¿Quién me manda a ser mujer?

 Recuerdo el momento exacto en que cambió la mirada. Era finales del verano del 1997 y yo tendría doce años. Estudiaba en un colegio católico que terminaba en octavo grado, así que ese sería mi último año en esa escuela. Poco antes de comenzar las clases, nos reunimos en el auditorio para hablar de planes de: directiva, buscar fondos y el tan añorado prom. Por fin éramos “grandes”. Me puse una camisilla blanca y un pareo en tonos de verdes y azules profundos. Me lo habían comprado en República Dominicana, era básicamente un paño que uno podía amarrarse de diecisiete maneras distintas para cubrirse el cuerpo como: traje, falda, camisa, batola, etc. Yo me envolví las caderas con la pañoleta, intercambié las dos puntas a las manos contrarias, las torsí justo debajo del ombligo y me hice un nudito justo encima del cóccix. No se me veía nada. Quizás media pulgada de piel entre la camisilla y el pareo. Éramos apenas cuarenta y dos estudiantes. Tan pronto entré por la puerta, la mirada cambió. Los nenes me miraron distinto. En ese instante no pude precisar qué era. Llevaba seis años en esa escuela. No creo que hubiese sido algo tan preciso como morbo. Era una mirada de descubrimiento, de curiosidad. Mientras yo sentía que me miraban diferente, ellos intentaban quizás reconocer qué era lo que había en mí que ya no era igual.  Veintiún años después, puedo ver que sencillamente en esos dos meses sin vernos, se me ensancharon sin remedio las caderas. Como bien dicen los espejos retrovisores, mirando en retrospectiva las cosas suelen estar más cerca de lo que aparentan. Fui víctima de burlas y comentarios, que si soy honesta, no siento que me hayan marcado de por vida, probablemente porque heredé de mi padre el gran talento de bañarme en aceite de bebé por las mañanas. Si tomaba agua en la fuente, en la fila se echaban para atrás porque pues, era tan nalgona que tumbaría a los que estuviesen detrás de mí. Me decían que usaba batas de embarazo al revés para que me cupiesen las nalgas. Tan pronto escuchaba los primeros segundos de “Baby Got Back” en un disco party, se convirtió en un reflejo tipo perros de Pavlov para mí el correr a encerrarme en un baño por los cuatro minutos y trece segundos que durara la canción. De lo contrario, me hacían un círculo del cual no podría salir hasta que me meneara al ritmo de “I like big butts and I cannot lie”. También en retrospectiva, suena mucho más traumático de lo que lo recuerdo. Sin embargo, con el tiempo, la madurez y la pubertad (no necesariamente en ese orden) aprendí a adueñarme o quizás no tuve más remedio que apropiarme de esa no tan nueva voluptuosidad que me acompañaría y se magnificaría a lo largo de mi existencia.  Al cambiar de escuela, el uniforme era un “jumper” marrón feísimo, así que lo entallé en la cintura, para darle(me) forma. En los días casuales me ponía mahones Bongo size 0, cabe confesar que mis caderas siempre han rondado las cuarenta pulgadas (antes de los veinte y luego las sobrepasaron sin vuelta atrás) así que para meterme en aquellos pantalones me tiraba en la cama y me los subía con un gancho. Dentro de lo que las reglas del colegio permitían, usaba ropa que acentuara mis curvas. En escuela superior, la atención que recibía casi nunca me incomodaba, mientras viniese de mis pares. Desde chamaca, le llamo la atención a los mayores, mayores cuando uno está en noveno y es el de cuarto año se siente fenomenal, mayores cuando uno tiene dieciséis y te mira el de cuarenta se siente bastante asqueroso.    Cuando entré a la universidad, estudiaba en Humanidades, hacía un calor salvaje y muchos de los salones no tenían aire acondicionado, así que mi nuevo uniforme eran faldas gitanas y camisitas sin brasier, como digo una cosa digo la otra, no tuve tetas como hasta los veinticinco así que en realidad no había mucho que cubrir. Tuve un profesor que infaliblemente me mandaba a la pizarra todas las mañanas. Yo juraba que era por mi excepcional progreso en el nuevo idioma, un compañero de clases me sacó de la  ingenuità . Trabajé durante todo mi bachillerato y tenía un profesor de Ciencias Sociales que en cada clase nos asignaba las lecturas de la próxima clase. Así que dos veces en semana yo tenía que caminar hasta el sitio de copias al otro lado de la universidad. Esto significaba pasar por un sitio de construcción: lunes y miércoles, o martes y jueves, donde los obreros me gritaban desde sus tractores y plataformas. Un día, el profesor, como de costumbre, nos dicta las lecturas de la próxima clase, alzo la mano y le pregunto si sería posible que nos diera todas las lecturas de la semana de una vez o aún mejor las del mes para ir y sacarlas de cantazo. El profe me contestó: “ni modo, tendré que ir y poner todas las copias del prontuario para que la princesita no tenga que caminar tantas veces”. Yo le dije que a la princesita no le molestaba caminar, pero que no disfrutaba particularmente de que los obreros me ladraran, aullaran y me gritaran barbaridades cada vez que iba a sacar copias. Cínico al fin, me dijo que aparentemente él no era el tipo de los obreros y que haría el sacrificio por mí.  Mi primer trabajo era en un hotel, era un fine dining y absolutamente todo el equipo excepto la bartender, eran hombres. Yo tenía dieciocho años recién cumplidos y mi compañero más joven tenía quizás diez más que yo. Cuando salía del trabajo, me bañaba y me vestía para salir con mis amigas. Mis compañeros de trabajo que a esa hora brillaban copas y cubiertos, idearon un sistema donde en los cartones de las cajas de licores, escribían números y me daban puntuaciones cada vez que salía por el pasillo para ponchar.  