¿Las mujeres son malas con las mujeres?

  Las mujeres son malas con las mujeres.  Esta frase, como prácticamente todas las generalizaciones y sentencias absolutas, me hierven la sangre. Si algo han tenido que aprender mis parejas, es que cuando zumban el: siempre, nunca, todos, ninguno, ya la batalla no solo está perdida, sino que ha cambiado por completo de dirección. ¿Hay mujeres malas? Por supuesto que sí. ¿Hay mujeres malas específicamente con mujeres? Probablemente. ¿Hay hombres malos? Definitivamente. ¿Los hombres son malos con los hombres? Al sol de hoy van 316 asesinatos, podemos ponernos quisquillosos y buscar la cifra, pero me late que la arrolladora mayoría de esos asesinatos fueron cometidos por hombres. ¿Los hombres son malos con las mujeres? Responder esa pregunta con cifras es hasta doloroso. Pero no todos los hombres son malos, ni entre ellos ni contra nosotras.   Obvio que he conocido mujeres terribles. Féminas que me han hecho la vida imposible en mis trabajos, tipas que han regado mentiras sobre mí, damas que nunca me dieron ni el beneficio de la duda por cómo me veo o porque les recuerdo a alguien que detestan, o en el fondo porque identifican en mí las partes que más odian de sí mismas. Ha habido mujeres que se han besuqueado con mis parejas o cosas aún más complicadas y profundas. Hay mujeres que me han saboteado en momentos cruciales de mi vida y que hoy en día están de mi lado. He tenido jefas líderes y admirables y he tenido jefas mezquinas y pequeñas. Yo misma no siempre he sido una compañera digna de mi tribu y he cometido sandeces y necedades de las cuales no me enorgullezco. También he sacado conscientemente mujeres (ojo también hombres) de mi vida adulta porque lamentablemente me alejaban de la versión de mí que quiero ser.    Creo que lo más que me re jode de perpetuar el mito, cliché y leyenda urbana de que las mujeres somos viles entre nosotras, es que aunque como todo mito, cliché y leyenda urbana, puede que tenga algo de realidad, se me parece demasiado a otras técnicas de dominio que se utilizan para dividir y conquistar, para que las minorías se hagan pedazos entre sí, para que cuando se proteste contra el gobierno, el estado voltee la situación y lo convierta en un enfrentamiento entre protestantes y policías, ese patrón barato de que los que están abajo se olviden del enemigo en común, y se cieguen con su propia imagen en el espejo.   Los que me conocen saben que jamás he visto a los hombres como el enemigo, sino todo lo contrario. Tengo un coco con ellos, me encantan como figuras y personajes literarios, me fascinan como objeto de estudio e intento centrarme en  aquellos  que en muchísimos momentos de mi vida me han regalado, aunque sea un segundo de magia.   Pero hoy toca hablar de las mujeres. De las que solemos partir de la premisa que son dramáticas y complicadas. Que somos felinas y gatunas entre nosotras. (puedo hacer otra diatriba entera sobre los prejuicios y construcciones sociales que nos empujan hacia los gatos). Hay una infinidad de refranes y muletillas que se repiten hasta el cansancio: “los hombres son malos, pero las mujeres son crueles”, “prefiero tener amigos hombres a amigas mujeres”, “las amistades entre hombres son más sencillas y por lo tanto más honestas” (una sobre simplificación filosófica que no tiene pie ni cabeza) y toda una retahíla de supuestos que se resumen en reducir, disminuir y degradar a la mujer y su capacidad de relacionarse con su mismo sexo. Las madres, por lo general, son las que pasan el lenguaje, la religión y las manifestaciones de afecto. Es la madre la que suele pasar las herramientas para relacionarnos los unos con los otros. Si partimos de la premisa de que así se construyen las relaciones sociales en la mayor parte de las culturas, cómo entonces podemos perpetuar la cantaleta de que las mujeres no podemos ser nobles, generosas y grandes las unas con las otras.   Mi madre literaria es una mujer que me ha hostigado por quince años para que escriba, vio alguna rareza en mí y le dio suficiente curiosidad para germinar una fe maratónica en mis letras. Desde chiquita, otras niñas me suavizaron las transiciones a escuelas nuevas. Una me compartió el primer kiwi que probé en mi vida, y con ese pequeño gesto de darme la mitad de esa fruta extraña y peluda me hizo sentir tanto menos sola. Mi amiga más antigua, que en segundo grado ya medía medio pie más que yo (con el tiempo se convirtieron en 10 pulgadas de diferencia), básicamente me protegió de mi nueva escuela desde que nos volvimos inseparables. Luego de eso con toda su altura, fuerza y carácter, me hizo sentir como si tuviese un guardaespaldas de por vida, me defendió en filas de conciertos y casi le parte la mano a un español que no dejaba de toquetearme la mano a pesar de yo explicarle en repetidas ocasiones que en Puerto Rico nos enseñan que la cara no se toca. Durante mi adolescencia y adultez venía periódicamente a organizarme mi clóset, en parte porque me ama, en parte porque es OCD y lo disfruta, en parte porque soy un desastre y en totalidad porque cualquier excusa es buena para vernos.   