#ilMiligriDiLiVidi (mejor conocido como el milagro de la vida)

Quizás porque todavía no me lo creo. Quizá porque hace años vivo con un miedo torero a que las cosas bonitas que me pasan, si les presto mucha atención se deshagan. Quizás porque todo el mundo tiene razón y uno nunca está listo del todo. Quizá porque nada se siente como pensaba que se sentiría. Quizás porque mis reacciones para variar son siempre tan tardías. Quizá porque apenas estoy aceptando que ahora mi mente cuenta en semanas. Quizás porque no reconozco mi cuerpo en el espejo y por eso pareciera que es a otra persona a quién le está pasando. Quizás porque llevo 111 días 100% sobria y mi propio cerebro no sabe qué rayos hacer con tanta intensa claridad. Quizás por eso es que no he ideado un anuncio oficial. Probablemente por eso he estado escondiendo las preguntas y felicitaciones en mis redes sociales, más por nerviosismo que por privacidad. Pero ya no se me hace posible escribir de ninguna otra cosa, sin sacar del medio este bloque que me dificulta la inspiración y hasta el respirar. Me doy, las hormonas me pudieron. Me rindo, ya literalmente no quepo. No quepo en temas pequeños y no quepo en mi propia ropa. Estoy embarazada. Estoy encinta. Estoy bien preñá. Y no he dejado de buscar sin lograr encontrarlo, un poema de José Luis Vega que decía algo así como: preñada, llena de luz, triste como un paraguas. Me fascinó desde el primer encuentro, probablemente porque bruja al fin, desde hace más de una década presentía el revuelco de todos mis barruntos que implicaría lograr un embarazo.    Hace apenas un par de días una amiga me preguntó con la naturalidad del mundo si me gustaba estar embarazada. Yo me reí textualmente (porque esto pasó en un mensaje privado de Instagram) y le dije lo mismo que digo cuando en una entrevista de trabajo me preguntan que dónde me veo en 5 o 10 años: ¡qué pregunta tan grande! No debería haber respuestas incorrectas, pero siempre las hay. Creo que la vida o la sapiencia de mi cuerpo, hizo que no fuese tan fácil lograrlo para que me lo cuestionara, para que tuviera oportunidad de quitarme, de querer otra cosa, de decidir si esto era para mí. La realidad es que aún tengo dudas, como tengo dudas cada vez que escribo, cada vez que cocino algo nuevo, cada vez que acepto un nuevo trabajo, cada vez que compro pasajes. No sé existir sin dudas. Pero el elemento del miedo sí ha sido bastante nuevo para mí. No tuve un momento de celebrar mi embarazo como en las películas, no salté de la emoción, ni le llené la casa de globos a mi marido. Se me han salido lágrimas. Se me suelen salir en la ducha cuando me abrumo, me las tragué cuando vi un punto centellear en la pantalla de un sonograma, me las bebí después de una conocer a mi brillante obstetra que sin media onza de tacto logra que cada cita se convierta en una lista de posibles enfermedades congénitas, deformaciones y defectos, que vamos eliminando y regalándome (como mucho) un minuto y medio de paz, antes de recomendarme una prueba adicional. Creo que extrañamente ver y reconocer un piecito ha sido de las cosas más mágicas que he sentido. Soy tan emocionalmente deforme que lloré más de la emoción al verle un pie, que al escuchar su corazón latir.    Los primeros tres meses se sintieron como un periodo especial de profunda ansiedad. Caminaba con la certeza de que tenía un cántaro de agua pillado entre mis piernas que se me iba a derramar al menor tropiezo. Y seamos honestos, la triste realidad, es que yo vivo tropezando. Lo escribo y el pánico me vuelve a desbordar los ojos a puro diluvio. Cada visita al baño, hacía que esos minutos de bajarme el pantalón, de bajarme la ropa interior, de orinar y el momento ese aterrador de secarme con el papel y con los ojos entreabiertos mirar que no hubiese manchado, se convirtieron en rituales de ataques de pánico que no le deseo ni a lose peores enemigos que aún no tengo. No sé si todas las mujeres se sienten así o solo las que hemos tenido bebés que se nos han escapado del vientre sin llegar nunca a nuestros brazos. Así que le quité a la gente que me ama el júbilo de comprar cosas antes de la marca del primer trimestre, intenté no hacer mucho ruido, porque soy supersticiosa y no puedo ponerme una manita de azabache en el ombligo. Mi ombligo. Un ombligo que siempre fue una mera línea demasiado arriba en el contexto de mi panza. Y ahora se ha vuelto un pozo. Por primera vez en treinta y cuatro años puedo verme el fondo del ombligo, un ombligo que ahora se redondea y se conecta con un hilo nuevo y oscuro que sigue hasta donde ya mis ojos no son capaces de ver.    Si soy honesta, no le hablo mucho a mi barriga, no le canto, ni la acaricio a menudo. Mi esposo me preguntó un día: ¿le hablas mucho? Y con vergüenza y culpabilidad le dije que no. Pero con toda la falsa seguridad del mundo le aseguré que a diferencia de él, yo no tengo que hacerlo, el bebé obviamente escucha mis pensamientos, porque está dentro de mí. Me dijo que eso no funciona así, ¿qué sabe él? ¿qué rayos sé yo?    El embarazo es un constante descubrir que no se sabe nada. Que volverse adulto es una cosa infinita que nunca se acaba y la inminencia de la llegada de un nuevo ser humano, te hace sentir más vulnerable, más inmaduro y menos preparado que nada en la vida. No hay juris doctor que te haga entrar a una tienda de coches, cunas y asientos de seguridad, y te evite salir al borde de tener una aneurisma, de vender tus pertenencias, de insultar a la gerente y de pasar las próximas doce horas buscando precios y  reviews  en internet, porque te niegas a volver a esa tienda del demonio sintiéndote ignorante y a la merced de los buitres que son los vendedores.    