Con el tabú dentro

 Siempre he tenido problemas con los temas escatológicos. Nada que tenga que ver con secreciones corporales, viscosidades, o expulsiones de organismos, es un tema de conversación para mí. Muchos dicen que cuando tenga hijos se me quitará. Tengo dos perros e infaliblemente cada vez que tengo que bregar con sus “necesidades” se me pone la piel de gallina, arqueo impulsivamente por los minutos que me toque, mientras ellos me miran con una mezcla de lo que yo interpreto como preocupación e incredibilidad. Gracias al cielo no padezco de alergias y mi nariz suele ser casi ornamental. Sin embargo, soy mujer. Y eso implica que cada 28 días mi vida gira y cambia con el milagro de la vida que no pasó. Tengo 33 años, no me considero una persona pudorosa, pero al sol de hoy, si tengo que ir al baño a bregar con la situación, me escondo el tampón en un bolsillo o hasta dentro de mi ropa interior. De niña, cuando usaba toallas sanitarias, recuerdo no abrir el paquete hasta que el baño de la escuela estuviese vacío. Si tenía tan mala suerte de que había personas en los otros cubículos, yo bajaba el inodoro una y otra vez porque me moría de la vergüenza de que sonara el plástico de la envoltura o el papelito que cubría el pegamento de la parte inferior. Cuando de nena, por primera vez me pasó (podemos hacer una lista de todas las formas en las que nos referimos a la menstruación: le cantó el gallo, ya es señorita, cayó mala, le bajó), yo juraba que no podía salir de la casa. Tuve la convicción de que en esos días uno irremediablemente se tiraba a morir. Incluso recuerdo sacar el cálculo de que si eran de 3-5 días al mes, perdería años de mi vida nada más en eso. Para ser justa, aproximadamente doscientos cincuenta y dos menstruaciones después, todavía pienso que al menos 24 horas se nos deberían conceder porque a algunas de nosotras nos duele con co… ovarios.      Una amiga una vez me dijo que para una persona como yo, que detestaba el tema de raíz, una copa menstrual sería la alternativa más fácil y manejable. Me la ponía y literalmente la olvidaba por las próximas 12 horas. Ella creía tan fervientemente en lo que su marido llamaba “el cáliz” (cosa que claramente me asqueó a la décimo novena potencia) que hasta me regaló una. Venía en un paquetito de lo más mono, ella me dio un tutorial en medio de la oficina, sin susurros, sin mirar a todos lados. Creo que más que nada, me hipnotizó la facilidad con la que ella hablaba del tema sin tapujos. Yo era su jefa y la veía hasta borrosa mientras escuchaba a lo lejos el: la doblas como una gomita de pelo, la introduces y ella se acomoda sola, se engancha en tu hueso púbico por dentro y eso no se va a mover de ahí. Quizás temí desmayarme ahí mismo y más por impulso que otra cosa agarré la dichosa copa, sin esconderla en mi ropa (probablemente porque sé que no era un objeto altamente reconocible) me metí al baño de la oficina y en menos de medio minuto ya la tenía dentro. Salí mirando para todos lados, sintiéndome como que tenía un gran secreto dentro, con el extraño recato que me provocan ciertas cosas, como leer una escena erótica de una novela en una sala de espera, que aunque ningún viejito lo sepa, yo me sonrojo y miro para todos lados como si supieran la de barbaridades que estoy leyendo en el limbo que es una oficina médica. Mi compañera me miró desde su escritorio, sonriendo victoriosa, con la certeza de que me había convertido. Para ser totalmente honesta, por horas lo logró. Cuando logré olvidarme del tema, iba al baño y ni se veía, ni se sentía nada. Caminaba sin ninguna sensación extraña y hasta me permití pensar que sería mejor para mis viajes, para ir a la playa, para ciertos tipos de ropa… Porque las vacaciones (y hasta a boda) hay que cuadrarlas calendario en la mano contemplando siempre la visita mensual. Ese día, luego del trabajo tenía un repaso de reválida, todo estaba bajo control. Sin embargo, cuando ya faltaba quizás una hora para terminar el repaso, me entró la paranoia.     