He tenido mujeres que me han prestado a su familia entera, su casa, sus 8 hermanos, para sentirme acompañada mientras tenía un marido a tiempo parcial. Bellezas que me llevaban al cine todos los miércoles a ver películas internacionales superando nuestros miedos mutuos a los estacionamientos subterráneos y las cucarachas que nos acechaban en la oscuridad. Mujeres que me han ayudado a vaciar todas mis pertenencias cuando necesitaba escapar de un lugar. Jevas que han insultado a mis exes en momentos trascendentales y de estas historias tengo una amplia variedad. Amigas que me han carreteado por años, salvándome de mi carencia total de ubicación espacial y logrando que yo no tenga ni un solo DUI. Amazonas que se han echado las culpas de cosas que yo he hecho tan solo por salvarme el pellejo. Compañeras que me han prestado libros, copias, notas, mamotretos. Profesionales que me han llamado por teléfono para adelantarme los resultados de la reválida y protegerme del golpe de leer un FAIL por segunda vez en la pantalla. Amigas que me han llenado la alacena cuando el préstamo estudiantil no llegaba y no quería que mi familia supiera que tenía $7 para lo que quedaba de semana. Compañeras de trabajo que me cocinaron sopa y me compraron remedios naturales cuando no podía beber medicamentos. Heroínas que me arrastraron hasta Ponce para que un vidente me diera en la cara con todas las verdades que yo me negaba a ver. Diosas que me abrieron la puerta para yo entrar a una carrera que jamás imaginé y que lleva pagando mis necesidades y caprichos la mayor parte de mi adultez. Hermosas que subían al monte de Cupey a hacerme llorar de la risa en medio de exámenes finales, a traerme agua Fiji cuando perdí un bebé o sencillamente a llorar conmigo cuando un carro me mató a mi Amelie. Mujeres que me rescataron de ahogarme simbólicamente en la tristeza y de ahogarme físicamente en una bañera a la misma vez. Rebeldes que al no contestar el teléfono, se metían en mi casa armadas de mantecado y musicales. Nenas lindas que me hacen un website, que me compran el dominio de siemprejueves.com porque no pueden bregar con que todavía no lo haya comprado y que me obligan a hacerme un email más profesional y desistir del uso y el abuso de mi Hotmail. Gente que me quiere a pesar y por mis debilidades, que entienden mi incapacidad para los temas de belleza y me regalan muestras de maquillaje, me prestan ropa de su boutique para mis inventos, vienen a mi casa a maquillarme y hacerme ondas en el pelo. Panas que me leen, que me editan, que me traducen, que me corrigen, que me prenden velas, que rezan por mí, que ponen cuarzos y me incluyen en sus intenciones.   Tengo mujeres que deciden que no puedo estudiar en Europa y no ir a Paris y me consiguen hasta hospedaje. Jevas que me defienden de mí misma y me prohíben tener una boda sin fotógrafo, aunque esto implicase perseguirme en tacos con una cámara por 8 horas en vez de beber y bailar. Hermanas que me llevan hasta Guayama, porque se me metió entre ceja y ceja que quiero flores de papel. Cómplices que se convierten en coordinadoras de boda, relacionistas públicas y psicólogas sin paga alguna. Amigas que van a verme cuando me nominan para un premio y se enojan más que yo cuando pierdo. Jevas que van a la presentación de mi libro y se aseguran de que busquen más cajas cuando se acaban los ejemplares y no se enchisman porque se fueron del festival con su copia sin firmar. Salvadoras que me dan un relajante natural el día de mi boda o que rescatan mi traje del secuestro de Royal Bride y hasta regatean los $400 de “alteraciones” que nadie nunca tuvo el detalle de mencionar. Tías postizas que prácticamente me cosen el traje encima a media hora de la ceremonia. Tías de sangre que me hacen mis centros de mesa, que me organizan un media tour para mi libro digital, que me regalan flores en San Valentín, Día de las Madres y graduación. Primas segundas que no me pusieron un pero para cantarme en mi boda mis antojos musicales: Disfruto de Carla Morrison, This Love de Bob Marley y el Chan Chan de Buena Vista Social Club (aunque solo tuviesen sentido para mí). Vecinas que me consiguen guisos de ensueño y me organizan degustaciones de vino en lugares remotos. Amigas de mi marido que me apoyan y me compran: novelas digitales, abanicos que hablan, novelas en papel. Desconocidas que me recomiendan para un programa de radio. Escritoras famosas que me dan una llamada para decirme que les encanta mi voz y que si pueden convertirse en mi madrina literaria. Y compañeras de trabajo recién conocidas que graban el momento, me regalan flores y me llevan a beber margaritas.   No tengo forma de narrar mis historias sin la fuerza motora que han sido las jevas en mi existencia. Sin detenerme en las matriarcas de sangre, que congruente con sus profesiones me cosieron la personalidad y me enseñaron el carácter, todos mis triunfos tienen alguna mujer enredá en el proceso, y las veces que me he caído por el barranco, una cadena de jevas me ha sacado por el pelo. Habrá mujeres malas con otras mujeres. Pero al menos yo, me codeo de mujeres impresionantes que no hacen otra cosa que impulsarme, darme ánimo, consolarme cuando es necesario y defenderme con uñas, inteligencia, garras, ferocidad, dientes y pura lealtad.    