Ser padres primerizos tienen el efecto que tiene entrar en un taller de mecánica en tacos y falda, o las mismas terribles consecuencias de ir a escoger una caja de muerto para alguien que amaste y perdiste hace apenas 48 horas. Quieres lo mejor para ese ser, (en este caso que ni siquiera has visto) y no tienes idea de cuáles son las diferencias reales y el vendedor sabe que eres emocionalmente (y en mi caso hormonalmente) presa fácil.    Creo que lo peor del embarazo ha sido sentirme como un buzón de sugerencias abierto al público. Extrañamente las personas sienten que tienen el derecho o peor aún que te están haciendo un favor compartiendo todo su conocimiento, que usualmente suelen ser clichés repetidos ad nauseam (nunca mejor descrito) o un raro intento por hacerte sentir aún más perdido y desperanzado que antes. No puedo enumerar las historias de horror que me regalan sobre: abortos espontáneos, partos de más de veinticuatro horas, detalles gráficos sobre episiotomías y toda una retahíla de aberraciones que no serían buen tema para alguien que está comiendo, mucho menos para alguien que siente que tiene una bomba de tiempo en conteo regresivo aplastándole la vejiga.    Mi no tan nuevo cónyuge me aprieta la mano intentando apaciguarme cada vez que escucha el brillante sermón de “duerman ahora”. Tú sabes, porque el sueño es una cuenta de ahorros que si duermo por 10 meses no voy a sufrir cuando para y no vuelva a dormir nunca más. Es una oración bien original, bien pensada y bien útil para uno. Si duermes tres días corridos y luego no duermes por 24 horas, estás nuevo, esa es la matemática. Mi esposo teme por sus vidas, porque ha escuchado en el carro y en la casa mis diatribas llenas de ira sobre las opiniones no solicitadas y los discursos repetidos de: “duerme ahora”, “la vida te cambió”, “olvídate de los viajes”. Cosas que claramente jamás se me ocurrieron a mi solita en estas tres décadas. Lo más bello es que en su mayoría vienen de gente que: nunca ha viajado, que nunca ha tenido hijos o que aún con lo terrible que ha sido para sus existencias tenerlos, deciden con total conocimiento de causa tener 2, 3, 4, 5…    Tengo 20 semanas y ya siento patadas. Todavía me asusta más la sensación, de lo que me emociona. No se siente natural, no se siente mágico, se siente como que tengo algo vivo dentro de lo cual no tengo ningún tipo de control y que mi imaginación no me basta para poder dibujármelo en la mente. Me siento poseída, ocupada, cargada, pesada, reducida y multiplicada. Me siento poderosa y a la vez tan y tan cansada. Estoy a mitad del primer maratón de mi existencia y ya se me hace difícil levantarme de la cama a mitad de noche (cosa que pasa muchas más veces que cuando mis noches eran de ron y rumba). Sin embargo, tengo una urgencia implacable de que todos los días debería estar haciendo algo para prepararme para su llegada. Y cuando tacho algo de la lista, aparecen mil más a atacarme de madrugada. Tengo un montón de gente que me ama, que me añoña, que me escribe a diario, y sin embargo hasta hace dos días que pude poner las manos de mi compañero de vida encima de mi barriga para que sintiera las patadas de su bebé, confieso que nunca me había sentido tan sola. Estamos sobrepoblados, la gente lleva pariendo por siglos, a diario, en todo tipo de condición y sin embargo es una experiencia tan aislada, tan abstracta, tan violenta y por lo mismo tan animal y tan humana. Sin embargo, la fantasía más repetida que tengo es imaginarme su cara, el color de sus ojos, el tono de su piel, las dimensiones de sus labios, la longitud de su nariz, el timbre de sus gritos, el volumen de sus llantos.    Mi marido dice que le gusto así. Dice que estoy más pasiva, que peleo menos, que estoy como llena de paz. Quizás no se imagina el campo minado que son mis preocupaciones. El dolor prematuro que siento por dejar un bebecito de dos o tres meses en un cuido, un bebecito que ni siquiera he parido. Que no tengo un segundo en el que no trate de ser normal mientras siento que mi cerebro da la falsa impresión de que se empequeñece, se satura, se nubla, y se convierte en algo que no sé lo que es. En realidad, lo que hace es expandirse como el resto de mi cuerpo para hacer espacio para lo que viene. Yo estoy más conmovida con el efecto que tiene lo que está pasando dentro de mi cuerpo en los demás. Porque el milagro de la vida no son los bebés, el milagro de la vida es el amor. El amor infinito de mis padres ahora abuelos de nuevo que parece que viene de un pozo sin fondo como mi ombligo, un manantial que no baja la presión ni la intensidad. Mis suegros enternecidos, los futuros tíos, mis amigos. Mi esposo que quisiera ponerme en una burbuja para que nada me pase, que ha recogido los efectos de mi pereza y mi vagancia (mucho más de la habitual que siempre es mucha). Este hombre que me mira como si yo me hubiese convertido en un mapa de estrellas. Que me perdona mis intensísimos cambios de humor, mis marejadas de llantos y paveras y me asegura que todo va a estar bien, que me encuentra bella con mis tetas nuevas, con mi panza que parece que crece cada vez que pestañea, que no le cansan mis nuevos ascos, se ríe de mis nuevas manías y me ama así, a veces preñada de luz y otras tantas triste, como un paraguas.