Comencé a contar horas en mi mente. Me la había puesto a las 8, 9 de la mañana. Ya eran casi las 9 de la noche. De pronto no recordaba si aquello se podía tener por 10 horas o 12 horas. Y como suele operar el pánico es que te paraliza y te embrutece. Así que no se me ocurrió verificarlo con un Google search. Mi cerebro me convenció de que eran 10 horas, que ya estaba pasada de tiempo, por lo que probablemente moriría de shock tóxico. La primera vez que me fui a poner un tampón, leí la cajita (sí, leo los efectos secundarios hasta del champú) y hablaba de un posible síndrome que le daba a muy pocas mujeres donde básicamente podías morirte. La copa no me la dieron con caja, así que mi subconsciente enlazó estos dos sucesos traumatizantes y llegó a la conclusión científica de que si no me quitaba la copa, evidentemente me iba a morir.      Fui al baño del lugar, pero como era la hora del receso, había hasta fila para entrar. Cuando me tocó el turno, lo primero que noté es que la puerta era muy alta, es decir, la puerta me tapaba hasta solo un poco debajo de las rodillas. Recordaba entrecortadamente que me habían dicho que para quitármelo tenía que ponerme de cuclillas. Terminé esperando que se fueran todas. Lo que no me imaginé es que cuando intenté removerla, físicamente no podía. No aparecía. No la encontraba. Mi cuerpo la había desaparecido. Me imaginé yendo a una sala de emergencia para removérmela. La humillación, la vergüenza, el horror. Respira Edmaris, respira, recuerda las instrucciones, recuerda el adiestramiento que te dieron esta mañana. Tenías que, tienes que, pujar, sí eso puja. No, nada, no aparecía nada. Relájate y coopera. Tensarte usualmente no ayuda en nada. Fácil decirlo cuando no estás segura de que tendrás un objeto foráneo dentro de ti para siempre. Nunca le he tenido miedo a mi cuerpo, así que busqué exhaustivamente sin resultados. La copa es como un embudito de goma y tiene un tallito, en teoría estaba buscando un tallito del cual halar. Pero aún cuando por fin apareció, no se dejaba. Era como si yo halara hacia afuera y mi cuerpo halara en dirección contraria (bastante parecido a cuando uno se atraganta con un pedazo de comida). Luego de lo que pareció una hora y media encerrada en un elevador, pero probablemente fueron de ocho a doce minutos, lo logré. La histeria conquistó al pudor, ya estaba ñangotada sin ninguna vergüenza, dándole prioridad a mi supervivencia por encima de mis propios tabúes. La próxima hora que quedaba de repaso ni aprendí ni recordé nada. Estuve temblando por dentro y por fuera sin remedio hasta que pude llegar a mi casa a darme un baño. Pasé lista de otros objetos foráneos que se me han… podido quedar dentro y ninguno causa(ría) el terror que me causó aquella indefensa copita de silicona que no tenía la capacidad, ni de: desaparecer milagrosamente; ni de dejarme rastros permanentes (fuera del pánico). Entonces me preocupó lo desproporcional de mi reacción y espulgué mi subconsciente y lo único que se me ocurre es que el tabú se me coló dentro. Que por más empoderada, consciente y en control de mi cuerpo me he querido creer, me quedan asquitos y mieditos demasiado propios para mi propio gusto.      Así que volveré a intentarlo. No le permitiré a mi mente que de la nada le coja cosa al cuerpo. Ojo, sigo odiando todos los temas escatológicos, incluidos los efectos secundarios que vienen con las sublimes capacidades de tener co… ovarios. Pero prefiero pensar que todo fue por mi fobia a las cosas escatológicas, y yo intento superar mis fobias. Tomé clases de trapecio con los ojos cerrados y diciendo que no con la cabeza en cada intento. Me trepo atacada en llanto en funiculares mientras pienso en que hay gente hermosa que se cae del aire aunque bailaran con el cielo por años y sabiendo que un funicular no es un paracaídas. También con un miedo al compromiso casi patológico, llevo 10 meses jugando al amor sin látex ni trampas hormonales. Así que la copa y yo tenemos otro tango pendiente. Voy a mí y pago quíntuple. Cuando lo logre les cuento, porque hay que hablarlo, para ganarle al asco y aún más importante, darle una pela al miedo.