Las mujeres son malas con las mujeres. Esta frase, como prácticamente todas las generalizaciones y sentencias absolutas, me hierven la sangre. Si algo han tenido que aprender mis parejas, es que cuando zumban el: siempre, nunca, todos, ninguno, ya la batalla no solo está perdida, sino que ha cambiado por completo de dirección. ¿Hay mujeres malas? Por supuesto que sí. ¿Hay mujeres malas específicamente con mujeres? Probablemente. ¿Hay hombres malos? Definitivamente. ¿Los hombres son malos con los hombres? Al sol de hoy van 316 asesinatos, podemos ponernos quisquillosos y buscar la cifra, pero me late que la arrolladora mayoría de esos asesinatos fueron cometidos por hombres. ¿Los hombres son malos con las mujeres? Responder esa pregunta con cifras es hasta doloroso. Pero no todos los hombres son malos, ni entre ellos ni contra nosotras. 

Obvio que he conocido mujeres terribles. Féminas que me han hecho la vida imposible en mis trabajos, tipas que han regado mentiras sobre mí, damas que nunca me dieron ni el beneficio de la duda por cómo me veo o porque les recuerdo a alguien que detestan, o en el fondo porque identifican en mí las partes que más odian de sí mismas. Ha habido mujeres que se han besuqueado con mis parejas o cosas aún más complicadas y profundas. Hay mujeres que me han saboteado en momentos cruciales de mi vida y que hoy en día están de mi lado. He tenido jefas líderes y admirables y he tenido jefas mezquinas y pequeñas. Yo misma no siempre he sido una compañera digna de mi tribu y he cometido sandeces y necedades de las cuales no me enorgullezco. También he sacado conscientemente mujeres (ojo también hombres) de mi vida adulta porque lamentablemente me alejaban de la versión de mí que quiero ser.  

