El mundo no está hecho para lo grande

Soy pequeña. En la escuela, si la fila era en orden de tamaño infaliblemente estaría entre las primeras tres. En el coro de campanas tocaba la segunda campana más chiquita, era el jamón del sándwich entre dos gemelas. Yo era mínimamente más alta que la primera y mínimamente más bajita que la ahora tercera. Ser bajita no me ha traído significativamente ningún problema ni complejo mayor. A las mujeres petite nos va bien, fuera de una reputación de tener caracteres inversamente proporcionales a nuestras estructuras óseas. Aparte de llevar aproximadamente 18 años montada en tacos, aceptar como destino implícito que a toda compra de pantalón o traje largo habrá que añadirle el cargo perpetuo del ruedo, y saber que donde haya multitudes jamás veré nada que pase en una tarima a menos que sea a través de las pantallas, ser bajita no me ha producido ninguna incomodidad que trascienda.    Mi no tan nuevo cónyuge es alto, bien alto. Lo suficiente para hacerme pensar en que las casas en la isla están construidas para gente que mida menos de seis pies porque en múltiples ocasiones tiene que agacharse para salir o entrar de una habitación. Tan alto, que tengo que avisarle para que no se achoque con los rótulos de las góndolas de los supermercados. Intento comprar taquillas y pasajes en los pasillos, para que pueda al menos estirar una pierna sin sentirse tan pillado. Usa un palo de escoba pesadísimo, pero más largo de lo normal porque dice que el tamaño estándar le desbarata la espalda, lo mismo con los counters de cocina, las tablas de planchar y cosas cuya altitud nunca he tenido que cuestionar.    Un amigo que resulta ser uno de mis escritores favoritos, una vez escribió un manifiesto de lo que era ser gordo en un mundo de flacos. Yo lo amé como suelo amar todo lo que escribe. Hablaba de la incomodidad del tren, de los aviones, de la dificultad de comprar ropa, del miedo a que la silla plástica cediera ante su peso, del pánico generalizado y el miedo al ridículo porque todo es más grande, más ruidoso, más notable, cuando uno excede lo considerado normal.    Si nunca has pensado que el mundo no está construido para ti, significa que eres privilegiado.  Yo ahora mismo mido cinco pies y una pulgada y media (sino es que el peso me ha achicado) y debo estar pesando mínimo cincuenta libras más de lo que sería considerado mi peso ideal, menos de treinta de ellas puedo adjudicárselas al 50% adicional del volumen de sangre que tengo, placenta, retención de líquido, fluido, bebé, nueva copa de sostén, etc. Donde alguna vez estuvo mi cintura, ahora tengo una circunferencia de cuarenta y dos pulgadas (que pareciera aumentar mientras tecleo). No he logrado asumir dónde me acabo. Es como si mi cerebro aún no hubiese podido interiorizar los nuevos confines de mi cuerpo. Me golpeo con puertas que yo misma abro. Me sorprende que no alcanzo tablillas que antes tocaba, como si me estuviese encogiendo, luego recuerdo que sencillamente no puedo acercarme tanto al borde de las cosas y desde lejos se acorta mi alcance. A veces le digo a la gente: con permiso, y la reacción inicial es mirarme mal, como diciéndome que claramente quepo y puedo pasarles por el lado, luego del monitoreo se disculpan, se dan cuenta que no, no quepo por el lado del carro de compra, de su silla desplazada en medio del restaurante como si fuesen dueños y señores del lugar, no me da el espacio para moverme sin tener más contactos que no quiero tener con desconocidos, porque honestamente ya estoy harta de que me toquen la barriga como si fuese una mascota de paseo y siempre he pensado que se debería pedir permiso antes de acariciar al ser viviente que nunca te ha pertenecido.  No puedo retractar mi barriga. No puedo respirar hondo y reducirme. Mi vientre no se escurre, mi pipa no se exprime, mi ombligo no se guarda. La gente en este país es incapaz de estacionarse en el centro de un aparcamiento. Entonces intento pegarme lo más posible a la derecha para poder deslizarme del asiento y transportar mi cuerpo hacia los múltiples lugares a donde aún tengo que llegar. En más de una ocasión he tenido que montarme por la puerta del pasajero porque sencillamente no quepo. Cuando me bajo del carro choco con los retrovisores, me ensucio la ropa, la cartera se me enreda, se me caen las cosas que intento llevar en las manos y lo peor de todo es que llamo muchísimo la atención. El primer novio alto que tuve me decía que cuando una persona bajita no sabe bailar, la gente apenas se da cuenta. Cuando alguien grande baila mal, es como si tuviese reflectores y flechas llamando la atención de todo el mundo. Y es que el miedo al ridículo y la atracción del juicio tienen una relación discreta pero importante con el tamaño.  Nunca había valorado mi pequeñez. No lo he sentido como una ventaja particular, ni me había nunca cuestionado la agilidad y discreción que un cuerpo compacto goza. Me he colado entre multitudes sin apenas tener que empujar a nadie. Cuando tus dimensiones son cortas, cualquier recoveco es acceso. Hay una magia implícita en no ser fácilmente visto. En estas semanas he pensado mucho en la gente grande. Se me ha colado entre cuero y carne una empatía sanguínea con la grandeza y la obesidad.  Yo decidí embarazarme y ya estoy al filo del fin. Pero a estas alturas mi saco de cemento que bien sé que no es permanente, se manifiesta como una esfera de cristal, una burbuja que podría explotarse de tanto mirarla. Esta barriga, aunque no esté hecha de excesos calóricos o condiciones pre existentes, se siente como una herida abierta, una vulnerabilidad latente, un peso que no me fortalece, una grandeza que no intimida, una debilidad que no trasmuta, un súper poder que debilita, un algo sobrehumano que no sublima ni dignifica, una cuestión milagrosa que aterriza y humilla a la mismísima vez. Al final del día las cosas grandes ocupan más espacio, superan pequeñeces, se les llaman bestiales, pero se les sienten tan sublimes.