Mientras estudiaba derecho, trabajaba en un bufete de abogados. En ocasiones tenía que ir a corte. Más de una vez me monté en el ascensor y me encontré con mi profesor de derecho penal. De primera intención, presumí que el hecho de que se moviera para hacerme espacio y la mirada fija, tenía que ver con que me reconocía. Ya las próximas veces, cuando el dejarme espacio a su lado, venía con un buenos días licenciada, alargado, estirado lo suficiente para que durara lo que su mirada tardaba en bajar por cada milímetro de mi pantalón, entendí que sencillamente era un fresco y un ligón, que ni siquiera podía reconocer que estaba escudriñando lascivamente a una de sus estudiantes.  Mi primera experiencia en publicidad fue en una agencia digital, localizada en Mataderos. Las razones originales por las que se llamó Mataderos, presumo que tienen que ver con ganado. Actualmente es una zona industrial donde se empacan y distribuyen productos de consumo, en especial carnes. El estacionamiento está al cruzar la calle. Una vez, estaba esperando en el carro a que escampara. Era uno de esos diluvios en que luego de casi veinte minutos te resignas a que la lluvia nunca parará. Sentí que se amainó un poco y me lancé para no llegar tan tarde al trabajo. Un camión se detuvo para dejarme pasar. Yo no tenía sombrilla. Cuando estaba a punto de cruzar, tocó bocina, bajó el cristal y me gritó: “si estás mojá, móntate aquí”.  Como la vida es redonda, hace unos años, entre mis intentos para hacer las paces con los treinta y su extraña relación con el metabolismo, me inscribí en un box de crossfit, ¿dónde más? En la calle Mataderos. Varias veces en semana nos ponían a correr por la zona. Recordemos que odio correr. Recordemos también que tres libras de cadera no es cadera (y yo las tengo todas). Recordemos que es una zona de mataderos, carnes y camioneros. Nunca he hecho ejercicios con pantalones cortitos, siempre los uso debajo de la rodilla, no por razones de pudor, sino porque cuando uno tiene tanto nalgaje se pasa el día estirando el pantalón y es contraproducente, uso sport bras y camisas por encima. Sin embargo, infaliblemente, cada una de las mañanas en las que me tocaba correr a las seis de la madrugada, por un área que apesta a embutidos y grasas de animal muerto, corría con más miedo que asco. Miedo, porque como bien me enseñó mi madre literaria, los hombres tienen miedo a que los maten y las mujeres a que nos violen. No porque el sexo sea más importante que la vida para nosotras, sino porque se siente como una realidad más próxima, más latente. Corro lento, así que muchas veces me quedaba atrás y contenía la respiración, no por los olores, sino para no mirar cuando los hombres que trabajan en la zona me silbaban, para decirme (mirara o no) que por más que corriera me cogerían. Que si me cogen me parten en dos. Que me harían cantos. Que me la harían cantos.  He repasado todas las posibles escenas. Pararme y sencillamente mirarlos fijamente. Pararme e insultarlos. Pararme y golpearlos. Pero luego pienso que son más que yo. Son más en número, son más grandes y probablemente son más fuertes. Y que sí, podrían cogerme, sí podrían partirme, sí podrían hacerme cantos.  Y no, nunca me tocaron. Pero no es justo. No existe ningún escenario en que esto sea aceptable, excusable o justificable. Yo no debería tener miedo cuando corro, no debería estar asustada cuando camino, no debería ponerme nerviosa si estoy sola, no debería cambiarme de ropa para no causar problemas.  Me niego a decirle a mi sobrina que el mundo es un callejón oscuro y si eres mujer el mero hecho de existir es una provocación. Hay miradas de curiosidad, hay miradas de descubrimiento y hay miradas violentas. El problema no es la mirada, Antes de enseñarle a los niños a respetar la propiedad ajena, empecemos por lo básico, por lo humano, por la carne y los huesos. Mientras el cuerpo de la mujer sea un lugar de ocupación, otra área de legislación para regular sus decisiones o una excusa para exculpar a quienes lo agreden, los silbidos y promesas de destrozos seguirán siendo nuestras pequeñas torturas cotidianas. Mientras digamos que a una mujer la agredieron, golpearon, violaron o mataron por como andaba vestida, por la hora en que salió, por el trago que se dio o porque se atrevió a comerse el mundo sola, la lucha la seguimos llevando perdida. No debería ser necesario que pienses que la chica podría ser tu hermana, o tu madre, o tu hija. Debería ser bastante la humanidad, la vida debería resultar suficiente.  Soy mujer. Nací mujer. Tengo curvas. Tengo nalgas. Tengo tetas. Tengo un cuerpo, un cuerpecito que fue mío y un cuerpo agrandado hoy día que sigue siendo mío. Si me diera la gana de correr en traje de baño por cualquier lugar, no es una invitación a mi cuerpo, es sencillamente mi cuerpo en movimiento, porque está vivo y está hecho para menearse y agitarse a mi antojo porque me pertenece, porque me da la gana, porque es mío, porque sí. Si su casa no tiene portón, doble reja y alarma, ¿se merece que alguien entre, viole su privacidad, le manosee, le robe y le destruya sus cosas? Es un sentido de convivencia básico, si yo no lo invito a mi casa, usted no es bienvenido. Cualquier tipo de conducta hacia mi persona y mi cuerpo, no deseada, es una agresión. Si me gritas que me vas a destrozar, me estás amenazando. Si entiendes español, puedes captar este concepto. Mi abuela decía que si alguien no se estaba riendo, por definición era un mal chiste. Piropo que hace sentir vulnerable y en peligro, no es piropo. Redefinamos los conceptos de conquista. La seducción debería ser un arte y una danza, no una invasión armada.