Siempre he tenido problemas con los temas escatológicos. Nada que tenga que ver con secreciones corporales, viscosidades, o expulsiones de organismos, es un tema de conversación para mí. Muchos dicen que cuando tenga hijos se me quitará. Tengo dos perros e infaliblemente cada vez que tengo que bregar con sus “necesidades” se me pone la piel de gallina, arqueo impulsivamente por los minutos que me toque, mientras ellos me miran con una mezcla de lo que yo interpreto como preocupación e incredibilidad. Gracias al cielo no padezco de alergias y mi nariz suele ser casi ornamental. Sin embargo, soy mujer. Y eso implica que cada 28 días mi vida gira y cambia con el milagro de la vida que no pasó. Tengo 33 años, no me considero una persona pudorosa, pero al sol de hoy, si tengo que ir al baño a bregar con la situación, me escondo el tampón en un bolsillo o hasta dentro de mi ropa interior. De niña, cuando usaba toallas sanitarias, recuerdo no abrir el paquete hasta que el baño de la escuela estuviese vacío. Si tenía tan mala suerte de que había personas en los otros cubículos, yo bajaba el inodoro una y otra vez porque me moría de la vergüenza de que sonara el plástico de la envoltura o el papelito que cubría el pegamento de la parte inferior. Cuando de nena, por primera vez me pasó (podemos hacer una lista de todas las formas en las que nos referimos a la menstruación: le cantó el gallo, ya es señorita, cayó mala, le bajó), yo juraba que no podía salir de la casa. Tuve la convicción de que en esos días uno irremediablemente se tiraba a morir. Incluso recuerdo sacar el cálculo de que si eran de 3-5 días al mes, perdería años de mi vida nada más en eso. Para ser justa, aproximadamente doscientos cincuenta y dos menstruaciones después, todavía pienso que al menos 24 horas se nos deberían conceder porque a algunas de nosotras nos duele con co… ovarios. 

 

Una amiga una vez me dijo que para una persona como yo, que detestaba el tema de raíz, una copa menstrual sería la alternativa más fácil y manejable. Me la ponía y literalmente la olvidaba por las próximas 12 horas. Ella creía tan fervientemente en lo que su marido llamaba “el cáliz” (cosa que claramente me asqueó a la décimo novena potencia) que hasta me regaló una. Venía en un paquetito de lo más mono, ella me dio un tutorial en medio de la oficina, sin susurros, sin mirar a todos lados. Creo que más que nada, me hipnotizó la facilidad con la que ella hablaba del tema sin tapujos. Yo era su jefa y la veía hasta borrosa mientras escuchaba a lo lejos el: la doblas como una gomita de pelo, la introduces y ella se acomoda sola, se engancha en tu hueso púbico por dentro y eso no se va a mover de ahí. Quizás temí desmayarme ahí mismo y más por impulso que otra cosa agarré la dichosa copa, sin esconderla en mi ropa (probablemente porque sé que no era un objeto altamente reconocible) me metí al baño de la oficina y en menos de medio minuto ya la tenía dentro. Salí mirando para todos lados, sintiéndome como que tenía un gran secreto dentro, con el extraño recato que me provocan ciertas cosas, como leer una escena erótica de una novela en una sala de espera, que aunque ningún viejito lo sepa, yo me sonrojo y miro para todos lados como si supieran la de barbaridades que estoy leyendo en el limbo que es una oficina médica. Mi compañera me miró desde su escritorio, sonriendo victoriosa, con la certeza de que me había convertido. Para ser totalmente honesta, por horas lo logró. Cuando logré olvidarme del tema, iba al baño y ni se veía, ni se sentía nada. Caminaba sin ninguna sensación extraña y hasta me permití pensar que sería mejor para mis viajes, para ir a la playa, para ciertos tipos de ropa… Porque las vacaciones (y hasta a boda) hay que cuadrarlas calendario en la mano contemplando siempre la visita mensual. Ese día, luego del trabajo tenía un repaso de reválida, todo estaba bajo control. Sin embargo, cuando ya faltaba quizás una hora para terminar el repaso, me entró la paranoia.