Soy pequeña. En la escuela, si la fila era en orden de tamaño infaliblemente estaría entre las primeras tres. En el coro de campanas tocaba la segunda campana más chiquita, era el jamón del sándwich entre dos gemelas. Yo era mínimamente más alta que la primera y mínimamente más bajita que la ahora tercera. Ser bajita no me ha traído significativamente ningún problema ni complejo mayor. A las mujeres petite nos va bien, fuera de una reputación de tener caracteres inversamente proporcionales a nuestras estructuras óseas. Aparte de llevar aproximadamente 18 años montada en tacos, aceptar como destino implícito que a toda compra de pantalón o traje largo habrá que añadirle el cargo perpetuo del ruedo, y saber que donde haya multitudes jamás veré nada que pase en una tarima a menos que sea a través de las pantallas, ser bajita no me ha producido ninguna incomodidad que trascienda.

Mi no tan nuevo cónyuge es alto, bien alto. Lo suficiente para hacerme pensar en que las casas en la isla están construidas para gente que mida menos de seis pies porque en múltiples ocasiones tiene que agacharse para salir o entrar de una habitación. Tan alto, que tengo que avisarle para que no se achoque con los rótulos de las góndolas de los supermercados. Intento comprar taquillas y pasajes en los pasillos, para que pueda al menos estirar una pierna sin sentirse tan pillado. Usa un palo de escoba pesadísimo, pero más largo de lo normal porque dice que el tamaño estándar le desbarata la espalda, lo mismo con los counters de cocina, las tablas de planchar y cosas cuya altitud nunca he tenido que cuestionar.

Un amigo que resulta ser uno de mis escritores favoritos, una vez escribió un manifiesto de lo que era ser gordo en un mundo de flacos. Yo lo amé como suelo amar todo lo que escribe. Hablaba de la incomodidad del tren, de los aviones, de la dificultad de comprar ropa, del miedo a que la silla plástica cediera ante su peso, del pánico generalizado y el miedo al ridículo porque todo es más grande, más ruidoso, más notable, cuando uno excede lo considerado normal.