Quizás porque todavía no me lo creo. Quizá porque hace años vivo con un miedo torero a que las cosas bonitas que me pasan, si les presto mucha atención se deshagan. Quizás porque todo el mundo tiene razón y uno nunca está listo del todo. Quizá porque nada se siente como pensaba que se sentiría. Quizás porque mis reacciones para variar son siempre tan tardías. Quizá porque apenas estoy aceptando que ahora mi mente cuenta en semanas. Quizás porque no reconozco mi cuerpo en el espejo y por eso pareciera que es a otra persona a quién le está pasando. Quizás porque llevo 111 días 100% sobria y mi propio cerebro no sabe qué rayos hacer con tanta intensa claridad. Quizás por eso es que no he ideado un anuncio oficial. Probablemente por eso he estado escondiendo las preguntas y felicitaciones en mis redes sociales, más por nerviosismo que por privacidad. Pero ya no se me hace posible escribir de ninguna otra cosa, sin sacar del medio este bloque que me dificulta la inspiración y hasta el respirar. Me doy, las hormonas me pudieron. Me rindo, ya literalmente no quepo. No quepo en temas pequeños y no quepo en mi propia ropa. Estoy embarazada. Estoy encinta. Estoy bien preñá. Y no he dejado de buscar sin lograr encontrarlo, un poema de José Luis Vega que decía algo así como: preñada, llena de luz, triste como un paraguas. Me fascinó desde el primer encuentro, probablemente porque bruja al fin, desde hace más de una década presentía el revuelco de todos mis barruntos que implicaría lograr un embarazo.