 

Comencé a contar horas en mi mente. Me la había puesto a las 8, 9 de la mañana. Ya eran casi las 9 de la noche. De pronto no recordaba si aquello se podía tener por 10 horas o 12 horas. Y como suele operar el pánico es que te paraliza y te embrutece. Así que no se me ocurrió verificarlo con un Google search. Mi cerebro me convenció de que eran 10 horas, que ya estaba pasada de tiempo, por lo que probablemente moriría de shock tóxico. La primera vez que me fui a poner un tampón, leí la cajita (sí, leo los efectos secundarios hasta del champú) y hablaba de un posible síndrome que le daba a muy pocas mujeres donde básicamente podías morirte. La copa no me la dieron con caja, así que mi subconsciente enlazó estos dos sucesos traumatizantes y llegó a la conclusión científica de que si no me quitaba la copa, evidentemente me iba a morir. 

 

Fui al baño del lugar, pero como era la hora del receso, había hasta fila para entrar. Cuando me tocó el turno, lo primero que noté es que la puerta era muy alta, es decir, la puerta me tapaba hasta solo un poco debajo de las rodillas. Recordaba entrecortadamente que me habían dicho que para quitármelo tenía que ponerme de cuclillas. Terminé esperando que se fueran todas. Lo que no me imaginé es que cuando intenté removerla, físicamente no podía. No aparecía. No la encontraba. Mi cuerpo la había desaparecido. Me imaginé yendo a una sala de emergencia para removérmela. La humillación, la vergüenza, el horror. Respira Edmaris, respira, recuerda las instrucciones, recuerda el adiestramiento que te dieron esta mañana. Tenías que, tienes que, pujar, sí eso puja. No, nada, no aparecía nada. Relájate y coopera. Tensarte usualmente no ayuda en nada. Fácil decirlo cuando no estás segura de que tendrás un objeto foráneo dentro de ti para siempre. Nunca le he tenido miedo a mi cuerpo, así que busqué exhaustivamente sin resultados. La copa es como un embudito de goma y tiene un tallito, en teoría estaba buscando un tallito del cual halar. Pero aún cuando por fin apareció, no se dejaba. Era como si yo halara hacia afuera y mi cuerpo halara en dirección contraria (bastante parecido a cuando uno se atraganta con un pedazo de comida). Luego de lo que pareció una hora y media encerrada en un elevador, pero probablemente fueron de ocho a doce minutos, lo logré. La histeria conquistó al pudor, ya estaba ñangotada sin ninguna vergüenza, dándole prioridad a mi supervivencia por encima de mis propios tabúes. La próxima hora que quedaba de repaso ni aprendí ni recordé nada. Estuve temblando por dentro y por fuera sin remedio hasta que pude llegar a mi casa a darme un baño. Pasé lista de otros objetos foráneos que se me han… podido quedar dentro y ninguno causa(ría) el terror que me causó aquella indefensa copita de silicona que no tenía la capacidad, ni de: desaparecer milagrosamente; ni de dejarme rastros permanentes (fuera del pánico). Entonces me preocupó lo desproporcional de mi reacción y espulgué mi subconsciente y lo único que se me ocurre es que el tabú se me coló dentro. Que por más empoderada, consciente y en control de mi cuerpo me he querido creer, me quedan asquitos y mieditos demasiado propios para mi propio gusto. 

 

Así que volveré a intentarlo. No le permitiré a mi mente que de la nada le coja cosa al cuerpo. Ojo, sigo odiando todos los temas escatológicos, incluidos los efectos secundarios que vienen con las sublimes capacidades de tener co… ovarios. Pero prefiero pensar que todo fue por mi fobia a las cosas escatológicas, y yo intento superar mis fobias. Tomé clases de trapecio con los ojos cerrados y diciendo que no con la cabeza en cada intento. Me trepo atacada en llanto en funiculares mientras pienso en que hay gente hermosa que se cae del aire aunque bailaran con el cielo por años y sabiendo que un funicular no es un paracaídas. También con un miedo al compromiso casi patológico, llevo 10 meses jugando al amor sin látex ni trampas hormonales. Así que la copa y yo tenemos otro tango pendiente. Voy a mí y pago quíntuple. Cuando lo logre les cuento, porque hay que hablarlo, para ganarle al asco y aún más importante, darle una pela al miedo.