Creo que lo más que me re jode de perpetuar el mito, cliché y leyenda urbana de que las mujeres somos viles entre nosotras, es que aunque como todo mito, cliché y leyenda urbana, puede que tenga algo de realidad, se me parece demasiado a otras técnicas de dominio que se utilizan para dividir y conquistar, para que las minorías se hagan pedazos entre sí, para que cuando se proteste contra el gobierno, el estado voltee la situación y lo convierta en un enfrentamiento entre protestantes y policías, ese patrón barato de que los que están abajo se olviden del enemigo en común, y se cieguen con su propia imagen en el espejo. 

Los que me conocen saben que jamás he visto a los hombres como el enemigo, sino todo lo contrario. Tengo un coco con ellos, me encantan como figuras y personajes literarios, me fascinan como objeto de estudio e intento centrarme en aquellos que en muchísimos momentos de mi vida me han regalado, aunque sea un segundo de magia. 

Pero hoy toca hablar de las mujeres. De las que solemos partir de la premisa que son dramáticas y complicadas. Que somos felinas y gatunas entre nosotras. (puedo hacer otra diatriba entera sobre los prejuicios y construcciones sociales que nos empujan hacia los gatos). Hay una infinidad de refranes y muletillas que se repiten hasta el cansancio: “los hombres son malos, pero las mujeres son crueles”, “prefiero tener amigos hombres a amigas mujeres”, “las amistades entre hombres son más sencillas y por lo tanto más honestas” (una sobre simplificación filosófica que no tiene pie ni cabeza) y toda una retahíla de supuestos que se resumen en reducir, disminuir y degradar a la mujer y su capacidad de relacionarse con su mismo sexo. Las madres, por lo general, son las que pasan el lenguaje, la religión y las manifestaciones de afecto. Es la madre la que suele pasar las herramientas para relacionarnos los unos con los otros. Si partimos de la premisa de que así se construyen las relaciones sociales en la mayor parte de las culturas, cómo entonces podemos perpetuar la cantaleta de que las mujeres no podemos ser nobles, generosas y grandes las unas con las otras. 

Mi madre literaria es una mujer que me ha hostigado por quince años para que escriba, vio alguna rareza en mí y le dio suficiente curiosidad para germinar una fe maratónica en mis letras. Desde chiquita, otras niñas me suavizaron las transiciones a escuelas nuevas. Una me compartió el primer kiwi que probé en mi vida, y con ese pequeño gesto de darme la mitad de esa fruta extraña y peluda me hizo sentir tanto menos sola. Mi amiga más antigua, que en segundo grado ya medía medio pie más que yo (con el tiempo se convirtieron en 10 pulgadas de diferencia), básicamente me protegió de mi nueva escuela desde que nos volvimos inseparables. Luego de eso con toda su altura, fuerza y carácter, me hizo sentir como si tuviese un guardaespaldas de por vida, me defendió en filas de conciertos y casi le parte la mano a un español que no dejaba de toquetearme la mano a pesar de yo explicarle en repetidas ocasiones que en Puerto Rico nos enseñan que la cara no se toca. Durante mi adolescencia y adultez venía periódicamente a organizarme mi clóset, en parte porque me ama, en parte porque es OCD y lo disfruta, en parte porque soy un desastre y en totalidad porque cualquier excusa es buena para vernos. 