Recuerdo el momento exacto en que cambió la mirada. Era finales del verano del 1997 y yo tendría doce años. Estudiaba en un colegio católico que terminaba en octavo grado, así que ese sería mi último año en esa escuela. Poco antes de comenzar las clases, nos reunimos en el auditorio para hablar de planes de: directiva, buscar fondos y el tan añorado prom. Por fin éramos “grandes”. Me puse una camisilla blanca y un pareo en tonos de verdes y azules profundos. Me lo habían comprado en República Dominicana, era básicamente un paño que uno podía amarrarse de diecisiete maneras distintas para cubrirse el cuerpo como: traje, falda, camisa, batola, etc. Yo me envolví las caderas con la pañoleta, intercambié las dos puntas a las manos contrarias, las torsí justo debajo del ombligo y me hice un nudito justo encima del cóccix. No se me veía nada. Quizás media pulgada de piel entre la camisilla y el pareo. Éramos apenas cuarenta y dos estudiantes. Tan pronto entré por la puerta, la mirada cambió. Los nenes me miraron distinto. En ese instante no pude precisar qué era. Llevaba seis años en esa escuela. No creo que hubiese sido algo tan preciso como morbo. Era una mirada de descubrimiento, de curiosidad. Mientras yo sentía que me miraban diferente, ellos intentaban quizás reconocer qué era lo que había en mí que ya no era igual.

Veintiún años después, puedo ver que sencillamente en esos dos meses sin vernos, se me ensancharon sin remedio las caderas. Como bien dicen los espejos retrovisores, mirando en retrospectiva las cosas suelen estar más cerca de lo que aparentan. Fui víctima de burlas y comentarios, que si soy honesta, no siento que me hayan marcado de por vida, probablemente porque heredé de mi padre el gran talento de bañarme en aceite de bebé por las mañanas. Si tomaba agua en la fuente, en la fila se echaban para atrás porque pues, era tan nalgona que tumbaría a los que estuviesen detrás de mí. Me decían que usaba batas de embarazo al revés para que me cupiesen las nalgas. Tan pronto escuchaba los primeros segundos de “Baby Got Back” en un disco party, se convirtió en un reflejo tipo perros de Pavlov para mí el correr a encerrarme en un baño por los cuatro minutos y trece segundos que durara la canción. De lo contrario, me hacían un círculo del cual no podría salir hasta que me meneara al ritmo de “I like big butts and I cannot lie”. También en retrospectiva, suena mucho más traumático de lo que lo recuerdo. Sin embargo, con el tiempo, la madurez y la pubertad (no necesariamente en ese orden) aprendí a adueñarme o quizás no tuve más remedio que apropiarme de esa no tan nueva voluptuosidad que me acompañaría y se magnificaría a lo largo de mi existencia.

