando todo solo en años. Pero recuerdo con claridad que el 2009 fue el peor año de mi vida. Ahora en retrospectiva una década después (sí, ya puedo hablar en décadas) se ha convertido en un año terrible al que ahora desde lejos miro con muchísimo cariño porque nunca he vuelto a ser así de infeliz. Creo que fue la última resolución de año nuevo que hice. Recuerdo lo que lloré esa despedida de año; de alivio porque se había acabado, de alegría porque lo había sobrevivido y de esperanza porque no había manera de superar aquel año pesadillezco y me prometí nunca jamás permitirme sentirme así.

Así que con los años no son listas de resoluciones, sino promesas que me hago. Intento que sean cosas que pueda seguir incluyendo en mi vida para la posteridad. Trato de ponerme metas reales y tangibles. Prometo leer más y suelo decidir de antemano una cantidad mensual. Un año aumenté casi veinte libras y me prometí hacer más ejercicios y desde entonces, hace ya más de seis años, nunca he pasado más de dos meses sin obligarme a ejercitarme, más que nada para seguir comiendo y bebiendo y porque me hace dormir mucho mejor. Luego del huracán temí por primera vez en mi vida quedarme sin trabajo y me prometí ahorrar más y ahora decido que quiero llegar a cierta cifra al finalizar cada año.

Este año quiero ser mejor con el planeta. No con la gente, con el ambiente. Debe ser otro síntoma de la adultez. Probablemente como una promesa a mi futuro. Para bregar responsablemente y de frente con un nuevo pánico a tsunamis de botellas de agua. Quizás era una consecuencia obvia de mi miedo a la escasez que ha ido evolucionando a fijaciones más concretas, ya no es solo miedo a que se acabe el papel de baño, la salsa de tomate, y esas cosas que compro compulsivamente cuando visito los colmados y no me acuerdo si en casa me queda o no. Ese miedo se ha vuelto una preocupación real a que se acabe el agua, la energía, los recursos, los espacios para acumular basura, para morirse, para vivir. Quizás empecé sin querer queriendo con la sequía del 2015 y aquel racionamiento que me tuvo por la cuneta seca de la amargura por meses. Nunca más he puesto a correr el agua a ratos para que caliente. Tampoco dejo el fregadero abierto para que el agua vaya expulsando las burbujas de los calderos cuando me excedo con el jabón. Ahora que por fin me ha ido bajando la marea del PTSD de María, me encuentro con los ojos abiertos de madrugada pensando en el océano lleno de plástico, en vertederos llenos de foam, en ciudades convertidas en vertederos. Me espanto con la cantidad de basura que producimos en casa. Un apartamento con dos adultos y dos perros y hay que sacar la basura varias veces en semana.

Así que me armé con un termo, llevo mi propia agua a todos lugares e intento no comprar más botellas de plástico, esas que por décadas llenaron mi carro, mi cuarto y hasta mis carteras. Llego a un lugar a almorzar y recuerdo que dejé el termo en la guagua. El mesero me ofrece botella de agua, le digo que no, me ofrece agua de la pluma, le pregunto dónde me la sirve, me dice que en un vaso de plástico y le digo que no. Así que con el mismo amor regreso entacada al estacionamiento, siento mis tacos tambalear en la gravilla, me meto en el calor de mi carro, consigo el termo y vuelvo a la mesa sudando, pero victoriosa, termo en mano. Me como solo la mitad de lo que me sirvieron, pero como no quiero botar lo que me sobra, parte de mi promesa de consciencia, pido un: “to go”. Tan pronto sale por mi boca empiezo a rezar que sea un envase compostable de esos de cartón, por supuesto que no. Me traen un envase plástico y una bolsa plástica, le digo que se quede con la bolsa y siento que fracasé totalmente en mi misión. Cuando voy a pagar me antojo de unos besitos de coco y un café para llevar, los besitos estaban forrados en plástico y el café “to go” se sirve en papel. Reconozco que esta resolución en particular me va a dar mucho más trabajo de lo que anticipé. Todas las iniciativas que no dependen del todo de uno son más difíciles de mantener. Pero uno se ajusta, se adapta, eso es lo que nos hace seres evolucionados, resilientes, nuestra auto consciencia, nuestra capacidad de reconocer nuestra existencia y más aún reconocerla dentro de un contexto, de un planeta, de una comunidad. Igual que he aprendido a tener bolsas grandes y reusables en la guagua para no comprar bolsas de plástico para ir al colmado. Igual que compré un envase en forma de cebolla, para no usar una ziplock cada vez que me sobra media cebolla. Igual que para ir al gimnasio o a hacer yoga, la noche antes tengo que preparar un bulto de ropa, tener jabón, shampoo, desodorante, toalla, etc. Ahora andaré con más cosas, con una cartera más pesada, pero con una consciencia más liviana. Termo para el agua, un envase para el café donde pretendo pedirle a los baristas que me sirvan la bebida para llevar (ya les contaré cómo me va) y un envase reusable para la comida que me sobra. Prometo documentar la incomodidad y la zozobra en los ojos de la gente cuando empiece a sacar estos objetos de mi cartera.

Tampoco hay que desanimarse, el planeta está en estado de emergencia, no se vale decir que se preocupen las próximas generaciones. Miren como a nosotros nos ha ido con el calentamiento global, el SIDA, la violencia de género y la deuda. Intenten hacer un acto eco friendly al día. Dile que no al sorbeto. Evitemos los vasos, cubiertos y platos “desechables”. Hay que pensar en lo horrible del concepto de que algo que se produjo para utilizarse solo una vez, puede que viva y ocupe espacio en nuestro planeta para siempre. No invite gente a su casa que no se ofrezca a fregar, en vez de comprar platos para botar. Llévese su envase insulado al chinchorreo. Si de todos modos va a lavar sus frutas y vegetales en su casa, no se lleve las bolsitas esas plásticas. Deja unos cubiertos en tu oficina y cuando los uses los vuelves a fregar. Si no necesitas la bolsa, la tapa, no la pidas, pero tampoco la aceptes. Cuando vayas a una fiesta, al menos usa el mismo vaso toda la noche. Seamos honestos, los regalos no necesitan tanta envoltura. Cuando vayas a comprar un producto, si puedes escoger entre cristal y plástico, escoge cristal. Si el mismo producto viene en cartón y en plástico, escoge cartón. Si puedes comer en un lugar donde usan envases compostables y biodegradables, apóyalos, de seguro están gastando más dinero en preservar el planeta, invierte en ellos, porque al final, ellos están invirtiendo en ti. Si eres dueño de negocio, dale un incentivo a la gente que reúse tus: bolsas, envases, vasos, etc. Al final se traduce en un ahorro para ti.

Veo las resoluciones de año nuevo como los sacrificios de cuaresma, está bien nítido tomar una decisión y mantenerla, hacer un plan y llevarlo a cabo, pero está espectacular tomar decisiones: ya sean actividades o renuncias, que no solo te ayuden a ti. Ahorra, ejercítate, come mejor, etc., pero si puedes colar un sacrificio, una resolución que mejore aunque sea un chispito al mundo, pues mucho mejor. Ese algún día en el que habrá que bregar con el problema, confía, que siempre llega.