He tenido mujeres que me han prestado a su familia entera, su casa, sus 8 hermanos, para sentirme acompañada mientras tenía un marido a tiempo parcial. Bellezas que me llevaban al cine todos los miércoles a ver películas internacionales superando nuestros miedos mutuos a los estacionamientos subterráneos y las cucarachas que nos acechaban en la oscuridad. Mujeres que me han ayudado a vaciar todas mis pertenencias cuando necesitaba escapar de un lugar. Jevas que han insultado a mis exes en momentos trascendentales y de estas historias tengo una amplia variedad. Amigas que me han carreteado por años, salvándome de mi carencia total de ubicación espacial y logrando que yo no tenga ni un solo DUI. Amazonas que se han echado las culpas de cosas que yo he hecho tan solo por salvarme el pellejo. Compañeras que me han prestado libros, copias, notas, mamotretos. Profesionales que me han llamado por teléfono para adelantarme los resultados de la reválida y protegerme del golpe de leer un FAIL por segunda vez en la pantalla. Amigas que me han llenado la alacena cuando el préstamo estudiantil no llegaba y no quería que mi familia supiera que tenía $7 para lo que quedaba de semana. Compañeras de trabajo que me cocinaron sopa y me compraron remedios naturales cuando no podía beber medicamentos. Heroínas que me arrastraron hasta Ponce para que un vidente me diera en la cara con todas las verdades que yo me negaba a ver. Diosas que me abrieron la puerta para yo entrar a una carrera que jamás imaginé y que lleva pagando mis necesidades y caprichos la mayor parte de mi adultez. Hermosas que subían al monte de Cupey a hacerme llorar de la risa en medio de exámenes finales, a traerme agua Fiji cuando perdí un bebé o sencillamente a llorar conmigo cuando un carro me mató a mi Amelie. Mujeres que me rescataron de ahogarme simbólicamente en la tristeza y de ahogarme físicamente en una bañera a la misma vez. Rebeldes que al no contestar el teléfono, se metían en mi casa armadas de mantecado y musicales. Nenas lindas que me hacen un website, que me compran el dominio de siemprejueves.com porque no pueden bregar con que todavía no lo haya comprado y que me obligan a hacerme un email más profesional y desistir del uso y el abuso de mi Hotmail. Gente que me quiere a pesar y por mis debilidades, que entienden mi incapacidad para los temas de belleza y me regalan muestras de maquillaje, me prestan ropa de su boutique para mis inventos, vienen a mi casa a maquillarme y hacerme ondas en el pelo. Panas que me leen, que me editan, que me traducen, que me corrigen, que me prenden velas, que rezan por mí, que ponen cuarzos y me incluyen en sus intenciones. 

Tengo mujeres que deciden que no puedo estudiar en Europa y no ir a Paris y me consiguen hasta hospedaje. Jevas que me defienden de mí misma y me prohíben tener una boda sin fotógrafo, aunque esto implicase perseguirme en tacos con una cámara por 8 horas en vez de beber y bailar. Hermanas que me llevan hasta Guayama, porque se me metió entre ceja y ceja que quiero flores de papel. Cómplices que se convierten en coordinadoras de boda, relacionistas públicas y psicólogas sin paga alguna. Amigas que van a verme cuando me nominan para un premio y se enojan más que yo cuando pierdo. Jevas que van a la presentación de mi libro y se aseguran de que busquen más cajas cuando se acaban los ejemplares y no se enchisman porque se fueron del festival con su copia sin firmar. Salvadoras que me dan un relajante natural el día de mi boda o que rescatan mi traje del secuestro de Royal Bride y hasta regatean los $400 de “alteraciones” que nadie nunca tuvo el detalle de mencionar. Tías postizas que prácticamente me cosen el traje encima a media hora de la ceremonia. Tías de sangre que me hacen mis centros de mesa, que me organizan un media tour para mi libro digital, que me regalan flores en San Valentín, Día de las Madres y graduación. Primas segundas que no me pusieron un pero para cantarme en mi boda mis antojos musicales: Disfruto de Carla Morrison, This Love de Bob Marley y el Chan Chan de Buena Vista Social Club (aunque solo tuviesen sentido para mí). Vecinas que me consiguen guisos de ensueño y me organizan degustaciones de vino en lugares remotos. Amigas de mi marido que me apoyan y me compran: novelas digitales, abanicos que hablan, novelas en papel. Desconocidas que me recomiendan para un programa de radio. Escritoras famosas que me dan una llamada para decirme que les encanta mi voz y que si pueden convertirse en mi madrina literaria. Y compañeras de trabajo recién conocidas que graban el momento, me regalan flores y me llevan a beber margaritas. 

No tengo forma de narrar mis historias sin la fuerza motora que han sido las jevas en mi existencia. Sin detenerme en las matriarcas de sangre, que congruente con sus profesiones me cosieron la personalidad y me enseñaron el carácter, todos mis triunfos tienen alguna mujer enredá en el proceso, y las veces que me he caído por el barranco, una cadena de jevas me ha sacado por el pelo. Habrá mujeres malas con otras mujeres. Pero al menos yo, me codeo de mujeres impresionantes que no hacen otra cosa que impulsarme, darme ánimo, consolarme cuando es necesario y defenderme con uñas, inteligencia, garras, ferocidad, dientes y pura lealtad.