Hace apenas un par de días una amiga me preguntó con la naturalidad del mundo si me gustaba estar embarazada. Yo me reí textualmente (porque esto pasó en un mensaje privado de Instagram) y le dije lo mismo que digo cuando en una entrevista de trabajo me preguntan que dónde me veo en 5 o 10 años: ¡qué pregunta tan grande! No debería haber respuestas incorrectas, pero siempre las hay. Creo que la vida o la sapiencia de mi cuerpo, hizo que no fuese tan fácil lograrlo para que me lo cuestionara, para que tuviera oportunidad de quitarme, de querer otra cosa, de decidir si esto era para mí. La realidad es que aún tengo dudas, como tengo dudas cada vez que escribo, cada vez que cocino algo nuevo, cada vez que acepto un nuevo trabajo, cada vez que compro pasajes. No sé existir sin dudas. Pero el elemento del miedo sí ha sido bastante nuevo para mí. No tuve un momento de celebrar mi embarazo como en las películas, no salté de la emoción, ni le llené la casa de globos a mi marido. Se me han salido lágrimas. Se me suelen salir en la ducha cuando me abrumo, me las tragué cuando vi un punto centellear en la pantalla de un sonograma, me las bebí después de una conocer a mi brillante obstetra que sin media onza de tacto logra que cada cita se convierta en una lista de posibles enfermedades congénitas, deformaciones y defectos, que vamos eliminando y regalándome (como mucho) un minuto y medio de paz, antes de recomendarme una prueba adicional. Creo que extrañamente ver y reconocer un piecito ha sido de las cosas más mágicas que he sentido. Soy tan emocionalmente deforme que lloré más de la emoción al verle un pie, que al escuchar su corazón latir.

Los primeros tres meses se sintieron como un periodo especial de profunda ansiedad. Caminaba con la certeza de que tenía un cántaro de agua pillado entre mis piernas que se me iba a derramar al menor tropiezo. Y seamos honestos, la triste realidad, es que yo vivo tropezando. Lo escribo y el pánico me vuelve a desbordar los ojos a puro diluvio. Cada visita al baño, hacía que esos minutos de bajarme el pantalón, de bajarme la ropa interior, de orinar y el momento ese aterrador de secarme con el papel y con los ojos entreabiertos mirar que no hubiese manchado, se convirtieron en rituales de ataques de pánico que no le deseo ni a lose peores enemigos que aún no tengo. No sé si todas las mujeres se sienten así o solo las que hemos tenido bebés que se nos han escapado del vientre sin llegar nunca a nuestros brazos. Así que le quité a la gente que me ama el júbilo de comprar cosas antes de la marca del primer trimestre, intenté no hacer mucho ruido, porque soy supersticiosa y no puedo ponerme una manita de azabache en el ombligo. Mi ombligo. Un ombligo que siempre fue una mera línea demasiado arriba en el contexto de mi panza. Y ahora se ha vuelto un pozo. Por primera vez en treinta y cuatro años puedo verme el fondo del ombligo, un ombligo que ahora se redondea y se conecta con un hilo nuevo y oscuro que sigue hasta donde ya mis ojos no son capaces de ver.

Si soy honesta, no le hablo mucho a mi barriga, no le canto, ni la acaricio a menudo. Mi esposo me preguntó un día: ¿le hablas mucho? Y con vergüenza y culpabilidad le dije que no. Pero con toda la falsa seguridad del mundo le aseguré que a diferencia de él, yo no tengo que hacerlo, el bebé obviamente escucha mis pensamientos, porque está dentro de mí. Me dijo que eso no funciona así, ¿qué sabe él? ¿qué rayos sé yo?

El embarazo es un constante descubrir que no se sabe nada. Que volverse adulto es una cosa infinita que nunca se acaba y la inminencia de la llegada de un nuevo ser humano, te hace sentir más vulnerable, más inmaduro y menos preparado que nada en la vida. No hay juris doctor que te haga entrar a una tienda de coches, cunas y asientos de seguridad, y te evite salir al borde de tener una aneurisma, de vender tus pertenencias, de insultar a la gerente y de pasar las próximas doce horas buscando precios y reviews en internet, porque te niegas a volver a esa tienda del demonio sintiéndote ignorante y a la merced de los buitres que son los vendedores.

Ser padres primerizos tienen el efecto que tiene entrar en un taller de mecánica en tacos y falda, o las mismas terribles consecuencias de ir a escoger una caja de muerto para alguien que amaste y perdiste hace apenas 48 horas. Quieres lo mejor para ese ser, (en este caso que ni siquiera has visto) y no tienes idea de cuáles son las diferencias reales y el vendedor sabe que eres emocionalmente (y en mi caso hormonalmente) presa fácil.

Creo que lo peor del embarazo ha sido sentirme como un buzón de sugerencias abierto al público. Extrañamente las personas sienten que tienen el derecho o peor aún que te están haciendo un favor compartiendo todo su conocimiento, que usualmente suelen ser clichés repetidos ad nauseam (nunca mejor descrito) o un raro intento por hacerte sentir aún más perdido y desperanzado que antes. No puedo enumerar las historias de horror que me regalan sobre: abortos espontáneos, partos de más de veinticuatro horas, detalles gráficos sobre episiotomías y toda una retahíla de aberraciones que no serían buen tema para alguien que está comiendo, mucho menos para alguien que siente que tiene una bomba de tiempo en conteo regresivo aplastándole la vejiga.