Si nunca has pensado que el mundo no está construido para ti, significa que eres privilegiado.

Yo ahora mismo mido cinco pies y una pulgada y media (sino es que el peso me ha achicado) y debo estar pesando mínimo cincuenta libras más de lo que sería considerado mi peso ideal, menos de treinta de ellas puedo adjudicárselas al 50% adicional del volumen de sangre que tengo, placenta, retención de líquido, fluido, bebé, nueva copa de sostén, etc. Donde alguna vez estuvo mi cintura, ahora tengo una circunferencia de cuarenta y dos pulgadas (que pareciera aumentar mientras tecleo). No he logrado asumir dónde me acabo. Es como si mi cerebro aún no hubiese podido interiorizar los nuevos confines de mi cuerpo. Me golpeo con puertas que yo misma abro. Me sorprende que no alcanzo tablillas que antes tocaba, como si me estuviese encogiendo, luego recuerdo que sencillamente no puedo acercarme tanto al borde de las cosas y desde lejos se acorta mi alcance. A veces le digo a la gente: con permiso, y la reacción inicial es mirarme mal, como diciéndome que claramente quepo y puedo pasarles por el lado, luego del monitoreo se disculpan, se dan cuenta que no, no quepo por el lado del carro de compra, de su silla desplazada en medio del restaurante como si fuesen dueños y señores del lugar, no me da el espacio para moverme sin tener más contactos que no quiero tener con desconocidos, porque honestamente ya estoy harta de que me toquen la barriga como si fuese una mascota de paseo y siempre he pensado que se debería pedir permiso antes de acariciar al ser viviente que nunca te ha pertenecido.

No puedo retractar mi barriga. No puedo respirar hondo y reducirme. Mi vientre no se escurre, mi pipa no se exprime, mi ombligo no se guarda. La gente en este país es incapaz de estacionarse en el centro de un aparcamiento. Entonces intento pegarme lo más posible a la derecha para poder deslizarme del asiento y transportar mi cuerpo hacia los múltiples lugares a donde aún tengo que llegar. En más de una ocasión he tenido que montarme por la puerta del pasajero porque sencillamente no quepo. Cuando me bajo del carro choco con los retrovisores, me ensucio la ropa, la cartera se me enreda, se me caen las cosas que intento llevar en las manos y lo peor de todo es que llamo muchísimo la atención. El primer novio alto que tuve me decía que cuando una persona bajita no sabe bailar, la gente apenas se da cuenta. Cuando alguien grande baila mal, es como si tuviese reflectores y flechas llamando la atención de todo el mundo. Y es que el miedo al ridículo y la atracción del juicio tienen una relación discreta pero importante con el tamaño.

Nunca había valorado mi pequeñez. No lo he sentido como una ventaja particular, ni me había nunca cuestionado la agilidad y discreción que un cuerpo compacto goza. Me he colado entre multitudes sin apenas tener que empujar a nadie. Cuando tus dimensiones son cortas, cualquier recoveco es acceso. Hay una magia implícita en no ser fácilmente visto. En estas semanas he pensado mucho en la gente grande. Se me ha colado entre cuero y carne una empatía sanguínea con la grandeza y la obesidad.

Yo decidí embarazarme y ya estoy al filo del fin. Pero a estas alturas mi saco de cemento que bien sé que no es permanente, se manifiesta como una esfera de cristal, una burbuja que podría explotarse de tanto mirarla. Esta barriga, aunque no esté hecha de excesos calóricos o condiciones pre existentes, se siente como una herida abierta, una vulnerabilidad latente, un peso que no me fortalece, una grandeza que no intimida, una debilidad que no trasmuta, un súper poder que debilita, un algo sobrehumano que no sublima ni dignifica, una cuestión milagrosa que aterriza y humilla a la mismísima vez. Al final del día las cosas grandes ocupan más espacio, superan pequeñeces, se les llaman bestiales, pero se les sienten tan sublimes.