Al cambiar de escuela, el uniforme era un “jumper” marrón feísimo, así que lo entallé en la cintura, para darle(me) forma. En los días casuales me ponía mahones Bongo size 0, cabe confesar que mis caderas siempre han rondado las cuarenta pulgadas (antes de los veinte y luego las sobrepasaron sin vuelta atrás) así que para meterme en aquellos pantalones me tiraba en la cama y me los subía con un gancho. Dentro de lo que las reglas del colegio permitían, usaba ropa que acentuara mis curvas. En escuela superior, la atención que recibía casi nunca me incomodaba, mientras viniese de mis pares. Desde chamaca, le llamo la atención a los mayores, mayores cuando uno está en noveno y es el de cuarto año se siente fenomenal, mayores cuando uno tiene dieciséis y te mira el de cuarenta se siente bastante asqueroso.

Cuando entré a la universidad, estudiaba en Humanidades, hacía un calor salvaje y muchos de los salones no tenían aire acondicionado, así que mi nuevo uniforme eran faldas gitanas y camisitas sin brasier, como digo una cosa digo la otra, no tuve tetas como hasta los veinticinco así que en realidad no había mucho que cubrir. Tuve un profesor que infaliblemente me mandaba a la pizarra todas las mañanas. Yo juraba que era por mi excepcional progreso en el nuevo idioma, un compañero de clases me sacó de la ingenuità. Trabajé durante todo mi bachillerato y tenía un profesor de Ciencias Sociales que en cada clase nos asignaba las lecturas de la próxima clase. Así que dos veces en semana yo tenía que caminar hasta el sitio de copias al otro lado de la universidad. Esto significaba pasar por un sitio de construcción: lunes y miércoles, o martes y jueves, donde los obreros me gritaban desde sus tractores y plataformas. Un día, el profesor, como de costumbre, nos dicta las lecturas de la próxima clase, alzo la mano y le pregunto si sería posible que nos diera todas las lecturas de la semana de una vez o aún mejor las del mes para ir y sacarlas de cantazo. El profe me contestó: “ni modo, tendré que ir y poner todas las copias del prontuario para que la princesita no tenga que caminar tantas veces”. Yo le dije que a la princesita no le molestaba caminar, pero que no disfrutaba particularmente de que los obreros me ladraran, aullaran y me gritaran barbaridades cada vez que iba a sacar copias. Cínico al fin, me dijo que aparentemente él no era el tipo de los obreros y que haría el sacrificio por mí.

Mi primer trabajo era en un hotel, era un fine dining y absolutamente todo el equipo excepto la bartender, eran hombres. Yo tenía dieciocho años recién cumplidos y mi compañero más joven tenía quizás diez más que yo. Cuando salía del trabajo, me bañaba y me vestía para salir con mis amigas. Mis compañeros de trabajo que a esa hora brillaban copas y cubiertos, idearon un sistema donde en los cartones de las cajas de licores, escribían números y me daban puntuaciones cada vez que salía por el pasillo para ponchar.

Mientras estudiaba derecho, trabajaba en un bufete de abogados. En ocasiones tenía que ir a corte. Más de una vez me monté en el ascensor y me encontré con mi profesor de derecho penal. De primera intención, presumí que el hecho de que se moviera para hacerme espacio y la mirada fija, tenía que ver con que me reconocía. Ya las próximas veces, cuando el dejarme espacio a su lado, venía con un buenos días licenciada, alargado, estirado lo suficiente para que durara lo que su mirada tardaba en bajar por cada milímetro de mi pantalón, entendí que sencillamente era un fresco y un ligón, que ni siquiera podía reconocer que estaba escudriñando lascivamente a una de sus estudiantes.

Mi primera experiencia en publicidad fue en una agencia digital, localizada en Mataderos. Las razones originales por las que se llamó Mataderos, presumo que tienen que ver con ganado. Actualmente es una zona industrial donde se empacan y distribuyen productos de consumo, en especial carnes. El estacionamiento está al cruzar la calle. Una vez, estaba esperando en el carro a que escampara. Era uno de esos diluvios en que luego de casi veinte minutos te resignas a que la lluvia nunca parará. Sentí que se amainó un poco y me lancé para no llegar tan tarde al trabajo. Un camión se detuvo para dejarme pasar. Yo no tenía sombrilla. Cuando estaba a punto de cruzar, tocó bocina, bajó el cristal y me gritó: “si estás mojá, móntate aquí”.