Mi no tan nuevo cónyuge me aprieta la mano intentando apaciguarme cada vez que escucha el brillante sermón de “duerman ahora”. Tú sabes, porque el sueño es una cuenta de ahorros que si duermo por 10 meses no voy a sufrir cuando para y no vuelva a dormir nunca más. Es una oración bien original, bien pensada y bien útil para uno. Si duermes tres días corridos y luego no duermes por 24 horas, estás nuevo, esa es la matemática. Mi esposo teme por sus vidas, porque ha escuchado en el carro y en la casa mis diatribas llenas de ira sobre las opiniones no solicitadas y los discursos repetidos de: “duerme ahora”, “la vida te cambió”, “olvídate de los viajes”. Cosas que claramente jamás se me ocurrieron a mi solita en estas tres décadas. Lo más bello es que en su mayoría vienen de gente que: nunca ha viajado, que nunca ha tenido hijos o que aún con lo terrible que ha sido para sus existencias tenerlos, deciden con total conocimiento de causa tener 2, 3, 4, 5…

Tengo 20 semanas y ya siento patadas. Todavía me asusta más la sensación, de lo que me emociona. No se siente natural, no se siente mágico, se siente como que tengo algo vivo dentro de lo cual no tengo ningún tipo de control y que mi imaginación no me basta para poder dibujármelo en la mente. Me siento poseída, ocupada, cargada, pesada, reducida y multiplicada. Me siento poderosa y a la vez tan y tan cansada. Estoy a mitad del primer maratón de mi existencia y ya se me hace difícil levantarme de la cama a mitad de noche (cosa que pasa muchas más veces que cuando mis noches eran de ron y rumba). Sin embargo, tengo una urgencia implacable de que todos los días debería estar haciendo algo para prepararme para su llegada. Y cuando tacho algo de la lista, aparecen mil más a atacarme de madrugada. Tengo un montón de gente que me ama, que me añoña, que me escribe a diario, y sin embargo hasta hace dos días que pude poner las manos de mi compañero de vida encima de mi barriga para que sintiera las patadas de su bebé, confieso que nunca me había sentido tan sola. Estamos sobrepoblados, la gente lleva pariendo por siglos, a diario, en todo tipo de condición y sin embargo es una experiencia tan aislada, tan abstracta, tan violenta y por lo mismo tan animal y tan humana. Sin embargo, la fantasía más repetida que tengo es imaginarme su cara, el color de sus ojos, el tono de su piel, las dimensiones de sus labios, la longitud de su nariz, el timbre de sus gritos, el volumen de sus llantos.

Mi marido dice que le gusto así. Dice que estoy más pasiva, que peleo menos, que estoy como llena de paz. Quizás no se imagina el campo minado que son mis preocupaciones. El dolor prematuro que siento por dejar un bebecito de dos o tres meses en un cuido, un bebecito que ni siquiera he parido. Que no tengo un segundo en el que no trate de ser normal mientras siento que mi cerebro da la falsa impresión de que se empequeñece, se satura, se nubla, y se convierte en algo que no sé lo que es. En realidad, lo que hace es expandirse como el resto de mi cuerpo para hacer espacio para lo que viene. Yo estoy más conmovida con el efecto que tiene lo que está pasando dentro de mi cuerpo en los demás. Porque el milagro de la vida no son los bebés, el milagro de la vida es el amor. El amor infinito de mis padres ahora abuelos de nuevo que parece que viene de un pozo sin fondo como mi ombligo, un manantial que no baja la presión ni la intensidad. Mis suegros enternecidos, los futuros tíos, mis amigos. Mi esposo que quisiera ponerme en una burbuja para que nada me pase, que ha recogido los efectos de mi pereza y mi vagancia (mucho más de la habitual que siempre es mucha). Este hombre que me mira como si yo me hubiese convertido en un mapa de estrellas. Que me perdona mis intensísimos cambios de humor, mis marejadas de llantos y paveras y me asegura que todo va a estar bien, que me encuentra bella con mis tetas nuevas, con mi panza que parece que crece cada vez que pestañea, que no le cansan mis nuevos ascos, se ríe de mis nuevas manías y me ama así, a veces preñada de luz y otras tantas triste, como un paraguas.