Como la vida es redonda, hace unos años, entre mis intentos para hacer las paces con los treinta y su extraña relación con el metabolismo, me inscribí en un box de crossfit, ¿dónde más? En la calle Mataderos. Varias veces en semana nos ponían a correr por la zona. Recordemos que odio correr. Recordemos también que tres libras de cadera no es cadera (y yo las tengo todas). Recordemos que es una zona de mataderos, carnes y camioneros. Nunca he hecho ejercicios con pantalones cortitos, siempre los uso debajo de la rodilla, no por razones de pudor, sino porque cuando uno tiene tanto nalgaje se pasa el día estirando el pantalón y es contraproducente, uso sport bras y camisas por encima. Sin embargo, infaliblemente, cada una de las mañanas en las que me tocaba correr a las seis de la madrugada, por un área que apesta a embutidos y grasas de animal muerto, corría con más miedo que asco. Miedo, porque como bien me enseñó mi madre literaria, los hombres tienen miedo a que los maten y las mujeres a que nos violen. No porque el sexo sea más importante que la vida para nosotras, sino porque se siente como una realidad más próxima, más latente. Corro lento, así que muchas veces me quedaba atrás y contenía la respiración, no por los olores, sino para no mirar cuando los hombres que trabajan en la zona me silbaban, para decirme (mirara o no) que por más que corriera me cogerían. Que si me cogen me parten en dos. Que me harían cantos. Que me la harían cantos.

He repasado todas las posibles escenas. Pararme y sencillamente mirarlos fijamente. Pararme e insultarlos. Pararme y golpearlos. Pero luego pienso que son más que yo. Son más en número, son más grandes y probablemente son más fuertes. Y que sí, podrían cogerme, sí podrían partirme, sí podrían hacerme cantos.

Y no, nunca me tocaron. Pero no es justo. No existe ningún escenario en que esto sea aceptable, excusable o justificable. Yo no debería tener miedo cuando corro, no debería estar asustada cuando camino, no debería ponerme nerviosa si estoy sola, no debería cambiarme de ropa para no causar problemas.

Me niego a decirle a mi sobrina que el mundo es un callejón oscuro y si eres mujer el mero hecho de existir es una provocación. Hay miradas de curiosidad, hay miradas de descubrimiento y hay miradas violentas. El problema no es la mirada, Antes de enseñarle a los niños a respetar la propiedad ajena, empecemos por lo básico, por lo humano, por la carne y los huesos. Mientras el cuerpo de la mujer sea un lugar de ocupación, otra área de legislación para regular sus decisiones o una excusa para exculpar a quienes lo agreden, los silbidos y promesas de destrozos seguirán siendo nuestras pequeñas torturas cotidianas. Mientras digamos que a una mujer la agredieron, golpearon, violaron o mataron por como andaba vestida, por la hora en que salió, por el trago que se dio o porque se atrevió a comerse el mundo sola, la lucha la seguimos llevando perdida. No debería ser necesario que pienses que la chica podría ser tu hermana, o tu madre, o tu hija. Debería ser bastante la humanidad, la vida debería resultar suficiente.

Soy mujer. Nací mujer. Tengo curvas. Tengo nalgas. Tengo tetas. Tengo un cuerpo, un cuerpecito que fue mío y un cuerpo agrandado hoy día que sigue siendo mío. Si me diera la gana de correr en traje de baño por cualquier lugar, no es una invitación a mi cuerpo, es sencillamente mi cuerpo en movimiento, porque está vivo y está hecho para menearse y agitarse a mi antojo porque me pertenece, porque me da la gana, porque es mío, porque sí. Si su casa no tiene portón, doble reja y alarma, ¿se merece que alguien entre, viole su privacidad, le manosee, le robe y le destruya sus cosas? Es un sentido de convivencia básico, si yo no lo invito a mi casa, usted no es bienvenido. Cualquier tipo de conducta hacia mi persona y mi cuerpo, no deseada, es una agresión. Si me gritas que me vas a destrozar, me estás amenazando. Si entiendes español, puedes captar este concepto. Mi abuela decía que si alguien no se estaba riendo, por definición era un mal chiste. Piropo que hace sentir vulnerable y en peligro, no es piropo. Redefinamos los conceptos de conquista. La seducción debería ser un arte y una danza, no una invasión armada.

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